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Cantero Central Lucio V. Mansilla

Lucio Victorio Mansilla: (1831-1913), militar, periodista, político y escritor; autor de Una excursión a los indios ranqueles y Entre-Nos Causeries de los jueves.

Ubicado en Av. Salvador Maria del Carril entre Av. Lastra y Desaguadero
(Villa Devoto)
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Cantero Central Lucio V. Mansilla

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Referencias

Una excursión a los indios ranqueles
LUCIO VICTORIO MANSILLA
UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS
RANQUELES
ÍNDICE
o - I -
Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un
padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios.
Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos
Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero .
o - II -
Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia
militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el
temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus
preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace
en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de
Linconao. Reserva de un fraile.
o - III -
Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile.
Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio
de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al
saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de
Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos
de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
o - IV -
Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada.
El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y
la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
o - V -
El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Cómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué
lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones
mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él.
Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
o - VI -
Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato.
Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que
nadie había visto. Sospechas.
o - VII -
Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones.
Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino.
Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte.
Preparativos. La ejecución. Una aparición.
o - VIII -
El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos.
El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
o - IX -
La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la
Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo.
Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
o - X -
No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera.
Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un
mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero.
El Cuero. Sus campos.
o - XI -
¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se
descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General
Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
o - XII -
Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua.
Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes.
Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
o - XIII -
Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzième. Marcha nocturna. Pensamientos.
Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una
mulita.
o - XIV -
Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un
camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo.
Indios.
o - XV -
La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus
caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
o - XVI -
El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos.
Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá
wentrú . Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo!
Conformidad.
o - XVII -
Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de
los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo
mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
o - XVIII -
Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia.
De noche.
o - XIX -
El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto.
Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo
Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
o - XX -
El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo
descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte.
Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
o - XXI -
En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan
los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de
celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
o - XXII -
Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de
Mariano Rosas. Frente a él.
o - XXIII -
Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será
cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai.
Camargo. Dilaciones.
o - XXIV -
¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones
de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el
parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que
el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo
pie a tierra. Vítores.
o - XXV -
Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube
de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
o - XXVI -
La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la
bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me
deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito .
o - XXVII -
Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida.
Retrato de Miguelito. Su historia.
o - XXVIII -
Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
o - XXIX -
El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación.
Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
o - XXX -
Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el
mundo. Concluye la historia de Miguelito.
o - XXXI -
Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros.
Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí.
Una serenata.
o - XXXII -
El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico.
Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño
fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es
permitido dormir.
DEDICATORIA
Querido Orion:
Todos los escritores tienen una palabra favorita que los traiciona.
Esa palabra es como el metro para ciertos poetas.
En cuanto escribes, hay siempre, como piedras preciosas, incrustadas en el rico mosaico
de tus producciones, palabras como estas: -"Aspiraciones nobles y generosas, amor
purísimo, amistad constante, fraternidad universal".
Qué quiere decir esto?
Qué tú, si hubieras sido poeta, habrías cantado como Miguel de los Santos Álvarez:
"Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!"
Que tú sabes amar y estimar a los que aman.
Pues bien, a ti, querido ORION, mi amigo de tantos años, contra viento y marea, es a
quien yo dedico mis cartas a Santiago Arcos, ya que te has empeñado en que haga de ellas
un libro.
Decididamente alcanzamos unos tiempos raros, -realizamos todo menos lo que
queremos.
Es un aviso a los caminantes que podría glosarse así:
En esta tierra los hombres son lo que quieren las circunstancias.
Les damos un consejo:
Lo mejor es vivir con el día.
¡Yo haciendo un libro, después de haber secado mi pluma hace dos años, con la firme
resolución de no volver a las andadas; cuando prefiero galopar diez leguas a escribir una
cuartilla de papel!
¿Por dónde saldrá el sol mañana, ORION?
Tú no lo sabes, ni yo tampoco, y es posible que si lo supiéramos y lo dijéramos nos
creyeran engualichados.
A pesar de todo, de nuestro aire riente, de nuestras exterioridades frívolas, nosotros
sabemos varias cosas, -"que con el mal tiempo desaparecen los falsos amigos y las
moscas"; que si el presente es de los egoístas y de los apáticos, el porvenir es de los
hombres de pensamiento y de labor.
Si lo primero es una triste experiencia, adquirida a fuerza de dejar en el espinoso camino
de la vida, la mejor lana del vellón, -lo segundo es una esperanza y un consuelo.
Un grito de desaliento puede salir del pecho mejor templado. Pero hay energías
recónditas que sostienen hasta el fin al más humilde de los mortales.
Como Béranger a su frac, terminó ORION diciéndote: Ne nous séparons pas!
L. V. M.
A Lucio V. Mansilla.
Amado hermano y cofrade:
Me dices que me has dedicado tu precioso libro, en el que como flores cogidas, al acaso,
del ameno pensil de la República, para formar con ellas un ramo esmaltado, lleno de
encanto y perfume, has coleccionado las cartas en que, peregrino fantástico de las soledades
y el silencio, narras tu pintoresca excursión a los Indios Ranqueles.
Gracias por mí, querido Lucio, y gracias por la naciente, pero rica literatura Argentina.
Por mí, porque en esa espontánea dedicatoria hecha a un hombre sin títulos, sin
posición, sin tener en los labios una de esas sonrisas, que los cortesanos toman por una
promesa, o una esperanza, creo escuchar cómo el murmullo suave y cadencioso de una voz
misteriosa, que me regala blandamente el oído, diciéndome: "el autor de este libro es un
amigo que te quiere y que te abraza en el cielo del pensamiento, como te abrazó siempre en
el santuario de la más pura amistad."
Por la literatura argentina, porque me siento feliz de que tus cartas, publicadas día a día
en esa hoja deleznable de papel llamada La Tribuna, no tengan la pobre e ignorada suerte
de las producciones que sólo ven la luz en un diario, y en donde, como dice Castelar, "están
condenadas a vivir lo que vive una rosa: una mañana".
La primera lectura de tus cartas ha encantado al pueblo argentino.
En un libro los va a saborear.
Fraternalmente colocadas bajo los auspicios de mi pobre nombre -rico para ti porque
eres mi mejor amigo- yo estaba en el deber de emitir un juicio sobre esos trozos de
literatura descriptiva, en que has hecho cruzar por el cielo de las letras argentinas, en
brillante y turbulenta procesión, la majestad imponente de nuestras pampas y las
costumbres primitivas de nuestros pobladores salvajes, enlazadas con las pompas brillantes
del poeta, y las reflexiones severas del filósofo profundo.
Pero prefiero no hacerlo.
Al amor lo pintan ciego.
A la amistad, un diario de caricaturas la pintaba, hace ocho días, agitando en sus manos
el incensiario.
Si yo dijese que este es uno de los más preciosos libros hasta ahora concebidos por el
pensamiento argentino, escrito en un estilo florido y galano, útil y provechoso por los datos
curiosos que en la armonía de su conjunto contiene, a la vez que seductor y poético por el
lenguaje impregnado de luz en que está escrito, ¿se creería que emitía un juicio imparcial?
En una época en que los gobiernos pagan los servicios de sus leales amigos,
destituyéndose brutalmente de los puestos en que supieron conquistarse fama y simpatía, ni
todas las intenciones se aprecian, ni todos los sentimientos se comprenden.
Hoy hay una manía a cambiarlo y a modificarlo todo.
Una cosa, empero, tengo la certeza de que no ha de cambiar jamás: es la amistad pura y
sincera que nos liga, y en cuyas corrientes, a manera de un puente levantado por invisible
mano en mitad del camino de la Patria argentina, pasará modesto y silencioso este libro, en
suyas páginas de oro se confunden misteriosamente los nombres de dos amigos que se
quieren y que creen, con de Maistre, "que la amistad es el puerto sereno a que llega el alma
fatigada, en sus días de infortunio."
Orion
- I -
Dedicatoria. Aspiraciones de un tourist. Los gustos con el tiempo. Por qué se pelea un
padre con un hijo. Quiénes son los ranqueles. Un tratado internacional con los indios.
Teoría de los extremos. Dónde están las fronteras de Córdoba y campos entre los ríos
Cuarto y Quinto. De dónde parte el camino del Cuero.
No sé dónde te hallas, ni dónde te encontrará esta carta y las que le seguirán, si Dios me
da vida y salud.
Hace bastante tiempo que ignoro tu paradero, que nada sé de ti; y sólo porque el corazón
me dice que vives, creo que continúas tu peregrinación por este mundo, y no pierdo la
esperanza de comer contigo, a la sombra de un viejo y carcomido algarrobo, o entre las
pajas al borde de una laguna, o en la costa de un arroyo, un churrasco de guanaco, o de
gama, o de yegua, o de gato montés, o una picana de avestruz, boleado por mí, que siempre
me ha parecido la más sabrosa.
A propósito de avestruz, después de haber recorrido la Europa y la América, de haber
vivido como un marqués en París y como un guaraní en el Paraguay; de haber comido
mazamorra en el Río de la Plata, charquicán en Chile, ostras en Nueva York, macarroni en
Nápoles, trufas en el Périgord, chipá en la Asunción, recuerdo que una de las grandes
aspiraciones de tu vida era comer una tortilla de huevos de aquella ave pampeana en
Nagüel Mapo, que quiere decir "Lugar del Tigre".
Los gustos se simplifican con el tiempo, y un curioso fenómeno social se viene
cumpliendo desde que el mundo es mundo. El macrocosmo; o sea el hombre colectivo, vive
inventando placeres, manjares, necesidades, y el microcosmo, o sea el hombre individual,
pugnando por emanciparse de las tiranías de la moda y de la civilización.
A los veinticinco años, somos víctimas de un sinnúmero de superfluidades. No tener
guantes blancos, frescos como una lechuga, es una gran contrariedad, y puede ser causa de
que el mancebo más cumplido pierda casamiento. ¡Cuántos dejaron de comer muchas
veces, y sacrificaron su estómago en aras del buen tono!
A los cuarenta años, cuando el cierzo y el hielo del invierno de la vida han comenzado a
marchitar la tez y a blanquear los cabellos, las necesidades crecen, y por un bote de cold
cream, o por un paquete de cosmético, ¿qué no se hace?
Más tarde, todo es lo mismo; con guantes o sin guantes, con retoques o sin ellos "la
mona aunque se vista de seda mona se queda".
Lo más sencillo, lo más simple, lo más inocente es lo mejor: nada de picantes, nada de
trufas. El puchero es lo único que no hace daño, que no se indigesta, que no irrita.
En otro orden de ideas, también se verifica el fenómeno. Hay razas y naciones
creadoras, razas y naciones destructoras. Y, sin embargo, en el irresistible corso e ricorso de
los tiempos y de la humanidad, el mundo marcha; y una inquietud febril mece
incesantemente a los mortales de perspectiva en perspectiva, sin que el ideal jamás muera.
Pues, cortando aquí el exordio, te diré, Santiago amigo, que te he ganado de mano.
Supongo que no reñirás por esto conmigo, dejándote dominar por un sentimiento de
envidia.
Ten presente que una vez me dijiste, censurando a tu padre, con quien estabas peleado:
-¿Sabes por qué razón el viejo está mal conmigo? Porque tiene envidia de que yo haya
estado en el Paraguay, y él no.
Es el caso que mi estrella militar me ha deparado el mando de las fronteras de Córdoba,
que eran las más asoladas por los ranqueles.
Ya sabes que los ranqueles son esas tribus de indios araucanos, que habiendo emigrado
en distintas épocas de la falda occidental de la cordillera de los Andes a la oriental, y
pasado los ríos Negro y Colorado, han venido a establecerse entre el Río Quinto y el Río
Colorado, al naciente del Río Chalileo.
Últimamente celebré un tratado de paz con ellos, que el Presidente aprobó, con cargo de
someterlo al Congreso.
Yo creía que siendo un acto administrativo no era necesario.
¿Qué sabe un pobre coronel de trotes constitucionales?
Aprobado el tratado en esa forma, surgieron ciertas dificultades relativas a su ejecución
inmediata.
Esta circunstancia por un lado, por otro cierta inclinación a las correrías azarosas y
lejanas; el deseo de ver con mis propios ojos ese mundo que llaman Tierra Adentro, para
estudiar sus usos y costumbres, sus necesidades, sus ideas, su religión, su lengua, e
inspeccionar yo mismo el terreno por donde alguna vez quizá tendrán que marchar las
fuerzas que están bajo mis órdenes -he ahí lo que me decidió no ha mucho y contra el
torrente de algunos hombres que se decían conocedores de los indios, a penetrar hasta sus
tolderías, y a comer primero que tú en Nagüel Mapo una tortilla de huevo de avestruz.
Nuestro inolvidable amigo Emilio Quevedo, solía decirme cuando vivíamos juntos en el
Paraguay, vistiendo el ligero traje de los criollos e imitándolos en cuanto nos lo permitían
nuestra sencillez y facultades imitativas: -¡Lucio, después de París, la Asunción! Yo digo: -
Santiago, después de una tortilla de huevos de gallina frescos, en el Club del Progreso, una
de avestruz en el toldo de mi compadre el cacique Baigorrita.
Digan lo que quieran, si la felicidad existe, si la podemos concretar y definir, ella está en
los extremos. Yo comprendo las satisfacciones del rico y las del pobre; las satisfacciones
del amor y del odio; las satisfacciones de la oscuridad y las de la gloria. Pero ¿quién
comprende las satisfacciones de los términos medios; las satisfacciones de la indiferencia;
las satisfacciones de ser cualquier cosa?
Yo comprendo que haya quien diga: -Me gustaría ser Leonardo Pereira, potentado del
dinero.
Pero que haya quien diga: -Me gustaría ser el almacenero de enfrente, D. Juan o D.
Pedro, un nombre de pila cualquiera, sin apellido notorio -eso no.
Y comprendo que haya quien diga: -Yo quisiera ser limpiabotas o vendedor de billetes
de lotería.
Yo comprendo el amor de Julieta y Romeo, como comprendo el odio de Silvia por
Hernani, y comprendo también la grandeza del perdón.
Pero no comprendo esos sentimientos qué no responden a nada enérgico, ni fuerte, a
nada terrible o tierno.
Yo comprendo que haya en esta tierra quien diga: -Yo quisiera ser Mitre, el hijo mimado
de la fortuna y de la gloria, o sacristán de San Juan.
Pero que haya quien diga: -Yo quisiera ser el Coronel Mansilla -eso no lo entiendo,
porque al fin, ese mozo ¿quién es?
Al General Arredondo, mi jefe inmediato entonces, le debo, querido Santiago, el placer
inmenso de haber comido una tortilla de huevos de avestruz en Nagüel Mapo, de haber
tocado los extremos una vez más. Si él me niega la licencia, me quedo con las ganas, y no
te gano la delantera,
Siempre le agradeceré que haya tenido conmigo esa deferencia, y que me manifestara
que creía muy arriesgada mi empresa, probándome así que mi suerte no le era indiferente.
Sólo los que no son amigos pueden conformarse con que otro muera estérilmente... y en la
oscuridad.
La nueva línea de fronteras de la Provincia de Córdoba no está ya donde tú la dejaste
cuando pasaste para San Luis, en donde tuviste la fortuna de conocer aquel tipo que te decía
un día en el Morro: -¡Yo no deseo, Sr. D. Santiago, visitar la Europa por conocer el Cristal
Palais, ni el Buckingham Palace, ni las Tullerías, ni el London Tunnel, sino por ver ese
Septentrión, ¡ese Septentrión!
Está la nueva línea sobre el Río Quinto, es decir, que ha avanzado veinticinco leguas, y
que al fin se puede cruzar del río Cuarto a Achiras sin hacer testamento y confesarse.
Muchos miles de leguas cuadradas se han conquistado.
¡Qué hermosos campos para cría de ganados son los que se hallan encerrados entre el
Río Cuarto y Río Quinto!
La cebadilla, el porotillo, el trébol, la gramilla, crecen frescos y frondosos entre el pasto
fuerte; grandes cañadas como la del Gato, arroyos caudalosos y de largo curso como Santa
Catalina y Sampacho, lagunas inagotables y profundas como Chemeco, Tarapendá y Santo
Tomé constituyen una fuente de riqueza de inestimable valor.
Tengo en borrador el croquis topográfico, levantado por mí, de ese territorio inmenso,
desierto, que convida a la labor, y no tardaré en publicarlo, ofreciéndoselo con una
memoria a la industria rural.
Más de seis mil leguas he galopado en año y medio para conocerlo y estudiarlo.
No hay un arroyo, no hay un manantial, no hay una laguna, no hay un monte, no hay un
médano donde no haya estado personalmente para determinar yo mismo su posición
aproximada y hacerme baquiano, comprendiendo que el primer deber de un soldado es
conocer palmo a palmo el terreno donde algún día ha de tener necesidad de operar.
¿Puede haber papel más triste que el de un jefe con responsabilidad, librado a un pobre
paisano, que lo guiará bien, pero que no le sugerirá pensamiento estratégico alguno?
La nueva frontera de Córdoba comienza en la raya de San Luis, casi en el meridiano que
pasa por Achiras, situado en los últimos dobleces de la Sierra, y costeando el Río Quinto se
prolonga hasta la Ramada Nueva, llamada así por mí, y por los ranqueles Trapalcó, que
quiere decir agua de Totora, Trapal es Totora y co, agua.
La Ramada Nueva son los desagües del Río Quinto, vulgarmente denominados la
Amarga.
De la Ramada Nueva, y buscando la derecha de la frontera sur de Santa Fe, sigue la
línea por la Laguna Nº 7, llamada así por los cristianos, y por los ranqueles Potálauquen, es
decir, laguna grande: potá es grande y Lauquen, laguna.
Siguiendo el juicioso plan de los españoles, yo establecí esta frontera colocando los
fuertes principales en la banda sur del Río Quinto.
En una frontera internacional esto habría sido un error militar, pues los obstáculos deben
siempre dejarse a vanguardia para que el enemigo sea quien los supere primero.
Pero en la guerra con los indios el problema cambia de aspecto, lo que hay que
aumentarle a este enemigo no son los obstáculos para entrar, sino los obstáculos para salir.
El punto fuerte principal de la nueva línea de frontera sobre el Río Quinto se llama
Sarmiento. De allí arranca el camino que por Laguna del Cuero, famosa para los cristianos,
conduce a Leubucó, centro de las tolderías ranquelinas.
De allí emprendí mi marcha.
Mañana continuaré.
Hoy he perdido tiempo en ciertos detalles creyendo que para ti no carecerían de interés.
Si al público a quien le estoy mostrando mi carta le sucediese lo mismo, me podría
acostar a dormir tranquilo y contento como un colegial que ha estudiado bien su lección y
la sabe.
¿Cómo saberlo?
Tantas veces creemos hacer reír con un chiste y el auditorio no hace ni un gesto.
Por eso toda la sabiduría humana está encerrada en la inscripción del templo de Delfos.
- II -
Deseos de un viaje a los ranqueles. Una china y un bautismo. Peligros de la diplomacia
militar con los indios. El indio Linconao. Mañas de los indios. Efectos del deber sobre el
temperamento. ¿Qué es un parlamento? Desconfianza de los indios para beber y fumar. Sus
preocupaciones al comer y beber. Un lenguaraz. Cuánto dura un parlamento y qué se hace
en él. Linconao atacado de las viruelas. Efecto de la viruela en los indios. Gratitud de
Linconao. Reserva de un fraile.
Hacía ya mucho tiempo que yo rumiaba él pensamiento de ir a Tierra Adentro.
El trato con los indios que iban y venían al Río Cuarto, con motivo de las negociaciones
de paz entabladas, había despertado en mí una indecible curiosidad.
Es menester haber pasado por ciertas cosas, haberse hallado en ciertas posiciones, para
comprender con qué vigor se apoderan ciertas ideas de ciertos hombres; para comprender
que una misión a los ranqueles puede llegar a ser para un hombre como yo, medianamente
civilizado, un deseo tan vehemente, como puede ser para cualquier ministril una secretaría
en la embajada de París.
El tiempo, ese gran instrumento de las empresas buenas y malas, cuyo curso quisiéramos
precipitar, anticipándonos a los sucesos para que éstos nos devoren o nos hundan, me había
hecho contraer ya varias relaciones, que puedo llamar íntimas.
La china Carmen, mujer de veinticinco años, hermosa y astuta, adscrita a una comisión
de las últimas que anduvieron en negociados conmigo, se había hecho mi confidente y
amiga, estrechándose estos vínculos con el bautismo de una hijita mal habida que la
acompañaba y cuya ceremonia se hizo en el Río Cuarto con toda pompa, asistiendo un
gentío considerable y dejando entre los muchachos un recuerdo indeleble de mi
magnificencia, a causa de unos veinte pesos bolivianos que cambiados en medios y reales
arrojé a la manchancha esa noche inolvidable, al son de los infalibles gritos: ¡padrino
pelado!
Sólo quien haya tenido ya el gusto de ser padrino, comprenderá que noches de ese
género pueden ser realmente inolvidables para un triste mortal sin antecedentes históricos,
sin títulos para que su nombre pase a la posteridad, grabándose con caracteres de fuego en
el libro de oro de la historia.
¡Ah!, tú has sido padrino pelado alguna vez, y me comprenderás.
Carmen no fue agregada sin objeto a la comisión o embajada ranquelina en calidad de
lenguaraz, que vale tanto como secretario de un ministro plenipotenciario.
Mariano Rosas ha estudiado bastante el corazón humano, como que no es un muchacho;
conoce a fondo las inclinaciones y gustos de los cristianos, y por un instinto que es de los
pueblos civilizados y de los salvajes, tiene mucha confianza en la acción de la mujer sobre
el hombre, siquiera esté ésta reducida a una triste condición.
Carmen fue despachada, pues, con su pliego de instrucciones oficiales y confidenciales
por el Talleyrand del desierto, y durante algún tiempo se ingenió con bastante habilidad y
maña. Pero no con tanta que yo no me apercibiese, a pesar de mi natural candor, de lo
complicado de su misión, que a haber dado con otro Hernán Cortés habría podido llegar a
ser peligrosa y fatal para mí, desacreditando gravemente mi gobierno fronterizo.
Pasaré por alto una infinidad de detalles, que te probarían hasta la evidencia todas las
seducciones a que está expuesta la diplomacia de un jefe de fronteras, teniendo que
habérselas con secretarios como mi comadre; y te diré solamente que esta vez se le
quemaron los libros de su experiencia a Mariano, siendo Carmen misma la que me inició en
los secretos de su misión.
El hecho es que nos hicimos muy amigos, y que a sus buenos informes del compadre
debo yo en parte el crédito de que llegué precedido cuando hice mi entrada triunfal en
Leubucó.
Otra conexión íntima contraje también durante las últimas negociaciones.
El cacique Ramón, jefe de las indiadas del Rincón, me había enviado su hermano mayor,
como muestra de su deseo de ser mi amigo.
Linconao, que así se llama, es un indiecito de unos veintidós años, alto, vigoroso, de
rostro simpático, de continente airoso, de carácter dulce, y que se distingue de los demás
indios en que no es pedigüeño.
Los indios viven entre los cristianos fingiendo pobrezas y necesidades, pidiendo todos
los días; y con los mismos preámbulos y ceremonias piden una ración de sal, que un
poncho fino o un par de espuelas de plata.
Tener que habérselas con una comisión de estos sujetos, para un jefe de frontera,
presupone tener que perder todos los días unas cuatro horas en escucharles.
Yo, que por mi temperamento sanguíneo-bilioso no soy muy pacienzudo que digamos,
he descubierto con este motivo que el deber puede modificar fundamentalmente la
naturaleza humana.
En algunos parlamentos de los celebrados en el Río Cuarto, más de una vez derroté a
mis interlocutores, cuyo exordio sacramental era: -Para tratar con los indios se necesita
mucha paciencia, hermano.
No sé si tenéis idea de lo que es un parlamento en tierra de cristianos; y digo en tierra de
cristianos, porque en tierra de indios el ritual es diferente.
Un parlamento es una conferencia diplomática.
La comisión se manda anunciar anticipadamente con el lenguaraz. Si la componen
veinte individuos, los veinte se presentan.
Comienzan por dar la mano por turno de jerarquía, y en esa forma se sientan, con
bastante aplomo, en las sillas o sofás que se les ofrecen.
El lenguaraz, es decir, el intérprete secretario, ocupa la derecha del que hace cabeza.
Habla éste y el lenguaraz traduce, siendo de advertir que aunque el plenipotenciario
entienda el castellano y lo hable con facilidad, no se altera la regla.
Mientras se parlamenta hay que obsequiar a la comisión con licores y cigarros.
Los indios no rehúsan jamás beber, y cigarros, aunque no los fumen sobre tablas,
reciben mientras les den.
Pero no beben, ni fuman cuando no tienen confianza plena en la buena fe del que les
obsequia, hasta que éste no lo haya hecho primero.
Una vez que la confianza se ha establecido cesan las precauciones, y echan al estómago
el vaso de licor que se les brinda, sin más preámbulos que el de sus preocupaciones.
Una de ellas estriba en no comer ni beber cosa alguna, sin antes ofrecerle las primicias al
genio misterioso en que creen y al que adoran sin tributarle culto exterior.
Consiste esta costumbre en tomar con el índice y el pulgar un poco de la cosa que deben
tragar o beber y en arrojarla a un lado, elevando la vista al cielo y exclamando: ¡Para Dios!
Es una especie de conjuro. Ellos creen que el diablo, Gualicho, está en todas partes, y
que dándole lo primero a Dios, que puede más que aquél, se hace el exorcismo.
El parlamento se inicia con una serie inacabable de salutaciones y preguntas, como
verbigracia: -¿Cómo está Ud.? ¿Cómo están sus jefes, oficiales y soldados? ¿Cómo le ha
ido a Ud. desde la última vez que nos vimos? ¿No ha habido alguna novedad en la frontera?
¿No se le han perdido algunos caballos?
Después siguen los mensajes, como por ejemplo: -Mi hermano, o mi padre, o mi primo, me
ha encargado le diga a Ud. que se alegrará que esté Ud. bueno en compañía de todos sus
jefes, oficiales y soldados; que desea mucho conocerle; que tiene muy buenas noticias de
Ud.; que ha sabido que desea Ud. la paz y que eso prueba que cree en Dios y que tiene un
excelente corazón.
A veces cada interlocutor tiene su lenguaraz, otras es común.
El trabajo del lenguaraz es ímprobo en el parlamento más insignificante. Necesita tener
una gran memoria, una garganta de privilegio y muchísima calma y paciencia.
¡Pues es nada antes de llegar al grano tener que repetir diez o veinte veces lo mismo!
Después que pasan los saludos, cumplimientos y mensajes, se entra a ventilar los
negocios de importancia, y una vez terminados éstos, entra el capítulo quejas y pedidos,
que es el más fecundo.
Cualquier parlamento dura un par de horas, y suele suceder al rato de estar en él, que
varios de los interlocutores están roncando. Como el único que tiene responsabilidad en lo
que se ventila es el que hace cabeza, después que cada uno de los que le acompañan ha
sacado su piltrafa, ya la cosa ni le interesa ni le importa y, no pudiendo retirarse, comienza
a bostezar y acaba por dormirse, hasta que el plenipotenciario, apercibiéndose del ridículo,
pide permiso para terminar y retirarse, prometiendo volver muy pronto, pues tiene muchas
cosas más que decir aún.
Linconao fue atacado fuertemente de las viruelas, al mismo tiempo que otros indios.
Trajéronme el aviso, y siendo un indio de importancia, que me estaba muy recomendado
y que por sus prendas y carácter me había caído en gracia, fuime en el acto a verle.
Los indios habían acampado en tiendas de campaña que yo les había dado, sobre la costa
de un lindo arroyo tributario del Río Cuarto.
En un albardón verde y fresco, pintado de flores silvestres, estaban colocadas las tiendas
en dos filas, blanqueando risueñamente sobre el campestre tapete.
Todos ellos me esperaban mustios, silenciosos y aterrados, contrastando el cuadro
humano con el de la riente naturaleza y la galanura del paisaje.
Linconao y otros indios yacían en sus tiendas revolcándose en el suelo con la
desesperación de la fiebre; sus compañeros permanecían a la distancia, en un grupo, sin ser
osados a acercarse a los virulentos y mucho menos a tocarles.
Detrás de mí iba una carretilla ex profeso.
Acerqueme primero a Linconao y después a los otros enfermos; hableles a todos
animándolos, llamé algunos de sus compañeros para que me ayudaran a subirlo al carro;
pero ninguno de ellos obedeció, y tuve que hacerlo yo mismo con el soldado que lo tiraba.
Linconao estaba desnudo y su cuerpo invadido de la peste con una virulencia horrible.
Confieso que al tocarle sentí un estremecimiento semejante al que conmueve la frágil y
cobarde naturaleza cuando acometemos un peligro cualquiera.
Aquella piel granulenta al ponerse en contacto con mis manos, me hizo el efecto de una
lima envenenada.
Pero el primer paso estaba dado y no era noble, ni digno, ni humano, ni cristiano,
retroceder, y Linconao fue alzado a la carretilla por mí, rozando su cuerpo mi cara.
Aquel fue un verdadero triunfo de la civilización sobre la barbarie; del cristianismo
sobre la idolatría.
Los indios quedaron profundamente impresionados; se hicieron lenguas alabando mi
audacia y llamáronme su padre.
Ellos tienen un verdadero terror pánico a la viruela, que sea por circunstancia cutáneas o
por la clase de su sangre, los ataca con furia mortífera.
Cuando en Tierra Adentro aparece la viruela, los toldos se mudan de un lado a otro,
huyendo las familias despavoridas a largas distancias de los lugares infestados.
El padre, el hijo, la madre, las personas más queridas son abandonadas a su triste suerte, sin
hacer más en favor de ellas que ponerles alrededor del lecho agua y alimentos para muchos
días.
Los pobres salvajes ven en la viruela un azote del cielo, que Dios les manda por sus
pecados.
He visto numerosos casos y son rarísimos los que se han salvado, a pesar de los
esfuerzos de un excelente facultativo, el Dr. Michaut, cirujano de mi División.
Linconao fue asistido en mi casa, cuidándolo una enfermera muy paciente y cariñosa,
interesándose todos en su salvación, que felizmente conseguimos.
El cacique Ramón me ha manifestado el más ardiente agradecimiento por los cuidados
tributados a su hermano, y éste dice que después de Dios, su padre soy yo, porque a mí me
debe la vida.
Todas estas circunstancias, pues, agregadas a las consideraciones mentadas en mi carta
anterior, me empujaban al desierto.
Cuando resolví mi expedición, guardé el mayor sigilo sobre ella.
Todos vieron los preparativos, todos hacían conjeturas, nadie acertó.
Sólo un fraile amigo conocía mi secreto.
Y esta vez no sucedió lo que debiera haber sucedido a ser cierto el dicho del moralista:
Lo que uno no quiere que se sepa no debe decirse.
Es que la humanidad, por más que digan, tiene muchas buenas cualidades, entre ellas, la
reserva y la lealtad.
Supongo que serás de mi opinión, y con esto me despido hasta mañana.
- III -
Quién conocía mi secreto. El Río Quinto. El paso del Lechuzo. Defecto de un fraile.
Compromiso recíproco. Preparativos para la marcha. Resistencia de los gauchos. Cambio
de opiniones sobre la fatalidad histórica de las razas humanas. Sorpresa de Achauentrú al
saber que me iba a los indios. Pensamiento que me preocupaba. Ofrecimientos y pedidos de
Achauentrú. Fray Moisés Álvarez. Temores de los indios. Seguridades que les di. Efectos
de la digestión sobre el humor. Las mujeres del fuerte Sarmiento. Un simulacro.
Sólo el franciscano Fray Marcos Donatti, mi amigo íntimo, conocía mi secreto.
Se lo había comunicado yendo con él del fuerte Sarmiento al "Tres de Febrero", otro
fuerte de la extrema derecha de la línea de frontera sobre el Río Quinto.
Este sacerdote, que a sus virtudes evangélicas reúne un carácter dulcísimo, recorría las
dos fronteras de mi mando, diciendo misa en improvisados altares, bautizando y haciendo
escuchar con agrado su palabra a las pobres mujeres de los pobres soldados. La que le oía
se confesaba.
Era una noche hermosa, de esas en que el mundo estelar brilla con todo el esplendor de
su magnificencia. La luna no se ocultaba tras ningún celaje, y de vez en cuando al
acercanos a las barrancas del Río Quinto, que corre tortuoso costeándolo el camino, la
veíamos retratarse radiante en el espejo móvil de ese río, que nace en las cumbres de la
sierra de la Carolina, y que, corriendo en una curva de poniente a naciente, fecunda con sus
aguas, ricas como las del Segundo de Córdoba, los grandes potreros de la villa de
Mercedes, hasta perderse en las impasables cañadas de la Amarga.
Llegábamos al paso del Lechuzo, famoso por ser uno de los más frecuentados por los
indios en la época tristemente memorable de sus depredaciones.
Hay allí un montoncito de árboles, corpulentos y tupidos, que tendrá como una media
milla de ancho y que de noche el fantástico caminante se apresura a cruzar por un instinto
racional que nos inclina a acortar el peligro.
El paso del Lechuzo, con su nombre de mal agüero, es una excelente emboscada y
cuentan sobre él las más extrañas historias de fechorías hechas allí por los indios.
Lo cruzamos al trote, azotando las ramas caballos y jinetes; al salir de la espesura, piqué
yo el mío con las espuelas, y diciéndole a Fray Marcos -Oiga, padre-, me puse al galope
seguido por el buen franciscano, que no tenía entonces, como no tiene ahora, para mí más
defecto que haberme maltratado un excelente caballo moro que le presté.
El ayudante y los tres soldados que me acompañaban quedáronse un poco atrás y nada
pudieron oír de nuestra conversación.
El padre tenía su imaginación llena de las ideas de los gauchos que han solido ir a los
indios por su gusto o vivir cautivos entre ellos.
Consideraba mi empresa la más arriesgada, no tanto por el peligro de la vida, sino por la
fe púnica de los indígenas. Me hizo sobre el particular las más benévolas reflexiones, y por
último, dándome una muestra de cariño, me dijo: "Bien, Coronel: pero cuando Ud. se vaya,
no me deje a mí, Ud. sabe que soy misionero".
Yo he cumplido mi promesa y él su palabra.
Los preparativos para la marcha se hicieron en el fuerte Sarmiento, donde a la sazón se
hallaba una comisión de indios presidida por Achauentrú, diplomático de monta entre los
ranqueles, y cuyos servicios me han sido relatados por él mismo.
Ya calcularás que los preparativos debían reducirse a muy poca cosa. En las correrías
por la Pampa lo esencial son los caballos. Yendo uno bien montado, se tiene todo; porque
jamás faltan bichos que bolear, avestruces, gamas, guanacos, liebres, gatos monteses, o
peludos, o mulitas, o piches o matacos que cazar.
Eso es tener todo andando por los campos: tener que comer.
A pesar de esto yo hice preparativos más formales. Tuve que arreglar dos cargas de
regalos y otra de charqui riquísimo, azúcar, sal, yerba y café. Si alguien llevó otras
golosinas debió comérselas en la primera jornada, porque no se vieron.
Los demás aprestos consistieron en arreglar debidamente las monturas y arreos de todos
los que debían acompañarme para que a nadie le faltara maneador, bozal con cabestro,
manea y demás útiles indispensables, y en preparar los caballos, componiéndoles los vasos
con la mayor prolijidad.
Cuando yo me dispongo a una correría sólo una cosa me preocupa grandemente: los
caballos.
De lo demás, se ocupa el que quiere de los acompañantes.
Por supuesto, que un par de buenos chifles no han de faltarle a ninguno que quiera tener
paz conmigo. Y con razón, el agua suele ser escasa en la Pampa y nada desalienta y
desmoraliza más que la sed. Yo he resistido setenta y dos horas sin comer, pero sin beber
no he podido estar sino treinta y dos. Nuestros paisanos, los acostumbrados a cierto género
de vida, tienen al respecto una resistencia pasmosa. Verdad que, ¡qué fatiga no resisten
ellos!
Sufren todas las intemperies, lo mismo el sol que la lluvia, el calor que el frío, sin que
jamás se les oiga una murmuración, una queja. Cuando más tristes parecen, entonan un
airecito cualquiera.
Somos una raza privilegiada, sana y sólida, susceptible de todas las enseñanzas útiles y
de todos los progresos adaptables a nuestro genio y a nuestra índole.
Sobre este tópico, Santiago amigo, mis opiniones han cambiado mucho desde la época
en que con tanto furor discutíamos, a tres mil leguas, la unidad de la especie humana y la
fatalidad histórica de las razas.
Yo creía entonces que los pueblos greco-latinos no habían venido al mundo para
practicar la libertad y enseñarla con sus instituciones, su literatura y sus progresos en las
ciencias y en las artes, sino para batallar perpetuamente por ella. Y, si mal no recuerdo, te
citaba a la noble España luchando desde el tiempo de los romanos por ser libre de la
dominación extranjera unas veces, por darse instituciones libres otras.
Hoy pienso de distinta manera. Creo en la unidad de la especie humana y en la
influencia de los malos gobiernos. La política cría y modifica insensiblemente las
costumbres, es un resorte poderoso de las acciones de los hombres, prepara y consuma las
grandes revoluciones que levantan el edificio con cimientos perdurables o lo minan por su
base. Las fuerzas morales dominan constantemente las físicas y dan la explicación y la
clave de los fenómenos sociales.
Terminados los aprestos, recién anuncié a los que formaban mi comitiva que al día
siguiente partiríamos para el sur, por el camino del Cuero, y que no era difícil fuéramos a
sujetar el pingo en Leubucó.
Más tarde hice llamar al indio Achauentrú y le comuniqué mi idea.
Manifestose muy sorprendido de mi resolución, preguntome si la había transmitido de
antemano a Mariano Rosas y pretendió disuadirme, diciéndome que podía sucederme algo,
que los indios eran muy buenos, que me querían mucho, pero que cuando se embriagaban
no respetaban a nadie.
Le hice mis observaciones, le pinté la necesidad de hablar yo mismo sobre la paz con los
caciques y el bien inmenso que podía resultar de darles una muestra de confianza tan
clásica como la que les iba a dar.
Sobre todos los pensamientos el que más me dominaba era este: probarles a los indios
con un acto de arrojo, que los cristianos somos más audaces que ellos, y más confiados
cuando hemos empeñado nuestro honor.
Los indios nos acusan de ser gentes de muy mala fe, y es inacabable el capítulo de
cuentos con que pretenden demostrar que vivimos desconfiando de ellos y engañándolos.
Achauentrú es entendido, y comprendió no sólo que mi resolución era irrevocable, que
decididamente me iba al día siguiente, sino algunos de los motivos que le expuse.
Entonces, me ofreció muchas cartas de recomendación, y como favor especial me pidió
que del Cuero adelantara un chasqui avisando mi ida; primero para que no se alarmasen los
indios y segundo para que me recibieran como era debido.
Le pedí para el efecto un indio, y me dio uno llamado Angelito, sin tener nada de tal.
Positivamente los nombres no son el hombre.
Después de hablar Achauentrú conmigo, fuese a conversar con el padre Marcos y su
compañero fray Moisés Álvarez, joven franciscano natural de Córdoba, lleno de bellas
prendas, que respeto por su carácter y quiero por su buen corazón.
Al rato vinieron todos muy alarmados, diciéndome que los indios todos, lo mismo que
los lenguaraces, conceptuaban mi expedición muy atrevida, erizada de inconvenientes y de
peligros, y que lo que más atormentaba su imaginación era lo que sería de ellos si por
alguna casualidad me trataban mal en Tierra Adentro o no me dejaban salir.
Híceles decir, porque quedaban en rehenes, que no tuvieran cuidado, que si los indios
me trataban mal, ellos no serían maltratados; que si me mataban, ellos no serían
sacrificados; que sólo en el caso de que no me dejasen volver, ellos no regresarían tampoco
a su tierra, quedando en cambio mío, de mis oficiales y soldados. Ellos eran unos ocho, me
parece, y los que íbamos a internarnos diecinueve.
Y les pedí encarecidamente a los padres, les hicieran comprender que aquellas ideas
eran justas y morales.
Tranquilizáronse; después de muchos meses de estar en negocios conmigo, no
habiéndolos engañado jamás ni tratado con disimulo, sino así tal cual Dios me ha hecho:
bien unas veces, mal otras, porque mi humor depende de mi estómago y de mis digestiones,
habían adquirido una confianza plena en mi palabra.
¡Cuántas veces no llegaron a mis oídos en el Río Cuarto estas palabras proferidas por los
indios en sus conversaciones de pulpería! : "Ese Coronel Mansilla, bueno, no mintiendo, no
engañando nunca pobre indio".
Llegó por fin el día y el momento de partir. El fuerte Sarmiento estaba en revolución.
Soldados y mujeres rodeaban mi casa, para darme un adiós, sans adieu!, y desearme feliz
viaje. Ellas creían quizá interiormente que no volvería. El cariño, la simpatía, el respeto
exageran el peligro que corren o deben correr las personas que no nos son indiferentes. Hay
más miedo en la imaginación que en las cosas que deben suceder.
Cuando todos esperaban ver arrimar mis tropillas y las mulas para tomar caballos,
aparejar las cargas y que me pusiera en marcha, oyose un toque de corneta inusitado a esa
hora: llamada redoblada.
En el acto cundió la voz: ¡los indios!
Y una agitación momentánea era visible en todos los semblantes.
Los soldados corrían con sus armas a las cuadras.
Poco tardó en oírse el toque de tropa, y poco también en estar todas las fuerzas de la
guarnición formadas, el batallón 12 de línea montado en sus hermosas mulas, y el 7 de
caballería de línea en buenos caballos, con el de tiro correspondiente.
Al mismo tiempo que la tropa había estado aprestándose para formar, los vivanderos
recibieron orden de armarse, las mujeres de reconcentrarse al club "El Progreso en la
Pampa" que estaban edificando los jefes y oficiales de la guarnición, que tiene su hermoso
billar y otras comodidades. A los indios se les ordenó no se movieran del rancho en que
estaban alojados y a los vivanderos que sirvieran de custodia de unos y otras.
Mientras esto pasaba en el recinto del fuerte, en sus alrededores reinaba también grande
animación: las caballadas, el ganado, todo, todo cuanto tenía cuatro patas era sacado de sus
comederos habituales y reconcentrado.
Decididamente los indios han invadido por alguna parte, eran las conjeturas. Achauentrú
estaba estupefacto, vacilando entre si era una invasión que venía o una que iba.
Cuando todo estaba listo, mi segundo jefe recibió orden de salir con las fuerzas, de
marchar una legua rumbo al sur y se pasó allí una revista general.
Yo quise antes de marcharme ver en cuánto tiempo se aprestaba la guarnición, fingiendo
una alarma y reírme un poco de los indios, que tuvieron un rato de verdadera amargura, no
sabiendo ni lo que pasaba, ni qué creer.
Y tuve la satisfacción militar de que todo se hiciera con calma y prontitud, sea dicho en
elogio de cuantos guarnecían el fuerte Sarmiento en aquel entonces.
¡Que Dios ayude mientras estoy lejos a mis compañeros de armas, esos hermanos del
peligro, del sacrificio y de la gloria; lo mismo que deseo te ayude a ti, Santiago amigo,
conservándote siempre con un humor placentero, y un estómago como los desea Brillat-
Savarin!
- IV -
Idea a que no nos resignamos. La partida. Lenguaje de los paisanos. Qué es una rastrillada.
El público sabe muchas mentiras e ignora muchas verdades. Qué es un guadal. El caballo y
la mula. Una despedida militar. La Laguna Alegre.
A las cinco de la tarde estaba todo listo, y mi gente recibió orden de entregar sus armas,
excepto el sable, que sin vaina debía ser colocado entre las caronas. Mis ayudantes y yo
llevábamos revólvers y una escopeta. Por más grande que fuese mi deseo de presentarme
ante los indígenas sin aparato, ni ostentación, no pude resolverme a hacerlo completamente
desarmado. Podía llegar el caso de tener que perder la vida, y era menester ir preparado a
venderla cara. Hay una idea a la que el hombre no se resigna sino cuando es santo, y es a
morir sacrificado con la mansedumbre de un cordero.
Entregadas las armas, hice arrimar las tropillas y las mulas; formé cuatro pelotones de la
gente, dile a cada uno una tropilla, dejando otra de reserva; mandé ensillar y aparejar, y a la
media hora, cuando el sol del último día de marzo se perdía radiante en el lejano horizonte,
puse pie en el estribo.
Varios jefes y oficiales habían ensillado para acompañarme hasta cierta distancia.
Salí del fuerte entre las salutaciones cariñosas y las sonrisas amables y expresivas de los
soldados, dejando a todos inquietos, particularmente a Achauentrú, que, al subir a caballo,
vino a darme un abrazo, a hacerme su retahíla de recomendaciones, y a repetirme por la
milésima vez, que no dejara de adelantar un chasqui anunciando mi ida.
El camino del Cuero pasa por el mismo fuerte Sarmiento que le ha robado su nombre al
antiguo y conocido Paso de las Arganas.
Este camino consiste en una gran rastrillada, y su rumbo es sudeste, o lo que en lenguaje
comprensivo de los paisanos de Córdoba llamamos sudabajo.
Ellos tienen un modo peculiar de denominar ciertas cosas y sólo en la práctica se
comprende la ventaja de la sustitución.
Al oeste le llaman arriba. Al este, abajo. Estos dos vocablos sustituidos a los vientos
cardinales, permiten expresarse con más facilidad y más claridad, en razón de la similitud
de las palabras este y oeste y de su composición vocal.
Un ejemplo lo demostrará.
Si queriendo ir del punto A al punto B o, para ser más claro, de la Villa del Río Cuartó
al fuerte Sarmiento, cortando el campo, se ocurriese a un baquiano por las señas, las darían
así:
Miraría al sur, y haciendo una indicación con la mano derecha diría: se sale en estas
dereceras, sur, y se camina rumbeando medio abajo; pero muy poco abajo.
Con estas señas, el que tiene la costumbre de andar por los campos, va derecho como un
huso a su destino.
Si queriendo ir de la Villa del Río Cuarto a las Achiras, en el mes de noviembre,
verbigracia, en que el sol se pone inclinándose al sur, se preguntasen las señas, la
contestación sería:
-Salga derecho arriba, medio rumbeando al lado en que se pone el sol y ahí, en aquella
punta de sierra, ahí está Achiras.
Con esas señas cualquiera va derecho.
De esta costumbre cordobesa de llamarle abajo al naciente y arriba al poniente, viene la
denominación de Provincias de arriba y de abajo; la de arribeños y abajeños.
A las facilidades que este modo de expresarse ofrece, reúne una circunstancia que
responde a un hecho geográfico.
Ir de Córdoba para el poniente o para el naciente es, en efecto, ir para arriba o para
abajo, porque el nivel de la tierra es más elevado que el del mar a medida que se camina del
Litoral de nuestra patria para la Cordillera; la tierra se dobla visiblemente, de manera que el
que va sube y el que viene baja.
He dicho que el camino del Cuero consiste en una gran rastrillada, y voy a explicar lo
que significa esta palabra, que en buen castellano tiene una significación distinta de la que
le damos en la jerga de la tierra.
Si en lugar de estar conversando contigo públicamente lo hiciera en reserva, no me
detendría en estos detalles y explicaciones. Todos los que hemos sido público alguna vez
sabemos que este monstruo de múltiple cabeza, sabe muchas cosas que debiera ignorar e
ignora muchas otras que debiera saber. -¿Quién sabe, por ejemplo, más mentiras que el
público?
Pero preguntadle algo sobre las cosas de la tierra, sobre el estado moral y político de
nuestros moradores fronterizos de La Rioja o de Santiago del Estero, y ya veréis lo que
sabe.
Preguntadle dónde queda el Río Chalileo o el cerro Nevado, y ya veréis qué sabe el
respetable público sobre las cosas que pueden interesarle mañana, distraído como vive por
las cosas de actualidad.
Hasta cierto punto yo le hallo razón. ¿No paga su dinero para que cotidianamente le den
noticias de las cinco partes del mundo, le enteren de la política internacional de las
naciones, le tengan al cabo de los descubrimientos científicos, de los progresos del vapor,
de la electricidad y de la pesca de la ballena?
Pues entonces ¿por qué se ha de afanar tanto?
Una rastrillada, son los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y
venidas han dejado los indios en los campos.
Estos surcos, parecidos a la huella que hace una carreta la primera vez que cruza por un
terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido.
En plena Pampa, no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo, salirse de la senda,
es muchas veces un peligro real; porque no es difícil que ahí mismo, al lado de la
rastrillada, haya un guadal en el que se entierren caballo y jinete enteros.
Guadal se llama un terreno blando y movedizo que no habiendo sido pisado con
frecuencia, no ha podido solidificarse.
Es una palabra que no está en el diccionario de la lengua castellana, aunque la hemos
tomado de nuestros antepasados, que viene del árabe y significa agua o río.
La Pampa está llena de estos obstáculos.
¡Cuántas veces en una operación militar, yendo en persecución de los indios, una
columna entera no ha desaparecido en medio del ímpetu de la carrera!
¡Cuántas veces un trecho de pocas varas ha sido causa de que jefes muy intrépidos se
viesen burlados por el enemigo, en esas Pampas sin fin!
¡Cuántas veces los mismos indios no han perecido bajo el filo del sable de nuestros
valientes soldados fronterizos por haber caído en un guadal!
Las Pampas son tan vastas, que los hombres más conocedores de los campos se pierden
a veces en ellas.
El caballo de los indios es una especialidad en las Pampas.
Corre por los campos guadalosos, cayendo y levantando, y resiste a esa fatiga hercúlea
asombrosamente, como que está educado al efecto y acostumbrado a ello.
El guadal suele ser húmedo y suele ser seco, pantanoso y pegajoso, o simplemente
arenoso
Es necesario que el ojo esté sumamente acostumbrado para conocer el terreno
guadaloso. Unas veces el pasto, otras veces el color de la tierra son indicios seguros. Las
más el guadal es una emboscada para indios y cristianos.
Los caballos que entran en él, cuando no están acostumbrados, pugnan un instante por
salir, y el esfuerzo que hacen es tan grande, que en los días más fríos no tardan en cubrirse
de sudor y en caer postrados, sin que haya espuela ni rebenque que los haga levantar. Y
llegan a acobardarse tanto, que a veces no hay poder que los haga dar un paso adelante
cuando pisan el borde movedizo de la tierra. Y eso que es de todos los cuadrúpedos
destinados al servicio del hombre el más valiente. Picado con las espuelas parte como el
rayo y salva el mayor precipicio.
¡Cuán diferente de la mula!
Jamás pierde ella su sangre fría.
Ora vaya por los caminos pampeanos o por las laderas vertiginosas de la Cordillera, el
híbrido animal es siempre cauteloso. El caballo se lanza como el rayo; la mula tantea antes
de ir adelante. Saca una mano, después otra, y es tan precavida, que en donde puso éstas,
pone las patas. Cuando hay peligro no hay que advertirla; a nada obedece, ni a la rienda, ni
al rebenque, ni a la espuela. Sólo su instinto de conservación la mueve. Es excusado querer
dirigirla. Ella va por donde quiere. Morirá despeñada; pero no ciegamente como el caballo,
sino por haberse equivocado.
Estando los campos cubiertos de agua, es más necesario que nunca seguir rectamente la
dirección de la rastrillada; porque reblandecida la tierra por la humedad, el peligro del
guadal es inminente a cada paso.
Cuando salimos de Sarmiento había llovido mucho. A una media legua de allí el terreno
tiene un doblez y se cae a una cañada muy guadalosa; así fue que allí hice alto, me despedí
y separé de los camaradas que me acompañaban, y después de algunas prevenciones
generales a los que me seguían, tomé la dirección llevando el baquiano a mi izquierda,
yendo él por una huella, por otra yo.
¡Con qué pena se despidieron de mí mis leales compañeros! Yo lo leí en sus caras, por
más que con afables sonrisas y afectuosos apretones de manos, quisieran disimularlo.
¡Ah!, sólo los que somos soldados, sabemos lo que es ver partir a los amigos al peligro
en que se cae o se muere, y quedarnos... ¡ Y sólo los que somos soldados, sabemos lo que
es ver volver del combate, sanos e ilesos, a los hermanos cuya suerte no hemos compartido
ese día!
Hay tales misterios en el corazón humano; abismos tan profundos, de amor, de
abnegación, de generosidad, que la palabra no conseguirá jamás explicarlos.
Hay que sentir y callar. Por eso una mirada, un abrazo, un ademán con la mano, dicen
más que todo cuanto la pluma más hábilmente manejada pueda describir.
La noche nos sorprendió sin haber alcanzado a cruzar la cañada.
La luna salía tarde, el cielo estaba cubierto de nubes, no se veían las estrellas. Durante
un largo rato caminamos, pues, en medio de una completa obscuridad, cayendo y
levantando, porque en cuanto nos desviábamos de las rastrilladas pisábamos el borde del
guadal.
Las mulas que llevaban las cargas de charqui y regalos para los caciques daban
muchísimo trabajo. Por huir del peligro caían a cada paso en él. Una de ellas llevaba los
ornamentos sagrados de mis amigos los franciscanos, y ellos y yo íbamos con el jesús en la
boca, esperando el momento en que gritaran: -Cayó la mula de los padrecitos, que así
llaman los Paisanos cordobeses a los frailes.
Fue menester ponerles a todas bozal y llevarlas tirando del cabestro.
Perdiose tiempo en esta operación, así fue que era tarde cuando llegamos a la Laguna
Alegre.
Estaban las cabalgaduras tan fatigadas de cuatro leguas más o menos de marcha
nocturna por la obscuridad y entre el agua, que resolvía hacer una parada esperando que se
despeje el cielo o saliera la luna.
Campamos... Y el fogón no tardó en brillar, haciéndose una rueda, en torno de él, de
todos los que me acompañaban.
Entre mate y mate cada cual contó una historia más o menos soporífera.
En todo pensábamos, menos en los indios.
Yo conté la mía, y un cabo Gómez, muerto en la gloriosa guerra del Paraguay fue el
asunto de mi cuento.
Tiene algo de fantástico y maravilloso.
Si estoy de humor mañana y no te vas fastidiando de las digresiones y no te urge llegar a
Leubucó, te la contaré.
- V -
El fogón. Calixto Oyarzábal. El cabo Cómez. De qué fue a la guerra del Paraguay. Por qué
lo hicieron soldado de línea. José Ignacio Garmendia y Maximio Alcorta. Predisposiciones
mías en favor de Gómez. Su conducta en el batallón 12 de línea. Primera entrevista con él.
Su figura en el asalto de Curupaití. La lista después del combate. El cabo Gómez muerto.
El fogón es la delicia del pobre soldado, después de la fatiga. Alrededor de sus
resplandores desaparecen las jerarquías militares. Jefes superiores y oficiales subalternos
conversan fraternalmente y ríen a sus anchas. Y hasta los asistentes que cocinan el puchero
y el asado, y los que ceban el mate, meten, de vez en cuando, su cucharada en la charla
general, apoyando o contradiciendo a sus jefes y oficiales, diciendo alguna agudeza o
alguna patochada.
Cuando Calixto Oyarzábal, mi asistente, dejó la palabra, con sentimiento de los que le
escuchaban, pues es un pillo de siete suelas, capaz de hacer reír a carcajadas a un inglés,
pidiéronme mis circunstantes mi cuentito.
Yo estaba de buen humor, así fue que después de dirigirle algunas bromas a Calixto, que
con su aire de zonzo estudiado, ha hecho ya una revolución en las Provincias, para que veas
lo que es el país, tomé a mi turno la palabra.
Y este cuento me permitirás que se lo dedique a un mi amigo que ha hecho la guerra en
el Paraguay como oficial de un batallón de Guardia Nacional.
Se llama Eduardo Dimet, y como le quiero, me permitirás no te haga la pintura de su
carácter y cualidades; porque los colores de la paleta del cariño son siempre lisonjeros y
sospechosos.
Voy a mi cuento.
El cabo Gómez, era un correntino que se quedó en Buenos Aires cuando la primera
invasión de Urquiza, que dio en tierra con la dictadura de Rosas.
Tendría Gómez así como unos treinta y cinco años; era alto, fornido, y columpiábase
con cierta gracia al caminar; su tez era entre blanca y amarilla, tenía ese tinte peculiar a las
razas tropicales; hablaba con la tonada guaranítica, mezclando, como es costumbre entre los
correntinos y entre los paraguayos vulgares, la segunda y la tercera persona; en una palabra,
era un tipo varonil simpático.
Marchó Gómez a la guerra del Paraguay, en el Primer Batallón del Primer Regimiento
de G. N. que salió de Buenos Aires bajo las órdenes del Comandante Cobo, si mal no
recuerdo, y perteneció a la compañía de granaderos.
El capitán de ésta era otro amigo mío, José Ignacio Garmendia, que después de haber
hecho con distinción toda la campaña del Paraguay, anda ahora por Entre Ríos al mando de
un batallón.
Un día leíase en la Orden General del 2º Cuerpo de Ejército del Paraguay, al que yo
pertenecía: "Destínase por insubordinación, por el término de cuatro años, a un cuerpo de
línea al soldado de G. N. Manuel Gómez".
Más tarde presentase un oficial en el reducto que yo mandaba, que lo guarnecía el
batallón 12 de línea, creado y disciplinado por mí, con esta orden: "Vengo a entregar a
usted una alta personal".
Llamé a un ayudante y la alta personal fue recibida y conducida a la Guardia de
Prevención.
Luego que me desocupé de ciertos quehaceres, hice traer a mi presencia al nuevo
destinado para conocerle e interrogarle sobre su falta, amonestarle, cartabonearle y ver a
qué compañía había de ir.
Era Gómez, y por su talla esbelta fue a la compañía de granaderos.
José Ignacio Garmendia comía frecuentemente conmigo en el Paraguay, así era que
después de la lista de tarde casi siempre se le hallaba en mi reducto, junto con otro amigo
muy querido de él y mío, Maximio Alcorta, aunque este excelente camarada, que lo mismo
se apasiona del sexo hermoso que feo, tiene el raro y desgraciado talento de recomendar de
vez en cuando a las personas que más estima, unos tipos que no tardan en mostrar sus malas
mañas.
¡Cosas de Maximio Alcorta!
La misma tarde que destinaron a Gómez, Garmendia comió conmigo.
Durante la charla de la mesa -ya que en campaña a un tronco de yatay se llama así- me
dijo que Gómez había sido cabo de su compañía: que era un buen hombre, de carácter
humilde, subordinado, y que su falta era efecto de una borrachera.
Me añadió que cuando Gómez se embriagaba, perdía la cabeza, hasta el extremo de
ponerse frenético si le contradecían, y que en ese estado lo mejor era tratarlo con dulzura,
que así lo había hecho él, siempre con el mejor éxito.
En una palabra. Garmendia me lo recomendó con esa vehemencia propia de los
corazones calientes, que así es el suyo, y por eso cuantos le tratan con intimidad le quieren.
La varonil figura de Gómez y las recomendaciones de Garmendia predispusieron desde
luego mi ánimo en favor del nuevo destinado.
A mi turno, pues, se lo recomendé al capitán de la compañía de granaderos, diciéndole
todo lo que me había prevenido Garmendia.
El tiempo corrió...
Gómez cumplía estrictamente sus obligaciones, circunspecto y callado, con nadie se
metía, a nadie incomodaba. Los oficiales le estimaban y los soldados le respetaban por su
porte. De vez en cuando le buscaban para tirarle la lengua y arrancarle tal cual agudeza
correntina.
En ese tiempo yo era mayor y jefe interino del batallón 12 de línea. Todos los sábados
pasaba personalmente una revista general.
Me parece que lo estoy viendo a Gómez, en las filas, cuadrado a plomo, inmóvil como
una estatua, serio, melancólico, con su fusil reluciente, con su correaje lustroso, con todo su
equipo tan aseado que daba gusto,
Gómez no tardó en volver a ser cabo.
Habrían pasado cinco meses.
Un día, paseábame yo a lo largo de la sombra que proyectaba mi alojamiento, que era
una hermosa carreta.
Esto era en el célebre campamento de Tuyutí, allá por el mes de agosto.
¡En qué pensaba, cómo saberlo ahora! Pensaría en lo que amaba o en la gloria, que son
los dos grandes pensamientos que dominan al soldado. Recuerdo tan sólo que en una de las
vueltas que di una voz conocida me sacó de la abstracción en que estaba sumergido.
Di media vuelta, y como a unos seis pasos a retaguardia, vi al cabo Gómez, cuadrado,
haciendo la venia militar, doblándose para adelante, para atrás, a derecha e izquierda así
como amenazando perder su centro de gravedad.
Sus ojos brillaban con un fuego que no les había visto jamás.
En el acto conocí que estaba ebrio.
Era la primera vez desde que había entrado en el batallón.
Por cariño y por las prevenciones que me había hecho Garmendia, le dirigí la palabra
así:
-¿Qué quiere, amigo?
-Aquí te vengo a ver, ché Comandante, pa que me des licencia usted.
-¿Y para qué quieres licencia?
-Para ir a Itapirú a visitar a una hermanita que me vino de la Esquina.
-Pero hijo, si no estás bueno de la cabeza.
-No, ché Comandante, no tengo nada.
-Bien, entonces, dentro de un rato, te daré la licencia, ¿no te parece?
- Sí, sí.
Y esto diciendo, y haciendo un gran esfuerzo para dar militarmente la media vuelta y
hacer como era debido la venia, Gómez giró sobre los talones y se retiró.
Pasó ese día, o mejor dicho llegó la tarde, y junto con ella Garmendia.
Contele que Gómez se había embriagado por primera vez, y me dijo que debía haberlo
hecho para perder el miedo de hablar con el jefe, que cuando estaba en su batallón así solía
hacer algunas veces.
Como él y yo nos interesábamos en el hombre, sobre tablas entramos a averiguar cuánto
tiempo hacía que estaba ebrio cuando habló conmigo.
Llamé al capitán de granaderos, le hicimos varias preguntas y de ellas resultó
exactamente lo que me acababa de decir Garmendia: que Gómez había tomado para
atreverse a llegar hasta mí.
Empezando por el sargento primero de su compañía y acabando por el capitán, a todos
los que debía les había pedido la venia para hablar conmigo, estando en perfecto estado; de
lo contrario, no se la habrían concedido.
Al otro día de este incidente, Gómez estaba ya bueno de la cabeza.
Iba a llamarlo, mas entraba de guardia, según vi al formar la parada, y no quise hacerlo.
Terminado su servicio, le llamé, y recordándole que tres días antes me había pedido una
licencia, le pregunté si ya no la quería.
Su contestación fue callarse y ponerse rojo de vergüenza.
-¿Por cuántos días quiere Ud. licencia, cabo?
-Por dos días, mi Comandante.
-Está bien; vaya Ud., y pasado mañana, al toque de asamblea, está Ud. aquí.
-Está bien, mi Comandante.
Y esto diciendo, saludó respetuosamente, y más tarde se puso en marcha para Itapirú, y
a los dos días, cuando tocaban asamblea, la alegre asamblea, el cabo Gómez entraba en el
reducto, de regreso de visitar a su hermana, bastante picado de aguardiente, cargado de
tortas, queso y cigarros que no tardó en repartir con sus hermanos de armas.
Yo también tuve mi parte, tocándome un excelente queso de Goya, que me mandaba su
hermana, a quien no conocía.
¡En el mundo no, hay nada más bueno, más puro, más generoso que un soldado!
El tiempo siguió corriendo.
Marchamos de los campos de Tuyutí a los de Curuzú para dar el famoso asalto de
Curupaití.
Llegó el memorable día, y tarde ya, mi batallón recibió orden de avanzar sobre las
trincheras.
Se cumplió con lo ordenado.
Aquello era un infierno de fuego. El que no caía muerto, caía herido y el que sobrevivía
a sus compañeros contaba por minutos la vida. De todas partes llovían balas. Y lo que
completaba la grandeza de aquel cuadro solemne y terrible de sangre, era que estábamos
como envueltos en un trueno prolongado, porque las detonaciones del cañón no cesaban.
A los cinco minutos de estar mi batallón en el fuego sus pérdidas eran ya serias: muchos
muertos y heridos yacían envueltos en su sangre, intrépidamente derramada por la bandera
de la patria.
Recorriendo de un extremo a otro hallé al cabo Gómez, herido en una rodilla, pero
haciendo fuego hincado.
-Retírese, cabo -le dije.
-No, mi Comandante -me contestó-, todavía estoy bueno -y siguió cargando su fusil y yo
mi camino.
Al regresar de la extrema derecha del batallón a la izquierda, volví a pasar por donde
estaba Gómez.
Ya no hacía fuego hincado, sino echado de barriga, porque acababa de recibir otro
balazo en la otra pierna.
-Pero, cabo, retírese, hombre, se lo ordeno -le dije.
-Cuando Ud. se retire, mi Comandante, me retiraré -repuso, y echando un voto, agregó: -
¡paraguayos, ahora verán!
Y ebrio con el olor de la pólvora y de la sangre, hacía fuego y cargaba su fusil con la
rapidez del rayo, como si estuviese ileso.
Aquel hombre era bravo y sereno como un león.
Ordené a algunos heridos leves que se retiraban que le sacaran de allí, y seguí para la
izquierda.
El asalto se prolongaba...
Yendo yo con una orden, recibí un casco de, metralla en un hombro, y no volví al fuego
de la trinchera.
Pocos minutos después, el ejército se retiraba salpicado con la sangre de sus héroes, pero
cubierto de gloria.
Para pasar el parte, fue menester averiguar la suerte que le había cabido a cada uno de
los compañeros.
Esta ceremonia militar es una de las más tristes.
Es una revista en la que los vivos contestan por los muertos, los sanos por los heridos.
¿Quién no ha sentido oprimirse su pecho después de un combate, durante ese acto
solemne?
-¡Juan Paredes!
-¡ Presente!...
-¡Pedro Torres!
-¡Herido!...
¡Luis Corro!
-¡Muerto!...
¡Ah! ese "¡muerto!" hace un efecto que es necesario sentirlo para comprender toda su
amargura.
Según la revista que se pasó en el 12 de línea por el teniente primero D. Juan Pencienati
que fue el oficial más caracterizado que regresó sano y salvo del asalto de Curupaití, y
según otras averiguaciones que se tomaron, conforme a la práctica, resultó que el cabo
Gómez había muerto y por muerto se le dio.
En la visita que se mandó pasar a los hospitales de sangre no se halló al cabo Gómez.
Para mí no cabía duda de que Gómez, si no había muerto, había caído prisionero herido.
Los soldados decían: -No, señor, el cabo Gómez ha muerto. Nosotros le hemos visto
echado boca abajo al retirarnos de la trinchera con la bandera.
Yo sentía la muerte de todos mis soldados como se siente la separación eterna de objetos
queridos.
Pero, lo confieso, sobre todos los soldados que sucumbieron en esa jornada de recuerdo
imperecedero, el que más echaba de menos era el cabo Gómez.
La actitud de ese hombre obscuro, tendido de barriga, herido en las dos piernas y
haciendo fuego con el ardor sagrado del guerrero, estaba impresa en mí con indelebles
caracteres.
Esta visión no se borrará jamás de mi memoria. Perderé el recuerdo de ella cuando los
años me hayan hecho olvidar todo.
Y por hoy termino aquí, y mañana proseguiré mi cuento.
Hoy te he narrado sencillamente la muerte de un vivo. Mañana te contaré la vida de un
muerto.
Si lo de hoy te ha interesado, lo de mañana también te interesará.
A los del fogón que me escucharon les sucedió así.
- VI -
Regreso de Curupaití. Resurrección del cabo Gómez. Cómo se salvó. Sencillo relato.
Posibilidad de que un pensamiento se realice. Dos escuelas filosóficas. Un asesinato que
nadie había visto. Sospechas.
El ejército volvió a ocupar sus posiciones de Tuyutí: mi batallón su antiguo reducto.
Durante algún tiempo fue pan de cada día conversar del asalto de Curupaití, ora para
hacer su crítica, ora para recordar los héroes que cayeron mortalmente heridos aquel día de
luto.
La sucesión del tiempo, nuevos combates, otros peligros, iban haciendo olvidar las
nobles víctimas.
Sólo persistía en el espíritu el recuerdo de los predilectos; de esos predilectos del
corazón, cuya imagen querida no desvanecen ni el dolor ni la alegría.
De cuando en cuando, los hospitales de Itapirú, de Corrientes y de Buenos Aires, nos
remitían pelotones de valientes curados de sus gloriosas y mortales heridas.
La humanidad y la ciencia hacían en esa época de lucha diaria y cruenta, verdaderos
milagros.
¡Cuántos que salieron horriblemente mutilados del campo de batalla, no volvieron a los
pocos días a empuñar con mano vigorosa el acero vengador!
Los que mandaban cuerpos, enviaban de tiempo en tiempo oficiales de confianza a
revisar los hospitales, tomar buena nota de sus enfermos o heridos respectivos y socorrerles
en cuanto cabía.
Yo tenía frecuentes noticias de los hospitales de Itapirú y de Corrientes. Los enfermos
seguían bien. Día a día esperaba algunas altas.
Pensaba en esto quizá, cierta mañana, paseándome, según mi costumbre, por el parapeto
de la batería, cuyos cañones tenían constantemente dirigidas sus elocuentes y fatídicas
bocas al montecito de Yataytí-Corá, cuando un ayudante vino a anunciarme:
-Señor, una alta del hospital.
Su fisonomía traicionaba una sorpresa.
-¿Y quién, hombre?
-Un muerto.
-¿Cuál de ellos?
-El cabo Gómez.
Al oírle salté impaciente y alegre del parapeto a la explanada, corriendo en dirección al
rancho de la Mayoría.
La noticia de la aparición del cabo Gómez, ya había cundido por las cuadras.
Cuando llegué a la puerta de la Mayoría, un grupo de curiosos la obstruía.
Me abrieron paso y entré.
El cabo Gómez estaba de pie, apoyado en su fusil y llevaba la mochila terciada. Sus
vestiduras estaban destrozadas, su rostro pálido, habíase adelgazado mucho y costaba
reconocerle.
Realmente, parecía un resucitado.
Le di un abrazo, y ordené en el acto que prepararan un baile para celebrar esa noche la
resurrección de un compañero y el regreso del primer herido.
El batallón era un barullo. Todos querían ver a un tiempo al cabo; los unos le hacían
señas con la cabeza, los otros con las manos, los que no podían verle bien, se trepaban
sobre el mojinete de los ranchos; nadie se atrevía a dirigirle la palabra interrumpiéndome a
mí.
-¿Y cómo te ha ido, hombre?
-Bien, mi Comandante.
-¿Dónde está la alta? -pregunté al oficial encargado de la Mayoría.
Diómela, y notando que era de un hospital brasilero, me dirigí al cabo.
-¿Qué, has estado en un hospital brasilero?
-Sí, mi Comandante.
-¿Y cómo te salvaste de Curupaití? Cuando yo te ordené salieras de la trinchera ya
estabas herido de las dos piernas, no te podías mover.
-Mi Comandante, cuando los demás se retiraron con la bandera, viendo yo que nadie me
recogía, porque no me oían o no me veían, me arrastré como pude, y me escondí en unas
pajas a ver si en la noche me podía escapar.
-¿Y cómo te escapaste?
-Cuando los nuestros se retiraron, los paraguayos salieron de la trinchera y comenzaron
a desnudar los heridos y los muertos. Yo estaba vivo; pero muy mal herido, y como vi que
mataban a algunos que estaban penando, me acabé de hacer el muerto a ver si me dejaban.
No me tocaron, anduvieron dando vueltas cerca de mí y no me vieron. Luego que la noche
se puso obscura, hice fuerzas para levantarme y me levanté y caminé agarrándome del fusil,
que es este mismo, mi Comandante.
Un silencio profundo reinaba en aquel momento. Todos contenían hasta la respiración,
para no perder una palabra de las del cabo.
-¿Y por dónde saliste?
-Esa noche no pude salir, porque no era baquiano, y me perdí varias veces, y me costaba
mucho caminar, porque me dolían los balazos. Pero así que vino la mañanita, ya supe
dónde debía de ir, porque oí la diana de los brasileros. Seguí el rumbo y el humo de un
vapor, y salí a Curuzú. Allí había muchos heridos, que estaban embarcando a mí me
embarcaron con ellos y me llevaron a Corrientes, y allí he estado en el hospital, y ya estoy
muy mejor, mi Comandante, y me he venido porque ya no podía aguantar las ganas de ver
el batallón.
-¡Viva el cabo Gómez, muchachos! -grité yo.
-¡Viva! -contestaron los muy bribones, que nunca son más felices que cuando se les
incita al desorden y se les deja la libertad de retozar.
Y se lo llevaron al cabo Gómez en triunfo, dándole mil bromas, y siendo su venida
inesperada un motivo de general animación y contento durante muchas horas.
Estas escenas de la vida militar, aunque frecuentes, son indescriptibles.
Garmendia vino esa tarde a compartir mi pucherete, mi asado flaco y mi fariña, sabiendo
ya por uno de los asistentes que el cabo Gómez había resucitado.
Garmendia tiene fibra de soldado y estaba infantilmente alegre del suceso; así fue que la
primera cosa que me dijo al verme, fue:
-Conque el cabo Gómez no había muerto en Curupaití, ¡cuánto me alegro! ¿Y dónde
está, llámelo, vamos a preguntarle cómo se escapó?
Contele entonces todo lo que acababa de referirme el cabo, pero como se empeñase en
verle la cara, le hice venir.
Interrogado por Garmendia, repitió lo que ya sabemos, con algunos agregados, como por
ejemplo, que la noche que estuvo oculto, él mismo se ligó las heridas, haciendo hilas y
vendas de la ropa de un muerto.
Contonos también que estaba muy triste y avergonzado, porque en los primeros
momentos del fuego, el día de Curupaití, el alférez Guevara le había pegado un bofetón,
creyendo que estaba asustado y diciéndole:
-¡Eh!, haga fuego, déjese de mirar el oído del fusil.
Que él no había estado asustado ese día, que cuando el alférez le pegó, estaba limpiando
la chimenea de su arma, que recién se asustó un poco cuando los paraguayos salieron de sus
posiciones desnudando y matando, porque no tenía fuerzas para defenderse, y le dio miedo
que lo ultimaran sin poder hacerles cara.
Y todo esto era dicho con una ingenuidad que cautivaba, dando la medida del temple de
ese corazón de acero.
Garmendia gozaba como en el día de sus primeras revelaciones. Yo me sentía orgulloso
de contar en mis filas un nene como aquél.
Confieso que le amaba.
Esa misma noche, y con motivo de las interminables preguntas de Garmendia, supe que
Gómez había padecido en otro tiempo de alucinaciones.
Expliconos en su media lengua, lo mejor que pudo, que en Buenos Aires, siendo más
joven, había tenido una querida. Que esta mujer le había sido infiel y que había estado
preso por una puñalada que le diera.
Al recordarla, una especie de celaje sombrío envolvió su rostro, al mismo tiempo que
cierta sonrisa tierna vagó por sus labios.
La curiosidad aumentaba el interés de este tipo, crudo, enérgico y fuerte, tan común en
nuestro país.
Inquiriendo las causas que armaron el brazo de este Otelo correntino, sacamos en limpio
que su querida no había faltado a los compromisos contraídos o a la fe jurada.
Que en sueños, mientras dormían juntos, la había visto en brazos de un rival, que él
aborrecía mucho, que cuando se despertó, el hombre no estaba allí, pero que él lo veía
patente; que lo hirió en el corazón, y que, a un grito de su querida, volvió en sí,
despertándose del todo, y viendo recién que estaban los dos solos y que su cuchillo se había
clavado en el pecho de su bien amada.
Este relato debe conservarse indeleble en la memoria de Garmendia, porque esa noche,
después, me dijo varias veces que si no pensaba escribir aquello.
Yo entonces tenía mi espíritu en otra línea de tendencia y no lo hice nunca.
A no ser mi excursión a Tierra Adentro, la historia de Gómez queda inédita, en el
archivo de mis recuerdos.
Creerán algunos que a medida que corre la pluma voy fraguando cosas imaginarias, por
llenar papel y aumentar el efecto artificial de estas mal zurcidas cartas.
Y sin embargo todo es cierto.
Los abismos entre el mundo real y el mundo imaginario no son tan profundos.
La visión puede convertirse en una amable o en una espantosa realidad.
Las ideas son precursoras de hechos.
Hay más posibilidad de que lo que yo pienso sea que seguridad de que un
acontecimiento cualquiera se repita.
Las viejas escuelas filosóficas discurrían al revés.
El pasado no prueba nada. Puede servir de ejemplo, de enseñanza no.
Pero me echo por esos trigales de la pedantería y temo perderme en ellos.
Gómez nos hizo pasar una noche amena.
Al día siguiente otras impresiones sirvieron de pasto a la conversación; sin duda alguna
que nada hay tan fecundo para la cabeza y para el corazón como dos ejércitos que se
acechan, que se tirotean y se cañonean desde que sale el sol hasta que se pone.
Gómez dejó de ocupar por algún tiempo la atención de Garmendia y la mía.
¡Qué persistencia de personalidad!
Una mañana, regresando a caballo a mi reducto, pasé como de costumbre por el
campamento del viejo querido Mateo J. Martínez.
Jamás lo hacía sin recibir o dar alguna broma.
Este viejo en prospecto, para que no enfade, si desconoce su actualidad, tiene la
facilidad difícil de hacerse querer de cuantos le tratan con intimidad.
Iba a decir, que al pasar por el alojamiento de don Mateo, supe por él que en mi batallón
había tenido lugar un suceso desagradable.
-¿Ud. paseando, amigo, y en su reducto matando vivanderos?
-¡No embrome, viejo!
-¿Que no embrome? Vaya y verá.
Piqué el caballo y lleno de ansiedad y confusión partí al galope, llegando en un
momento a mi reducto,
No tuve necesidad de interrogar a nadie. Un hombre maniatado que rugía como una fiera
en la guardia de prevención me descorrió el velo de misterio.
- ¡Desaten ese hombre! -grité con inexplicable mezcla de coraje y tristeza
Y en el acto el hombre fue desatado, y los rugidos cesaron, oyéndose sólo:
-Quiero hablar con mi Comandante.
Vino el Comandante de campo, y en dos palabras me explicó lo acontecido.
-¡Han asesinado a un vivandero que estaba de visita en el rancho del alférez Guevara!
-¿Quién?
-El cabo Gómez.
-¿Y quién lo ha visto?
-Nadie, señor; pero se sospecha sea él, porque está ebrio, y murmura entre dientes: -
Había jurado matarlo, ¡un botefón a mí!...
¡Me quedé aterrado!
Pasé el parte sin mentar a Gómez.
Y aquí termino hoy.
Lo que no tiene interés en sí mismo, puede llegar a picar la curiosidad del amigo y de los
lectores, según el método que se siga al hacer la relación.
El cabo Gómez queda preso.
- VII -
Presentimientos de la multitud. Un asesino sin saberlo. Deseos de salvarle. Averiguaciones.
Un fiscal confuso. Juicios contradictorios. Agustín Mariño, auditor del Ejército Argentino.
Consejo de guerra. Dudas. Sentencia del cabo Gómez. Se confirma la pena de muerte.
Preparativos. La ejecución. Una aparición.
Un hombre había sido asesinado en pleno día, durante la luz meridiana, en un recinto
estrecho, de cien varas cuadradas, en medio de cuatrocientos seres humanos, con ojos y
oídos; el cadáver estaba ahí encharcado en su sangre humeante, sin que nadie le hubiera
tocado aún cuando yo penetré en el reducto, y nadie, nadie, absolutamente nadie, podía
decir, apoyándose en el testimonio inequívoco de sus sentidos: el asesino es fulano.
Y sin embargo, todo el mundo tenía el presentimiento de que había sido el cabo Gómez
y algunos lo afirmaban, sin atreverse a jurar que lo fuera.
¡Qué extraño y profético instinto el de las multitudes!
Inmediatamente que pasé el parte, que se redujo a dar cuenta del hecho y a pedir
permiso para levantar una sumaria, traté de averiguar lo acontecido.
Cuando vino la contestación correspondiente, yo estaba convencido ya de que el asesino
era el cabo Gómez.
El hombre que viendo al extranjero amenazar su tierra marcha cantando a las fronteras
de la Patria; que cruza ríos y montañas, que no le detienen murallas, ni cañones, que todo lo
sacrifica, tiempo, voluntad, afecciones, y hasta la misma vida, que si se le grita ¡arriba! se
levanta, ¡adelante! marcha, ¡muere ahí!, ahí muere, en el momento quizá más dulce de la
existencia, cuando acaba de recibir tiernas cartas, de su madre y de su prometida que
esperanzadas en la bondad inmensa de Dios, le hablan del pronto regreso al hogar, ¿ese
hombre no merece que en un instante solemne de la vida se haga algo por él?
Eso hice yo. Y para que no me quedase la menor duda de que el asesino era el indicado,
le hice comparecer ante mí, e interrogándole con esa autoridad paternal y despótica del jefe,
me hice la ilusión de arrancarle sin dificultad el terrible secreto.
El cabo estaba aún bajo la influencia deletérea del alcohol; pero bastante fresco para
contestar con precisión a todas mis preguntas.
-Gómez -le dije afectuosamente-, quiero salvarte, pero para conseguirlo necesito saber si
eres tú el que ha muerto al hombre ese que estaba de visita en el rancho del alférez
Guevara.
El cabo no respondió, clavándose sus ojos en los míos y haciendo un gesto de esos que
dicen: Dejadme meditar y recordar.
Dile tiempo, y cuando me pareció que el recuerdo le asaltaba, proseguí:
-Vamos, hijo, dime la verdad.
-Mi Comandante -repuso con el aire y el tono de la más perfecta ingenuidad-, yo no he
muerto ese hombre.
-Cabo -agregué, fingiendo enojo-, ¿por qué me engañas?, ¿a mí me mientes?
-No, mi Comandante.
-Júralo, por Dios.
-Lo juro, mi Comandante,
Esta escena pasaba lejos de todo testigo. La última contestación del cabo me dejó sin
réplica y caí en meditación, apoyando mi nublada frente en la mano izquierda como
pidiéndole una idea.
No se me ocurrió nada.
Le ordené al cabo que se retirara.
Hizo la venia, dio media vuelta y salió de mi presencia, sin haber cambiado el gesto que
hizo cuando le dirigí mi primera pregunta.
A pocos pasos de allí le esperaban dos custodias que lo volvieron a la guardia de
prevención.
Yo llamé un ayudante y dicté una orden, para que el alférez D. Juan Álvarez Río
procediese sin dilación a levantar la sumaria debida.
Álvarez era el fiscal menos aparente para descubrir o probar lo acaecido; por eso me fijé
en él. No porque fuera negado, al contrario, sino porque es uno de esos hombres de
imaginación impresionable, inclinados a creer en todo lo que reviste caracteres
extraordinarios o maravillosos.
A pesar del juramento del cabo yo tenía mis dudas, y estaba resuelto a salvarle aunque
resultasen vehementes indicios contra él de lo que Álvarez inquiriese.
Volví, pues, a tomar nuevas averiguaciones con el doble objeto de saber la verdad y de
mistificar la imaginación de Álvarez, previniendo mañosamente el ánimo de algunos.
Por su parte, Álvarez se puso en el acto en juego, no habiéndoselas visto jamás más
gordas.
Empezó por el reconocimiento médico del cadáver, registro, etc., y luego que se llenaron
las primeras formalidades, vino a mí para hacerme saber que en los bolsillos del muerto se
había hallado algún dinero, creo que doce libras esterlinas, y consultarme qué haría con
ellas.
Díjele lo que debía hacer, y así como quien no quiere la cosa, agregué: -¿No le decía a
Ud. que Gómez no podía ser el asesino? ; se habría robado el dinero.
Esta vulgaridad surtió todo el efecto deseado, porque Álvarez me contestó: -Eso es lo
que yo digo, aquí hay algo.
Más tarde volvió a decirme que se había encontrado un cuchillo ensangrentado cerca del
lugar del crimen; pero que habiendo muchos iguales no se podía saber si era el del cabo
Gómez o no; que después lo sabría y me lo diría, porque era claro que si Gómez tenía el
suyo, el asesino no podía ser él.
Aunque era cierto que la desaparición del cuchillo de Gómez podría probar algo,
también podría no probar nada. Era, sin embargo, mejor que resultase que el cabo tenía el
suyo.
Otro cabo, Irrazábal, hombre de toda mi confianza, que había sido mi asistente mucho
tiempo, fue de quien me valí para saber si Gómez tenía o no su cuchillo.
Irrazábal estaba de guardia, de manera que no tardé en salir de mi curiosidad.
Gómez tenía su cuchillo, y en la cintura nada menos.
Quedeme perplejo al saberlo.
Voy a pasar por alto una infinidad de detalles. Sería cosa de nunca acabar.
Álvarez siguió fiscalizando los hechos, enredándose más a medida que tomaba nuevas
declaraciones; lo que sobre todo acabó de hacerle perder su latín, fue la declaración de
Gómez, que negó rotundamente haber asesinado a nadie.
Unas cuantas manchas de sangre que tenía en la manga de la camisa, cerca del puño,
dijo que debían ser de la carneada.
Efectivamente, esa mañana había estado en el matadero del ejército, con un pelotón de
su compañía que salió de fajina.
Y para mayor confusión, resulta que se había dado un pequeño tajo en el pulgar de la
mano izquierda, con el cuchillo de otro soldado.
No obstante, la conciencia del batallón -sin que nadie hubiese afirmado terminantemente
cosa alguna contra Gómez- seguía siendo la conciencia del primer momento: Gómez es el
asesino.
Al fin, acabó por haber dos partidos: uno de los oficiales y de los soldados más letrados;
otro de los menos avisados, que era el partido de la gran mayoría.
La minoría sostenía que Gómez no era el asesino del vivandero, y hasta llegó a
susurrarse que éste y el alférez Guevara habían tenido una disputa muy acalorada,
insinuando otros con malicia que Guevara le debía mucho dinero.
Álvarez estaba desesperado de tanta versión y opinión contradictoria, y sobre todo, lo
que más le trabucaba era la opinión mía, favorable en todas las emergencias que
sobrevenían a la causa de Gómez.
Los oficiales más diablos le tenían aterrado zumbándole al oído que sería severamente
castigado si nada probaba, y con mucha más razón si sin pruebas ponía una vista contra
Gómez.
El pobre alférez iba y venía en busca de mi inspiración y salía siempre cabizbajo con
esta reflexión mía:
-¡Cuántas veces no pagan justos por pecadores!
Como era natural, la sumaria no tardó en estar lista. En campaña el término es
limitadísimo para estos procedimientos.
Fue elevada, y sobre la marcha se ordenó que el cabo Gómez fuera juzgado en Consejo
de Guerra ordinario.
El auditor del Ejército, joven español lleno de corazón y de talento, que sirvió como un
bravo, que luchó como un hombre templado a la antigua, contra el cólera dos veces, contra
la fiebre intermitente, contra todas las demás plagas del Paraguay, y que ha muerto en el
olvido, que así suele pagar la patria la abnegación, era mi particular amigo; yo le había
colocado al lado del General Emilio Mitre cuando dejé de ser su secretario militar.
Por él supe lo que contenía la causa de Gómez, que Álvarez, a pesar de su notoria
inhabilidad, algo había descubierto, que arrojaba sospechas de que Gómez era el verdadero
autor del crimen.
Nombrado el consejo y prevenido yo por Mariño procuré con el mayor empeño hacer
atmósfera en pro de mi protegido, viendo a los vocales, conversándoles del suceso y
diciéndoles qué clase de hombre era el acusado, sus servicios, su valor heroico y el amor
que por esas razones le tenía.
Reuniose el consejo el día y hora indicado, y Gómez fue llevado ante él, con todas las
formalidades y aparato militar, que son imponentes.
La opinión del batallón se había hecho mientras tanto unánime contra Gómez. Sólo
había disputas sobre su suerte. Los unos creían que sería fusilado; los otros que no, que
sería recargado, porque el General en jefe, en presencia de sus méritos y servicios, que yo
haría constar, le conmutaría la pena, dado el caso que el consejo le sentenciara a muerte.
Yo era el único que no tenía opinión fija.
Parecíame a veces que Gómez era el asesino, otras dudaba, y lo único que sabía
positivamente era que no omitiría esfuerzo por salvarle la vida.
A fin de no perder tiempo, asistí como espectador al juicio, mas viendo que el ánimo de
algunos era contrario a mi ahijado, me disgusté sobremanera y me volví a mi campo
sumamente contrariado.
Se leyó la causa, y cuando llegó el momento de votar, el consejo se encontró atado. En
conciencia, ninguno de los vocales se atrevía a fallar condenando o absolviendo.
Entonces, guiado el consejo por un sentimiento de rectitud y de justicia, hizo una cosa
indebida.
Remitieron los autos y resolvieron esperar. Y volviendo éstos sin tardanza, el Consejo
Ordinario se convirtió en Consejo de Guerra verbal, teniendo el acusado que contestar a
una porción de preguntas sugestivas, cuyo resultado fue la condenación del cabo.
Los que presenciaron el interrogatorio, me dijeron que el valiente de Curupaití no
desmintió un minuto siquiera su serenidad, que a todas las preguntas contestó con aplomo.
Antes de que el cabo estuviera de regreso del consejo, ya sabía yo cuál había sido su
suerte en él.
Púseme en movimiento, pero fue en vano. Nada conseguí. El superior confirmó la
sentencia del consejo, y al día siguiente en la Orden General del Ejército salió la orden
terrible mandando que Gómez fuera pasado por las armas al frente de su batallón, con todas
las formalidades de estilo.
No había que discutir ni que pensar en otra cosa, sino en los últimos momentos de aquel
valiente infortunado.
¡La clemencia es caprichosa!
Los preparativos consistieron en ponerle en capilla y en hacer llamar al confesor.
Todos habían acusado a Gómez y todos sentían su muerte.
El cabo oyó leer su sentencia, sin pestañear, cayendo después en una especie de letargo.
Yo me acerqué varias veces a la carpa en que se le había confinado, hablé en voz alta con el
centinela y no conseguí que levantara la cabeza.
El confesor llegó; era el padre Lima.
Gómez era cristiano y le recibió con esa resignación consoladora que en la hora
angustiosa de la muerte da valor.
El padre estuvo un largo rato con el reo, y dejándole otro solo como para que replegase
su alma sobre sí misma, vino donde yo estaba encantado de la grandeza de aquel humilde
soldado.
Quise preguntarle si le había confesado algo del crimen que se le imputaba, y me detuve
ante esa interrogación tremenda, por un movimiento propio y una admonición discreta del
sacerdote, que sin duda conoció mi intención y me dijo: -Queda preparándose.
Yo pasé la noche en vela junto con el padre. Él por sus deberes, y yo por mi dolor, que
era intenso, verdadero, imponderable; no podíamos dormir.
Quería y no quería hablar por última vez con el cabo.
Me decidí a hacerlo.
¡Pobre Gómez! Cuando me vio entrar agachándome en la carpa, intentó incorporarse y
saludarme militarmente. Era imposible por la estrechez.
-No te muevas, hijo -le dije.
Permaneció inmóvil.
-Mi Comandante -murmuró.
Al oír aquel mi Comandante, me pareció escuchar este reproche amargo: -Ud. me deja
fusilar.
-He hecho todo lo posible por salvarte, hijo.
-Ya lo sé, mi Comandante -repuso, y sus ojos se arrasaron en lágrimas, y los míos
también, abrazándonos.
Dominando mi emoción le pregunté:
-¿Cómo hiciste eso?
-Borracho, mi Comandante.
-¿Y cómo me lo negaste el primer día?
-Ud. me preguntó por un vivandero, y yo creía haber muerto al alférez Guevara.
-¿Esa fue tu intención?
-Sí, mi Comandante; me había dado un bofetón el día del asalto de Curupaití, sin razón
alguna.
-¿Y qué has confesado en el Consejo?
-Mi Comandante, no lo sé. Yo he creído que el muerto era el alférez. Me han preguntado
tantas cosas que me he perdido.
Salí de allí...
Hablé con el padre y le rogué le preguntara a Gómez qué quería.
Contestó que nada.
Le hice preguntar si no tenía nada que encargarme, que con mucho gusto lo haría.
Contestó, que cuando viniese el Comisario, le recogiese sus sueldos: que le pagase un
peso que le debía al sargento primero de su compañía y que el resto se lo mandara a su
hermana, que vivía en la Esquina, villorrio de Corrientes rayano de Entre Ríos.
Pasó la noche tristemente y con lentitud.
El día amaneció hermoso, el batallón sombrío.
Nadie hablaba. Todos se aprestaban en sepulcral silencio para las ocho. Era la hora
funesta y fatal.
La orden, que yo presidiera la ejecución.
No lo hice, porque no podía hacerlo. Estaba enfermo.
Mi segundo salió con el batallón y mandó el cuadro.
Yo me quedé en mi carreta. La caja batía marcha lúgubremente.
Yo me tapé los oídos con entrambas manos.
No quería oír la fatídica detonación.
Después me refirieron cómo murió Gómez.
Desfiló marcialmente por delante del batallón repitiendo el rezo del sacerdote.
Se arrodilló delante de la bandera, que no flameaba sin duda de tristeza. Le leyeron la
sentencia, y dirigiéndose con aire sombrío a sus camaradas, dijo con voz firme, cuyo eco
repercutió con amargura:
-¡Compañeros: así paga la Patria a los que saben morir por ella! Textuales palabras,
oídas por infinitos testigos que no me desmentirán. Quisieron vendarle los ojos y no quiso.
Se hincó... -Un resplandor brilló... los fusiles que apuntaron... oyose un solo estampido...
Gómez había pasado al otro mundo.
El batallón volvió a sus cuadras y los demás piquetes del ejército a las suyas,
impresionados con el terrible ejemplo, pero llorando todos al cabo Gómez.
A los pocos días yo tuve una aparición. Decididamente hay vidas inmortales.
- VIII -
El palmar de Yataití. Sepulcro de un soldado. Su memoria. Sus últimos deseos cumplidos.
El rancho del General Gelly y lo que allí pasó. Resurrección. Visión realizada. Fanatismo.
A inmediaciones de mi reducto estaba el palmar de Yataití, donde tantos y tan honrosos
combates para las armas argentinas tuvieron lugar.
Allí fue enterrado el cabo Gómez, y sobre su sepulcro mandé colocar una tosca cruz de
pino con esta inscripción:
"Manuel Gómez, cabo del 12 de línea".
Durante algunas horas, su memoria ocupó tristemente la imaginación de mis buenos
soldados. Y, poco a poco, el olvido, el dulce olvido fue borrando las impresiones luctuosas
de ese día. Al siguiente, si su nombre volvió a ser mentado, no fue ya a impulsos del dolor
sufrido.
Así es la vida, y así es la humanidad. Todo pasa, felizmente, en una sucesión constante,
pero interrumpida, de emociones tiernas o desagradables, profundas y superficiales. Ni el
amor, ni el odio, ni el dolor, ni la alegría absorben por completo la existencia de ningún
mortal. Sólo Dios es imperecedero.
La muchedumbre olvidó luego, como ves, el trágico fin del cabo.
Yo me dispuse a cumplir sus últimas voluntades.
Llamé al sargento primero de la compañía de Granaderos, y con esa preocupación
fanática que nos hace cumplir estrictamente los caprichos póstumos de los muertos
queridos, le pagué el peso que le debía el cabo.
Confieso que después de hacerlo, sentía un consuelo inefable.
¡Cuesta tanto a veces cumplir las pequeñeces!
Es por eso que el hombre debe ser observado y juzgado por sus obras chicas, no por sus
obras grandes.
En el cumplimiento de las últimas, está interesado generalmente el honor o el crédito, el
amor propio o el orgullo, el egoísmo o la ambición.
En el cumplimiento de las primeras no influye ninguno de esos poderosos resortes del
alma humana, sino la conciencia.
Cancelada la deuda con el sargento, me quedaba por hacer la remisión prometida de los
haberes devengados de Gómez a la Esquina.
Esperar el Comisario era un sueño. ¿Cuándo vendría éste? Y si venía, ¿estaría yo vivo,
¿Me entregaría, sobre todo, los sueldos del cabo? ¿El Estado no es el heredero infalible de
nuestros soldados muertos en el campo de batalla, por él mismo, o por la libertad de la
Patria, o por su honor ultrajado?
¿No es esa la consecuencia del odioso e imperfecto sistema administrativo militar que
tenemos?
Gómez no era un soldado antiguo en mi batallón. Reservándome, pues, ver si recogía
sus sueldos de Guardia Nacional, resolví mandarle a su hermana los seis u ocho que se le
debían como soldado de línea.
Simbad, el corresponsal del Standard, a la sazón en el teatro de la guerra, era vecino de
la Esquina y mi antiguo amigo.
Debo a él la iniciación en un mundo nuevo, la lectura del Cosmos, ese monumento
imperecedero de la sapiencia del siglo XIX.
De Simbad iba a velarme para remitir a su destino la pequeña herencia.
Habrían pasado cincuenta y dos horas desde el instante en que el cabo Gómez, según
dejo relatado, recibió en su pecho intrépido las balas de sus propios compañeros en
cumplimiento de una orden y del más terrible de los deberes.
Yo había ido de mi reducto, según costumbre que tenía, al alojamiento del jefe de
Estado Mayor.
Tenía éste dos puertas. Una que daba al naciente y otra al poniente. La última estaba
abierta. El General Gelly escribía con una pausa metódica, que le es peculiar, en una
mesita, cuya colocación variaba según las horas y la puerta por donde entraba el sol. Esta
vez se hallaba colocada cerca de la puerta abierta. Yo estaba sentado en una silla de baqueta
paraguaya, dándole la espalda.
¿En qué pensaba?
Probablemente, Santiago amigo, en lo mismo que aquel tipo de comedia de San Luis,
que te ponderaba un día las delicias de su estancia.
-Aquí me lo paso, te decía cierta hermosa tarde de primavera desde el corredor, que
dominaba una vasta campiña, pensando... pensando...
Y tú, interrumpiéndole, con tu sorna característica: -En qué... en qué...
Y el pobre hombre contestaba: -En nada... en nada...
El General era distraído de su escritura a cada paso, por oficiales que se presentaban con
distintas solicitudes, dirigiéndole la palabra desde el dintel de la puerta.
Yo seguía pensando...
En el instante en que mi pensamiento se perdía, qué sé yo en qué nebulosa, un eco del
otro mundo, con tonada correntina, resonó en mis oídos.
-Aquí te vengo a ver, V. E., para que...
Mi sangre se heló, mi respiración se interrumpió... quise dar vuelta, ¡imposible!
-Estoy ocupado -murmuró el General, y el ruido del rasguear de su pluma que no se
interrumpió, produjo en mi cabeza un efecto nervioso semejante al que produce el rechinar
estridoroso de los dientes de un moribundo.
-Háceme, ché, V. E., el favor...
-Estoy ocupado -repitió el General.
Yo sentí algo como cuando en sueños se nos figura que una fuerza invisible nos eleva de
los cabellos hasta las alturas en que se ciernen las águilas.
Debía estar pálido, como la cera más blanca.
El General Gelly fijó casualmente su mirada en mí, y al ver la emoción misteriosa de
que era presa, preguntome con inquietud:
-¿Qué tiene Ud.?
No contesté... Pero oí... El vértigo iba pasando ya.
El General estaba confuso. Yo debía parecer muerto y no enfermo.
-¡Mansilla! -dijo.
-General -repuse, y haciendo un esfuerzo supremo, di vuelta la cabeza y miré a la puerta.
Si hubiese sido mujer, habría lanzado un grito y me hubiera desmayado.
Mis labios callaron, pero como suspendido por un resorte y a la manera de esos
maniquíes mortuorios que se levantan en las tablas de la escena teatral, fuime levantando
poco a poco de la silla y como queriendo retroceder.
-Ché, V. E., hacé vos el favor -volvió a oírse.
El General Gelly se puso de pie, y dirigiéndose a la voz que venía de la puerta, contestó:
-¿Qué quieres?
Yo sentí un sudor frío por mi frente, y llevando mi mano a ella y como queriendo
condensar todas mis ideas y recuerdos o hacerlos converger a un solo foco, miré al General
y exclamé con pavor:
-¡El cabo Gómez!
Efectivamente, el cabo Gómez estaba ahí, en la puerta del rancho del General, con el
mismo rostro que tenía la noche que le vi por última vez.
Sólo su traje había variado. No revestía ya el uniforme militar, sino un traje talar negro.
Mis ojos estuvieron fijos en él un instante, que me pareció una eternidad.
El General Gelly volvió a repetir:
-Vamos, ¿qué quieres? -Y dirigiéndose a mí: -¿Está usted enfermo?
La aparición contestó:
-Quiero que me dejes velar la crucecita de mi hermano.
-¿La crucecita de tu hermano? -repuso el General, con aire de no entender bien.
-Sí, pues, Manuel Gómez, que ya murió...
Y esto diciendo, echó a llorar, enjugando sus lágrimas con la punt del pañuelo negro que
cubría sus hombros.
Mientras se cambiaron esas palabras, yo volví en mí.
-¿Y dónde está la crucecita de tu hermano? -dijo el General.
-En el cementerio de la Legión Paraguaya.
Entonces, tomando yo la palabra, como aquella desdichada mujer no podía dejar de
interesarme, le dije:
-No, estás equivocada, la cruz de Gómez no está ahí.
-Yo sé -murmuró.
Queriendo convencerla, le dije:
-Yo soy el jefe del 12 de línea, que era el cuerpo de tu hermano.
-Yo sé -murmuró, retrocediendo con marcada impresión de espanto.
-Yo tengo los sueldos de tu hermano para ti, ven a mi batallón, que está en el reducto de
la derecha, te los daré y te haré enseñar dónde está su cruz.
-Yo sé -murmuró.
Un largo diálogo se siguió. Yo pugnando porque la mujer fuera a mi reducto para darle
los sueldos de su hermano e indicarle el sitio de su sepultura, y ella aferrada en que no,
contestando sólo: Yo sé.
El General Gelly, picado por la curiosidad de aquel carácter tan tenaz, al parecer, la hizo
varias preguntas:
-¿De dónde vienes?
-De la Esquina.
-¿Cuándo saliste de allí?
-Antes de ayer.
-¿Dónde supiste la muerte de tu hermano?
-En ninguna parte.
-¡Cómo en ninguna parte!
-En ninguna parte, pues.
-Te la han dado en Itapirú, o aquí en el campamento?
-En ninguna parte.
-¿Y entonces, cómo la has sabido?
La hermana de Gómez refirió entonces, con sencillez, que en sueños había visto a su
hermano que lo llevaban a fusilar; que como sus sueños siempre le salían ciertos, había
creído en la muerte de aquel, y que tomando el primer vapor que pasó por la Esquina, se
había venido a velar su crucecita, que estaba en el cementerio de los paraguayos, idea que
era fija en ella.
A las interpelaciones del General Gelly siguieron las mías.
El sueño de la hermana de Gómez había tenido lugar, precisamente en el momento en
que éste estaba en capilla, recibiendo los auxilios espirituales.
Un hilo invisible y magnético une la existencia de los seres amantes que viven
confundidos por los vínculos tiernísimos del corazón.
Y como ha dicho un gran poeta inglés: Hay más cosas en el cielo y en la tierra de las que
ha soñado la filosofía.
Empeñeme con la mujer cuanto pude, a fin de que fuera a mi reducto, intentando
seducirla con el halago de los sueldos de su hermano.
¡Fue en vano!
El General la despidió, diciéndole que podía velar la crucecita de su hermano.
Y después de cambiar algunas palabras conmigo sobre aquel extraño sueño realizado,
filosofando sobre la vida y la muerte, a mis solas me volví a mi campo.
Mandé llamar a Garmendia en el acto, y le relaté todo lo sucedido.
Despachamos en seguida emisarios en busca de la hermana de Gómez.
Halláronla, pero fue inútil luchar contra su inquebrantable resolución de no verme, y
menos convencerla de que la crucecita de su hermano no estaba en el cementerio que ella
decía.
Esa noche hubo un velorio al que asistieron muchos soldados y mujeres de mi batallón
prevenidos por mí.
Por ellos supe que la hermana de Gómez, siendo yo el jefe del 12, me achacaba a mí su
muerte, y, asimismo, que en la Esquina tenía algunos medios de vivir, confirmando todos,
por supuesto, que la noticia del fusilamiento se la dio Dios en sueños.
Al día siguiente del velorio la Mujer desapareció del ejército, sin que nadie pudiera
darme de ella razón.
El único mérito que tiene este cuento de fogón, que aquí concluye, es ser cierto.
No todas las historias pueden reivindicar ese crédito.
¿Si será verdad que el público no se ha dormido leyéndolo?
A los del fogón les pasaron distintas cosas.
Cuando yo terminé, unos roncaban, otros (la mayor parte) dormían.
Se oían sonar los cencerros de las tropillas; la luna despedía ya alguna claridad.
-¡A caballo, cordobeses! -grité-, ¡se acabaron los cuentos!
Y todo el mundo se puso en movimiento, y un cuarto de hora después rumbeábamos en
dirección a un oasis denominado Monte de la Vieja.
¡Buenas noches!, por no decir buenos días, o salud, lector paciente.
- IX -
La Alegre. En qué rumbo salimos. ¿Los viajes son un placer? Por qué se viaja. Monte de la
Vieja. El alpataco. El Zorro Colgado. Pollo-helo. Us-helo. Qué es aplastarse un caballo.
Coli-Mula. La trasnochada. Precauciones.
La Alegre es una laguna de agua dulce, permanente, cuyo nombre le cuadra muy bien,
como que está situada en un accidente del terreno de cierta elevación, circunvalada de
médanos y arbustos, que suministran una excelente leña, y de abundante pasto.
Las cabalgaduras se dieron allí una buena panzada, que no se les indigestó. ¡Ojalá que a
ti y al lector les sucediera lo mismo con el cuento del cabo Gómez! Si sucediese lo
contrario, me vería en el caso de suprimir otros que deben venir a su tiempo.
Nos pusimos en marcha.
El rumbo, sur recto, o reuto, como dicen los paisanos.
El camino, o mejor dicho, la rastrillada, cruzaba por un campo lleno de chañaritos
espinosos. La luna estaba en su descenso, el cielo nublado, la noche obscura, de modo que
no pudiendo ver con facilidad los objetos, a cada paso rehuía el caballo la senda por no
espinarse, espinándose el jinete y evitando el culebreo del animal que nos durmiéramos
profundamente.
Todos los que viajan ponderan alguna maravilla, la que más ha llamado su atención, o
tienen alguna anécdota favorita, algo que contar, en suma, aunque más no sea que han
estado en París, barniz que no a todos se les conoce.
¿Dirás que no es cierto?
En lo que suelen estar divididas las opiniones de los tourist, y desde luego las opiniones
de los que no han viajado, que es más fácil coincidir en pareceres cuando se conocen
prácticamente las cosas, es sobre el capítulo: placer de los viajes.
Ni todos viajan del mismo modo, ni por las mismas razones, ni con el mismo resultado.
Se viaja por gastar el dinero, adquirir un porte y un aire chic, comer y beber bien.
Se viaja por lucir la mujer propia, y a veces la ajena.
Se viaja por instruirse.
Se viaja por hacerse notable.
Se viaja por economía.
Se viaja por huir de los acreedores.
Se viaja por olvidar.
Se viaja por no saber qué hacer.
Vamos, sería inacabable el enumerar todos los motivos por qué se viaja; como sería
inacabable decir para qué se viaja.
No olvidemos que estas dos proposiciones, aunque son muy parecidas, gramaticalmente
no significan lo mismo. Ambas significan causa o fin: pero para responde más que por a la
idea de afecto.
Por ejemplo:
¿No es común ir a Europa por instruirse para olvidar lo poco que se ha aprendido en la
tierra?
¿No suele suceder hacer un viaje por curarse para morir en el camino?
Ir por lana para salir trasquilado.
Madame de Stäel dice, que viajar es, digan lo que quieran, un placer tristísimo.
Sea de esto lo que fuere, yo digo que viajando por los campos, en noche clara u obscura,
es un placer dormir.
Por mi parte, al tranco, al trote o al galope, yo duermo perfectamente. Y no sólo duermo
sino que sueño.
¡Cuántas veces un amigo que tengo en Córdoba, Eloy Avila, no sorprendió mis sueños,
y yendo a la par mía, no me alzó el rebenque!
Sea de esto lo que fuere, el hecho es que el camino de la Laguna Alegre al Monte de la
Vieja, no permitiendo dormir a gusto por el inconveniente de los arbustos, me pareció poco
divertido.
Por fortuna, el terreno era mejor que el de la primera etapa. El guadal no nos amenazaba
a cada paso, las mulas cargueras no caían y levantaban acá y acullá como antes de llegar a
la Alegre.
Serían las tres y media de la mañana cuando llegamos al Monte de la Vieja.
Amanecía muy tarde, así fue que resolví pasar allí otro rato.
¡Desensillar y a la leña!, fue el grito de orden.
El fogón volvió a arder con una rapidez maravillosa.
Uno de los talentos del gaucho argentino consiste en la prontitud con que halla leña y en
la asombrosa facilidad con que hace fuego.
Ellos hallan leña donde ningún otro la ve, y hacen fuego en el agua
Y a propósito de leña que no se ve, ¿conoces, Santiago, lo que es el algarrobo alpataco?
Es un arbustito, muy pequeño, cuyo desarrollo se hace subterráneamente, echando raíces
gruesísimas, que aunque estén verdes, tienen tanta resina que arden como sebo.
Tú conoces el chañar. Pues así es el alpataco.
En los campos al sur de Río Cuarto, particularmente en los de Sampacho, y en algunos
al sur del Río Quinto, abunda este arbustito, que más bien parece un algarrobo común
naciente.
El ojo necesita estar ejercitado para distinguir el uno del otro.
¡Se puso un asado!
Mientras se hacía, habiendo calentado agua en un verbo, se cebaba mate y se daban
sendas cabeceadas.
En este fogón no hubo cuentos. Hubo hambre y sueño y algunas órdenes para en cuanto
amaneciera.
Cominos, dormimos, y cuando... iba a decir gorjeaban las avecillas del monte...
¡Pero qué, si en la Pampa no hay avecillas! -por casualidad se ven pájaros, tal cual
carancho. Las aves, excepto las acuáticas, buscan la inmediación de los poblados.
Y luego, el Monte de la Vieja no es más que un pequeño grupo de árboles, no muy
viejos, bajo cuyo destruido ramaje apenas pueden guarecerse unas cuantas personas.
La luz crepuscular venía anunciando el día en el momento en que, cumpliendo mis
órdenes, se pusieron en juego todos los asistentes al llamado de Camilo Arias, un hombre
de toda mi confianza, alférez de Guardia Nacional del Río Cuarto, cuya pintura no faltará
ocasión de hacer.
Era completamente de día cuando dejábamos el Monte de la Vieja, dirigiéndonos a otro
paraje, donde debía haber leña y agua sobre todo.
El rumbo era sur arriba, o sur con algunos grados de inclinación al oeste.
La noche había estado templada, así fue que la mañana no presentó ninguno de esos
fenómenos meteorológicos que suele ofrecer la Pampa, cuando después de un rocío
abundante o de una fuerte helada sale el sol caliente.
Marchábamos.
El terreno presenta pocos accidentes; cañadas y cañadones, que se van encadenando,
montecitos de pequeños arbustos quemados aquí, creciendo o retoñando allí; salitrales que
engañan a la distancia, con su superficie plateada como la del agua.
El objetivo a que me dirigía era el Zorro Colgado.
Por qué se llamaba así este lugar, es echarse a nadar buscando un objeto perdido.
Probablemente el primer cristiano que llegó allí halló un zorro colgado por los indios en
algún árbol.
Seis leguas representan, no andando con apuro, dos horas y media de camino;
contemplando las cabalgaduras, como es debido en las correrías lejanas, un poco más.
Cuando llegamos al Zorro Colgado serían las diez de la mañana.
El campo recorrido es muy solo. No tiene bichos o aves, como le llaman los paisanos a
los venados, peludos, mulitas, guanacos, etc.
El zorro colgado no estaba, por supuesto.
Aquel punto es un grupito de árboles, chañares viejos, más altos que corpulentos. Tiene
una aguadita que se seca cuando el año no es lluvioso.
Allí paramos un rato, lo bastante para que las bestias de carga que se habían quedado
atrás llegaran, y después de haber bebido bien seguimos caminando en el mismo rumbo,
hasta llegar a Pollo-helo, que quiere decir, en lengua ranquelina, Laguna del Pollo, y cuya
pronunciación debe hacerse nasal o gangosamente, verbigracia, como si la palabra
estuviese escrita así y debieran sonar todas las letras: Pollonguelo.
Aquí variamos de rumbo un poco buscando el sur recto, y así seguimos como legua y
media por un campo muy guadaloso y pesado, en el que caímos y levantamos varias veces,
lo mismo que las mulas de carga, hasta llegar a Us-helo, donde hay otro grupo de árboles,
una aguada semejante a la anterior y una lagunita de agua salobre, pero potable no habiendo
seca.
Las cabalgaduras se habían aplastado algo con la legua y media de guadal.
Aplastarse es un término del país, que vale más que fatigarse y menos que cansarse,
cuando se quiere expresar el estado de un caballo.
Hicimos alto, se hizo fuego, se hizo cama para una siesta, se descansó, se tomó mate, se
durmió y a las cansadas llegaron las mulas de carga, que habiendo caído en una cañada
mojaron las petacas de los padres franciscanos.
Serían las tres cuando nos movimos de aquí en dirección a Coli-Mula, que de la etapa
anterior queda en rumbo sur.
Este trayecto es más variado que los demás; el terreno se quiebra acá y allá en grandes
bajíos salitrosos y en grupos considerables de arbustos crecidos.
En un inmenso pajonal sembrado de grandes árboles diseminados, pillamos un caballo
que hacía pocos días andaba por allí, pues no estaba alzado aún.
Cuando llegamos a Coli-Mula, que quiere decir mula colorada, habíamos andado tres
leguas.
No sé por qué se llama así ese paraje. No hay árboles. Es una linda lagunita circular, de
agua excelente y abundante que dura mucho.
Resolví descansar allí hasta las nueve de la noche, y adelantar dos hombres.
El cielo comenzaba a fruncir el ceño, una barra negra se dibujaba en el horizonte hacia
el lado del poniente, el sol brillaba poco.
Íbamos a tener viento o agua.
Llamé al cabo Guzmán, magnífico tipo criollo, y al indio Angelito, escribí algunas
cartas, les di mis instrucciones y los despaché, después de asegurarme de que habían
entendido bien.
Llevaban encargo especial de llegar a las tolderías del cacique Ramón, que son las
primeras, y de decirle que pasaría de largo por ellas, no sabiendo si al cacique Mariano le
parecería bien que visitase primero a uno de sus subalternos, y que al regreso lo haría.
Partieron los chasquis.
Mientras yo tomaba las antedichas disposiciones, otros se ocupaban en hacer un buen
fogón, preparándonos para la trasnochada.
Los chasquis no se habían perdido de vista aún, cuando frescas y recias ráfagas de
viento comenzaron a augurar la inevitable proximidad de la tormenta.
El cielo se puso negro.
La experiencia nos dijo que debíamos renunciar al fogón y al asado y prepararnos para
una noche toledana por no decir pampeana.
El viento arreció, gruesas gotas de agua comenzaron a caer, la noche avanzaba, o mejor
dicho, se anticipaba con rapidez.
Pronto estuvimos envueltos en una completa obscuridad.
Llovía a cántaros, silbaba el viento, eléctricos fulgores resplandecían en el cielo a
distancias inconmensurables, haciendo llegar hasta nuestros oídos el ruido sordo del rayo.
Las tropillas se habían agrupado, daban las ancas al viento y permanecían inmóviles.
Cada cual se había acurrucado lo mejor posible, y con maña procuraba mojarse lo menos
posible. No teníamos siquiera dónde hacer espalda, ni era posible conversar, porque el
ruido de la lluvia, que caía a torrentes, ahogaba las palabras que salían de abajo de los
ponchos o capotes con que estábamos cubiertos hasta la cabeza.
Durante dos horas llovió sin cesar, cayendo el agua a plomo.
Cuando las intermitencias del aguacero lo permitían, yo cambiaba algunas palabras con
Camilo Arias, que estaba casi pegado a mi lado.
En una de esas pláticas diluvianas, le dije así:
-Puede ser que los indios me maten, es difícil; pero no lo es que quieran retenerme, con
la ilusión de un gran rescate. En este caso es preciso que el General Arredondo lo sepa sin
demora. Prevén a los muchachos -eran éstos cinco hombres especiales-, mis baquianos de
confianza.
Será señal de que ando mal, que no tenga en el cuello este pañuelo.
Era un pañuelo de seda de la India colorado, que siempre uso en el campo debajo del
sombrero por el sol y la tierra.
Puede, sin embargo, suceder que tenga que regalar el pañuelo. En este caso la señal será
que me vean con la pera trenzada.
No comuniques esto más que a los muchachos. Y cuando lleguemos a las tolderías no te
acerques a hablar conmigo jamás. Sírvete de un intermediario.
Camilo es como un árabe, habla poco; sabe que la palabra es plata y el silencio oro;
contestó sólo: -Está bien, señor.
Y yo me quedé seguro de que me había entendido y rumiando: algún mosquetero llegará
a Londres y hablará con Buckingham.
Ya verás después qué caso extraordinario sucedió con mi pera. (Te prevengo que estoy
hablando de la barba).
Y como sigue lloviendo y estoy mojado hasta la camisa, me despido hasta mañana.
- X -
No es posible seguir la marcha. Civilización y barbarie. En qué consiste la primera.
Reflexiones sobre este tópico. En marcha. Manera de cambiar de perspectiva sin salir de un
mismo lugar. Asombroso adelanto de estas tierras. Ralicó. Tremencó. Médano del Cuero.
El Cuero. Sus campos.
El hombre propone y Dios dispone.
Fue imposible seguir la marcha a las nueve.
La lluvia cesó a las cuatro horas; pero el cielo quedó encapotado, amenazando volver a
desplomarse, el aquilón continuó rugiendo y los relámpagos serpenteando en el cielo por
los espacios sin fin.
Pensé en que la gente masticara. -¡Arriba!, grité, ¡vamos, pronto, hagan un buen fuego,
pongan un asado y una pava de agua!
Los asistentes salieron de sus guaridas y un momento después chisporroteaba el verde y
resinoso chañar.
El asado se hacía, el agua hervía, unos cuantos rodeaban el fuego, calentándose,
secándose sus trapitos, mirando al cielo y haciendo cálculos sobre si volvería a llover o no.
El fogón estaba hecho y en regla, porque de su centro se elevaban grandes y relumbrosas
llamaradas.
Era imposible resistirle. Más fácil habría sido que una mujer pasara por delante de un
espejo sin darse la inefable satisfacción platónica de mirarse.
Abandoné la postura en que me había colocado y permanecido tanto rato, y me acerqué
a él.
Me dieron un mate.
Los buenos franciscanos intentaban dormir, rendidos por la fatiga del día y de la noche
anterior -que quien no está hecho a bragas, las costuras le hacen llagas.
Haciendo uso de la familiaridad y confianza que con ellos tenía, les obligué a levantarse
y a que ocuparan un puesto en la rueda del fogón.
Apuramos el asado, desparramamos brasas, lo extendimos y no tardó en estar.
Mientras estuvo, nos secamos.
Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad; porque todo estaba anegado y las
pilchas muy mojadas, y nos acostamos a dormir.
Dormimos perfectamente. ¡Qué bien se duerme en cualquier parte cuando el cuerpo está
fatigado!
Si los que esa noche se revolvían en elástico y mullido lecho agitados por el insomnio,
nos hubieran oído roncar en los albardones de Coli-Mula, ¡qué envidia no les hubiéramos
dado!
Es indudable que la civilización tiene sus ventajas sobre la barbarie; pero no tantas como
aseguran los que se dicen civilizados.
La civilización consiste, si yo me hago una idea exacta de ella, en varías cosas.
En usar cuellos de papel, que son los más económicos, botas de charol y guantes de
cabritilla. En que haya muchos médicos y muchos enfermos, muchos abogados y muchos
pleitos, muchos soldados y muchas guerras, muchos ricos y muchos pobres. En que se
impriman muchos periódicos y circulen muchas mentiras. En que se edifiquen muchas
casas con muchas piezas y muy pocas comodidades. En que funcione un gobierno
compuesto de muchas personas como presidente, ministros, congresales, y en que se
gobierne lo menos posible. En que haya muchísimos hoteles y todos muy malos y todos
muy caros.
Verbigracia, como uno en que yo paré la última noche que dormí en el Rosario, que
intenté dormir, para ser más verídico.
Son precisamente las camas de ese hotel, las que me han sugerido estas reflexiones tan
vulgares.
¡Ah! En aquellas camas había de cuanto Dios creó, el quinto día, que si mal no recuerdo,
fueron: los animales domésticos, según su especie y los reptiles de la tierra, según su
especie.
Todo lo cual, según afirma el Génesis, el Supremo Hacedor vio que era bueno, aunque
es cosa que no me entra a mí en la cabeza, que los animales domésticos del referido hotel
del Rosario hayan jamás sido cosa buena; y menos la noche en que yo estuve en él, en que
juraría, a fe de cristiano, que me parecieron algo más que cosa mala, cosa malísima, tan
insoportable que me creo en la obligación de preguntar:
¿No tiene la civilización el deber de hacer que se supriman esas cosas, que pudieron ser
buenas al principio del mundo, pero que pueden ser puestas en duda en un siglo en el que
tenemos cosas tan buenas como las de Orión?.
¿Qué hacen los gobiernos, entonces?
¿No nos dice la civilización todos los días en grandes letras que el gobierno es para el
pueblo?
¿Que en lugar de invertir los dineros públicos en torpes guerras debe aplicarlos a
mejorar la condición del pueblo?
¿No hay inspectores de puentes y caminos, inspectores de aduanas, inspectores de
fronteras, inspectores de escuelas, inspectores de todo, y así va ello?
¿Pues, y por qué no ha de haber inspectores de hoteles?
¿Acaso no se relacionan estos establecimientos muy íntimamente con la salud pública?
¿No se albergan en ellos el cólera, la fiebre amarilla y tantas otras cosas que Dios creó el
quinto día, y que en su atraso inocente y primitivo, creyó que eran buenas y que así las legó
en herencia a la desagradecida humanidad?
¿Se cree que faltarían inspectores de hoteles?
Provéase el cargo por oposición, previo examen de conocimientos, aptitudes, moralidad,
estado fisiológico de los candidatos y se verá, sin tardanza, que sobra patriotismo en el país.
No digo pagando bien el empleo, que es el modo más eficaz de salvar la moral
administrativa, y el medio más seguro, sobre todo, de que abunden impetrantes.
Cualquier remuneración que se ofreciese bastaría.
Hay en el país, felizmente, el convencimiento de que todos deben tributarle a la patria
abnegación, tiempo, sangre, alma y vida.
Esta gran conquista es debida a la educación oficial dada por los buenos gobiernos que
hemos tenido a la Guardia Nacional.
Ella ha hecho todo: guerras interiores, guerras de frontera, guerras exteriores.
Decididamente la civilización es, de todas las invenciones modernas, una de las más
útiles al bienestar y a los progresos del hombre.
Empero, mientras los gobiernos no pongan remedio a ciertos males, yo continuaré
creyendo en nombre de mi escasa experiencia, que mejor se duerme en la calle o en la
Pampa que en algunos hoteles.
Sonaban los cencerros de las tropillas; cada cual se preparaba para subir a caballo,
habiendo olvidado sus penas alrededor del fogón:
Y en el oriente nubloso
La luz apenas rayando,
Iba el campo tapizando
Del claroscuro verdor
Galopábamos, aprovechando la fresca de la mañana, y a la derecha con lontananza se
veían ya los primeros montes de Tierra Adentro.
Me proponía llegar al Cuero temprano.
Apenas salimos de Coli-Mula comprendí que no lo conseguiría.
El campo estaba cubierto de agua, y quebrándose en altos médanos, en cañadas
profundas y guadalosas, nos obligaba a marchar despacio.
Los caballos hubieran soportado bien una marcha acelerada; las mulas no.
Y, sin embargo, por muy despacio que anduve se quedaron atrás, porque a cada rato se
caían con las cargas y había que perder tiempo en enderezarlas.
Más allá de un lugar en el que hay agua y leña, y cuyo nombre es Ralicó, el terreno se
dobla sensiblemente formando varios médanos elevados, y es de allí de donde se divisan ya
los montes del Cuero.
Los campos comienzan a cambiar de fisonomía y la vista no se cansa tanto espaciándose
por la sabana inmensa del desierto solitario, triste, imponente, pero monótona como el mar
en calma.
Sin contrastes, hay existencia, no hay vida.
Vivir es sufrir y gozar, aborrecer y amar, creer y dudar, cambiar de perspectiva física y
moral.
Esta necesidad es tan grande, que cuando yo estaba en el Paraguay, Santiago amigo, voy
a decirte lo que solía hacer, cansado de contemplar desde mi reducto de Tuyutí todos los
días la misma cosa: las mismas trincheras paraguayas, los mismos bosques, los mismos
esteros, los mismos centinelas; ¿sabes lo que hacía?
Me subía al merlón de la batería, daba la espalda al enemigo, me abría de piernas,
formaba una curva con el cuerpo y mirando al frente por entre aquéllas, me quedaba un
instante contemplando los objetos al revés.
Es un efecto curioso para la visual, y un recurso al que te aconsejo recurras cuando te
fastidies, o te canses de la igualdad de la vida, en esa vieja Europa que se cree joven, que se
cree adelantada y vive en la ignorancia, siendo prueba incontestable de ello, como diría
Teófilo Gautier, que todavía no ha podido inventar un nuevo gas para reemplazar el sol.
La América, o mejor dicho, los americanos (del Norte), la van a dejar atrás si se
descuida.
Por lo pronto, nosotros vamos resolviendo los problemas sociales más difíciles -
degollándonos- y las teorías y las cifras de Malthus sobre el crecimiento de la población no
nos alarman un minuto.
Tenemos grandes empíricos de la política, que todos los días nos prueban que el dolor
puede ser no sólo un anestésico, sino un remedio; que las tiranías y la guerra civil son
necesarias, porque su consecuencia inevitable, fatal, es la libertad.
Esto te lo demuestran en cuatro palabras y con espantosa claridad, al extremo que
nuestra juventud tiene ya sus axiomas políticos de los que no apea, creyendo en ellos a pie
juntillas, y demostrándolos prematuramente a su vez por A. B.
Te asombrarías, si volvieses a estas tierras lejanas y vieras lo que hemos adelantado.
Buscarías inútilmente el molino de viento; el pino de la quinta de Guido se ha escapado
por milagro. La civilización y la libertad han arrasado todo.
El Paraguay no existe. La última estadística después de la guerra arroja la cifra de ciento
cuarenta mil mujeres y catorce mil hombres.
Esta grande obra la hemos realizado con el Brasil. Entre los dos lo hemos mandado a
López a la difuntería.
¿No te parece que no es tan poco hacer en tan poco tiempo?
Ahora la hemos emprendido con Entre Ríos, donde López Jordán se encargó de
despacharlo a Urquiza.
Todos, todos han sentido su muerte muchísimo.
De esta guerrita, en la que nos ha metido la fatalidad histórica, nos consolamos,
pensando en que se acabará pronto, y en que como el Entre Ríos estaba muy rico, le hacía
falta conocer la pobreza.
La letra con sangre entra.
Es el principio del dolor fecundo.
Te hablo y te cuento estas cosas porque vienen a pelo. Y no tan a humo de paja, pues
más adelante verás que ellas se relacionan bastante, más de lo que parece, con los indios.
¿No hay quien sostiene que es mejor exterminarlos, en vez de cristianizarlos y utilizar
sus brazos para la industria, el trabajo y la defensa común, ya que tanto se grita de que
estamos amenazados por el exceso de inmigración espontánea?
Sigamos caminando...
Pasando los médanos de Ralicó, se llega a la aguada de Tremencó. Son dos lagunas, una
de agua dulce, la otra de agua salada. Ambas suelen secarse.
De Tremencó se pasa al Médano del Cuero.
De allí al Cuero mismo hay dos leguas.
Esta laguna tendrá unos cien metros de diámetro. Su agua es excelente, y durante las
mayores secas allí pueden abrevar su sed muchísimos animales, sin más trabajo que cavar
las vertientes del lado del sur.
En la Laguna del Cuero ha vivido mucho tiempo el famoso indio Blanco, azote de las
fronteras de Córdoba y San Luis, terror de los caminantes, de los arrieros y troperos.
Ya te contaré cómo lo eché yo del Cuero con unos cuantos gauchos, sin cuya
circunstancia me habría encontrado con él en sus antiguos dominios.
Este episodio tiene su interés social, y les hará conocer a muchos que no salen de los
barrios cultos de Buenos Aires, lo que es nuestra Patria amada, en la que hay de todo y para
todo; un negro que mate una familia entera por venganza y por amor, y un blanco que mate
un gobernador también por amor a la libertad, después de haber sostenido con su brazo viril
la tiranía.
Mientras tanto, te diré que los campos entre el Río Quinto y el Cuero son diferentes.
Ricos pastos, abundantes y variados; gramilla, porotillo, trébol, cuanto se quiera. Agua
inagotable, leña, montes inmensos.
Un estanciero entendido y laborioso allí haría fortuna en pocos años.
Pero del Cuero a Río Quinto hay treinta leguas.
Que le pongan cascabel al gato. De allí a los primeros toldos permanentes, hay otras
treinta leguas, y los indios andan siempre boleando por el Cuero.
Estoy esperando las mulas que se han quedado atrás, y reflexionando en la costa de la
laguna si el gran ferrocarril proyectado entre Buenos Aires y la Cordillera no sería mejor
traerlo por aquí.
No vayas a creer que los indios ignoran este pensamiento.
También ellos reciben y leen La Tribuna.
¿Te ríes, Santiago?
Tiempo al tiempo.
- XI -
¿Quién había andado por Ralicó? Los rastreadores. Talento de uno del 12 de línea. Se
descubre quién había andado por Ralicó. Cuántos caminos salen del Cuero. El General
Emilio Mitre no pudo llegar allí. Su error estratégico.
Debo a la fidelidad del relato consignar un detalle antes de proseguir
En Ralicó hallamos un rastro casi fresco. ¿Quién podía haber andado por allí a esas
horas, con seis caballos, arreando cuatro, montando dos?
Solamente el cabo Guzmán y el indio Angelito, los chasquis, que yo adelanté acto
continuo de llegar a Coli-Mula.
Los soldados no tardaron en tener la seguridad de ello. Fijando en las pisadas un instante
su ojo experto, cuya penetración raya a veces en lo maravilloso, empezaron a decir con la
mayor naturalidad, cómo nosotros cuando yendo con otros reconocemos a la distancia
ciertos amigos: ché ahí va el gateado, ahí va el zarco, ahí va el obscuro chapino.
Los rastreadores más eximios son los sanjuaninos y los riojanos.
En el batallón 12 de línea hay uno de estos últimos, que fue rastreador del General
Arredondo durante la guerra del Chacho, tan hábil, que no sólo reconoce por la pisada si el
animal que la ha dejado es gordo o flaco, sino si es tuerto o no.
Era indudable que la tormenta había impedido que los chasquis continuaran su camino,
que habían dormido en Ralicó, y que sólo me llevaban un par de horas de ventaja.
Si no se apuraban, o si por apurarse demasiado fatigaban los caballos íbamos a llegar a
las tolderías del Rincón, que así se llaman las primeras: casi al mismo tiempo.
A cada criatura le ha dado Dios su instinto, su pensamiento, su acento, su alma, su
carácter, por fin. Confieso que este incidente me contrarió sobremanera.
O les daba tiempo a los chasquis para que su comisión surtiera efecto, deteniéndome un
día en el camino, o seguía mi viajé sin curarme de ellos, corriendo el riesgo de llegar
primero.
Es de advertir que del Cuero salen dos caminos.
Uno va por Lonco-uaca -lonco quiere decir cabeza y uaca vaca-, y otro por Bayo-manco,
que al ocuparme de la lengua ranquelina se verá lo que quiere decir.
Estos dos caminos se reúnen en Utatriquin, y de allí la rastrillada sigue sin bifurcarse
hasta la Laguna Verde.
El camino de Lonco-uaca da una pequeña vuelta. Pero tiene sobre el de Bayo-manco la
ventaja de que en él no falta jamás agua, mientras que en el otro no se halla sino cuando el
año no está de seca.
Por cuál de los dos caminos habían tomado los chasquis, esa era la cuestión,
Los bañados del Cuero no permitirían saberlo; los hallaríamos anegados.
Disimulando mi contrariedad y pensando en lo que haría si mis conjeturas se realizaban,
es decir, si no podíamos tomarles el rastro a los heraldos, llegué al Cuero.
Allí nos quedamos ayer esperando las mulas, Santiago amigo.
Te cumpliré, pues, cuanto antes mi oferta, para poder seguir viaje y llegar hoy siquiera a
Laquinhan, que es donde me propongo dormir.
Estamos a orillas del Cuero, del famoso Cuero, a donde no pudo llegar el General
Emilio Mitre, cuando su expedición, por ignorancia del terreno, costándole esto el desastre
sufrido. Y sin embargo, llegó a Chamalcó, y de allí contramarchó dejando el Cuero seis
leguas al norte.
Es verdad que el General buscaba también la Amarga en su marcha de retroceso,
creyendo en las anotaciones de las malas cartas geográficas que circulan con la Amarga
pintada como una gran laguna, siendo así que no es sino un inmenso cañadón.
Son los desagües del Río Quinto, ya sabes, y lo más parecido que puedo indicarte son
los desagües del Río Cuarto, o sean los cañadones de Lobay.
Como tú eres uno de los amigos de la República Argentina que más se interesan en ella,
que más se han preocupado de sus grandes problemas, estudiando la cuestión fronteras e
indios con una constancia envidiable, te diré en lo que consistió el error estratégico
principal del General Mitre.
El General llegó a Witalobo, lugar muy conocido donde he estado yo.
Son dos médanos que forman un portezuelo. Hay en ellos alfalfa, y de ahí vino la
denominación, que entonces le dieron, de médano de la alfalfa, creyendo haber hecho un
descubrimiento.
No puedo decirte con exactitud en qué latitud y longitud queda este punto.
Sin embargo, para que formes juicio más cabalmente, te diré que queda en la derecera
sur de la Carlota.
El Cuero queda de Witalobo al poniente con una inclinación al sur, de pocos grados.
En Witalobo hay una encrucijada de caminos -uno de travesía que va al Cuero,
raramente frecuentado por los indios- y otro conocido por camino de las Tres Lagunas, que
va a las tolderías de Trenel.
En lugar de tomar este último camino que rumbea al sur, el General tomó otro, y
abandonado a un mal baquiano y sin nociones gráficas ni ideales del terreno, no pudo
corregir sus equivocaciones.
En Chamalcó se notan aún los rastros, y vestigios dejados por la columna
expedicionaria.
La Laguna del Cuero está situada en un gran bajo. A pocas cuadras de allí el terreno se
dobla ex abrupto, y sobre médanos elevados comienzan los grandes bosques del desierto, o
lo que propiamente hablando se llama Tierra Adentro.
Los que han hecho la pintura de la Pampa, suponiéndola en toda su inmensidad una
vasta llanura, ¡en qué errores descriptivos han incurrido!
Poetas y hombres de ciencia, todos se han equivocado. El paisaje ideal de la Pampa, que
yo llamaría, para ser más exacto, pampas, en plural, y el paisaje real, son dos perspectivas
completamente distintas.
Vivimos en la ignorancia hasta de la fisonomía de nuestra Patria.
Poetas distinguidos, historiadores, han cantado al ombú y al cardo de la Pampa.
¿Qué ombúes hay en la Pampa, qué cardales hay en la Pampa?
¿Son acaso oriundos de América, de estas zonas?
¿Quién que haya vivido algún tiempo en el campo, hablando mejor, quién que haya
recorrido los campos con espíritu observador, no ha notado que el ombú indica siempre una
casa habitada, o una población que fue; que el cardo no se halla sino en ciertos lugares,
como que fue sembrado por los jesuitas, habiéndose propagado después?
Estos montes del Cuero se extienden por muchísimas leguas de norte a sur y de naciente
a poniente; llegan al río Chalileo, lo cruzan, y con estas interrupciones van a dar hasta el pie
de la cordillera de los Andes.
A la orilla de ellos vivía el indio Blanco, que no es ni cacique, ni capitanejo, sino lo que
los indios llaman un indio gaucho. Es decir, un indio sin ley ni sujeción a nadie, a ningún
cacique mayor, ni menos a ningún capitanejo; que campea por sus respetos; que es aliado
unas veces de los otros, otras enemigo; que unas veces anda a monte, que otras se arrima a
la toldería de un cacique: que unas anda por los campos maloqueando, invadiendo, meses
enteros seguidos otras por Chile comerciando, como ha sucedido últimamente.
Toda la fuerza de este indio, temido como ninguno en las fronteras de Córdoba y de San
Luis, y tan baquiano de ellas como de las demás, se componía en la época a que voy a
referirme, de unos ocho o diez, compañeros de averías.
Con ellos invadía generalmente, agregándose algunas veces a los grandes malones.
Como en aquel entonces los campos al sur del Río Quinto y el Río Cuarto eran una
misma cosa -dominio de los indios-, las invasiones se sucedían semanalmente, día de por
medio, y hasta diariamente.
El héroe de estas hazañas era, por lo común, el indio Blanco.
El camino del Río Cuarto a Achiras fue cien veces campo de sus robos y crueldades.
A mi llegada al Río Cuarto era imposible dejar de hablar del indio Blanco; porque, ¿a
dónde se iba que no oyera uno mentar los estragos de sus depredaciones?
¿Quién no lamentaba sus ganados robados, lloraba algún deudo muerto o cautivo?
El tal indio tenía un prestigio terrible.
Yo era, de consiguiente, su rival.
Me propuse, antes de avanzar la frontera, desalojarlo del Cuero, incomodarlo, alarmarlo,
robarlo, cualquier cosa por el estilo.
Pero no quería hacer esta campaña con soldados. La disciplina suele tener los
inconvenientes de sus ventajas.
Busqué un contrafuego acordándome de la máxima de los grandes capitanes: al enemigo
batirlo con sus mismas armas.
Le escribí a mi amigo D. Pastor Hernández, Comandante militar del Departamento del
Río Cuarto, hombre tan penetrante como laborioso y constante, que necesitaba conchabar
media docena de pícaros, siendo de advertir que prefería la destreza a la audacia, en una
palabra, ladrones.
Hernández no se hizo esperar. A los pocos días presentáronse seis conciudadanos de la
falda de la Sierra, con una carta, y encabezándolos uno, denominado el Cautivo.
Los fariseos que crucificaron a Cristo no podían tener una fachas de forajidos más
completas.
Sus vestidos eran andrajosos, sus caras torvas, todos encogidos y con la pata en el suelo;
necesitábase estar animado del sentimiento del bien público para resolverse a tratar con
ellos.
Entraron donde yo estaba.
Queriendo hacer un estudio social les ofrecí asiento. Me costó conseguir que lo
aceptaran; pero instando conseguí que se sentaran.
Lo hicieron poniendo cada cual su sombrero en el suelo al lado de la silla.
Agacharon todos la cabeza.
Inicié la conferencia con ciertas preguntas como: -¿Cómo te llamas, de dónde eres, en
qué trabajas, has sido soldado, cuántas muertes has hecho?
Y luego que la confianza se estableció, proseguí:
-Conque, ¿quieren ustedes conchabarse?
-Cómo úsia quiéra (contestó el Cautivo, con esa tonada cordobesa que consiste en un
pequeño secreto -como lo puede ver el curioso lector o lectora-: en cargar la pronunciación
sobre las letras acentuadas y prolongar lo más posible la vocal o primera sílaba).
En haciendo esto ya es uno cordobés. No hay más que ensayarlo.
-Ustedes son hombres gauchos, por supuesto.
-Cómo nó, séñor.
-¿Entienden de todo trabajo?
-De cuánto quiéra.
-¿Y cuánto ganan?
-A sígun úsia.
-¿Ganan más de ocho pesos mensuales?
-No, séñor.
-Pues yo les voy a pagar diez; les voy a dar comida, ropa y caballos.
-Como úsia guste.
-Sí, pero es que yo los conchabo para robar.
-Y cómo há de ser, pues.
-Iremos ánde nos mánde (dijeron varios a una).
-¡Hum! ¿Y se animarán?
-Y cómo nó, séñor úsia.
-Bueno; es para robarles a los indios.
¡Nadie contestó!
Y ahí está el país, la causa de la montonera y otras yerbas.
El Coronel los conchababa para robar; para robarle al lucero del alba que fuera. No
había inconveniente. Estaban prontos y resueltos a todo, a derramar su sangre, a jugar la
vida. Lo mismo había sido ofrecerles diez pesos y todo lo demás, que lo que ganaban
honradamente.
Obedecían a una predisposición, a una educación, a las seducciones del caudillaje
bárbaro y turbulento. Quizá se decían interiormente: Este sí que es un Coronel, ¡y lindo!
Mas se trató de los indios, de los mismos que no hacía muchos meses asolaban su propio
hogar, y las disposiciones cambiaron con la rapidez del relámpago.
¿Era miedo? ¿Qué era?
No, no era miedo.
Nuestra raza es valiente y resuelta; no es el temor de la muerte lo que contiene al gaucho
a veces.
Yo he visto a uno de ellos discurrir como un filósofo en el momento de llevarlo a fusilar.
Era un sargento: el sacerdote le instaba a confesarse, no quería hacerlo.
-¿Qué, no temes a la muerte?
-Padre -contestó con marcada expresión-, la muerte es un salto que uno da a oscuras sin
saber dónde va a caer.
Fue esto en Chascomús.
¿Y qué detenía entonces a los Voluntarios de la Pampa, que así se llamaron al fin; qué
los arredraba?
¡Ah! Es triste decirlo. ¡Pero es verdad, y hay que decirlo, para enseñanza de las jóvenes
generaciones en cuyas manos está el porvenir, las que nos salvarán a nosotros, aspirantes de
la intolerancia y del odio, enanos del patriotismo que recompensa bien, héroes del siglo de
oro!
Era la ausencia completa del sentimiento del deber, el horror de toda disciplina.
Ellos tenían bastante sagacidad para comprender que yendo a robarle a cualquiera, por
mi orden, yo me hacía su cómplice.
Yendo a robarles a los indios, el juego cambiaba de aspecto; tenían que ir como
soldados. Llegaron tal vez a imaginarse que era una jugada mía para reclutarlos.
Lo comprendí así.
Estuve dispuesto a despacharlos. Pero ya estaban allí.
Les hice entender que eran hombres libres; que podían conchabarse o no; que nadie les
obligaba; que podían retirarse si querían.
Se convencieron de que no había en el conchabo más riesgo que el de la vida, y se
arregló todo.
Les di buenos caballos, los vestí, les di carabinas de las que hicieron recortados y una
lata de caballería para llevar entre las caronas.
Y partieron...
Mis órdenes eran robarle al indio Blanco.
El Cautivo era baquiano del Cuero.
Lo que trabajasen sería para ellos.
Volvieron con algo. No se trabaja y se expone el cuero sin provecho, discurren los
menos calculadores.
Se repitió la excursión, tres veces más, hasta que el indio Blanco se alejó. El no podía
calcular, detrás de los Voluntarios de la Pampa, cuántos más iban.
Confieso que al mandar aquellos diablos a una carrería tan azarosa, me hice esta
reflexión: si los pescan o los matan poco se pierde.
Fue una de las causas que me hizo no recurrir a los pobres soldados.
Los Voluntarios de la Pampa acabaron por hacerme a mí un robo.
Los tomé y por todo castigo les dije, devolviéndoselos a Hernández:
-¿Qué les he de hacer? Ya sabía que eran ustedes ladrones.
No se juega mucho tiempo con fuego sin quemarse.
Han llegado las mulas.
Es cosa resuelta que hoy no duermo donde quería.
Llegaremos mañana.
- XII -
Por dónde habían ido los chasquis. Entrada a los montes. Derechos de piso y agua.
Recomendaciones. Despacho de algunas tropillas para el Río Quinto. Los montes.
Impresiones filosóficas. Utatriquin. El cuento del arriero.
Antes de ponerme en marcha resolví dejar las mulas atrás. Caminaban sumamente
despacio por lo mucho que había llovido y era un martirio para los franciscanos seguirlas al
tranco; el padre Moisés no es tan maturrango, pero el padre Marcos no hallaba postura
cómoda.
Contra mis cálculos, tomamos el rastro de los chasquis.
Habían seguido el camino de Lonco-uaca.
Mi lenguaraz, mestizo, chileno, hijo de cristiano y de india araucana, hombre muy
baquiano, de cuyas confidencias soy depositario no por él sino por otros, lo que me
permitirá contar sus aventuras amorosas de Tierra Adentro, creyó oportuno hacerme
algunas indicaciones.
Eran muy juiciosas y sensatas; y como entre ellas entrase la posibilidad de que los
chasquis se extraviaran en razón de que ni Guzmán ni Angelito conocían prácticamente el
camino que habían tomado, me pareció prudente hacer yo a mi turno mis recomendaciones.
Ibamos a entrar ya en los montes; a tener que marchar en dispersión, sin vernos unos a
los otros; por sendas tortuosas, que se borraban de improviso unas veces, que otras se
bifurcaban en cuatro, seis o más caminos, conduciendo todas a la espesura.
Era lo más fácil perder la verdadera rastrillada, y también muy probable que no
tardáramos en ser descubiertos por los indios.
Un tal Peñaloza suele ser el primero que se presenta a los indios o cristianos que pasean
por esas tierras, alegando ser suyas y tener derecho a exigir se le pague el piso y el agua.
No hay más remedio que pagar, porque el señor Peñaloza se guarda muy bien de salir a
sacar contribución alguna cuando los caminantes son más numerosos que los de su toldo o
van mejor armados.
Más adelante hay otros señores dueños de la tierra, del agua, de los árboles, de los
bichos del campo, de todo, en fin, lo que puede ser un pretexto para vivir a costillas del
prójimo.
Estos derechos inter territoriales se cobran en la forma más política y cumplida,
suplicando casi y demostrándoles a los contribuyentes ecuestres la pobreza en que se vive
por allí, lo escaso que anda el trabajo.
Si los expedientes pacíficos surten efecto, no hay novedad; si los transeúntes no se
enternecen, se recurre a las amenazas, y si éstas son inútiles, a la violencia.
Es ser bastante parlamentario, para vivir tan lejos de los centros de la civilización
moderna.
Recomendé a mi gente cómo habían de marchar; prohibí terminantemente que bajo
pretexto de componer la montura se quedará alguien atrás, advirtiendo que cada cuarto de
hora haría una parada de dos minutos para que pudiéramos ir lo más juntos posible; describí
la aguada de Chamalcó donde me demoraría un rato, lo bastante para mudar caballos, por si
alguien llegaba a ella extraviado; y a los franciscanos les supliqué me siguiesen de cerca, no
fuera el diablo a darme el mal rato de que se perdieran.
Finalmente hice notar que, hallándome ya en donde podía haber peligro cuando menos
lo esperábamos, quería, puesto que no estábamos bien armados, que todos y cada uno nos
condujéramos con moderación y astucia, con sangre fría sobre todo, que como ha dicho
muy bien Pelletan, es el valor que juzga.
Hecho esto, mandé que dos soldados, con dos tropillas que no me hacían falta, se
volviesen al Río Quinto, caminando despacio.
Escribí con lápiz, cuatro palabras para el General Arredondo y algunos subalternos
amigos de mis fronteras, avisándoles que había llegado con felicidad al Cuero, y entramos
en los montes.
Hermosos, seculares algarrobos, caldenes, chañares, espinillos, bajo cuya sombra
inaccesible a los rayos del sol crece frondosa y fresca la verdosa gramilla, constituyen estos
montes, que no tienen la belleza de los de Corrientes, del Chaco o Paraguay.
Las esbeltas palmeras, empinándose como fantasmas en la noche umbría: la vegetación
pujante renovándose siempre por la humedad; los naranjeros, que por doquier brindan su
dorada fruta; las enmarañadas enredaderas, vistiendo los árboles más encumbrados hasta la
cima y sus flores inmortales todo el año; fresco musgo tapizando los robustos troncos; el
liquen pegajoso, que con el rocío matinal brilla, como esmaltado de piedras preciosas; las
espadañas, que se columpian graciosas, agitando al viento sus blancos y sedosos penachos;
las flores del aire, que viven de las auras purísimas, embalsamando la atmósfera, cual
pebeteros de la riente natura; las aves pintadas de mil colores, cantando alegres a todas
horas; los abigarrados reptiles serpenteando en todas direcciones: los millones de insectos
que murmuran en incesante coro diurno y nocturno; el agua siempre abundante para
consuelo del sediento viajero, y tantas, y tantas otras cosas que revelan la eternal grandeza
de Dios, ¿dónde están aquí?, me preguntaba yo, soliloqueando por entre los carbonizados y
carcomidos algarrobos.
Y como siempre que bajo ciertas impresiones levantamos nuestro espíritu, la visión de la
Patria se presenta, pensé un instante en el porvenir de la República Argentina el día en que
la civilización, que vendrá con la libertad, con la paz, con la riqueza, invada aquellas
comarcas desiertas, destituidas de belleza, sin interés artístico, pero adecuadas a la cría de
ganados y a la agricultura.
Allí hay pastos abundantes, leña para toda la vida, y agua la que se quiera sin gran
trabajo, como que inagotables corrientes artesianas surcan las Pampas convidando a la
labor.
Cada médano es una gran esponja absorbente: cavando un poco en sus valles, el agua
mana con facilidad.
La mente de los hombres de Estado se precipita demasiado, a mi juicio, citando en su
anhelo de ligar los mares, el Atlántico con el Pacífico, quieren llevar el ferrocarril por el
Río Quinto.
La línea del Cuero es la que se debe seguir. Sus bosques ofrecen durmientes para los
rieles, cuantos se quieran; combustible para las voraces hornallas de la impetuosa
locomotora.
Son iguales a los de Yuca, cuya explotación ha hecho y sigue haciendo la empresa del
Gran Central Argentino.
Estos campos son mejores que aquéllos.
Y si un ferrocarril, a más de las ventajas del terreno, de la línea recta, de las necesidades
del presente y del porvenir, debe consultar la estrategia nacional, ¿qué trayecto mejor
calculado para conquistar el desierto que el que indico?
La impaciencia patriótica puede hacernos incurrir en grandes errores; el estudio paciente
hará que no caigamos en la equivocación.
No puedo hablar como un sabio: hablo como un hombre observador. Tengo la carta de
la República en la imaginación y me falta el teodolito y el compás.
Los peligros para el trabajo son más imaginarios que reales. Oportunamente podría
ocuparme de este tópico. Por el momento me atreveré a avanzar que yo con cien hombres
armados y organizados de cierta manera, respondería de la vida y del éxito de los
trabajadores.
Incito a meditar sobre este gran problema del comercio y de la civilización.
No he visto jamás en mis correrías por la India, por África, por Europa, por América,
nada más solitario que estos montes del Cuero.
Leguas y leguas de árboles secos, abrasados por la quemazón; de cenizas que envueltas
en la arena, se alzan al menor soplo de viento; cielo y tierra; he ahí el espectáculo.
Aquello entenebrecía el alma. Las cabalgaduras iban ya sedientas. Chamalcó estaba
cerca.
Llegamos.
El peligro estrecha, vincula, confunde, la unión es un instinto del hombre en las horas
solemnes de la vida.
Nadie se había quedado atrás. Según los cálculos del baquiano, Chamalcó tenía agua.
Esperamos un buen rato antes de dejar beber los animales.
Se reposaron y bebieron.
Nosotros hallamos un manantial al pie de un árbol magnífico de robustez y frondosidad.
Cambiamos caballos y seguimos, saliendo a un gran descampado.
Respiré con expansión.
El europeo ama la montaña, el argentino la llanura.
Esto caracteriza dos tendencias.
Desde las alturas físicas, se contemplan mejor las alturas morales.
Los pueblos más libres y felices del mundo son los que viven en los picos de la Tierra.
Ved la Suiza.
A poco andar volvimos a entrar en el monte. Aquí era más ralo. Podíamos galopar y era
menester hacerlo para llegar con luz a Utatriquin -otra aguada-, porque la noche sería sin
luna, salía recién a la madrugada.
Me apuré, cuando la arboleda lo permitía, y llegamos a la etapa apetecida.
Era la tarde, y la hora
En que el sol la cresta dora
De los Andes...
Esta aguada es un inmenso charco de agua revuelta y sucia, apenas potable para las
bestias.
En previsión de que no estuviera buena, habíamos llenado los chifles en Chamalcó.
Había marchado muy bien, ganando más terreno del que esperaba; no tenía por qué
apurarme ya.
Podía descansar un buen rato, lo que les haría mucho bien a los caballos y a mis
queridos franciscanos.
Mandé desensillar.
El padre Marcos me miró como diciendo: ¡Loado sea Dios!, que si en estos berenjenales
me mete también me ayuda.
Había un corral abandonado; cerca de él campamos.
Ordené que se redoblara la vigilancia de los caballerizos, entusiasmé a los asistentes,
con algunas palabras de cariño y un rato después ardió flamígero el atrayente fogón.
Comenzó la charla de unos con otros, sin distinción de personas.
Ya lo he dicho: el fogón es la tribuna democrática de nuestro ejército.
El fogón argentino no es como el fogón de otras naciones. Es un fogón especial.
Estábamos tomando mate de café, de postre; la noche había extendido hacía rato su
negro sudario.
Una voz murmuró, como para que yo oyera:
-Si contara algún cuento el Coronel.
Era mi asistente Calixto Oyarzábal, de quien ya hablé en una de mis anteriores; buen
muchacho; ocurrente y de esos que no hay más que darle el pie para que se tomen la mano.
¡Sí, sí! -dijeron los franciscanos al oírle, los oficiales y demás adláteres-, ¡qué cuente un
cuento al Coronel!
Me hice rogar y cedí.
Es costumbre que los hombres tomamos de las mujeres.
¿Y sabes, Santiago, qué cuento conté?
Uno de los tuyos.
El del arriero.
Vamos, ¡a qué te has olvidado!
Voy a contártelo a tres mil leguas.
El respetable público que asiste a este coloquio me dispensará.
-Fíjense bien -dije antes de empezar-, que este cuento es bueno tenerlo presente cuando
se viaja por entre montes tupidos.
Todos estrecharon la rueda del fogón, uno atizó el fuego, los ojos brillaron de curiosidad
y me miraron, como diciendo: ya somos puras orejas, empiece usted, pues.
Tomé la palabra y hablé así:
-Era éste un arriero, hombre que había corrido muchas tierras; que se había metido con
la montonera en tiempos de Quiroga y a quien perseguía la justicia.
Yendo un día por los Llanos de la Rioja, le salió una partida de cuatro. Quisieron
prenderlo, se resistió, quisieron tomarlo a viva fuerza, y se defendió. Mató a uno, hirió a
otro, e hizo disparar a tres.
En esos momentos se avistó otra partida: prevenida ésta por los derrotados, apuraron el
paso. El arriero huyó y se internó en un monte.
Montaba una mula zaina, medio bellaca. Corría por entre el monte, cuando se le fue la
cincha a las verijas.
Írsele y agacharse la bestia a corcovear, fue todo uno.
El arriero era gaucho y jinete.
Descomponiéndose y componiéndose sobre el recado, anduvo mucho rato, hasta que en
una de ésas, como tenía las mechas del pelo muy largas y porrudas se enganchó en el gajo
de un algarrobo.
La mula siguió bellaqueando, se le salió de entre las piernas y él quedose colgado.
Permaneció así como un judas, largo rato, esperando que alguien le ayudase a salir del
aprieto; pero en vano.
Llegó la noche.
Los que le seguían, aciertan a pasar por allí.
El arriero, con la rapidez del pensamiento, concibió una estratagema.
Dejó que la partida se aproximara, poniendo la cara lánguida, y cuando al resplandor de
la luna vinieron a verle, dijo con voz cavernosa:
¡Viva Quiroga!
La partida, al oír hablar un muerto, huyó, poseída de terror pánico, sujetando los pingos
quién sabe dónde.
El arriero se salvó así.
Pero aquella actitud no podía prolongarse demasiado.
Era incómoda.
Procuró salir de ella. Buscó su cuchillo; con los corcovos de la mula lo había perdido.
Era una verdadera fatalidad. No tenía con qué cortarse los cabellos, y como eran muy
largos, no alcanzaba con la mano a desasirlos del gajo en que estaban enredados.
Un hombre como él, acostumbrado a todas las fatigas, podía resistir el peso de su propio
cuerpo, si no había otro remedio, no digo un día, muchos días, teniendo qué comer. Es
claro. La necesidad tiene cara de hereje.
Pero no tenía nada. Todo se lo había llevado la mula en las alforjas. Felizmente, tenía un
pedazo de queso en los bolsillos, yesquero, tabaco y papel.
Agua era lo de menos para un arriero.
Se comió el pedazo de queso.
Sacó después su chuspa y armó un cigarro, luego sacó fuego y fumó.
Nadie pasaba por allí, a pesar de la voz que debieron esparcir los de la partida,
despertando la curiosidad popular.
El arriero fumaba, fumaba, y en lugar de otras cosas cuando tenía necesidad echaba
humo y humo.
Y así pasó muchos días, hasta que de hambre se comió la camisa y se murió de una
indigestión.
Y entré por un caminito y salí por otro.
No sé si al público le gustará este cuento: en el fogón fui aplaudido.
Yo soy porteño, del barrio San Juan y nadie es profeta en su tierra.
Por eso Sarmiento, siendo de San Juan, es Presidente, habiéndose cumplido con él una
de mis profecías del Paraguay.
Cuando llegaba al fin de mi cuento, serían las ocho.
Di mis órdenes, encerraron en el corral los caballos, se tomó y ensilló en un abrir y
cerrar de ojos, montamos, nos pusimos en camino y esa noche sucedieron cosas raras...
Basta de cuentos.
- XIII -
Martes es mal día. Trece es mal número. Los quatorzième. Marcha nocturna. Pensamientos.
Sueño ecuestre. Un latigazo. Historia de un soldado y de Antonio. Alto. Una visión y una
mulita.
Ayer fue martes; mal día para embarcarse, casarse, presentar solicitudes, pedir dinero a
réditos y suicidarse.
A más de ser martes, esta carta debía llevar, como lleva, el número trece, número de mal
agüero, misterioso, enigmático, simbólico, profético, fatídico, en una palabra, cabalístico.
Las cosas que son trece salen siempre malas. Entre trece suceden siempre desgracias.
Cuando trece comen juntos; a la corta o a la larga alguno de ellos es ahorcado, muere de
repente, desaparece sin saberse cómo, es robado, naufraga, se arruina, es herido en duelo.
Finalmente, lo más común es que entre trece haya siempre un traidor.
Es un hecho que viene sucediéndose sin jamás fallar desde la famosa cena aquella en
que Judas le dio el pérfido beso a Jesús.
Es por esa razón que en Francia, nación cultísima, hay una industria, que no tardará en
introducirse en Buenos Aires, donde todas las plagas de la civilización nos invaden día a
día con aterrante rapidez. El cólera, la fiebre amarilla y la epizootia le quitan ya a la antigua
y noble ciudad, el derecho de llamarse como siempre. Pestes de todo género y auras
purísimas; es una incongruencia.
Debiera quitarse nombre y apellido, como hacen los brasileros, en cuyos diarios suelen
leerse avisos así:
"De hoy en adelante, Juan Antonio Alves, Pintos, Bracamonte y Costa, se llamará
Miguel da Silva, da Fonseca e Toro. Tome buena nota el respetable público"
Es una excelente costumbre que prueba los adelantos del Imperio. Porque mediante ella,
los pillos hacen sus evoluciones sociales con más celeridad. En un país semejante, Luengo
no tendría más que poner un aviso para ser Moreira, persona muy decente.
La industria de que hablaba toma su nombre de los que la ejercen, llamados le
quatorzième
Le quatorzième, no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de treinta y
cinco años, tener un porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y
estar al cabo de todas las novedades de la época y del día.
Cuando alguien ha convidado a varios amigos a comer en su casa, en el restaurant o en
el hotel, y resulta que por falta de uno o más no hay reunidos sino trece y que se ha pasado
el cuarto de hora de gracia concedido a los inexactos, se recurre al quatorzième.
¡Cómo han de comer trece, exponiéndose a que bajo la influencia de malos
presentimientos, la digestión se haga con dificultad!
Se envía, pues, un lacayo en el acto, por el quatorzième. En todos los barrios hay uno,
así es que no tarda en llegar; es como el médico.
Entra y saluda, haciendo una genuflexión, que es contestada desdeñosamente, y acto
continuo se abre la puerta que cae al comedor, o no se abre, porque los convidados pueden
estar en él o por cualquier otra razón, y se oye: monsieur est servi!
Siéntanse los convidados. ¡Qué felicidad! ¡La sopa humea de caliente, no se ha enfriado!
La alegría reina en todos los semblantes. Han comenzado a sonar los platos, a chocarse las
copas. De repente óyese un grito del anfitrión:
-¡Ahí está al fin! Siéntese usted donde quiera, que los demás no vendrán ya.
Y Monsieur de la Tomassière (en un tipo de este apellido, Paul de Kock ha
personificado el tipo de esos amigos fastidiosos que siempre llegan tarde), se presenta y se
sienta, pidiendo disculpas a todos y protestando que es la primera vez que tal cosa le
sucede.
Mientras tanto, le quatorzième ha visto una seña del dueño de la casa, que en todas
partes del mundo quiere decir: retírese usted, y sin decir oste ni moste se ha eclipsado. Iba
quizá a probar la sopa, cuando Mr. de la Tomassière se presentó.
Al llegar a la puerta de la calle de donde vive, se halla con un necesitado que le espera.
En otro banquete le aguardan con impaciencia. Han buscado varios quatorzième, no hay
ninguno. Esa noche dan muchas comidas, hay muchos inexactos o un exceso de previsión y
la demanda de quatorzième es grande desde temprano.
El quatorzième marcha; llega, igual escena a la anterior. Tiene que desalojar su puesto
antes de haber probado un plato siquiera de cosa alguna.
Al volver a llegar a la puerta de su pobre mansión, otro necesitado. Le sigue con éxito
semejante al de los pasados convites.
Hay noches en que las idas y venidas del pobre quatorzième exceden toda ponderación.
Ha ganado bien su dinero, porque cada viaje se paga, pero ha pasado por el suplicio de
Tántalo.
La civilización de Buenos Aires debe pensar seriamente en esto. No soy un alarmista.
Pero sostengo que así como estamos amenazados de muchas pestes por falta de policía
municipal, hace muchos años que la educación se descuida inculcar en los niños esta idea:
uno de los mayores defectos sociales es hacer esperar,
Tan es así, que me acuerdo yo de un andaluz que vivió once años de huésped en casa de
una tía mía. Un día anunció que se iba a su tierra. ¡Ya era tiempo! Su despedida consistió
en esto:
Señora, usted no puede tener queja de mí, siempre he estado presente a la hora fija de
almorzar y comer.
Con lo cual se marchó, habiendo dicho no poco, que él que no ha esperado jamás gente a
comer, porque nunca ha dado comidas, habiéndose limitado a comerlas, no sabe lo que es
esperar a un huésped o a un convidado.
Indudablemente, debe haber una enfermedad que los médicos no conocen, proveniente
de la impaciencia de esperar gente a comer.
La ciencia no tardará en descubrirla y en agregarla a la nomenclatura patológica.
Creo haberte explicado suficientemente, Santiago amigo, que si esta decimotercia carta
no se publicó ayer, ha sido porque fue martes y porque su número es fatal.
Cuando me moví de Utatriquin,
The bright sun was extinguish'd and the stars
Did wander darkling, in the eternal space.
La noche estaba bastante obscura. El monte era muy espeso y en las sendas de la
rastrillada había muchos troncos de árbol y pequeños arbustos. Era sumamente incómodo
para el caballo y para el jinete. Teníamos que andar muy despacio. Nos dormíamos... De
vez en cuando una rama de algarrobo o de chañar azotaba la faz del caminante y le sacaba
de su sopor.
La lentitud del aire de la marcha hacía que mi comitiva no fuera en tanta dispersión
como otras ocasiones.
Yo iba mustio y callado, como la misma noche.
Pensaba en el instante inesperado que marca más tarde o más temprano en el cuadrante
de la vida, el pasaje de lo conocido a lo desconocido, de la triste realidad a un quién sabe
más triste aún; a un estado inconsciente al vacío, a la nada; pensaba en lo que serían mis
días hasta ese instante solemne en que extinguiéndose mi vista, mi voz, con el último soplo
de vida, me quede todavía aliento para reunir todas las fuerzas de mi espíritu y decirme a
mí mismo: ¡Me muero!
Y pensando en esto, me engolfé en otras reflexiones, y cuando la duda horrible y
desgarradora me asaltó, recordé a Hamlet:
... To die, - to sleep...
To sleep! perchance to dream.
Me quedé como soñando... Veía todos los objetos envueltos en una bruma finísima de
transparencia opaca; los árboles me parecían de inconmensurable altura, vi desfilar
confusas muchedumbres, ciudades tenebrosas, el cielo y la tierra eran una misma cosa, no
había espacio...
Un latigazo aplicado a mi rostro por el gaje de un espinillo, en cuyas espinas quedó
enganchado mi sombrero, obligándome a detenerme, me sacó del fantástico fantaseo en que
me sumía la somnolencia producida por la monotonía de la marcha.
Varios soldados me seguían de cerca conversando. Parece que hacía rato se contaban
por turno sus aventuras. El que hablaba cuando mi atención se fijó en el grupo, decía así:
-Pues, amigo, a mí me echaron a las tropas de línea sin razón.
- ¡Cuándo no! -le dije-, ya saliste con una de las tuyas. Nunca hay razón para castigarlos
a Uds.
-Sí, mi Coronel -repuso-, créame.
-¿Cómo fue eso?
-Yo tenía un amigo muy diablo a quien quería mucho, y a quien le contaba todo lo que
me pasaba.
Se llamaba Antonio.
Al mismo tiempo tenía amores con una muchacha de Renca, que me quería bastante,
cuyo padre era rico y se oponía a que la visitara.
Mi intención era buena.
Yo me habría casado con la Petrona, ése era su nombre.
Pero no basta que el hombre tenga buena intención si no tiene suerte, si es pobre.
Tanto y tanto nos apuraba el amor, que al fin resolvimos irnos para Mendoza, casarnos
allí y volver cuando Dios quisiera.
En eso andábamos, viéndonos de paso con mucha dificultad; porqué siempre nos
espiaban los padres y el juez, que era viudo y medio viejo, que quería casarse con la
Petrona, y cuya hija menor tenía tratos con Antonio, de quien era muy enemigo, siempre lo
amenazaba con que lo había de hacer veterano.
Un día arreglamos al fin, después de mucho trabajo, cómo habíamos de fugar.
Yo debía sacar a la Petrona de su casa en la noche.
Antonio me acompañaría para cuidar la ventana, que era por donde había de entrar. No
podíamos descuidarnos con el juez.
La ventana caía al cuarto del padre de Petrona, que era jugador, muy jugador, lo mismo
que Antonio. En ese tiempo había hecho una gran ganancia. A Antonio le había ganado
todas sus prendas y éste le andaba con ganas.
Petrona dejó apretada la ventana. Una tía la acompañaba y dormía junto con ella, en el
mismo cuarto. Doña Romualda, la madre, andaba por el puesto.
Esa noche era muy linda ocasión, porque el padre de Petrona estaba de tertulia.
Tempranito estuvo Antonio en ella y vino a avisarme que el hombre ganaba ya mucho,
diciéndome que si no nos apurábamos erraríamos el golpe.
Aunque la hora convenida con Petrona era cuando le diesen las cabritas, me resolví a ir
un poco más temprano.
Todo estaba pronto, caballos y con qué comprar algo por el camino. Yo tenía algunos
reales.
Salimos de casa con Antonio, llegamos a la ventana de Petrona, la empujamos despacito
y salté yo sin hacer ruido, dejándola abierta. Cuando estuve en el cuarto, oí roncar. Era el
padre de Petrona, que según los cálculos de Antonio, se había retirado de su tertulia antes
de la hora acostumbrada.
Antonio sintió los ronquidos y me dijo en voz baja: Vámonos, ché; hoy no se puede.
No quise obedecerle, y por toda contestación le dije: -¡Chit!
El cuarto estaba obscuro; tenía que caminar en puntas de pie, con mucho cuidado para
no hacer ruido, hasta acercarme a la cama de Petrona.
Ella me había sentido. Lo mismo que yo, contenía la respiración. Si se despertaba el
padre, teníamos mal pleito. Ella no se escapaba de una soba, yo de una puñalada, porque
era malísimo.
Me acercaba a la cama de Petrona sin sentir que detrás de mí había entrado Antonio.
Le había ya tomado la mano y ella iba a levantarse, cuando oímos ruido de plata y un
grito:
-¡Ah, pícaro!
Era la voz del padre de Petrona.
Antonio tuvo la tentación de robarle, él lo sintió y le agarró del poncho.
Yo no podía salir sino por donde había entrado; esconderme bajo la cama era peligroso.
El padre de Petrona gritaba con todas sus fuerzas: -¡Ladrones! ¡Ladrones!
La tía se levantó. Yo intenté escaparme. Pero no pude: delante de mí salía Antonio, me
obstruyó el paso, y el padre de Petrona me agarró.
Luché con él un rato inútilmente.
La hermana le ayudaba.
Petrona estaba medio muerta. El padre, furioso, porque ella también no venía en su
ayuda, encendiendo luz pronto. La amenazó con matarla si no lo hacía. Tuvo que hacerlo.
Para esto, Antonio se había ido con la plata.
Entre el padre de Petrona y la hermana, me amarraron bien.
A los gritos vinieron dos de la partida de policía, que estaba cerca de allí, y me llevaron
preso. Me pusieron en el cepo para que dijese dónde estaba la plata, y contesté siempre que
no sabía, que yo no la había robado.
Me preguntaron que si tenía cómplices, teniéndome siempre en el cepo, y contesté que
no.
-¿Y por qué no decías que Antonio era el ladrón?
-¿Y cómo lo había de descubrir a mi amigo? ¿Y cómo la había de perder a Petrona
cuando la quería tantísimo? Yo prefería pagar por ladrón a ser delator de mi amigo; yo
prefería pasar por ladrón y no que dijeran que Petrona era mi querida. Yo prefería ser
soldado a todo eso.
Además, como todas las mujeres son iguales, falsas como la plata boliviana, supe esos
días no más, antes que me echaran a las tropas de línea, que Petrona decía, para salvarse del
castigo de su padre, que algo andaba maliciando que yo era un pícaro que la había
solicitado a ella de mala fe, con sólo la intención de hacer el robo que había hecho.
Quién sabe si no hubiera sido eso, si no declaro al fin, atormentado por el cepo, que
Antonio era el ladrón; éste ya se había ido para la sierra de Córdoba, y ¡cuándo lo pescaban
siendo, como era, un muchacho tan diantre! Era mozo muy gaucho y alentado.
-¿Y, te acuerdas todavía de Petrona, Macario?
-¡Ay!, mi Coronel, si las mujeres cuanto más malas son, más tardamos en olvidarlas.
-¿Y nunca hubo nada con ella?
-Mi Coronel, Ud. sabe lo que son esas cosas de amor, cuando uno menos piensa...
-La ocasión hace al ladrón -dijo Juan Díaz, uno de mis baquianos, muy ocurrente.
En esos momentos el bosque se abría formando un hermoso descampado; la nítida y
blanca luna se levantaba, y las estrellas centelleaban trémulamente en la azulada esfera.
Detuve mi caballo, que no obedecía como un rato antes a la espuela, y dirigiéndome a
los franciscanos, que no se separaban de mí, les consulté si tenían ganas de descansar un
rato.
-Con mucho gusto -contestaron. Los buenos misioneros iban molidos; nada fatiga tanto
como una marcha de trasnochada.
El pasto estaba lindísimo, la noche templada, pararnos no les haría sino bien a los
animales.
Pasé la voz de que descansaríamos una hora.
Se manearon las madrinas de las tropillas, cesó el ruido de los cencerros, único que
interrumpía el silencio sepulcral de aquellas soledades, y nos echamos sobre la blanda
hierba.
Yo coloqué mi cabeza en una pequeña eminencia, poniendo encima un poncho doblado
a guisa de almohada, y me dormí profundamente.
Tuve un sueño y una visión envuelta en estas estrofas de Manzoni, a manera de
guirnalda o de aureola luminosa:
Tutto ei provó; la gloria
Maggior dopo il periglio,
La fuga, e la vittoria,
La reggia, e il triste esiglio.
Due volte nella polvere,
Due volte sugli altar.
Me creía un conquistador, un Napoleón chiquito.
De improviso sentí, como si la cabeza se me escapara; hice fuerzas con la cabeza,
endureciendo el pescuezo; la tierra se movía; yo no estaba del todo despierto, ni del todo
dormido. La cabecera seguía escapándoseme, creí que soñaba, fui a darme vuelta y un
objeto con cuatro patas, negro y peludo, corrió... Había hecho cabecera de una mulita.
Los héroes como yo tienen sus visiones así, sobre reptiles, y las páginas de nuestra
historia no pueden terminar sino poniendo al fin de cada capítulo, el terrible, lasciate ogni
speranza.
Dejemos dormir a mi gente un rato, mientras yo compongo mi cabecera.
- XIV -
Sueño fantástico. En marcha. Calixto Oyarzábal y sus cuentos. Cómo se busca de noche un
camino en la Pampa. Campamento. Los primeros toldos. Se avistan chinas. Algarrobo.
Indios.
Después que arreglé mi nueva cabecera, me volví a quedar dormido, hasta que Camilo,
el exacto y valiente Camilo se acercó a mí, y diciéndome al oído: -Mi coronel-, me
despertó.
Tenía en ese momento un sueño que era como la perspectiva confusa del pintado
caleidoscopio.
Estaba en dos puntos distantes al mismo tiempo, en el suelo y en el aire. Yo era yo, y a
la vez el soldado, el paisano ése, lleno de amor y abnegación, cuya triste aventura acababa
de ser relatada por sus propios labios, con el acento inimitable de la verdad. Yo me decía,
discurriendo como él: -¡Qué ingrata y qué mala fue Petrona! -y discurriendo como yo
mismo-: Byron, tan calumniado, tiene razón; en todo clima, el corazón de la mujer es tierra
fértil en afectos generosos; ellas, en cualquier circunstancia de la vida, saben, como la
Samaritana, prodigar el óleo y el vino-. De repente, yo era Antonio, el ladrón del padre de
Petrona, ora el juez celoso, ya el cabo Gómez, resucitado en Tierra Adentro. En el instante
mismo en que me desperté, el desorden, la perturbación, la incompatibilidad de las
imágenes del delirio, llegaban al colmo. Había vuelto a tomar el hilo del sueño anterior -no
sé si al lector le suele suceder esto-, y montado, no ya en la mulita que se me escapara de la
cabecera, sino en un enorme gliptodonte, que era yo mismo, y persistiendo mi espíritu en
alcanzar la visión de la gloria, cabalgando reptiles, discurría por esos campos de Dios,
murmurando:
Dall'Alpi alle Piramide
Dall'Mansanare al Reno,
........................................
Dall'uno all'altro mare.
Pronto estuvimos otra vez en camino con cabalgaduras frescas.
La noche tenía una majestad sombría; soplaba un vientecito del sur y hacía un poco de
frío. Medio entumecido como me había levantado de mi gramíneo lecho, temí dormirme
sobre el caballo, y era indispensable tener muchísimo cuidado, pues en cuanto salimos del
descampado y entramos de nuevo en el bosque, comenzaron a azotarnos sin piedad las
ramas de los árboles. La penumbra de la luna eclipsada a cada momento por nubes
cenicientas que corrían veloces por el vacío de los cielos, hacía muy difícil apreciar la
distancia de los objetos; así fue que más de una vez apartamos ramas imaginarias y más de
una vez recibimos latigazos formidables en el instante mismo en que más lejos del peligro
nos creíamos.
¿No sucede en el sendero de la vida -de la política, de la milicia, del comercio, del amor-
, lo mismo que cuando en nublada noche atravesamos las sendas de un monte tupido?
Cuando creemos llegar a la cumbre de la montaña con la piedra nos derrumbamos a
medio camino. Nos creemos al borde de la playa apetecida y nos envuelve la vorágine
irritada. Esperamos ansiosos la tierna y amorosa confidencia y nos llega en perfumado y
pérfido billete un ¡olvidadme! Ofrecemos una puñalada, y somos capaces de humillarnos a
la primera mirada compasiva.
¡Cuán cierto es que el hombre no alcanza a ver más allá de su nariz!
Llamé, para no dormirme, a Francisco, mi lenguaraz, y de pregunta en pregunta, llegué a
asegurarme de que no tardaríamos muchas horas en hallarnos entre las primeras tolderías.
Díjome que poco antes de llegar a donde íbamos a parar se apartaban varios caminos,
que debíamos ir con mucho cuidado para no tomar uno por otro; que él era baquiano, pero
que podía perderse, haciendo mucho tiempo que no había andado por allí:
-Pues entonces no conversemos; no vayas a distraerte con la conversación y nos
extraviemos -le contesté.
Y esto diciendo, sujeté de golpe el caballo, esperé a que toda la comitiva estuviese junta,
y previne que de un momento a otro íbamos a llegar a donde se apartaban varios caminos,
no tardando en encontrarnos entre las primeras tolderías; que tuvieran cuidado, que quien
primero notara otros caminos o toldos, avisara.
Marchamos un rato en silencio, oíase de cuando en cuando el relincho, de los caballos, y
constantemente el cencerro de las madrinas.
De repente oyose una carcajada.
Era Calixto, mi jocoso asistente, el revolucionario de marras, que, según su costumbre,
iba contando cuentos y que acababa de echarles a los compañeros una mentira de a folio.
-¿Qué hay? -pregunté.
-Nada, mi Coronel -contestó Juan Díaz-; es Calixto, que nos quiere hacer comulgar con
ruedas de carreta.
El muy mentiroso acababa de jurar, por todos los santos del cielo, que una mujer de la
Sierra había parido un fenómeno macho -así dijo él-, con dos cabezas.
Hasta aquí el hecho no tenía nada de inverosímil. Lo gordo era que Calixto agregaba que
el muchacho -por no decir los muchachos tenía los más extraños caprichos; que con una
boca bebía leche de vaca y con la otra de cabra; que con una decía sí y con otra no; que con
una lloraba y con la otra cantaba, armando mediante ese dualismo unas disputas y camorras
infernales, que eran muy entretenidas.
-Eres un gran embustero -le dije.
-Mi Coronel -contestó-, embustera será la gaceta en que yo lo he leído.
-¿Y en qué gaceta has leído eso?
-En un pedazo de gaceta en que me envolvieron días pasados una libra de azúcar que me
vendió D. Pedro en el fuerte Sarmiento. Allí lo leímos en la cuadra del 7 de caballería; el
amigo Carmen se ha de acordar.
Y Carmen, otro de mis asistentes, dio testimonio del hecho, corrigiendo solamente
algunos detalles.
- A lo cual Calixto observó:
-Bueno, yo me habré olvidado de algo; pero lo más es verdad, es verdad.
-¿Cómo, que eso ha sucedido en la Sierra, que es donde se consuman todas las
maravillas para un cordobés?
De eso no me acuerdo bien.
-Padre Marcos, cuando lleguemos a Leubucó, confiéseme ese mentiroso.
-Con mucho gusto -contestó el buen franciscano, siempre dulce, atento y amable en su
trato.
Y cuando aquí llegábamos, una voz gritó:
-¡Acá va el camino!
Me detuve, y conmigo todos los que me seguían de cerca; los demás fueron llegando
uno tras otro.
-Debemos estar por llegar -dijo Mora-; voy a ver, mi Coronel.
Esperé un rato.
Volvió diciendo que estaba muy obscuro, que no podía reconocer la rastrillada más
traqueada, que era la que debíamos tomar.
En efecto, un nubarrón pardusco eclipsaba totalmente la luna menguante y las estrellas
apenas despedían su vacilante luz por entre la tenue bruma que se levantaba en toda la
redondez del horizonte.
Habíamos llegado a otro gran descampado, cuyos límites no se columbraban por la
obscuridad.
Ordené que cortaran paja.
Rápidos y ágiles se desmontaron los asistentes y obedecieron.
En un verbo tuvimos hermosas antorchas, y buscando al resplandor de ellas el camino
que debíamos seguir, no tardamos en hallarlo.
Iba por él el rastro de Angelito y del cabo Guzmán.
-Han pasado no hace mucho rato -afirmaron los rastreadores- y van con los caballos
aplastados y sólo con el montado.
-Angelito va en el picazo -dijo uno.
-Che, y el cabo Guzmán -agregó otro- en el moro clinudo.
Tomamos el camino.
Debíamos estar a una legua. Los primeros toldos no se veían por la lobreguez de la
noche.
Llegamos... Era un charco de agua entre dos medanitos. Campamos... Mandé asegurar
bien las tropillas y me acosté, no exclamando como el poeta:
Whithout a hope in life.
Al contrario, esperanzado en el favor de Dios que hasta allí me había llevado con
felicidad.
Era singular que los indios no nos hubieran sentido todavía; ellos, que son tan
andariegos, que se acuestan tan temprano y se levantan con estrellas.
La luz crepuscular anunciaba la proximidad de un nuevo día.
Durmamos...
¡Es fácil conciliar el sueño cuando la civilización no nos incomoda, no nos irrita con sus
inacabables inconvenientes, cuando no tiene uno más que echarse, cuando no hay ni el
temor de desvelarse, quitándose la ropa, o pensando en lo que la justicia y la generosidad
humanas acaban de hacernos o se proponen hacernos!
Lo confieso, en nombre de las cosas más santas. Yo no he dormido jamás mejor ni más
tranquilamente que en las arenas de la Pampa, sobre mi recado.
Mi lecho, el lecho blando y mullido del hombre civilizado, me parece ahora, comparado
con aquél, un lecho de Procusto.
Viviendo entre salvajes he comprendido por qué ha sido siempre más fácil pasar de la
civilización a la barbarie que de la barbarie a la civilización.
Somos muy orgullosos. Y sin embargo, es más fácil hacer de Orión o de Carlos Keen un
cacique, que de Calfucurá o de Mariano Rosas un Orión o un Carlos Keen.
¿Hay quien lo ponga en duda?
Me desperté al ruido de los soldados que señalaban toldos acá y acullá.
La curiosidad me puso de pie en un abrir y cerrar de ojos.
Los franciscanos y los oficiales hicieron lo mismo.
Ya no se pensó en dormir, sino en las novedades que sin duda, ocurrirían.
El toldo más próximo estaría distante de nosotros unos mil metros.
Divisábamos algo colorado.
Los soldados, con ese ojo de águila que tienen, tan bueno como el mejor anteojo, decían
si eran indios o chinas, los contaban y se reían a carcajadas.
Estaban en sus coloquios cuando uno de ellos dijo:
-De aquel toldo salen tres chinas enancadas... y vienen para acá.
En efecto, no tardamos en verlas llegar, como deteniéndose a cien metros de nuestro
volante campamento.
Mandé que el lenguaraz les hablara; díjoles que era yo, el Coronel Mansilla, que iba de
paces, que se acercaran.
Las chinas castigaron el flaco mancarrón que montaban enhorquetadas como hombres,
medio acurrucadas, y vinieron hacia mí.
Me acerqué a ellas.
Las tres eran jóvenes, dos bien parecidas, una así así.
Vestían su traje habitual, que después tendré ocasión de describir, y cada una de ellas
traía una sandía. Era un regalo, por si teníamos sed. El agua de la lagunita era impotable,
ellas lo sabían.
Acepté el obsequio y les di doce reales bolivianos, azúcar, yerba, tabaco, papel, todo
cuanto pudimos: llevábamos bien poca cosa, habiendo quedado los cargueros atrás.
Les pregunté por sus maridos: y contestaron que hacía días andaban boleando.
Que cómo no habían tenido recelo de acercarse, y contestaron que hacía poco acababan
de saber por Angelito que iba llegando a su tierra un cristiano muy bueno; que qué miedo
habían de tener, siendo además mujeres.
¡Estas mujeres, señor, en todas partes se creen seguras!, y mientras tanto, ¡en dónde no
corren riesgo!
No he visto nada más confiado que las tales mujeres (para ciertas cosas, por supuesto).
Era indudable que ya nos habían sentido los indios.
Mandé ensillar, para llegar a la Verde y esperar un rato allí, donde hallaríamos buen
pasto y excelente agua.
Mi lenguaraz se fue con las chinas al toldo, se cercioró de que no había indios en él y
volvió con una ponchada de algarrobo.
Es un entretenimiento muy agradable ir a caballo masticando chupando esa fruta.
Así fue que en tanto caminábamos funcionaban las mandíbulas.
Ya no íbamos por entre montes, quedando éstos al naciente, al Poniente y al frente en
lejanía.
Habíamos llegado a un campo que quebrándose en médanos bastante escarpados,
semejaba el paisaje a las soledades del desierto de Arabia.
La vegetación era escasa y pobre. El guadal profundo. Los caballos caminaban con
dificultad.
La mañana estaba lindísima.
Veíamos toldos en todas direcciones, lejos; pero indios, jinetes, ninguno.
Y era lo que más deseaban todos.
-Ver indios, indios, eso es lo que quisiera -decían los franciscanos; y yo les replicaba: -
Tengan paciencia, padres, que quién sabe si no es para un susto.
De médano en médano, de ilusión en ilusión, de esperanza en esperanza, llegamos a la
Verde.
Serían las diez de la mañana.
Es una laguna como de trescientos metros de diámetro, profunda, adornada de árboles y
escondida en la hoya de un médano que tendrá setenta pies de elevación.
Mandé desensillar y mudar caballos.
Yo, aunque sea esto un detalle que no le interesa mucho al lector, me desnudé y echéme
al agua.
Quería inspirar confianza a los que me seguían, y más que a éstos, a los indios si me
descubrían en aquel lugar.
Ya debían estar prevenidos. Y aquí me detengo hoy. Mañana te contaré los percances
del resto del día, en que los franciscanos queridos no ganaron para sustos.
- XV -
La laguna Verde. Sorpresa. Inspiraciones del gaucho. Encuentros. Grupos de indios. Sus
caballos y sus trajes. Bustos. Amenazas. Resolución.
Después que me bañé, que comieron, descansaron y se refrescaron las cabalgaduras en
las profundas aguas de La Verde, mandé ensillar, y continuó la marcha.
Estábamos tan cerca ya de Leubucó, que era en verdad sorprendente no se hiciera ver
ningún indio.
Angelito y el cabo Guzmán debían estar a esas horas descansando en el toldo de cacique
Mariano Rosas, y éste prevenido de que yo llegada de un momento a otro.
Íbamos con mi lenguaraz haciendo conjeturas y atravesando siempre un terreno
guadaloso, sumamente pesado, tanto que los caballos no resistían al trote, cuando al coronar
los últimos pliegues de la sucesión de médanos que forman el gran médano de La Verde,
divisamos, viniendo al galope, a un indio armado de lanza.
Mi lenguaraz se alarmó...; lo conocí en cierta expresión de sorpresa que vagó por su
cara.
-¿Qué hay -le dije- que te llama así la atención?
-Señor -repuso-, los indios no tienen costumbre de andar armados en Tierra Adentro.
-¿Y qué será?
Se encogió de hombros, vaciló un instante y por fin contestó:
-Deben estar asustados.
-Pero, ¿asustados de qué, cuando le he escrito a Mariano, y tú mismo le has traducido y
explicado bien a Angelito mi mensaje para Ramón, para él y Baigorrita?
-¡Ah! señor, los indios son muy desconfiados.
El indio avanzaba hacia nosotros, haciendo molinetes con su larga lanza, adornada de un
gran penacho encarnado de plumas de flamenco.
Tuve la intención de detenerme. Pero en la disyuntiva de que el indio creyera que lo
hacía por recelo de él, y aumentar sus sospechas, si venía a reconocerme, preferí lo último,
aun exponiéndome a que por no dejarlo acercarse bastante, no me reconociera bien.
Entre asustarse y asustar, la elección no es nunca dudosa. Un gran capitán ha dicho que
una batalla son dos ejércitos que se encuentran y quieren meterse miedo. En efecto, las
batallas se ganan, no por el número de los que mueren gloriosamente, luchando como
bravos, sino por el número de los que huyen o pierden, toda iniciativa, aterrorizados por el
estruendo del cañón, por el silbido de las balas, por el choque de las relucientes armas y el
espectáculo imponente de la sangre, de los heridos y de los cadáveres.
El indio sujetó su caballo, y con la destreza de un acróbata se puso, de pie sobre él,
sirviéndole de apoyo la lanza.
Venía del Sur. Ese era mi rumbo. Seguía avanzando, aunque acortando algo el paso.
El indio continuó inmóvil,
Estaríamos como a tiro de fusil de él, cuando cayendo a plomo sobre el lomo de su
caballo, partió a toda rienda en mi dirección, pero visiblemente con el intento de que no nos
encontráramos.
Hay aptitudes que no pueden explicarse; sólo la práctica da el conocimiento de ellas: es
una especie de adivinación.
Nuestros paisanos tienen a este respecto inspiraciones que pasman.
A mí me ha sucedido ir por los campos, y decirme Camilo Arias: allí debe hacer
animales alzados y han de ser baguales, por el modo como corre ese venado, y en efecto, no
tardar muchos minutos en descubrir los ariscos animales, flotando al viento sus largas
crines y corriendo impetuosos. ¡Qué hermoso es un potro visto así en los campos!
Destaqué mi lenguaraz sobre el indio, sin detenerme, con la orden de que lo hiciera venir
a mí.
Como ni el indio ni yo nos detuviésemos, llegamos a encontrarnos a la misma altura,
pero en distintas direcciones. Hubiérase dicho que nos habíamos pasado la palabra, al
vernos hacer alto simultáneamente.
Mi lenguaraz se puso al habla con el indio. Habló un momento con él, y volvió
diciéndome que quería reconocerme.
Piqué mi caballo, y ordenándole a mi gente que nadie me siguiese, partí a media rienda
sobre el indio, que me esperaba con el caballo recogido y la lanza enristrada. A los veinte
pasos de él, sujeté, diciéndole: ¡Buenos días, amigo!, ¡Buenos días!, contestó. Cambiamos
algunas palabras más, por medio del lenguaraz, tendientes todas a tranquilizarlo, y él dio
vuelta rumbeando al sur a todo escape, y yo, reuniéndome con mi gente, seguí ganando
terreno paso a paso.
Mora, mi lenguaraz, parecía de mal talante, y, en efecto, lo estaba, pues habiéndole
interrogado, me manifestó las más serias inquietudes.
Hablábamos de las leguas que todavía teníamos que hacer para llegar a Leubucó,
discurriendo sobre si seguiríamos por el camino de Garrilobo, que pasa por los toldos del
cacique Ramón, o por el de la derecha, que pasa por la lagunita de Calcumulculeu que
debíamos encontrar por momentos, cuando avistamos dos indios ocultos en un pliegue del
terreno.
No podía saber si alguno de ellos era el mismo con quien acababa de hablar.
Le consulté a Mora.
Fijó su vista, observó un instante, y contestó con aplomo:
-Son otros, el pelo del caballo del primero era gateado.
Los dos indios avanzaron sobre mí resueltamente.
Como el anterior, venían armados.
No tardamos en estar muy cerca.
Estos no trataban, como el primero, de buscarme el flanco.
-¡Vienen a toparnos! -decía Mora- ¡vienen a toparnos! Y vienen en buenos pingos.
-Pues vamos a toparlos, vamos a toparlos -agregaba yo, y esto diciendo, castigué con
fuerza el caballo y ordenándole a mi gente que no apuraran el paso, me lancé a escape.
Con la rapidez del relámpago nos hubiéramos topado, si unos y otros no hubiéramos
sujetado a unos cincuenta pasos, avanzando después poco a poco, hasta quedar casi a tiro
de lanzada.
-Buenos días, amigos, ¿cómo les va? -les dije.
-Buenos días, ché amigo -contestaron ellos.
Y como estuvieran con las lanzas enristradas le observé a mi lenguaraz se los hiciera
notar, diciéndoles quién era yo, que iba de paces, y que no traía más gente que la se veía allí
cerca.
Los indios recogieron las lanzas a la primera indicación de Mora, y cuando éste acabó
de hablarles, llamando especialmente su atención sobre que yo no llevaba armas, me
insinuaron con un ademán el deseo de darme la mano.
No vacilé un punto; piqué el caballo, me acerqué a ellos y nos dimos la mano con
verdadera cordialidad.
Les ofrecí cigarros, que aceptaron con marcada satisfacción, y quedándome solo con
ellos, hice que Mora fuese donde estaba mi gente, en busca de un chifle de aguardiente.
Mientras fue y volvió, nos hicimos algunas preguntas sin importancia, porque ni ellos
entendían bien el castellano, ni yo podía hacerme entender en lengua araucana.
Sin embargo, saqué en limpio que el cacique principal, Mariano Rosas, con otros
caciques y muchos capitanejos estaban entregados a Baco; el padre Burela había llegado el
día antes de Mendoza, con un gran cargamento de bebidas.
Volvió Mora, tomaron mis interlocutores unos buenos tragos, y despidiéndose
alegremente, siguieron ellos su camino, que era la dirección de las tolderías de Ramón, y yo
el mío.
Mora seguía cabizbajo, a pesar del aire franco de los dos indios. No las tenía todas
consigo ¡Quién sabe qué va a suceder!, decía a cada paso, y luego murmuraba: ¡son tan
desconfiados estos indios!
De cálculo en cálculo, de sospecha en sospecha, de esperanza en esperanza, mi caravana
se movía pesadamente, envuelta en una inmensa nube de polvo.
Mora decía: Los indios van a creer que somos muchos.
Yo seguía tranquilo; un secreto presentimiento me decía que no había
Hay situaciones en que la tranquilidad no puede ser el resultado de la reflexión. Debe
nacer del alma.
El campo se quebraba otra vez en médanos vestidos de pequeños arbustos, espinillos,
algarrobos y chañares.
Nos aproximábamos a una ceja de monte.
Todos, todos los que me acompañaban, paseaban la vista con avidez por el horizonte,
procurando descubrir algo.
Marchábamos en alas de la impaciencia, subiendo a la cumbre de los médanos,
descendiendo a sus bajíos guadalosos, esquivando los arbustos espinosos, bajo los rayos del
sol, que estaba en el cenit, alargándose la distancia cada vez más, por ciertas
equivocaciones de Mora, cuando casi al mismo tiempo, varias voces exclamaron: ¡Indios!
¡Indios!
Con efecto, fijando la vista al frente y estando prevenida la imaginación, descubrí varios
pelotones de indios armados.
-Parémonos, señor -me dijo Mora.
-No, sigamos -repuse-, pueden creer que tenemos miedo, o desconfiar. Adelantémonos,
más bien.
Dejé mi comitiva atrás, aunque mi caballo iba bastante fatigado, y apartándome del
camino, que ya habíamos encontrado, y poniéndome al galope, me dirigí al grupo más
numeroso de indios.
Tendiendo la vista en ese momento a mi alrededor, vi que me hallaba circulado de
enemigos o de curiosos. Poco iba a tardar en saber lo que eran.
Vinieron a decirme que estábamos rodeados.
-Que avancen al tranco -contesté, y seguí al galope.
Rápidos como una exhalación, varios pelotones de indios estuvieron encima de mí.
Es indescriptible el asombro que se pintaba en sus fisonomías.
Montaban todos caballos gordos y buenos. Vestían trajes los más caprichosos, los unos
tenían sombrero, los otros la cabeza atada con un pañuelo limpio o sucio. Estos, vinchas de
tejido pampa, aquéllos, ponchos, algunos, apenas se cubrían como nuestro primer padre
Adán, con una jerga; muchos estaban ebrios; la mayor parte tenían la cara pintada de
colorado, los pómulos y el labio inferior, todos hablaban al mismo tiempo, resonando la
palabra: ¡winca! ¡winca! es decir: ¡cristiano! ¡cristiano! y tal cual desvergüenza, dicha en el
mejor castellano del mundo.
Yo fingía no entender nada.
-¡Buen día, amigo!
-Buen día, hermano -era toda mi elocuencia, mientras mi lenguaraz apuraba la suya,
explicando quién era yo, y el objeto de mi viaje.
Hubo un momento en que los indios me habían estrechado tan de cerca, mirándome
como un objeto raro, que no podía mover mi caballo. Algunos me agarraban la manga del
chaquetón que vestía, y como quien reconoce por primera vez una cosa nunca vista, decían:
¡Ese Coronel Mansilla, ese Coronel Mansilla!
-Sí, sí -contestaba yo, y repartía cigarros a diestro y siniestro, y hacía circular el chifle de
aguardiente.
Notando que mi comitiva, siguiendo el camino, se alejaba demasiado de mí, resolví
terminar aquella escena. Se lo dije a Mora, habló éste, y abriéndome calle los indios,
marchamos todos juntos al galope, a incorporarnos a mi gente.
Pronto formamos un solo grupo, y confundidos, indios y cristianos, nos acercábamos a
un medanito, al pie del cual hay un pequeño bosque. Llámase Aillancó.
Mis oficiales y soldados no sabían qué hacerse con los indios; dábanles Cigarros, yerba
y tragos de aguardiente.
Achúcar -Pedían ellos. Pero el azúcar se había acabado, la reserva venía en las cargas, y
no había cómo complacerlos.
Nuevos grupos de indios llegaban unos tras otros.
Con cada uno de ellos tenía lugar una escena análoga a la que dejo descrita, siendo
remarcable las buenas disposiciones que denotaban todos los indios, y la mala voluntad de
los cristianos cautivos o refugiados entre ellos. La afabilidad, por decirlo así, de los unos,
contrastaba singularmente con la desvergüenza de los otros. Cuando ésa subió de punto,
hablé fuerte, insulté groseramente, a mi vez, y así conseguí imponerles respeto a aquellos
desgraciados o pillos, a quienes, viéndonos casi desarmados, se les iba haciendo el campo
orégano.
Llegamos a Aillancó, y como allí hay una lagunita de agua excelente, hice alto, eché pie
a tierra y mandé mudar caballos.
Mudando estábamos, cuando llegó un grupo de veintiséis indios, encabezados por un
hombre blanco, en mangas de camisa, de larga melena, atada con una vincha; de aspecto
varonil, un tanto antipático, montando un magnífico caballo overo negro, perfectamente
ensillado, con ricos estribos de plata y chapeado, que haciendo sonar unas grandes espuelas,
también de Plata, y blandiendo una larguísima lanza, y dirigiéndose a mí y sofrenando de
golpe el caballo, me dijo: Yo soy Bustos.
-Me alegro de saberlo -le contesté con disimulada arrogancia.
-Soy cuñado del cacique Ramón -añadió, cruzando la pierna derecha sobre el pescuezo
de su caballo.
-Soy el Coronel Mansilla -repuse, imitando su postura, y añadiendo: -¿Cómo está el
cacique Ramón?
Contestome que estaba bueno, que mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales, y
a saber por qué razón habiendo llegado a sus tierras, pasaba de largo por ellas.
Le dije agradeciéndole el saludo: que no pasaba de largo por sus tierras, callado la boca;
que el día antes había adelantado al indio Angelito y al cabo Guzmán con un mensaje.
Me dijo que precisamente de ahí nacía la sorpresa de Ramón, que ellos habían dicho que
antes de llegar a las tolderías del cacique Mariano, yo pasaría por las de Ramón.
Seguimos cambiando palabras sobre este tópico, y no tardé en apercibirme de que el
cacique Ramón hacía una mistificación ex profeso del mensaje que recibiera.
Ni el indio Angelito ni el cabo Guzmán podían haberse equivocado. Era sumamente
difícil. Yo me aseguré antes de despacharlos de Coli-Mula, de que me habían entendido
perfectamente bien.
Por otra parte, mi carta al cacique Mariano era terminante, y las tolderías de éste no
distan tanto de las de Ramón, como para que no hubiera tenido tiempo de prevenirlo,
Mi diálogo con el caballero Bustos, se prolongó bastante, porque él hablaba castellano lo
mismo que yo.
Me avisaron que los caballos estaban prontos, preguntándome si quería mudar el mío.
Contesté que sí, que me tomaran otro; y ofreciéndole a Bustos un cigarro, eché pie a
tierra, y convidándole a hacer lo mismo, le dije que pensaba llegar en un rato al toldo de
Mariano Rosas.
Mientras me mudaban el caballo, hice extender un poncho bajo un árbol, y sentados en
él nos pusimos a platicar como dos viejos conocidos.
Me trajeron el caballo, y cuando ponía el pie en el estribo despidiéndome de Bustos, a
quien conocí le había caído en gracia, llegaron simultáneamente por dos rumbos distintos
dos grupos de indios.
El uno venía de los toldos de Ramón, y el otro de los toldos de Mariano.
El de Mariano lo encabezaba un capitanejo, hombre de malas pulgas, como se verá
después.
El otro, un indio cualquiera.
Mariano mandaba saludarme; Ramón a decirme que ya salía a encontrarme.
Despedí al primero con mis agradecimientos, y me dispuse a esperar a Ramón.
Esperándolo estaba, conversando con Bustos, mi comitiva charlaba y se entretenía con
los demás indios y con unas chinas que acababan de llegar enancadas de a tres, cuando
fuimos acometidos por unos cuantos indios, que, lanza en ristre, y viniendo hacia mí
gritaban: ¡winca! ¡winca! ¡matando! ¡matando, winca!
Eché una mirada a mi alrededor, y vi que mi gente estaba resuelta a todo, y con
disimulada irritación, le dije a Bustos: ¿Pensarán éstos hacer alguna barbaridad?
Los bárbaros estaban ya encima. Habloles Bustos y mi lenguaraz en su lengua, y
echándose sobre ellos las chinas, sin temor de ser pisoteadas por los caballos, y asiéndose
vigorosamente de sus lanzas se las arrancaron de las manos. Los indios bramaban de coraje.
Felizmente, el incidente no pasó de ahí.
Los augurios y temores de mi lenguaraz amenazaban confirmarse. Pero ya estábamos en
las astas del toro, y no era cosa de retroceder.
Volvió el embajador del cacique Ramón.
¿Con qué embajada? Mañana lo sabrás.
- XVI -
El embajador del cacique Ramón y Bustos. Desconfianzas del cacique. Quién era Bustos.
Caniupán. Otra vez el embajador de Ramón y Bustos. Un bofetón a tiempo. Mari purrá
wentrú. Recepción. Retrato de Ramón. Exigencia de Caniupán. ¡Lo mando al diablo!
Conformidad.
Regresó el embajador de Ramón.
En lugar de dirigirse a mí, se dirigió a Bustos.
¿Qué le dijo? Ni lo supe, ni lo sé. Mi lenguaraz no tenía suficiente libertad para hablar
conmigo, porque, a más de pertenecer a las tolderías de Ramón, cuyo cuñado estaba allí, a
mi lado, rodeábanos muy de cerca muchísimos indios, que atentos y curiosos, no apartaban
sus miradas de mí, como queriendo penetrar mis pensamientos.
Lo que no podía ocultárseme era que Bustos y el embajador no estaban acordes. El
primero se expresaba con verbosidad, con calor y perceptible descontento.
Mora, aprovechando un instante de distracción de Bustos, me insinuó con aire
significativo que Ramón desconfiaba y que Bustos me defendía.
No me había engañado. El hombre había simpatizado conmigo. Ya tenía un aliado.
Traté, pues, de acabar de hacer su conquista, afectando la mayor tranquilidad, disimulando
que conocía las desconfianzas de Ramón, y encontrando muy natural todo lo que hasta
entonces había pasado.
El embajador partió de nuevo, y Bustos y yo seguimos conversando, dándome mala
espina el que a cada rato me dijera, como queriendo justificar el extraño proceder de
Ramón, que con toda astucia y disimulo me retenía en el camino:
-No tenga miedo, amigo.
-No, no hay cuidado -contestaba yo.
Y bajo la influencia de estas admoniciones, comencé a engendrar sospechas,
inclinándome a creer que había andado muy ligero al hacerme la idea de que el hombre
había simpatizado conmigo.
Estábamos platicando, habiéndome dicho que había nacido en el antiguo fuerte
Federación, hoy Villa de Junín, que su madre fue india y su padre un vecino de Rojas, de
apellido Bustos, que en un tiempo fue comandante de Guardia Nacional. Mi comitiva,
asediada por los indios, que pedían cuanto sus ojos velan, repartía cigarros, yerba, fósforos,
pañuelos, camisas, calzoncillos, corbatas, todo lo que cada uno llevaba encima y le era
menos indispensable. De repente, sintiose un tropel, y envueltos en remolinos de polvo,
llegaron unos treinta indios, sujetando los caballos tan encima de mí, que si hubieran dado
un paso más me hubieran pisoteado.
Bustos no pudo prescindir de gritarles: ¡Eeeeeh!
Yo, sin moverme del sitio en que estaba, ni cambiar de postura, fruncí el ceño y clavé la
mirada en el que venía haciendo cabeza, que encarándoseme y llevando la mano derecha al
corazón, me dijo:
-¡Ese soy Caniupán! ¡Capitanejo Mariano Rosas! (y volviendo a señalarse a sí propio)
¡Ese indio guapo!
Seguí mirándolo con torvo ceño.
Junto con las palabras ¡winca! ¡winca! se oyeron algunas otras groseras, de calibre
grueso.
Bustos me dijo:
-Montemos a caballo.
Lo tenía ahí cerca, y sin esperar otra insinuación, me levanté del suelo y monté.
Mora me dijo, al hacerlo:
-Caniupán quiere hablar con Ud., señor.
-Pues que hable lo que guste, dile.
Díjome por medio del lenguaraz:
Que Mariano Rosas mandaba saludarme con todos mis jefes y oficiales; que sentía
muchísimo no poder recibirme ese día como yo lo merecía; que al día siguiente me
recibiría; que tuviese a bien acampar donde me encontraba.
Contestele con la mayor política, resignándome a pasar la noche en Aillancó, y viendo
ya que todas aquellas dilaciones eran calculadas.
Mientras el capitanejo y yo hablábamos, varios indios, particularmente uno chileno, nos
interrumpían con sus gritos, echándome encima el caballo y metiéndome, por decirlo así,
las manos en la cara.
Hasta donde era posible me daba por no apercibido de estas amabilidades, que llegaron a
alarmarme seriamente, cuando vi que un indio lo atropelló al padre Marcos, pechándolo
con el caballo, en medio de un grito estentóreo; cariño que el reverendo franciscano recibió
con evangélica mansedumbre, a pesar de haber andado por las gavias, lo mismo que su
compañero, el padre Moisés, que simultáneamente era objeto de otra demostración por el
estilo.
El indio chileno vociferaba algo que debían ser amenazas de muerte.
Bustos, que no se separaba de mi lado, volvió a decirme:
-No tenga miedo, amigo.
Le contesté, con tono áspero y fuerte:
-Ud. me está fastidiando ya con su: No tenga miedo, amigo: -y echando un voto
cambrónico, agregué:
-Dígame eso cuando me vea pálido.
Algunos indios que entendían el castellano, exclamaron a una: ¡Ese Coronel Mansilla,
ese cristiano toro!
Caniupán me dijo con aire imperioso: Dame un caballo gordo para comer.
-¿Conque habías entendido la lengua? -le dije.
-Poquito -repuso el indio-, ¿dando caballo?
-Sí... en eso estoy pensando.
El capitanejo iba a contestar, cuando el embajador de Ramón se presentó por tercera
vez.
Habló con Bustos, parando la oreja todos los indios que me rodeaban, porque lo hacía
con aire misterioso.
Bustos contestaba con monosílabos que me parecían significar solamente sí y no.
Dirigiéndose a los circunstantes, me dijo:
-Dice el cacique Ramón que Ud. no es el Coronel Mansilla, que el Coronel vendrá atrás
con la demás gente.
Lo llamé a Mora y le dije:
-Vete al toldo de Ramón, asegúrale que yo soy el Coronel Mansilla, que mande algún
indio de los que han estado en el Río Cuarto a reconocerme y quédate en rehenes.
Mora contestó:
-Le voy a decir que si lo engaño, me degüelle.
Y dirigiéndose a Bustos, al separarse de mi lado, añadió:
-Amigo, sepáremelo al Coronel, por si quiere conversar con alguno.
La resolución con que se separó Mora de mi lado, acompañado del embajador, produjo
un efecto inesperado en los indios. Cesaron sus impertinencias, continuando, sin embargo,
las de algunos cristianos.
A uno de mis soldados se le fue la mano y le plantificó un bofetón al más atrevido de
ellos, diciéndole:
-¡Toma, chachino pícaro!
El cristiano quiso hacer barullo, pero los otros colegas no le ayudaron, y menos los
indios.
El soldado era un diablo. Echó el bofetón a la risa, y esgrimiendo un chifle de
aguardiente, gritaba encarándose con los que le parecían más capaces de una avería:
Bebiendo, peñi (peñi quiere decir hermano).
Por algunos indios sueltos que llegaron, supe que el cacique Ramón no estaba en su
toldo, sino que se hallaba allí cerca, dentro del monte; que Mora ya estaba con él, que se
hacían los preparativos para recibirme.
Detrás de éstos llegó un propio, y después de hablar con Bustos, me dijo éste:
-Amigo, haga formar su gente y dígame cuántos son.
Llamé al Mayor Lemlenyi, y le di mis órdenes.
Cumplidas éstas, le dije a Bustos:
-Somos cuatro oficiales, once soldados, dos frailes y yo.
-Bueno, amigo, déjelos así formados en ala como están.
Y dirigiéndose al propio, le dijo: entre otras cosas, Mari purrá wentrú, palabras que
comprendí y que querían decir dieciocho hombres.
Mientras mi gente permanecía formada, mis tropillas andaban solas. Yo estaba con el
Jesús en la boca, viendo la hora en que me dejaban con los caballos montados.
Bustos despachó de regreso al propio.
Siguiendo sus insinuaciones al pie de la letra, primero, porque no había otro remedio;
segundo... Aquí se me viene a las mientes un cuento de cierto personaje, que queriendo
explicar por qué no había hecho una cosa, dijo:
"No lo hice, primero, porque no me dio la gana, segundo...". Al oír esta razón, uno de
los presentes le interrumpió diciendo: "Después de haber oído lo primero, es excusado lo
demás".
Iba a decir que siguiendo las insinuaciones de Bustos, me puse en marcha con mi
falange formada en ala, yendo yo al frente, entre los dos frailes.
Anduvimos como unos mil metros, en dirección al monte donde se hallaba el cacique
Ramón.
Llegó otro propio, habló con Bustos, y contramarchamos al punto de partida.
Esta evolución se repitió dos veces más.
Como se hiciera fastidiosa, le dije a Bustos, sin disimular mi mal humor.
-Amigo; ya me estoy cansando de que jueguen conmigo. Si sigue esta farsa mando al
diablo a todos y me vuelvo a mi tierra.
-Tenga paciencia -me dijo-, son las costumbres. Ramón es buen hombre, ahora lo va a
conocer. Lo que hay es que están contando su gente bien.
Oyéronse toques de corneta.
Era el cacique Ramón que salía del bosque, como con ciento cincuenta indios.
A unos mil metros de donde yo estaba formado en ala, el grupo hizo alto; tocaron
llamada, y se replegaron a él todos los otros que habían quedado a mi espalda, excepto el de
Caniupán, que formó en ala, como cubriéndome la retaguardia.
Tocaron marcha, y formaron en batalla.
Serían como doscientos cincuenta. Un indio seguido de tres trompas que tocaban a
degüello recorría la línea de un extremo a otro en un soberbio caballo picazo,
proclamándola.
Era el cacique Ramón.
Llegaron dos indios y mi lenguaraz, diciéndome que avanzara. Y Bustos, haciendo que
los franciscanos me siguieran como a ocho pasos, se puso a mi izquierda, diciéndome:
-Vamos,
Marchamos.
Llegamos a unos cien metros del centro de la línea de los indios, al frente de la cual se
hallaba el cacique teniendo un trompa a cada lado, otro a retaguardia.
Caniupán me seguía como a doscientos metros.
Reinaba un profundo silencio.
Hicimos alto.
Oyose un solo grito prolongado que hizo estremecer la tierra, y convergiendo las dos
alas de la línea que teníamos al frente, formando rápidamente un círculo, dentro, del cual
quedamos encerrados, viendo brillar las dagas relucientes de las largas lanzas adornadas de
pintados penachos, como cuando amenazan una carga a fondo.
Mi sangre se heló...
Estos bárbaros van a sacrificarnos, me dije...
Reaccioné de mi primera impresión, y mirando a los míos: Que nos maten matando -les
hice comprender con la elocuencia muda del silencio.
Aquel instante fue solemnísimo.
Otro grito prolongado volvió a hacer retemblar la tierra.
Las cornetas tocaron a degüello...
No hubo nada.
Lo miré a Bustos como diciéndole:
-¿De qué se trata?
-Un momento -contestó.
Tocaron marcha.
Bustos me dijo:
-Salude a los indios primero, amigo, después saludará al cacique.
Y haciendo de cicerone, empezó la ceremonia por el primer indio del ala izquierda que
había cerrado el círculo.
Consistía ésta en un fuerte apretón de manos, y en un grito, en una especie de hurra dado
por cada uno de los indios que iba saludando, en medio de un coro de otros gritos que no se
interrumpían, articulados abriendo la boca y golpeándosela con la palma de la mano.
Los frailes, los pobres franciscanos, y todo el resto de mi comitiva hacían lo mismo.
Aquello era una batahola infernal.
¡Imagínate, Santiago amigo, cómo estarían mis muñecas después de haber dado unos
doscientos cincuenta apretones de mano!
Terminado el saludo de la turbamulta, saludé al cacique, dándole un apretón de manos y
un abrazo, que recibió con visible desconfianza de una puñalada, pues, sacándome el
cuerpo, se echó sobre el anca del caballo.
El abrazo fue saludado con gritos, dianas y vítores al Coronel Mansilla.
Yo contesté:
-¡Viva el Cacique Ramón! ¡Viva el Presidente de la República! ¡Vivan los indios
argentinos!
Y el círculo de jinetes y de lanzas se quebró en todas partes, desparramándose los indios
al son de las dianas que no cesaban, haciendo molinetes con las lanzas, dándose de
pechadas los unos a los otros, cayendo aquí, levantándose allá, ostentando los más diestros
su habilidad, rayando los corceles, hasta que jadeantes de fatiga les corría el sudor como
espuma.
Los gritos de regocijo se perdían por los aires.
El cacique Ramón y yo rodeados de pedigüeños, tomamos el camino de Aillancó.
Llegamos...
Extendiendo ponchos bajo los árboles y formando rueda, nos pusimos a parlamentar
entre mate y mate, entre trago y trago de aguardiente.
Hube de echar las entrañas por la boca.
No estaba en carácter, y no había más remedio que hacer bien mi papel.
Obsequié al cacique lo mejor que pude con lo poco que llevaba.
Tenía que armarle y encenderle yo mismo el cigarro, que probar primero que él el mate
y la bebida para inspirarle confianza plena.
El cacique Ramón es hijo de indio y de una cristiana de la Villa de la Carlota.
Predomina en él el tipo de nuestra raza.
Es alto, fornido, tiene ojos pardos, cabello algo rubio, ancha frente y habla muy ligero.
Es en extremo aseado.
Viste como un paisano rico.
Quiere bien a los cristianos, teniendo muchos en sus tolderías y varios a su alrededor.
Tendrá cuarenta años.
Todo su aspecto es el de un hombre manso, y sólo en su mirada se sorprende a veces
como un resplandor de fiereza.
Es de oficio platero; siembra mucho todos los años, haciendo grandes acopios para el
invierno, y sus indios le imitan.
Su padre ha abdicado en él el gobierno de la tribu.
Charlamos duro y parejo.
Me agradeció con marcada expresión de sentimiento todo cuanto había hecho en el Río
Cuarto por su hermano Linconao, a quien con mis cuidados salvé de las viruelas,
preguntándome repetidas veces si siempre vivía en mi casa, que cuándo volvería a su tierra.
Contestele que estuviera tranquilo, que su hermano quedaba muy bien recomendado;
que no le había traído conmigo porque estaba convaleciente, muy débil y que el caballo le
habría hecho daño.
Me instó encarecidamente a visitarle en su toldería, ofreciéndome presentarme su
familia. Le prometí hacerlo de regreso, y nos separamos ofreciéndome visita para el día
siguiente.
Bustos se marchó con él, pidiéndome por supuesto una botellita de aguardiente.
Le di la última que quedaba.
Mora se quedó a mi lado, diciéndome Ramón que le conservara tanto cuanto le
necesitara.
Apenas se alejaba Ramón, se presentó el capitanejo Caniupán, insistiendo en que le
diera un caballo gordo para comer.
El pedido tenía todo el aire de una imposición.
Me negué redondamente.
Insistió chocándome, y le contesté que dónde había visto que un hombre gaucho diera
sus caballos; que los necesitaba para volverme a mi tierra, que si creía que me iba a quedar
toda la vida en la suya.
Me dijo algo picante.
Lo mandé al diablo.
Los que le seguían murmuraron algo que podía traer un conflicto.
Creí prudente aflojar un poco la cuerda, y como haciendo una transacción, ordené con
muy mal modo que le dieran una yegua.
Llevaba dos gordas para cuando se nos acabara el charqui, lo que probablemente
sucedería esa noche, si teníamos muchos huéspedes.
Le entregaron la yegua, la carnearon en un santiamén y se la comieron cruda, chupando
hasta la sangre caliente del suelo.
En el sitio del banquete no quedaron más residuos que las panzas, en las que se cebaron
después algunos caranchos famélicos.
La tarde se acercaba, y las visitas raleaban.
Llegó un hijo de Mariano Rosas, con unos cuantos. Mandábame saludar nuevamente su
padre; quería saber cómo me había ido; recomendarme sobre todo, en todos los tonos,
tuviera mucho cuidado con los caballos.
Contesté secamente.
Marchose el mensajero, se puso el sol, acomodáronse los caballos teniéndolos a ronda
cerrada, se recogió bastante leña, se hizo un fogón, nos pusimos en torno, circuló el mate y
comenzó la charla.
Discurriendo sobre lo que había pasado durante el día, cambiando ideas con Mora, no
me quedó duda de que los indios temían un lazo. Iban, por consiguiente, a hacerme demorar
en el camino con pretextos, hasta que regresasen sus descubiertas y se aseguraran y
persuadieran de que tras de mí no venían fuerzas.
No debía impacientarme.
¡Gran virtud es la conformidad! Me resigné a mi suerte. Filosofábamos con los frailes, y
como Dios es inmensamente bueno, nos inspiró confianza, y, concediéndonos un sueño
reparador, nos permitió dormir en el suelo desigual, lo mismo que en un lecho de plumas y
rosas.
- XVII -
Un cuerpo sano en alma sana. El mate. Un convidado de piedra. Pánico y desconfianzas de
los indios. Historias. Un mensajero de Caniupán. Visitas. En marcha. Calcumuleu. Nuevo
mensajero. La noche. Amonestaciones. Primer regalo. Unos bultos colorados.
Los franciscanos, como de costumbre, habían hecho sus camas muy cerca de mí.
Así dormíamos siempre.
Yo se los había recomendado.
La abnegación generosa de estos jóvenes misioneros, su paciente conformidad en los
peligros, su carácter afable, su porte siempre comedido, sus mismas simpáticas fisonomías,
todo, todo lo que constituye la persona física y moral, inspiraba hacia ellos una fuerte
adhesión.
Se concibe, pues, que unido a estos sentimientos el deber que tenía de cuidarlos, tratara
de tenerlos constantemente a mi
Cuerpo sano en alma sana es roncador.
Los reverendos roncaban a dúo, haciendo el padre Moisés de tenor y el padre Marcos de
bajo profundo.
Estuve tentado algunas veces de hacerles alguna broma, pero debían estar tan fatigados,
que habría sido imperdonable arrancarles a un sueño que, si no era interesante, debía ser
agradable y reparador.
No pude continuar durmiendo.
Me puse a soñar despierto, y después de hacer unos cuantos castillos en el aire, llamé un
asistente y le ordené que hiciera fuego.
Cuando la vislumbre del fogón me anunció que mis órdenes estaban cumplidas, hube de
levantarme.
Seguí morrongueando y contemplando las estrellas que tachonaban el firmamento,
anunciando ya su trémula luz la proximidad del rey del día, hasta que sentí hervir el agua.
Levanteme, senteme al lado del fogón y mientras mi gente dormía como unos
bienaventurados, yo apuraba la caldera, junto con Carmen, echándonos al coleto sendos
mates de café.
Carmen había salvado un poco de azúcar, felizmente; y a propósito de esto, tuve que
resignarme a escuchar su cariñoso reproche de que no diera tanto, porque pronto nos
quedaríamos sin cosa alguna.
Yo estaba distraído, viendo arder la leña, carbonizarse, volverse ceniza y desaparecer la
materia, por decirlo así, cuando Carmen exclamó:
-Ya viene el día.
-Pues despierta a Camilo -le dije-, que venga a tomar mate.
Dicho esto cambié de postura, me recosté sobre el brazo derecho y me quedé
dormitando un momento.
Los buenos días de Camilo me hicieron abrir los ojos, y enderezarme perezosamente,
haciendo con los brazos una especie de aleteo que duró tanto cuanto mi boca se abrió y
cerró para bostezar.
Al sentarse Camilo le oí decir: ¡Buen día, amigo! Y como la salutación despertara en mí
la curiosidad de saber a quién se dirigía, tendí la vista alrededor del fogón y vi un indio
rotoso, sin sombrero, tiritando de frío, acurrucado como un mono al lado de la bolsa en que
Carmen tenía el azúcar, chupándose los dedos de la mano derecha y metiendola izquierda
con disimulo en aquélla.
-¿Cómo va, hermano? -le dije.
-Bueno, hermano -contestó fingiendo un estremecimiento, y añadió, llevando un puñado
de azúcar a la boca:
-Mucho frío ese pobre indio.
Le hice dar un poncho calamaco que llevaba entre mis caronas.
Continué conversando, y supe que había pasado la mayor parte de la noche cerca de
nosotros; que su toldo estaba inmediato; que cuando había vuelto a él, el día antes, después
de haber andado con la gente de Ramón, se había encontrado sin su familia, la que junto
con otras andaba huyendo por los montes, porque decían que los cristianos traían un gran
malón; que el indio Blanco, que había llegado de Chile al mismo tiempo que yo, era el
autor de la mala nueva, que todos estaban muy alarmados, que habían mandado tres
grandes descubiertas para el norte, para el naciente y, para el poniente, por los caminos del
Cuero, del Bagual y las Tres Lagunas, cada una de cincuenta hombres, y que la alarma
duraría hasta que no viniese el parte sin novedad.
Era la confirmación de mis conjeturas.
¡Quién sabe lo que va a suceder -decía yo para mis adentros-, si las tales descubiertas
avanzan demasiado sobre las fronteras de San Luis, Córdoba y sur de Santa Fe! Nada de
extraño tiene que las sientan, que las tomen por una invasión, que las fuerzas se muevan y
salgan al sur, y que los descubridores traigan un parte falso.
Los franciscanos me sacaron de estas reflexiones dándome los buenos días, y sentándose
en la rueda del fogón, que convidaba con sus hermosas brasas.
Después de los padres, se levantaron y ocuparon su puesto los oficiales, y la
conversación se hizo general, ponderando todos sin excepción alguna lo bien que habían
dormido.
Los padres no necesitaban jurarlo.
El indio era muy ladino; nos entretuvo un rato contándonos una porción de historias;
entre ellas nos habló de un pariente suyo que había vivido sin cabeza; de unos indios que
dizque vivían en tierras muy lejanas, que se alimentaban con sólo el vapor del puchero: de
otros que corren tan ligero como los avestruces, que tienen las pantorrillas adelante,
pretendiendo hacernos creer que todo cuanto decía era verdad.
Yo no sé si él lo creía, pero parecía creerlo.
Varias veces le pregunté si él había visto esas cosas.
Me contestó que no, que su padre se las había contado.
Por supuesto, que éste tampoco las había visto: se las había contado el abuelo de nuestro
interlocutor.
Pero, ¿qué tenía de extraño que un pobre indio creyese tales patrañas, cuando uno de mis
ayudantes, el Mayor Lemlenyi, creía, porque se lo había contado no sé qué chusco, que en
Patagones hay unos indios que tienen el rabo como de una cuarta, cuyos indios antes de
sentarse en el suelo, hacen un pocito con el dedo, o con el mismo rabo, para meterlo en él y
estar con más comodidad?
Las creederas de la humanidad suelen tener unas proporciones admirables.
Todo cabe dentro de ellas -la verdad lo mismo que la mentira.
Si me apurasen mucho, demostraría que es más común creer en la mentira que en la
verdad.
Machiavelo dice que el que quiera engañar, encontrará siempre quien se deje engañar, lo
que prueba que, si no hay quien mienta más, no es por la dificultad de encontrar quien crea,
sino por la dificultad de encontrar quien se resuelva a mentir.
Amaneció.
Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad. En cambio, la yegua que
conservaba para comer había muerto envenenada por un yuyo malo.
Ibamos a estar frescos si esa tarde no llegaban las cargas.
Cuando salía el sol, se presentó un mensajero de Caniupán, y después de darme los
buenos días con muchísima política, de preguntarme si había dormido bien, si no había
habido novedad, si no había perdido algunos caballos, me notificó que el capitanejo vendría
a visitarme al rato. Devolví los saludos y contesté que estaba pronto.
El mensajero pidió cigarros, aguardiente, yerba, achúcar, achúcar, se lo dieron y, se
marchó.
Poco a poco fueron llegando Visitantes, o mejor dicho curiosos, porque no se bajaban
del caballo, sino que, echados sobre el pescuezo, se quedaban largo rato así mirándonos, y
luego se marchaban diciendo algunas veces: Adiós, amigo, pidiendo otras un cigarro.
La visita anunciada llegó a las dos horas. Le acompañaban veintitantos indios. Se apeó
del caballo, después de saludar cortésmente, me dio un mensaje de Mariano Rosas y tomó
asiento en el suelo, a mi lado, pidiéndome con la mayor familiaridad un cigarro.
Arméselo, encendilo yo mismo, y se lo puse en la boca por decirlo así.
Mariano Rosas me invitaba a cambiar de campamento, a avanzar una legua; y me pedía
disculpas.
El comisionado le disculpaba por su cuenta confidencialmente diciéndome que estaba
achumado
Mandé tomar caballos y ensillar, y como el terreno era muy quebrado, durante la
operación se distrajeron los caballerizos y me robaron dos pingos.
Se lo dije a Caniupán, manifestándole con grosería que aquello era mal hecho, que
Mariano Rosas estaba en el deber de tomar a los ladrones, para castigarlos y hacerles
entregar mis caballos si no se los habían comido. Y quise hacer aquella comedia de enojo,
porque entre bárbaros más vale pasar por brusco que por tonto.
Caniupán hizo la suya; me aseguró que los ladrones serían perseguidos, tomados y
castigados, pero él sabía perfectamente bien que nadie lo había de hacer. Por supuesto que
no lo hicieron. Perdí, pues, mis caballos, quedándome sólo la satisfacción de haber
refunfuñado un rato con desahogo.
Avisáronme que todo estaba pronto para la marcha. Se lo previne a mi conductor y nos
pusimos en viaje.
Los indios no andan jamás al tranco cuando toman el camino.
Al entrar en el que debíamos seguir, me dijo Caniupán, poniéndose al galope:
-Galope, amigo.
Yo, que no quería dejarme dominar ni en las cosas pequeñas, ni contesté, ni galopé.
-Galope, galope, amigo -me gritó el indio.
Si yo hubiera estado prisionero, no me habría hecho tan mal efecto aquella especie de
imposición.
-No quiero galopar -le contesté.
Y como algunos de los míos que venían atrás, viendo el aire de la marcha de los indios,
llegasen galopando:
-¡Despacio!, ¡despacio! -les grité.
Los indios se fueron adelante formando un grupo; los cristianos nos quedamos atrás,
formando otro.
Sujetaron ellos para esperarnos. Yo seguí al tranco, y al ponerme a su altura piqué el
caballo, le apliqué un fuerte rebencazo, y gritándoles a los míos: ¡al galope!, galopamos
todos, y digo todos, hablando con propiedad, porque también los indios galoparon
poniéndose Caniupán a la par mía.
El punto a donde nos dirigimos era en la Laguna de Calcumuleu, que quiere decir agua
en que viven brujas. Distaba una legua larga de Aillancó y quedaba como a seiscientos
metros de la orilla del monte de Leubucó.
De consiguiente, poco demoramos en llegar.
El lugar no presenta ninguna particularidad. Es una lagunita como hay muchas,
reduciéndose su mérito a tener vertientes de agua potable casi siempre. Sus bordes son
bajos; estaban adornados de tal cual arbusto.
Al llegar, Caniupán me dijo:
-Aquí es donde dice Mariano que puede parar.
-Está bien -le contesté, haciendo alto, echando pie a tierra, y ordenando que camparan.
El indio vio desensillar los caballos, sacar las tropillas a cierta distancia para que,
comieran mejor, y cuando pareció no quedarle duda de que de allí no me movería, se
despidió recomendándome unas cuantas veces el mayor cuidado con los caballos, y se fue,
a Dios gracias, dejándome en paz, pero no sin que quedaran por ahí, dispersos, a manera de
espías, unos cuantos de los mismos que yo había visto llegar con él, hacía un rato, a
Alliancó.
Era hora de comer algo sólido. Se hizo fuego, se cebó mate, se intentó hacer algunos
asados, pero el charqui había desaparecido. Fue menester apretarse la barriga, y seguir
dándole a la yerba y al café.
Todo el resto de ese día pasaron incesantemente indios, del norte para el sur, del sur para
el norte. Todos se detenían, se acercaban, nos miraban y luego proseguían su camino.
Algunos conversaban largo rato con mi gente. Los franciscanos eran siempre los más
solícitos en dirigirles la palabra, y en ofrecerles un trago de un botellón de cominillo, que
no sé cómo no había volado ya.
Yo me propuse no hablar con nadie ese día, a no ser que viniera ex profeso, mandado
por alguien; así fue que me lo llevé paseando por la costa de la laguna, leyendo a Beccaria a
ratos, otras veces, un juicio crítico sobre las obras de Platón, de ese filósofo inmortal a
quien podría tributársele el fanático homenaje de mandar quemar todo cuanto se ha escrito
sobre filosofía, desde sus días hasta la fecha, sin que por eso las ciencias especulativas
perdieran gran cosa.
Al caer la tarde, llegó un nuevo mensajero de Mariano Rosas, con una retahíla de
preguntas y recomendaciones, que terminaban todas con esta recomendación sacramental:
que tenga mucho cuidado con los caballos. Recibí y despedí secamente al mensajero,
llamándome sobremanera la atención no tener hasta ese instante noticia alguna del capitán
Rivadavia, que hacía dos meses se encontraba entre los indios, con motivo del tratado que
desde el año pasado venía negociando yo con ellos.
Llegó la noche; se hizo un gran fogón, nos comimos una mula de las más gordas y
algunos peludos, y repletos y contentos, se cantó, se contaron cuentos y se durmió hasta el
amanecer del siguiente día.
Iba amaneciendo cuando me desperté; llamé a Camilo Arias, y, le pregunté si había
habido alguna novedad. Contestome que no, aunque habíamos estado rodeados de espías.
Me incorporé en el blando lecho de arena, dirigí la visual a derecha e izquierda; a la espalda
y al frente, y en efecto, los que habían velado nuestro sueño estaban todavía por ahí.
Calentó el sol y empezaron a llegar visitantes y a incomodarnos con pedidos de todo
género, tanto que tuve que enfadarme cariñosamente con mis ayudantes Rodríguez y
Ozaprowski, porque al paso que iban, pronto se quedarían en calzoncillos.
-Bueno es dar -les dije-, mas es conveniente que estos bárbaros no vayan a imaginarse
que les damos de miedo.
Estaba haciéndoles estas prudentes observaciones sobre la regla de conducta que debían
observar, y como un indio me pidiera el pañuelo de seda que tenía al cuello, aproveché la
ocasión para despedirlo con cajas destempladas.
Gruñó como un perro, refunfuñó perceptiblemente una desvergüenza, añadiendo:
cristiano malo, y se fue.
Al rato vino, con cinco más, un nuevo mensajero de Mariano Rosas. Le recibí con mala
cara.
-Manda decir el general que cómo está -me preguntó.
-Tirado en el campo, dígale -le contesté.
-Manda decir el general, que cómo le va -añadió.
-Dígale -repuse- que busque una bruja de las que viven en estas aguas que le conteste
cómo le irá al que no teniendo qué comer se está comiendo las mulas que necesita para
volverse a su tierra.
-Manda decir el general -continuó- si se le ofrece algo.
-Dígale al general -contesté, echando un voto tremendo- que es un bárbaro, que está
desconfiando de un hombre de bien que se le entrega desarmado, y que otro día ha de creer
en algún pícaro de mala fe que lo engañe.
El mensajero hizo un gesto de extrañeza al oír aquella contestación; advirtiéndolo yo,
agregué:
-Y dígaselo, no tenga miedo.
Dicho esto, le di la espalda, y viendo él que yo no tenía ganas de seguir conversando,
recogió el caballo y se dispuso a partir. Mas en ese momento llegó un grupo de indios del
norte, y mezclándose con ellos, allí se quedaron hablando -según me dijo Mora después- de
que no había novedad por el Cuero y que más allá no sabían.
Al rato, cuando ya se iban, uno de ellos fue a pasar por entre los dos franciscanos que
estaban descansando en el suelo como a dos varas uno de otro.
Gritele con voz de trueno, saltando furioso sobre él para sofrenarle el caballo y
empuñando mi revólver, dispuesto a todo:
-¡Eh! ¡No sea bárbaro! ¡No me pise a los padrecitos!
Y el hombre, que no había sido indio sino cristiano, sujetando de golpe el caballo, casi
en medio de los padres, contestó:
-Yo también sé.
-¿Y si sabes, pícaro, por qué pasas por ahí?
-No les iba a hacer nada -repuso.
-¡Conque no les ibas a hacer nada, bandido!
Calló, dio vuelta, les habló a los indios en su lengua, siguiéronle éstos, y se alejaron
todos, habiendo pasado los pobres padres un rato asaz amargo, pues creyeron hubiese
habido una de pópulo bárbaro.
¡Extraños fenómenos del corazón humano!
Algunas horas después de esta escena, a la que nada notable se siguió, ese mismo
hombre tan duramente tratado por mí, se presentó diciéndome:
-Mi Coronel, aquí le traigo este cordero y éstos choclos.
El hombre inculto había cedido, justo era que yo cediera a mi vez.
-Gracias, hijo -le contesté-; ¿para qué te has incomodado? Apéate, tomaremos un mate y
me contarás tu vida.
Apeose del caballo, maneolo, sentose cerca de mí y después de algunas palabras de
comedimiento dirigidas a los franciscanos, nos contó su historia.
En ese instante gritaron que se avistaban, saliendo del monte, unos bultos colorados.
Ya sabremos lo que era.
- XVIII -
Historia de Crisóstomo. Quiénes eran los bultos colorados. El indio Villarreal y su familia.
De noche.
Tomó la palabra Crisóstomo, y dijo:
-Mi Coronel, el hombre ha nacido para trabajar como el buey y padecer toda la vida.
Este introito en labios de un hombre inculto llamó la atención de los interlocutores.
Me acomodé lo mejor que pude en el suelo para escucharle con atención, convencido de
que los dramas reales tienen más mérito que las novelas de la imaginación.
La otra noche se lo decía yo a Behetti, rogándole me hiciera el sacrificio de ciento
cincuenta varas, vulgo, me acompañara una cuadra.
La historia de cualquier hombre de esos que nos estorban el paso, es más complicada e
interesante que muchos romances ideales que todos los días leemos con avidez; así como
hay más chistes y más gracia circulando en este momento en el más humilde café, que en
esos libros forrados en marroquín dorado, con que especula el ingenio humano.
Behetti convino conmigo, y me hizo este cumplimiento:
-Ud. es célebre por sus dichos.
-Y por mis desgracias, como sir Walterio Raleigh -le contesté, diciendo para mi capote:
-Así es el mundo, trabajamos por hacernos célebres en una cuerda y lo conseguimos por el
lado del ridículo.
¡Nos cuesta tanto conocernos!
Crisóstomo continuó:
-Yo vivía en el valle del cerro de Intiguasi.
Este cerro está cerca de Achiras, y su nombre significa en quechua, si no ando
desmemoriado en mis recuerdos etnográficos y filográficos, casa del sol. Diéronselo los
incas en una de sus famosas expediciones por la parte oriental de la Cordillera. Inti, quiere
decir sol, y guasi casa.
-Vivía con mis padres, cuidando unas manadas, una majada de ovejas pampas y otras de
cabras.
También hacíamos quesos. No nos iba tan mal. Hubo una patriada, en la que salieron
corridos los colorados con quienes yo me fui, porque me arrió don Felipe -se refería a Saaanduve
a monte mucho tiempo por San Luis, y cuando, las cosas se sosegaron, me volví a
mi casa. Los colorados nos habían saqueado. Los pobres siempre se embroman. Cuando no
son unos, son otros los que les caen. Por eso nunca adelantamos. Seguimos trabajando y
aumentando lo poco que nos había quedado hasta que me desgracié...
Aquí frunció el ceño Crisóstomo, y un tinte de melancolía sombreó su cobriza tez,
quemada por el aire y el sol.
-¿Y cómo fue eso? -le pregunté.
-¡Las mujeres! ¡Las mujeres, señor! que no sirven sino para perjuicio -repuso.
-¿Y ahora no tienes mujer?
- Sí tengo.
-¿Y cómo hablas tan mal de ellas?
-Es que así es el hombre, mi Coronel: vive quejándose de lo que le gusta más.
-Bueno, prosigue -le dije, y Crisóstomo tomó el hilo de su narración, que ya había
predispuesto a todos en su favor despertando fuertemente la curiosidad.
-Cerca de casa vivía otra familia pobre. Eramos muy amigos; todos los días nos
veíamos.
Tenían una hija muy donosa. Se llamaba Inés. Por las tardes cuando recogíamos las
majadas, nos encontrábamos en el arroyo que nace de arriba del cerro. Y como la moza me
gustaba, yo le tiraba la lengua y nos quedábamos mucho rato conversando. Un día le dije
que la quería, que si ella me quería a mí. Me contestó callada que sí.
-¿Y cómo es eso de contestar callada?
-Bueno, mi Coronel, yo le conocí en la cara que puso que me quería.
-¿Y después?
-Seguimos viéndonos todos los días, saliendo lo más temprano que podíamos a recoger
para poder platicar con holgura.
Nos sentábamos juntitos en la orilla del arroyo, en un lugar donde había unos sauces
muy lindos; nos tomábamos las manos y así nos quedábamos horas enteras viendo correr el
agua. Un día le pregunté si quería que nos casáramos. No me contestó, dio un suspiro, se le
saltaron las lágrimas, lloró y me hizo llorar.
-¿A ti?
-A mí, pues, señor -contestó Crisóstomo, mirándome con un aire que parecía decir:
¿acaso no puedo llorar yo, porque vivo entre los indios?
Sentí el reproche y le contesté: -No te había entendido bien, sigue.
Prosiguió.
-Lo que se me pasó la tristeza le pregunté por qué lloraba, y me contestó que su padre
quería casarla con un tal Zárate, que era tropero y hombre hacendado; y que la noche antes
ya le había dicho que si andaba en muchas conversaciones conmigo le había de pegar unos
buenos. Con la conversación no nos fijamos en que había llegado la oración, sin haber
recogido las majadas. Salimos juntos a campearlas. Nos tomó la noche, se puso muy
obscuro, estaba por llover y nos perdimos, pasando toda la noche en el campo...
Al día siguiente, Inés no vino al arroyo.
Yo fui a su casa, el padre me recibió mal: quiso pelearme.
Inés estaba en el rancho y me miraba diciéndome con unos ojos muy tristes que no le
contestara a su padre y que me fuera. Le obedecí. El viejo me insultó mucho, hasta que me
perdí de vista; sufrí y no le contesté. A la noche vino la vieja y se pelearon con mi madre.
Yo escuché todo de afuera. Más tarde, lo que nos quedamos solos, le conté a mi madre lo
que me había pasado...
La pobre me quería mucho, me trató mal, lloró y por último me perdonó.
Pasaron varias lunas sin verse las familias.
Una noche ladraron los perros. Salí a ver qué era, y era una vecina que iba a casa de
Inés, donde estaban muy apurados.
A los pocos días Inés se casó con Zárate y estuvieron de baile y beberaje en la casa. Para
esto yo ya sabía lo que le había pasado a Inés la noche que ladraron los perros, porque la
vecina, que era muy buena mujer, me lo había contado, preguntándome: ¿De quién será la
hijita que ha tenido la Inés? Me dio mucha rabia oír los cohetes del casorio, que se había
hecho en la capilla de San Bartolo, que está contrita de la sierra. Me fui a la casa. Pedí mi
hija.
Me gritaron: ¡Borracho!
Hice un desparramo y salí hachado. Estuve mucho tiempo enfermo. Sané, busqué mi
hija, no la hallé. Yo la quería muchísimo. No la había visto nunca. Una tarde sabiendo que
la casa estaba sola, me fui a ver si la hallaba a Inés. La hallé. Me recibió como si no me
conociera. ¡Le pedí mi hija, me contestó que estaba borracho! La hice acordar de la noche
en que nos perdimos, Me contestó: ¡Borracho! Lloré no sé de qué, me echó de la casa
llamándome borracho. Le pegué una puñalada...
Y esto diciendo, Crisóstomo se quedó pensativo.
Nosotros, nos quedamos aterrados.
-Y ¿después?, -dije yo, sacando a todos del abismo de reflexiones en que los había
sumido la última frase del infortunado amante.
-Después -murmuró con amargura-, después he padecido mucho, mi Coronel.
-¿Qué hiciste?
-Me fui a mi casa, le confesé a mi madre lo que había hecho, y a mi padre también, me
rogaron que me fuera para San Luis, me arreglaron unas alforjas, tomé dos buenos caballos
y me dirigí a Chaján. Pero al pasar por el camino de los indios, me dio la tentación de
rumbear al sur y me vine para acá.
-¿Y no has vuelto a ver a tus padres, o a Inés?
-Sí, mi Coronel, los he visto, varias veces que he ido a malón con los indios, porque el
que vive aquí tiene que hacer eso, si no, no le dan de comer. A Inés la cautivamos en una
invasión con su marido y sus padres. Por mí se salvó ella; lloró tanto y me rogó tanto que la
dejara, que la perdonara, que me dio lástima, estaba embarazada y conseguí que la dejaran.
Al padre y la madre se los llevaron y los vendieron a los chilenos, por una carga de
bebida, que son dos barrilitos de aguardiente. Y he oído decir que están en una estancia
cerca de Mucum.
Y esto diciendo, Crisóstomo tomó resuello como para seguir su narración.
-¿Y has ido a maloquear muchas veces?
-Sí, mi Coronel, ¡qué hemos de hacer! hay que buscarse la vida.
-¿Y tienes ganas de salir a los cristianos?
-Estoy casado con una china y tengo tres hijos -contestó, como leyéndose en sus ojos
que sí tenía ganas de salir a los cristianos; pero que no lo haría sin su mujer y sus hijos.
Francamente, estos sentimientos paternales me hacían olvidar al hombre que le diera una
puñalada a Inés.
¡Qué abismos insondables de ternura y de fiereza oculta en sus profundidades
tempestuosas el corazón humano!
Me iba perdiendo en reflexiones, cuando se oyeron varias voces: ¡Ya vienen cerca los
bultos colorados!
-No te vayas, Crisóstomo -le dije, y levantándome fui a posarme en un mogote del
terreno para ver mejor los bultos.
-Son dos chinas -dijeron unos.
-Y viene un indio con ellas -otros.
Los bultos se acercaban a media rienda.
Llegaron, saludaron cortésmente en castellano y preguntaron por el Coronel Mansilla.
-Yo soy -les contesté-, echen pie a tierra.
El indio se apeó al punto. Las chinas recogieron el pretal de pintadas cuentas que les
sirve de estribo y bajaron del caballo con cierta dificultad por la estrechez de la manta en
que van envueltas.
Era el caballero Villarreal, hijo de india y de cristiano, casado con la hermana de mi
comadre Carmen, que me mandaba saludar y algunos presentes -choclos y sandías.
La segunda china era hermana de mi comadre y de la mujer de Villarreal.
Es éste un hombre de regular estatura, de fisonomía dulce y expresiva, embellecida por
unos grandes ojos negros llenos de fuego. Vestía como un gaucho lujoso. Habla bastante
bien el castellano y se distingue por la pulcritud de su persona. Su padre, cuyo apellido
lleva, fue vecino del Bragado. Tendrá treinta y cinco años. Ha estado en Buenos Aires en
tiempo de Rosas, y conoce perfectamente las costumbres de los cristianos decentes. La
mujer es una china magnífica, que también ha estado en Buenos Aires; me habló de
Manuelita Rosas; tendrá treinta años. Su hermana tendrá dieciocho, y era soltera. Ambas
vestían con lujo, llevando brazaletes de cuentas de muchos colores y de plata, collares de
oro y plata, el colorado pilquén (la manta), prendida con un hermoso alfiler de plata como
de una cuarta de diámetro, aros en forma de triángulo, muy grandes, y las piernas ceñidas a
la altura del tobillo con anchas ligas de cuentas.
La cuñada de Villarreal es muy bonita y vestida con miriñaque y otras yerbas, sería una
morocha como para dar dolor de cabeza a más de cuatro. Vestía con menos recato que su
hermana, pues, al levantar los brazos, se veía la concavidad que forma el arranque del brazo
cubierto de vello y agrandándose los pliegues de la camisa descubrían parte del seno.
Me entregaron los obsequios con mil disculpas de no haber traído más, por la premura
del tiempo y los apuros de mi comadre.
Les agradecí la fineza, hice que les acomodaran los caballos, les invité a sentarse y
entramos en conversación.
Al caer la tarde, les pregunté si venían con intención de pasar la noche conmigo; me
contestaron que sí, si no incomodaban.
Mandé que desensillaran los caballos, se puso en el asador el cordero de Crisóstomo, y
mientras se asaba, le pegamos al mate y al cominillo de los franciscanos.
Anochecía cuando llegó un enviado de Mariano Rosas, con el mensaje consabido:
¿cómo está, cómo le va, no se han perdido caballos?
Contesté que no había habido novedad, y despedí al embajador lo más pronto que pude,
sin invitarle a que se apeara.
A Crisóstomo, le rogué que pasara la noche conmigo; tenía mis razones para querer
conversar a solas con él.
Se quedó.
Nos sentamos alrededor del fogón, cenamos hasta saciarnos con choclos, que me
parecieron bocado de cardenal, charlamos mucho, y, cuando ya fue tarde, tendimos las
camas y como en los buenos viejos tiempos de los patriarcas, nos acostamos todos juntos,
por decirlo así, teniendo por cortinas el limpio y azulado cielo coronado de luces.
No hubo ninguna novedad. Dormimos a las mil maravillas. El hombre es un animal de
costumbres.
Conviene prevenir, por la malicia del lector, que los franciscanos, según estaba
acordado, hicieron sus camas al lado de la mía.
- XIX -
El amanecer. Llegada de las cargas. El marchado de la mula. Achauentrú en el Río Cuarto.
Un almuerzo en el fogón. Lo que hicieron las chinas en cuanto se levantaron. El cabo
Mendoza y Wenchenao. Enojo fingido. Se presenta Caniupán.
Al día siguiente amaneció la atmósfera turbia y atornasolada.
Las ondulaciones del terreno arenoso, reverberando el sol, formaban caprichosos
mirajes, los objetos cercanos se divisaban lejos creciendo sus proporciones.
Veíanse en lontananza grandes lagunas de superficie plateada y quieta: árboles
colosales, que eran pequeños arbustos chamuscados por la quemazón; potros alzados que
escarceaban y eran aves de rapiña, que aleteando alzaban el polvo sutil.
Una nubecilla de color terroso pardusco, llamaba hacía rato la atención de mi gente.
Yo estaba vacilando entre matar otra mula o mandar a Crisóstomo comprar una res, porque
los choclos no bastaban para que almorzara toda mi gente, citando oí:
-¡Son indios!
-No, vienen muy despacio para ser indios.
-Son mulas.
-Deben ser las cargas.
La última frase, sacándome de la indecisión en que estaba, me hizo incorporar, ponerme
de pie, echar la visual en dirección a los objetos que ocasionaban la contradicción y llamar
a Camilo Arias, que tiene la vista de un lince, haciéndole una indicación con la mano:
-¿A ver, qué es aquello?
Camilo fijó en el horizonte sus brillantes ojos, cuya mirada hiere como un dardo, y
después de un instante de reflexión, con su aplomo habitual y su aire de profunda
certidumbre, me contestó:
-Son las cargas, señor.
-¿Estás cierto?
-Sí, mi Coronel.
-¡Arriba todos! -grité-. ¡A la leña todos! ¡Pronto, pronto un fogón, que ya llegan las
cargas!
Los asistentes se pusieron en movimiento, desparramándose a todos los vientos; y
cuando cada cual regresaba con su carga, la nubecilla que había ido avanzando sobre
nosotros transparentaba claramente, a la vista del observador menos agudo, los tres
hombres que quedaron atrás y las cuatro cargas con los ornatos sagrados pertenecientes a
los franciscanos, la yerba, el azúcar, las bebidas y otras menudencias de poco valor, que
eran los grandes presentes que yo destinaba a los caciques principales.
Venían andando a ese paso de la mula que ni es tranco, ni es trote, ni es galope; pero que
es rápido y que en la jerga de la lengua de nuestra tierra se llama marchado.
Es una especie de trote inglés, una especie de sobrepaso, que al jinete le hace el efecto
de que la mula, en lugar de caminar, se arrastra culebreando.
Todos los aires de marcha, el tranco, el trote, el galope, son cansadores, fatigan hasta
postrar.
Sólo el marchado no deshace el cuerpo, ni produce dolores en las espaldas ni en la
cintura, permitiendo dormir cómodamente sobre el lomo del macho o de la mula, como en
veloz esquife, que, rápido, hiende las mansas aguas, dejando tras sí espumosa estela que,
aunque parezca macarrónico, compararé al rastro que deja en el suelo blando el híbrido
cuadrúpedo, cuya cola maniobra incesantemente a derecha e izquierda, a manera de timón
cuando se mueve.
Llegaron, pues, las suspiradas cargas, y mientras se puso todo en tierra y se eligieron los
pedazos de charqui más gordos, se hizo un gran fogón colocando en él una olla para cocinar
un pucherete y cocer el resto de choclos que quedaba.
Los padres se ocuparon en abrir sus baúles, en sacar los ornamentos sagrados, que
estaban húmedos, y en extenderlos con el mayor cuidado al sol.
Con una parte de los presentes para los caciques hubo que hacer lo mismo.
Las mulas se habían caído repetidas veces en los guadales del Cuero, y todo se había
mojado, a pesar de haber sido retobados en cuero fresco, con la mayor prolijidad, en el
fuerte Sarmiento.
Yo estaba contrariadísimo; ya sabía por experiencia cuán delicado el paladar de los
indios, pues muchísimas veces se sentaron a mi mesa en el Río Cuarto, teniendo ocasión al
mismo tiempo, de admirar la destreza con que esgrimían los utensilios gastronómicos, la
cuchara y, el tenedor; lo bien que manejaban la punta del mantel para limpiarse la boca, el
perfecto equilibrio con que llevaban la copa rebosando de vino a los labios.
Tengo muy presente un rasgo de buena crianza de Achauentrú, capitanejo de Mariano
Rosas.
Comía en mi mesa; el asistente que le servía le pasó la azucarera, y como el indio viese
que no tenía cuchara dentro, echó la vista al platillo de su taza de café y como viese que
tampoco tenía cucharita miró al soldado, y lo mismo que lo habría hecho el caballero más
cumplido, le dijo:
-¡Cuchara!
-Pronto, hombre, una cuchara para Achauentrú -le grité yo, cambiando miradas de
inteligencia con todos los presentes, como diciendo: Positivamente, no es tan difícil
civilizar a estos bárbaros.
Avisaron que el charqui estaba soasado y los choclos cocidos, pronto el pucherete.
-A comer -llamé.
Y sentándonos todos en rueda, comenzó el almuerzo, ocupando las visitas los asientos
preferentes, que eran al lado de los franciscanos y de mí.
Las dos chinas estaban hermosísimas, su tez brillaba como bronce bruñido; sus largas
trenzas negras como el ébano y adornadas de cintas pampas caían graciosamente sobre las
espaldas; sus dientes cortos, iguales y limpios por naturaleza, parecían de marfil; sus
manecitas de dedos cortos, torneados y afilados; sus piececitos con las uñas muy
recortadas, estaban perfectamente aseados.
Esa mañana, en cuanto salió el sol, se habían ido a la costa de la laguna, se habían dado
un corto baño, y recatándose un tanto de nosotros, se habían pintado las mejillas y el labio
inferior, con carmín que les llevan los chilenos, vendiéndoselos a precio de oro.
María, la cuñada de Villarreal, más coqueta que su hermana la casada, se había puesto
lunarcitos negros, adorno muy favorito de las chinas.
Para el efecto hacen una especie de tinta de un barro que sacan de la orilla de ciertas
lagunas, barro de color plomizo, bastante compacto, como para cortarlo en panes y secarlo
así al sol, o dándole la forma de un bollo.
El charqui estaba sabrosísimo -a buena gana no hay pan duro, dice el adagio viejo-, el
pucherete suculento; los choclos dulces y tiernos como melcocha.
Los cristianos comimos bien; Villarreal y las chinas se saturaron con aguardiente.
Villarreal lo hizo hasta caldearse, término que, entre los indios, equivale a lo que en
castellano castizo significa ponerse calamucano.
Llegó el turno del mate de café; no teniendo otro postre, y habiéndome apercibido de
que nos rondaban algunos indios, recién llegados, los llamé, los convidé a tomar asiento en
nuestra rueda y les di unos buenos tragos del alcohólico anisado.
Hice acuerdos en ese momento de que no me había informado del cabo conductor de las
cargas de las novedades del camino; y que aquél, no habiendo sido interrogado, nada me
había dicho al respecto.
Rumiaba si le llamaría o no en el acto, cuando ciertas palabras cambiadas entre mis
ayudantes me hicieron colegir que algo curioso había ocurrido.
Me resolví al interrogatorio, diciendo incontinenti:
-¡Qué llamen al cabo Mendoza!
-¡Mendoza! ¡Mendoza!, lo llama el Coronel -oyose. Y acto continuo se presentó el cabo,
cuadrándose militarmente.
-Y, ¿cómo ha ido por el camino? -le pregunté.
- Medio mal, mi Coronel -me contestó.
-¿Por qué no me habías dicho nada?
-Porque usía no me preguntó nada.
-Yo creía que no hubiera habido novedad, y tú debías haber pedido la venia para
hablarme.
El cabo agachó la cabeza y no contestó.
-Bueno, pues, cuéntame lo que te ha sucedido.
-Señor, cuando íbamos llegando a un charco que está allicito no más, cerca del médano
de la Verde, me salió un indio malazo, con cuatro más, diciéndome:
-Ese soy Wenchenao, ése mi toldo, ésa mi tierra. ¿Con permiso de quién pasando?
-Voy con el Coronel Mansilla.
-Ese Coronel Mansilla, ¿con permiso de quién pisando mi tierra?
-Eso no sé yo, amigo, déjeme seguir mi camino.
Los indios nos ponían las lanzas en el pecho y las hincaban a las mulas en el anca para
hacerlas disparar.
-No siguiendo camino si no pagando.
-¿Y qué quiere que le pague, amigo? ¿nove que lo que llevamos es para el cacique
Mariano?
-Entonces dando, mejor. Mariano teniendo mucho; padre Burela viniendo con mucho
aguardiente.
Mientras estábamos en esa conversación, mi Coronel, uno de los indios descargó una
mula, y llegaron unas chinas con unas pavas, las llenaron bien, echaron bastante azúcar,
tabaco y papel en un poncho y se fueron.
Wenchenao nos dijo entonces:
-Bueno, amigo, siguiendo camino no más, pero dando camisa, pañuelo, calzoncillo.
Y hasta que no les dimos algo de eso, no nos quitaron las lanzas del pecho, ni nos
dejaron pasar.
-Pues has hecho buena hazaña -le dije- ¿Conque tres hombres se han dejado saquear por
unos cuantos indios rotosos?
-¿Y qué habíamos de hacer, mi Coronel? -contestó-, que por hacer pata ancha, nos
hubieran quitado todo.
-Tienes razón -le dije-; retírate.
Dio media vuelta, hizo la venia y se alejó.
Aprovechando la presencia de Villarreal y de los otros indios, simulé el mayor enojo e
indignación; me levanté de la rueda del fogón; paseándome de arriba abajo exclamaba a
cada rato:
-¡Pícaros!, ¡ladrones! -rellenando estas palabras con imprecaciones por estilo de ésta-:
¡Ojalá me hagan algo a mí, para que se los lleve el diablo!
Los indios, sin excepción alguna, me oían fulminar rayos y centellas contra ellos, sin
decir una palabra, sin moverse siquiera de su lugar.
Sólo cuando parecía calmado, Villarreal, medio entre San Juan y Mendoza, valiéndome
de la metáfora de la tierra, se levantó y viniendo a mí con paso vacilante y aire receloso, me
dijo:
-Tenga paciencia, mi Coronel.
-¿Qué paciencia quiere que tenga con esta canalla? -le contesté.
Siguió rogándome que me calmara, y yo contestando, y, después de escucharle una larga
explicación sobre cómo eran los indios, la diferencia que había entre uno trabajador y uno
ladrón, nos quedamos muy amigos.
Hecha la comedia, pedí más aguardiente, y volví a convidar a los indios del fogón.
Por supuesto que la señora de Villarreal y su hermana no dejaron de dirigirme algunas
exhortaciones amables, que finalizaban todas con esta frase: tenga paciencia, señor.
Viendo que los huéspedes se iban caldeando, creí oportuno hacer cesar las libaciones.
-Dando, dando más, Coronel -me decían varios a la vez, ya caldeados, queriendo
rematar.
No hubo tutía.
Viéndome firme, fueron despejando el campo uno tras de otro.
Villarreal y sus chinas me pidieron los caballos para retirarse.
Me daban un solo sobre el modo de tratar a los indios, sobre las relevantes prendas del
carácter de Ramón, su cacique inmediato, en los momentos que se presentó un precursor de
Caniupán, diciéndome que éste no tardaría en llegar; que en Leubucó se hacían grandes
preparativos para recibirme, ponderando con tales aspavientos la indiada que se había
reunido, los cohetes que se quemarían, que era cosa de chuparse los dedos de gusto,
pensando en la imperial recepción que me aguardaba.
Presentose por fin Caniupán con unos cuarenta individuos vestidos de parada, es decir,
montando briosos corceles enjaezados con todo el lujo pampeano, con grandes testeras,
coleras, pretales, estribos y cabezadas de plata, todo ello de gusto chileno.
Los jinetes se habían puesto sus mejores ponchos y sombreros, llevando algunos bota
fuerte, otros de potro y muchos la espuela sobre el pie pelado.
Levanté el campamento; me despedí de las visitas, y escoltado por Caniupán, tomé el
camino de Leubucó.
Mañana haré mi entrada triunfal allí.
- XX -
El camino de Calcumuleu a Leubucó. Los indios en el campo. Su modo de marchar. Cómo
descansan a caballo. Qué es tomar caballos a mano. No había novedad. Cruzando un monte.
Se divisa Leubucó. Primer parlamento. Cada razón son diez razones.
El camino de Calcumuleu a Leubucó corría en línea paralela con el bosque que teníamos
hacia el naciente, buscando una abra, que formaba una gran ensenada. De trecho en trecho
se bifurcaba, saliendo ramales de rastrilladas para las diversas tolderías. Reinaba mucho
movimiento en el desierto.
De todos lados asomaban indios, al gran galope siempre, sin curarse de los obstáculos
naturales del terreno, donde caballos educados como los nuestros o los ingleses habrían
caído postrados de fatiga a los diez minutos por vigorosos que hubieran sido. Subían
rápidos a la cumbre de los médanos de movediza arena y bajaban con la celeridad del rayo;
se perdían entre los montecillos de chañar, apareciendo al punto; se hundían en las blandas
sinuosidades y se alzaban luego; se tendían a la derecha, evitando un precipicio, después a
la izquierda rehuyendo otro, y así ora en el horizonte, ora fuera de la vista del plano
accidentado, cuando menos pensábamos brotaban a nuestro lado, por decirlo así,
incorporándose a mi comitiva.
Ibamos formados a ratos, yendo yo con Caniupán adelante, sus indios atrás y después de
éstos mi gente; otras veces en dispersión.
Andando con indios no es posible marchar unidos.
Ellos le aflojan la rienda al caballo para que dé todo lo que puede, sin apurarlo nunca; de
modo que los jinetes cuyo caballo tiene el galope corto se quedan atrás y los otros se van
adelante.
Toda marcha de indios se inicia en orden; al rato se han desparramado como moscas,
salvo en los casos de guerra. En ésta, pelean unidos o en dispersión, a pie unos, a caballo
otros, interpolados todos según las circunstancias.
En un combate que mis fuerzas tuvieron con ellos en los Pozos Cavados, pelearon
interpolados. Mi gente, siendo inferior en número, había echado pie a tierra. Le llevaron
tres cargas, que fueron rechazadas a balazos, y al dar vuelta caras, los pedestres se
agarraban de las colas de los caballos, y ayudados por el impulso de éstos, se ponían en un
verbo fuera del alcance de las balas.
En marcha que no es militar, los indios no reconocen jerarquías.
Lo mismo es para ellos la derecha que la izquierda, ir adelante que atrás: -el capitanejo,
el cacique menor o mayor, todo es igual al último indio. El terreno, el aire de la marcha y el
caballo deciden del puesto que lleva cada uno. ¿Va bien montado el cacique? Se le verá
adelante, muy adelante. ¿Va mal montado? Se quedará rezagado. Y el lujo consiste en tener
el caballo de galope más largo, de más bríos y de mayor resistencia.
Ya veremos cómo los mismos caballos que nos roban a nosotros, pues ellos no tienen
crías ni razas especiales, sometidos a un régimen peculiar y severo, cuadruplican sus
fuerzas, reduciéndonos muchas veces en la guerra a una impotente desesperación.
Al llegar a la entrada del bosque, viendo que mi gente marchaba formando una chorrera
y que mis caballos no podían resistir a un galope largo sostenido por la arena, que se
enterraban hasta las rodillas no obstante que seguíamos las sendas de la rastrillada, le dije a
Caniupán:
-Hagamos alto un rato, los padrecitos vienen muy cansados.
Era un pretexto como cualquier otro.
Caniupán sujetó de golpe su caballo, yo el mío, los que nos seguían unos después de
otros; lo mismo hicieron los indios que nos precedían, cuando se apercibieron de que
estábamos parados, y poco después formábamos dos grupos, envueltos en una nube de
arena.
Para ganar tiempo y dar más alivio a mis cabalgaduras, mandé mudarlas. Los indios no
echaron pie a tierra. Tienen ellos la costumbre de descansar sobre el lomo del caballo. Se
echan como en una cama, haciendo cabecera del pescuezo del animal, y extendiendo las
piernas cruzadas en las ancas, así permanecen largo rato, horas enteras a veces. Ni para dar
de beber se apean; sin desmontarse sacan el freno y lo ponen. El caballo del indio, además
de ser fortísimo, es mansísimo. ¿Duerme el indio?, no se mueve. ¿Está ebrio?, le acompaña
a guardar el equilibrio. ¿Se apea y le baja la rienda?, allí se queda. ¿Cuánto tiempo?, todo el
día. Si no lo hace es castigado de modo que entienda por qué. Es raro hallar un indio que
use manea, traba, bozal y cabestro. Si alguno de estos útiles lleva de seguro que anda
redomoneando un potro, o en un caballo arisco, o enseñando uno que ha robado en el
último malón.
El indio vive sobre el caballo, como el pescador en su barca: su elemento es la Pampa,
como el elemento de aquél es el mar.
¿Adónde va un indio que no ensille, que no salte en pelo? ¿Al toldo vecino que dista
cuadras? Irá a caballo. ¿Al arroyo, a la laguna, al jagüel, que están cerca a su misma
morada? Irá a caballo. Todo puede faltar en el toldo de un indio. Será pobre como Adán.
Hay una cosa que jamás falta. De día, de noche, brille espléndido el sol o llueva a cántaros,
en el palenque hay siempre enfrenado y atado de la rienda un caballo.
A horse ¡A horse! ¡My kingdom for a horse!
Todo, todo cuanto tiene dará el indio en un momento crítico, por un caballo.
Mudábamos, tomando a mano.
Es una operación campestre entretenida, no haciéndola torpemente, es decir, enlazando.
Cada grupo de mi gente rodeaba su tropilla. La madrina estaba maneada. Los animales
remolineaban a su alrededor. Entre varios tenían dos o más lazos formando un círculo a
manera de corral. Entraban en él, uno después de otro, por turno de numeración, los que
iban a mudar. El encargado de la tropilla elegía un caballo de los menos sobados, lo
designaba diciendo verbigracia: el oscuro overo, para el número 4; y el individuo
determinado así, con el freno y el bozal en la siniestra, se acercaba a aquél con maña, con
cuidado de no asustarlo, buscándole la vuelta, echándole de lejos sobre el lomo, si no era
manso, la punta de la rienda o del cabestro, a cuyo contacto se queda casi siempre quieto el
manso y dócil corcel.
La operación de mudar tomando a lazo en el medio del campo, a más del riesgo de que
los caballos menos asustadizos se espanten, disparen y se alcen, es sumamente morosa,
requiere gran destreza y ofrece peligros; de todos los ejercicios del gaucho, del paisano, el
más fuerte, el más difícil y el más expuesto de todos es el del lazo. Cualquiera maneja en
poco tiempo regularmente las boleadoras. Ni ser muy de a caballo se requiere: siquiera
mucha fuerza. El manejo del lazo al contrario, demanda completa posesión del caballo,
vigor varonil y agilidad.
Mientras mudábamos, llegaron varios indios del norte, de afuera, como dicen ellos.
Nosotros le llamamos así al sur.
Viendo sus caballos tan trasijados, le pregunté a Caniupán:
-¿De dónde vienen éstos?
-Esos viniendo de afuera, boleando -me contestó.
Eran las últimas descubiertas que regresaban, pero Caniupán no quería confesarlo.
-¿Qué habiendo por los campos, hermano? -le agregué.
-Muy silencio estando Cuero, Bagual y Tres Lagunas.
-¿Entonces, indios no desconfiando ya de mí? -proseguí.
Camilo Arias interrumpía el diálogo, avisándome que estábamos prontos.
-¡A caballo! -grité, montamos, nos pusimos en marcha, y pocos minutos después
entrábamos en el monte de Leubucó.
Sendas y rastrilladas grandes y pequeñas, lo cruzaban como una red, en todas
direcciones. Galopábamos a la desbandada. Los corpulentos algarrobos, chañares y
caldenes, de fecha inmemorial; los mil arbustos nacientes desviaban la línea recta del
camino, obligándonos a llevar el caballo sobre la rienda para no tropezar con ellos, o
enredarnos en sus vástagos espinosos y traicioneros,
Nuestros caballos no estaban acostumbrados a correr por entre bosques. Teníamos que
detenernos constantemente por ellos, expuestos a rodar, y por nosotros mismos, expuestos a
quedarnos colgados de un gajo como arrebatados por un garfio.
La torpeza nuestra era sólo comparable a la habilidad de los indios; mientras nosotros, a
cada paso, hallábamos una barrera que nos obligaba a abreviar el aire de la marcha, a ir al
trote y al tranco, hacer alto y proseguir, ellos seguían imperturbables su camino, veloces
como el viento. Pronto, pues, salieron ellos del bosque, quedándonos nosotros atrás. Yo no
podía perder de vista que conmigo iban los franciscanos, y no era cosa de dejarlos en el
camino, ni de exponerlos a columpiarse contra su gusto en un algarrobo. Demasiada
paciencia habíamos tenido ya, para perderla cuando llegábamos, Dios mediante, al término
de la jornada.
Los indios me esperaban en una aguadita al salir del bosque; en un gran descampado,
sucesión de médanos pelados, tristes, solitarios.
A lo lejos, como una faja negra, se divisaba en el horizonte la ceja de un monte.
-Allí es Leubucó -me dijeron, señalándome la faja negra.
Fijé la vista, y, lo confieso, la fijé como si después de una larga peregrinación por las
vastas y desoladas llanuras de la Tartaria, al acercarme a la raya de la China, me hubieran
dicho: ¡allí es la gran muralla!
Voy a penetrar, al fin, en el recinto vedado.
Los ecos de la civilización van a resonar pacíficamente por primera vez, donde jamás
asentara su planta un hombre del coturno mío.
Grandes y generosos pensamientos me traen; nobles y elevadas ideas me dominan; mi
misión es digna de un soldado, de un hombre, de un cristiano -me decía; y veía ya la hora
en que reducidos y cristianizados aquellos bárbaros, utilizados sus brazos para el trabajo,
rendían pleito homenaje a la civilización por el esfuerzo del más humilde de sus servidores.
Aspiraciones del espíritu despierto, que se realizan con más dificultad que las mismas
visiones del sueño, ¡apartaos!
El hombre no es razonable cuando discurre, sino cuando acierta.
Vivimos en los tiempos del éxito.
Nadie lucha contra los que tienen treinta legiones aunque la conciencia pueda más que
todas las legiones del mundo.
Alguien habrá que lo intente algún día. Y no con el desaliento del gladiador, que
anticipándose a su destino y mirando al César encumbrado sobre las más altas gradas del
circo, exclamaba: "Los que van a morir os saludan", sino como el fuerte y viril republicano:
"Primero muerto que deshonrado"
Donde los indios me esperaban, hicimos alto: mandé aflojar las cinchas, dar un descanso
a los caballos y de beber después.
Hecho esto, en dos grupos unidos que no tardaron en deshacerse, nos pusimos en
marcha al galope, con la mirada fija en la faja negra.
Galopábamos en alas de la impaciencia y de la curiosidad.
No había sido fácil empresa llegar hasta la morada de Mariano Rosas. ¡Hasta los
bárbaros saben rodearse de aparato teatral para deslumbrar o embaucar a la multitud!
De repente hizo alto un grupo de indios que nos precedía.
-Hay alguna novedad -me dijo Mora-, porque si no aquéllos no se habrían parado.
-¿Y qué será?
-Cuando menos han avistado algún parlamento.
-¿De quién?
-Del General Mariano.
-¿Y cuántos tendremos que encontrar antes de llegar a Leubucó?
-Quién sabe, señor; eso depende de los honores que el General le quiera hacer.
Un indio venía a media rienda hacia nosotros, destacado del grupo que acababa de hacer
alto, en busca de Caniupán.
Sujetamos.
Habló con él en su lengua y luego, partió a escape, contramarchando. Caniupán me dijo:
-Viniendo parlamento.
-Me alegro mucho.
-Topando con él, galope.
-Bueno, topando al galope.
Y esto diciendo, nos pusimos al gran galope sin reparar en nada.
Yo echaba de cuando en cuando la vista atrás, y veía a mis franciscanos, expuestos sin
remisión a dar una furiosa rodada, y contenía un tanto la carrera de mi caballo para, que
aquéllos se me incorporan, pues Caniupán me decía a cada momento: Poniendo padre a tu
lado.
Así íbamos ganando terreno, levantando torbellinos de arena rodando más de cuatro en
pocos instantes y viendo una nube que transparentaba diversos colores, avanzar sobre
nosotros.
Coronamos el dorso de un médano y distinguimos claramente un grupo como de
cincuenta jinetes.
-Ese son, poquito galope -dijo Caniupán recogiendo su caballo.
-Bueno, amigo -le contesté, igualando mi caballo con el suyo.
Así seguimos un momento, hasta que hallándonos como a seiscientos metros:
-¡Ese son hermano, topando! -dijo Caniupán y se lanzó violento. Le seguí y mi gente me
imitó.
Los franciscanos no se quedaron atrás.
Yo no sé cómo hicieron; pero el hecho es que llegaron junto conmigo hasta el punto en
que diciendo y haciendo, Caniupán gritó:
-¡Parando, hermano!
Los dos grupos, el que iba y el que venía, sujetamos al mismo tiempo, quedando como a
veinte pasos uno de otro.
Del que venía salió un indio.
Del nuestro salió otro.
Se colocaron equidistantes de sus respectivos grupos y mirando el uno para el norte y el
otro para el sur, tomó la palabra el que venía de Leubucó.
¿Cuánto tiempo habló?
Hablaría seguido, sin interrupción alguna, sin tragar la saliva, como cinco minutos.
¿Qué dijo?
Lo sabremos después.
Le contestó el otro en la misma forma y modo.
¿Qué dijo?
Lo sabremos también después.
Tres preguntas y respuestas se hicieron.
Le pregunté a Mora qué habían conversado.
Me contestó que el uno me había saludado, y el otro había contestado por mí; que el uno
representaba a Mariano Rosas y el otro me representaba a mí, según orden de Caniupán que
acababa de recibir.
-Pero, hombre -le observé-, ¿tanto ha hablado sólo para saludarme?
-Sí, mi Coronel, es que los dos son buenos lenguaraces -oradores quería decir.
-Pero, hombre -insistí-, si han hablado un cuarto de hora, ¿cómo no han de haber hecho
más que saludarme?
-Mi Coronel, es que las razones que traía el parlamento de Mariano las ha hecho muchas
más, y el de Ud. ha hecho lo mismo para no quedar mal.
-Y ¿cuántas razones traía el de Mariano?
-¡Tres razones no más!
-¿Y qué decían?
-Que cómo está usía, que cómo le ha ido de viaje, que si no ha perdido caballos, porque
en los campos solos siempre suceden desgracias.
-¿Y para decir eso ha charlado tanto, hombre?
-Sí, mi Coronel; no ve que cada razón la han hecho diez razones.
¿Y qué es eso, hombre?
Es, mi Coronel...
Decía esto Mora, cuando Caniupán nos interrumpió, proponiéndome que saludara a la
comisión que acababa de llegar.
Deferí a su indicación y comenzó el saludo.
Tendrás paciencia, hasta mañana, Santiago amigo, y el paciente lector contigo.
La paciencia es una virtud que conviene ejercitar en las cosas pequeñas, que en las
grandes yo opino como Romeo, por boca de Shakespeare.
- XXI -
En qué consiste el arte de hacer de una razón varias, razones. De cuántos modos conversan
los indios. Sus oradores. Sus rodeos para pedir. Precauciones de los caciques antes de
celebrar una junta. Numeración y manera de contar de los ranqueles.
Aprovechando una parada, interrogué a Mora, que tomó la palabra para explicarme en
qué consiste el arte de hacer de una razón, dos o más razones.
A su modo me hizo un curso de retórica completo. Ya he dicho que es un hombre
perspicaz y si no lo he dicho, viene aquí a pelo decirlo.
Los indios ranqueles tienen tres modos y formas de conversar.
La conversación familiar.
La conversación en parlamento.
La conversación en junta.
La conversación familiar es como la nuestra, llana, fácil, sin ceremonias, sin figuras, con
interrupciones del o de los interlocutores, animada, vehemente, según el tópico o las
pasiones excitadas.
La conversación en parlamento está sujeta a ciertas reglas; es metódica, los
interlocutores no pueden, ni deben interrumpirse; es en forma de preguntas y respuestas.
Tiene un tono, un compás determinado, su estribillo y actitudes académicas, por decirlo
así.
El tono y el compás pueden sólo compararse a lo que en las festividades religiosas se
canta con el nombre de villancico.
Es algo cadencioso, uniforme, monótono, como el murmullo de la corriente del agua.
Yo no conozco suficientemente la lengua araucana para consignar una frase.
Pero al penetrante lector, y tú, Santiago, que a este respecto te pierdes de vista, haciendo
un pequeño esfuerzo, me comprenderán,
Voy a estampar sonidos cuya eufonía remeda la de los vocablos araucanos.
Por ejemplo:
Epú, bicú, mucú, picú, tanqué, locó, paine, bucó, có, rotó, clá, aimé, purrá, cuerró, tucá,
claó, tremen, leuquen, pichun, mincun, bitooooooon!
Supongamos que los sonidos enumerados hayan sido pronunciados con énfasis, muy
ligero, sin marcar casi las comas, y que el último haya sido pronunciado tal cual está escrito
a manera de una interjección prolongada hasta donde el aliento lo permite.
Supongamos, algo más, que esos sonidos imitativos representando palabras bien
hilvanadas, quisieran decir:
Manda preguntar Mariano Rosas, que ¿cómo le ha ido anoche por el campo con todos
sus jefes y oficiales?
O, en los términos de Mora, supongamos que esa interrogación sea una razón.
Pues bien, convertir una razón en dos, en cuatro o más razones, quiere decir, dar vuelta
la frase por activa y por pasiva, poner lo de atrás adelante, lo del medio al principio, o al
fin; en dos palabras, dar vuelta la frase de todos lados.
El mérito del interlocutor en parlamento, su habilidad, su talento, consiste en el mayor
número de veces que da vuelta cada una de sus frases o razones; ya sea valiéndose de los
mismos vocablos o de otros; sin alterar el sentido claro y preciso de aquéllas.
De modo que los oradores de la pampa son tan fuertes en retórica, como el maestro de
gramática de Moliére, que instado por el Bourgeois gentil-homme, le escribió a una dama
este billete: "Madame, vos bells yeux, me font mourir d'amour". Y no quedando satisfecho
el interesado: "Vos bells yeux, madame, me font mourir d'amour". Y no gustándole esto:
D'amour, madame, vos bells yeux me font mourir". Y no queriendo lo último: "Me font
mourir d'amour vos bells yeux, madame". Con lo cual el Bourgeois se dio por satisfecho.
La gracia consiste en la más perfecta uniformidad en la entonación de las voces. Y,
sobre todo, en la mayor prolongación de la última sílaba de la palabra final.
Una cantante que aprendiera el araucano, haría furor entre los indios por su extensión de
voz, si la tenía, y por otros motivos, de que se hablará a su tiempo. No es posible poner
todo en la olla de una vez.
Esa última sílaba prolongada, no es una mera fioritura oratoria. Hace en la oración los
oficios del punto final: así es que en cuanto uno de los interlocutores la inicia, el otro rumia
su frase, se prepara, toma la actitud y el gesto de la réplica, todo lo cual consiste en agachar
la cabeza y en clavar la vista en el suelo.
Hay oradores que se distinguen por su facundia; otros por su facilidad en dar vuelta una
razón: éstos, por la igualdad cronométrica de su dicción, aquéllos por la entonación
cadenciosa; la generalidad por el poder de sus pulmones para sostener, lo mismo que si
fuera una nota de música, la sílaba que remata el discurso.
Mientras dos oradores parlamentan, los circunstantes les escuchan y atienden en el más
profundo silencio, pesando el primer concepto o razón, comparándolo con el segundo, éste
con el tercero, y así sucesivamente, aprobando y desaprobando con simples movimientos de
cabeza.
Terminado el parlamento, vienen los juicios y discusiones sobre las dotes de los que han
sostenido el diálogo.
La conversación en parlamento, tiene siempre un carácter oficial. Se la usa en los casos
como el mío, o cuando se reciben visitas de etiqueta.
No hay idea de lo cómico y ceremonioso que son estos bárbaros. Si el cacique recibe
durante el día veinte capitanejos, con los veinte cambia las mismas preguntas y respuestas,
empezando por preguntarles por el abuelo, por el padre, por la abuela, por la madre, por los
hijos, por todos los deudos, en fin.
Después de esta serie de preguntas sacramentales, inevitables, infalibles, vienen otras de
un orden secundario, que completan el ritual, referentes a las novedades ocurridas en los
campos y en la marcha, haciendo siempre los caballos un papel principal.
Los indios se ocupan de éstos a propósito de todo. Para ellos los caballos son lo que para
nuestros comerciantes el precio de los fondos públicos. Tener muchos y buenos caballos; es
como entre nosotros tener muchas y buenas fincas. La importancia de un indio se mide por
el número y la calidad de sus caballos. Así, cuando quieren dar la medida de lo que un indio
vale, de lo que representa y significa, no empieza por decir: tiene tantos o cuantos rodeos de
vacas, tantas o cuantas manadas de yeguas, tantas o cuantas majadas de ovejas y cabras,
sino tiene tantas tropillas de obscuros, de overos, de bayos, de tordillos, de gateados, de
alazanes, de cebrunos, y resumiendo, pueden cabalgar tantos o cuantos indios; lo que quiere
decir, que en caso de malón podrá poner en armas muchos, y que si el malón es coronado
por la victoria, tendrá participación en el botín con arreglo al número de caballos que haya
suministrado, según lo veremos cuando llegue el caso de platicar sobre la constitución
social, militar y gubernativa de estas tribus.
Mariano Rosas tiene la fama de un orador de nota. Cuando lleguemos a su toldo,
penetremos en el recinto de su hogar, cuente sus costumbres, su vida, sus medios de
gobierno y de acción, será ocasión de comprobarlo con ejemplos palmarios, probando a la
vez que hasta entre los bárbaros la elocuencia unida a la prudencia puede disputarle la
palma con éxito completo al valor y a la espada.
Tomando el hilo de mi interrumpido relato sobre los diferentes modos de conversar de
los ranqueles, agregaré, que en pos de las interrogaciones y contestaciones sobre la salud de
la familia y las novedades de los campos, vienen otras sin importancia real, y que después
de muchas idas y venidas, vueltas y revueltas, recién se llega al grano.
Un indio, cuando va de visita con el objeto de pedir algo, no descubre su pensamiento a
dos tirones. Saluda, averigua todo cuanto puede serle agradable al dueño de casa,
devolviendo los cumplimientos con cumplimientos, las ofertas y promesas con ofertas y
promesas; se despide: parece que va a irse sin pedir nada; pero en el último momento
desembucha su entripado; y no de golpe, sino poco a poco. Primero pedirá yerba. ¿Se la
dan? Pedirá azúcar. ¿Se la dan? Pedirá tabaco. ¿Se lo dan? Pedirá papel. Y mientras le
vayan concediendo o dando, irá pidiendo, y habrá pedido lo que fue buscando, que era
aguardiente. El golpe de gracia viene entonces, pide por fin lo que más le interesa y si no le
niegan contestará: no dando lo más; pero dando aguardiente.
Esta táctica socarrona no la emplea el indio solamente en sus relaciones con los
cristianos. Disimulado y desconfiado por carácter y por educación, así procede en todas las
circunstancias de su vida. Tiene mil reservas en todo y mil cosas reservadas. No hay indio
que no sea poseedor de uno o unos cuantos secretos, sin importancia, quizá, pero que no
descubrirá sino por interés. Este conoce él solo una laguna, aquél un médano, el otro una
cañada; éste una yerba medicinal, aquél un pasto venenoso el otro una senda extraviada por
el bosque. Y así dicen, no como los cristianos: -Yo conozco una laguna, una yerba, una
senda que nadie conoce; sino: -Yo tengo una laguna, y una yerba, una senda que nadie
conoce, que nadie ha visto, por donde nadie ha andado.
Decididamente, hoy estoy fatal para las digresiones. Tomé el hilo más arriba y me
apercibo que lo he vuelto a dejar. Para dejarlo del todo, me falta decir lo que es la
conversación en junta.
Es un acto muy grave y muy solemne. Es una cosa muy parecida al parlamento de un
pueblo libre, a nuestro congreso, por ejemplo. La civilización y la barbarie se dan la mano;
la humanidad se salvará porque los extremos se tocan. Y por más que digan que los
extremos son viciosos, Yo sostengo que eso depende de la clase de extremos. Seria malo,
irritante, odioso ser en extremo avaro; pero ¿quién puede tachar a un caballero por ser en
extremo generoso? Será una calamidad para una mujer ser en extremo fea. Pero ¿qué mujer
sostendrá que es una desgraciada ser en extremo hermosa?
¡Cuándo he dicho que estoy fatal para las digresiones!
Volvamos a la junta, a ver si se parece o no a lo que he dicho.
Reúnese ésta, nómbrase un orador, una especie de miembro informante, que expone y
defiende contra uno contra dos, o contra más, ciertas y determinadas proposiciones. El que
quiere le ayuda.
El miembro informante suele ser el cacique. El discurso se lleva estudiado, el tono y las
formas son semejantes al tono y las formas de la conversación en parlamento, con la
diferencia de que en la junta se admiten las interrupciones, los silbidos, los gritos, las burlas
de todo género. Hay juntas muy ruidosas pero todas excepto algunas memorables que
acabaron a capazos, tienen el mismo desenlace. Después de mucho hablar, triunfa la
mayoría aunque no tenga razón Y aquí es el caso de hacer notar que el resultado de una
junta se sabe siempre de antemano, porque el cacique, principal tiene buen cuidado de
catequizar con tiempo a los indios y capitanejos más influyentes en la tribu.
Todo lo cual prueba que la máquina constitucional llamada por la libertad Poder
Legislativo, no es una invención moderna extraordinaria; que en algo nos parecemos a los
indios, o, como diría Fray Gerundio: que en todas partes se cuecen habas.
Como las explicaciones de Mora interesasen, prolongué la parada hasta que no quedó ya
nada que saber en materia de conversaciones pampeanas.
-¡Vamos! -le dije a Caniupán, y diciendo y haciendo seguimos el camino de Leubucó.
Los indios se tendieron al galope. Por no recibir su polvo los imité.
Hacia el sur se alzaba en el horizonte una nube que parecía de arena.
-Son jinetes -dijeron algunos.
Yo fijé un instante la vista en ella, no descubrí nada.
Tenía interés en aprender a contar en lengua araucana. Me dirigí, pues, a Mora,
aprovechando el tiempo, ya que por algunos momentos me veía libre de embajadores,
mensajeros y parlamentarios, y le pregunté:
-¿Cómo se llaman los números en la lengua de los indios?
Mora no entendió bien la pregunta. Él sabía perfectamente bien lo que quería decir
cuatro, pero ignoraba qué era número.
Le dirigí la interpelación en otra forma, y el resultado fue que mis lectores mañana, y tú
después, Santiago amigo, sabrán contar en una lengua más:
Uno -quiñé.
Dos -epú.
Tres -clá.
Cuatro -meli.
Cinco -quehú.
Seis -caiú.
Siete -relgué.
Ocho -purrá.
Nueve -ailliá.
Diez -marí.
Cien -pataca.
Mil -barranca.
Ahora, cincuenta se dice quehú-marí; doscientos, epú-pataca; ocho mil, purrá-barranca;
y cien mil, pataca-barranca.
Y esto prueba dos cosas:
1º Que teniendo la noción abstracta del número comprensivo de infinitas unidades,
como un millón, que en su lengua se dice mari-pataca-barranca, estos bárbaros no son tan
bárbaros ni tan obtusos como muchas personas creen.
2º Que su sistema de numeración es igual al teutónico, según se ve por el ejemplo de
quehú-marí que vale tanto como cincuenta, pero que gramaticalmente es cinco-diez.
Si hay quien se haya afligido porque nuestro sistema parlamentario se parece al de los
ranqueles, ¡consuélese, pues!
Los alemanes, justamente orgullosos de ser paisanos de Schiller y de Goethe, se parecen
también a ellos. Bismarck, el gran hombre de Estado, contaría las águilas de las legiones
vencedoras en Sadowa, lo mismo que el indio Mariano Rosas cuenta sus lanzas al regresar
del malón.
Pero la nube de arena avanza...
- XXII -
Una nube de arena. Cálculos. El ojo del indio. Segundo parlamento. Se avista el toldo de
Mariano Rosas. Frente a él.
La nube de arena había llamado mi atención antes de empezar el diálogo con Mora, se
movía y avanzaba sobre nosotros, se alejaba, giraba hacia el poniente, luego, hacia el
naciente, se achicaba, se agrandaba, volvía a achicarse y a agrandarse, se levantaba,
descendía, volvía a levantarse y a descender; a veces tenía una forma, a veces otra, ya era
una masa esférica, ya una espiral, ora se condensaba, ora se esparcía, se dilataba, se
difundía, ora volvía a condensarse haciéndose más visible, manteniendo el equilibrio sobre
la columna de aire hasta una inmensa altura, ya reflejaba unos colores, ya otros, ya parecía
el polvo de cien ráfagas de viento errantes, otras el polvo de un rodeo de ganado vacuno
jinetes, ya el de potros alzados, unas veces polvo levantado por las que remolinea; creíamos
acercarnos al fenómeno y nos alejábamos, creíamos alejarnos y nos acercábamos, descubrir
visiblemente en su seno objetos y nada veíamos, creíamos juguetes de la óptica la imagen
de algo que se movía velozmente de un lado a otro, de arriba abajo, que iba y venía, que de
repente se detenía partiendo súbito luego: íbamos a llegar y no llegábamos, porque el
terreno se doblaba en médanos abruptos, subíamos, bajábamos, galopábamos, trotábamos
con la imaginación sobreexcitada, creyendo llegar en breve a una distancia que despejara la
incógnita de nuestra curiosidad; pero nada, la nube se apartaba del camino como huyendo
de nosotros, sin cesar sus variadas y caprichosas evoluciones, burlando el ojo experto de los
más prácticos, dando lugar a conjeturas sin cuento, a apuestas y disputas infinitas.
Así seguíamos nuestro camino, derrotados por aquella nube extraña, cuando divisamos
en dirección a Leubucó unos polvos que momentáneamente fijaron nuestra atención,
apartándola de lo que la traía preocupada en tan alto grado.
No tardamos en cerciorarnos de que los polvos eran de un grupo bastante crecido de
indios que al gran galope se dirigían hacia nosotros. Tienen ellos un modo tan peculiar de
andar por los campos que no era fácil confundirlos con otra cosa.
Volvimos, pues, a fijar la vista en la nube aquella que nos había ganado el flanco
izquierdo y que ya afectaba un aspecto más conocido, transparentando formas movibles de
seres animados. En ese momento los polvos se tendieron hacia el oriente, formando un
círculo inmenso, y como queriendo envolver dentro de él todo cuanto andaba por los
campos. Al mismo tiempo divisamos otros polvos en el rumbo que llevábamos y oyéronse
varias
-¡Aquéllos andan boleando!
-¡Aquéllos vienen para acá!
Mora me dijo:
-Esos polvos, señor, que tenemos al frente, han de ser de otro parlamento que viene a
saludarlo.
Para mis adentros exclamé: ¡Si se acabarán algún día los cumplidos!
Caniupán me dijo:
-Ese comisión grande viniendo a topar.
-Bueno -le contesté, y señalándole a la izquierda, preguntele: -¿Qué es aquello?
El indio fijó sus ojos en el espacio, recorrió rápidamente el horizonte y luego me
contestó:
-Boleando guanacos.
Efectivamente, la nube que por tanto tiempo había preocupado nuestra atención, estaba
ya casi encima de nosotros envolviendo en sus entrañas una masa enorme de guanacos que
estrechada poco a poco por los boleadores, venía a llevarnos por delante.
-¡Cuidado con las tropillas! -grité, Y haciendo alto las rodeamos, porque la masa de
guanacos podía arrebatarlas.
La tierra se estremecía como cuando la sacude el trueno, oíanse alaridos en todas
direcciones, sentíase un ruido sordo..., la masa enorme de guanacos, rompiendo la
resistencia del aire, pasó como un torbellino, dejándonos envueltos en tinieblas de arena.
Detrás pasaron los indios revoleando las boleadoras, convergiendo todos hacia el mismo
punto, que parecía ser una planicie que quedaba a nuestra derecha.
Cuando aquel aluvión de cuadrúpedos desfiló y disipándose las tinieblas de arena, se
hizo la luz, volvimos a ponernos al galope.
Según lo había calculado Mora, los polvos últimos que se avistaron eran otro parlamento
que venía.
Esta vez no fue un indio el que se destacó de él: destacáronse tres.
Al verlos Caniupán destacó otros tres.
Cruzáronse éstos a cierta altura con los otros, hablaron no sé qué y ambos grupos
prosiguieron su camino.
Llegaron a nosotros los tres que venían, y después que hablaron con Caniupán, díjome
éste:
-Formando gente, hermano, ese comisión.
Hice alto, di mis órdenes y formamos en batalla cubriéndome la retaguardia los indios
de Caniupán.
Púsose éste a mi lado derecho y por indicación suya coloqué los dos franciscanos a mi
izquierda, Mora se puso detrás de mí.
Una vez formados nos pusimos al galope. Galopamos un rato, y cuando la comisión que
venía se dibujó claramente sobre una pequeña eminencia del terreno, como a unos dos mil
metros de nosotros, Caniupán me dijo:
-Ese comisión lindo, hermano, ahora no más topando.
-Cuando guste, hermano, topando no más.
Los que venían hicieron alto; regresaron los tres indios de Caniupán y los otros tres
volvieron a los suyos.
Caniupán me dijo:
-Poquito parando, hermano.
-Bueno, hermano -le contesté, sujetando.
Destacó un indio sobre los que venían diciéndole no sé qué. Los otros hicieron lo
mismo.
Llegó el heraldo, habló con Caniupán y éste me dijo:
-Ahora topando, hermano.
-Cuando quiera topando, hermano.
Y esto diciendo nos pusimos al gran galope.
Los otros nos imitaron; venían formados en orden de batalla, haciendo flamear tres
grandes banderas coloradas, colocadas en largas cañas, que ocupaban los extremos y el
centro de la línea.
Marchamos así hasta quedar distantes unos de otros como cuatrocientos metros.
Caniupán me dijo:
-Cerquita ya, topando.
-Topando -le contesté.
El se lanzó a toda brida, yo le seguí, y los buenos franciscanos, haciendo de tripas
corazón, imitaron mi ejemplo.
Cuando íbamos materialmente a toparnos, sujetamos simultáneamente unos y otros,
quedando distantes veinte pasos.
El que presidía el parlamento destacó su orador.
Caniupán destacó el suyo.
Colocáronse equidistantes de sus respectivos grupos, mirando el uno al oriente y el otro
al occidente, y comenzó el parlamento.
Duró lo bastante para fastidiar a un santo.
Hablaba por los codos, prolongaba la última sílaba de la palabra final, como si su
garganta fuera un instrumento de viento, y tenía el arte de hacer de una razón quince
razones.
El orador que Caniupán nombró para que me representara, no le iba en zaga.
Así fue que no me valió acortar mis contestaciones.
Mi representante se dio maña para multiplicar mis razones, tanto como su interlocutor
multiplicaba las suyas.
Mariano Rosas me mandaba decir:
Que se alegraba mucho que fuera llegando a su toldo (1ª razón).
Que cómo me había ido de viaje (2ª razón).
Que si no había perdido algunos caballos (3ª razón).
Que cómo estaba yo y todos mis jefes, oficiales y soldados (4ª razón).
A estas cuatro razones, yo contesté con otras cuatro.
Pero como el orador de Mariano hizo las suyas sesenta razones, el mío hizo lo mismo
con las mías.
Después que estos interesantes saludos pasaron, tuve que dar la mano a todos. Eran unos
ochenta, entre ellos había muchos cristianos.
A cada apretón de manos, a cada abrazo, me aturdían los oídos con hurras y vítores.
Con los abrazos y los apretones de mano cesaron los alaridos.
Mezcláronse los indios que habían venido con los de Caniupán, y formando un solo
grupo y marchando todos en orden, proseguimos nuestro camino, avistando a poco andar
otros polvos.
-Ese, otro comisión-, me dijo Caniupán, señalándomelos.
-Me alegro mucho-, le contesté, diciendo interiormente: A este paso no llegaremos en
todo el día a Leubucó.
Subíamos a la falda de un medanito, y Mora me dijo:
-Allí es Leubucó.
Miré en la dirección que me indicaba, y distinguí confusamente a la orilla de un bosque
los aduares del cacique general de las tribus ranquelinas, las tolderías de Mariano Rosas.
Los polvos se acercaban velozmente. Llegó un indio: habló con Caniupán y éste destacó
otro. Después llegaron tres y Caniupán destacó igual número. Enseguida llegaron seis y
Caniupán destacó seis también.
Así, recibiendo y despachando mensajes y mensajeros, ganábamos terreno rápidamente,
de modo que no tardamos en avistar la nueva serie de embajadores en cuyas garras íbamos
a caer:
Caniupán me dijo:
-Ese comisión, lindo grandote.
-Ya veo que es linda -le contesté.
Y tenía razón en lo de grandote, porque, en efecto, formaban un grupo considerable.
Caniupán me dijo:
-Topando fuerte, hermano.
-Topando como guste -le contesté.
-Mandando hacer alto, hermano -agregó.
Hice alto.
-Formando gente, hermano -me dijo.
Llené sus indicaciones, y mi comitiva formó en batalla, poniéndome yo con los frailes al
frente en el orden de antes. Los indios de Caniupán me cubrieron la retaguardia y los otros,
haciendo dos alas, se colocaron a derecha e izquierda de mí. Las tres banderas ocuparon el
centro de la línea que formábamos, como a veinte pasos a vanguardia. Caniupán iba a mi
lado.
Formados en esa disposición, rompimos la marcha al galope.
Los que venían avanzaron también al galope.
Oyéronse toques de corneta.
Caniupán me dijo:
-Ese comisión ahorita topando.
-Ya lo veo -le contesté.
Galopamos algunos minutos -hicimos alto viendo que los que venían se habían paradoy
después que hablaron con Caniupán, trayendo y llevando mensajes varios indios,
continuamos la marcha.
A una indicación de corneta, Caniupán me dijo:
-Ahora topando ya, hermano.
Y como de costumbre, lanzose a media rienda, dándome el ejemplo.
Esta vez íbamos a toparnos a todo correr en medio de una espantosa algazara que hacían
los indios golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.
El terreno salpicado de pequeños arbustos, blando y desigual, exponía a todos a una
tremenda rodada. No podíamos marchar en formación. Nos desbandábamos y nos uníamos
alternativamente. Los pobres frailes, encomendando su alma a Dios, me seguían lo más
cerca posible. Muchos rodaron, apretándolos enteros el caballo, y eran jinetes de primer
orden. ¡Sarcasmo de la vida! uno de los frailes rodó y salió parado.
Las dos comitivas avanzaban, íbamos materialmente a toparnos ya, cuando a una
indicación de corneta sujetaron los que venían y nosotros también.
Siguiose una escena igual a la anterior, entre dos oradores que se ocuparon una media
hora de mi salud y de mis caballos. Pero esta vez todo fue más soportable, porque mientras
los oradores multiplicaban sus razones con elocuente encarnizamiento, yo conversaba con
el capitán Rivadavia que había salido a mi encuentro.
Este valiente y resuelto oficial, prudente y paciente, me representaba hacía tres meses
entre los indios.
Le abracé con efusión, y uno de los momentos más gratos de mi vida ha sido aquél.
Quien haya alguna vez encontrado un compatriota, un amigo en extranjera playa o en
regiones apartadas y desconocidas, desiertas e inhabitadas, después de haber expuesto su
vida unas cuantas veces, podrá sólo comprender mis impresiones.
Terminados los saludos, que eran seis razones, las que fueron convertidas en sesenta de
una parte y otra, llegó el turno de los abrazos y apretones de mano. Esta vez no hubo más
alteración en el ceremonial que toques de corneta. Di unos ciento y tantos abrazos y
apretones de mano; y cuando ya no me quedaba costilla ni nervio en la muñeca que no me
doliera, comenzaron los alaridos de regocijo y los vivas, atronando los aires. Todo el
mundo, excepto mi gente, se desparramó gritando, escaramuceando, rayando los caballos,
ostentando el mérito de éstos y su destreza. Aquello era una verdadera fiesta, una fantasía a
lo árabe.
Así desparramados, dispersos, jineteando, marchamos un largo rato, viendo darse de
pechadas mortales a unos, rodar a otros, haciendo éstos bailar los caballos, tirándose los
unos al suelo en medio de la carrera y subiendo ágiles, corriendo los unos de rodillas sobre
el lomo de su caballo y los otros de pie, en una palabra, haciendo cada cual alguna pirueta.
A un toque de corneta se reunieron todos, y formamos como antes lo expliqué,
aumentando las alas los recién llegados.
Acababa de llegar un enviado de Mariano Rosas.
Su toldo estaba ahí cerca. Penetrar en él era cuestión de minutos, al fin.
Regresó el mensajero y Caniupán me dijo:
-Caminando poquito, hermano -dicho lo cual recogió su caballo y se puso al tranco.
Tuve que conformarme a su indicación. Recogí mi caballo e igualé el paso del suyo.
Llegó otro mensajero de Mariano Rosas, habló con Caniupán, y después me dijo éste:
-Parando, hermano.
Le habló a Mora en su lengua y éste me tradujo: que debíamos echar pie a tierra y
esperar órdenes.
El lector juzgará si había motivo para rabiar un rato.
Yo, que en esta excursión a los indios he aprendido una virtud que no tenía, que por
modestia callo, repito lo que antes he dicho: que no es tan fácil penetrar en el toldo del Sr.
General D. Mariano Rosas, como le llaman los suyos.
Y con esto termino aquí previniendo una cosa... No, no quiero prevenirla.
- XXIII -
Épocas buenas y malas. En qué cosas cree el autor. La cadena del mundo moral. ¿Será
cierto que los padres saben más que los hijos? El Capitán Rivadavia, Hilarión Nicolai.
Camargo. Dilaciones.
Con la última parada se me quemaron los libros. Es verdad que hace mucho tiempo que
en mis cálculos entra todo, menos lo principal.
El hombre suele tener épocas de graves errores, de imperdonables desaciertos y tristes
equivocaciones.
Como todo el que se ha lanzado sin preparación en la corriente de la vida lo sabe, hay
años buenos y malos, meses propicios y fatales, días color de rosa, días negros como el
hollín de una chimenea.
Años, meses y días en que a todo acertamos, en que nuestro espíritu parece tener su
geometría, en que todo nos halaga y nos sonríe.
Y, a la inversa, años, meses y días en que todo nos sale al revés.
Si amamos, nos olvidan; si vamos a la guerra, nos hieren o nos postergan; si somos
candidatos al parlamento, nos derrotan; si jugamos, perdemos; si tomamos comidas con
aceite, se nos indigestan; si compramos billetes de lotería, ni cerca le andamos a la suerte;
finalmente, hay temporadas aciagas en que ni por chiripa andamos bien. O, como dicen los
andaluces, temporadas en que nuestro estado normal es andar en la mala.
Esto debe consistir en algo.
Yo he pensado mucho en la justicia de Dios con motivo de ciertos percances propios y
ajenos, pues un hombre discreto debe estudiar el mundo y sus vicisitudes, en cabeza propia
y en cabeza ajena.
Y, francamente, hay momentos en que me dan tentaciones de creer que nuestro bello
planeta no está bien organizado.
¡Quién sabe si no entramos en un período de desequilibrio moral!
He de buscar algún amigo ducho en trotes de ciencia y conciencia que me indique si hay
algún tratado de mecánica terrenal, por el estilo del de Laplace.
Por lo pronto me he refugiado en un tratadito cuyo título es: "La moral aplicada a la
política, o el arte de esperar".
Debe ser muy bueno; es un libro chico y anónimo; hace tiempo vengo observando que
los mejores libros son los manuales, cuyo autor se ignora.
La razón creo hallarla en la modestia, sentimiento que anda generalmente a caballo.
En este tratadito pienso hallar la solución de muchas de mis dudas.
Yo tengo creencias y convicciones arraigadas, que las he sacado no sé de dónde -hay
cosas que no tienen filiación- y no quisiera perderlas o que se embrollaran mucho en los
archivos de mi imaginación.
Yo creo en Dios, por ejemplo, cosa en la que sin duda cree el respetable público -aunque
hay un refrán maldito que dice: Fíate en Dios y no corras.
Yo creo en la justicia y que las almas nobles deben hacérsela aun a aquellos mismos que
se la niegan a ellos; sin embargo, todos los días veo gente desesperada por la calle,
quejándose de que no hay justicia en la tierra.
Y hasta ahora les he oído decir a los que tienen y ganan pleitos: ¡Qué bien anda la
justicia!
¡Los mismos abogados no hacen otra cosa que gritar contra la justicia!
Dos alegatos distintos de bien probado sobre lo mismo, ¿qué implican?
Yo creo en la caridad, y mientras tanto, todo el día oigo hablar mal del prójimo, y veo
gente conducida al cementerio que no tiene tras de qué caerse muerta.
Yo creo en la religión; creo que el patriotismo, el honor, la probidad, el amor del
prójimo, son cuestiones de religión.
Mientras tanto, el otro día he leído en un libro italiano -estos italianos pierden la cabeza
cuando se ocupan de religión- que todas las religiones quieren hacerse ricas.
Yo creo en la Constitución y en las leyes; y un viejo muy lleno de experiencia que me
suele dar consejos, me dice: Todos gobiernan lo mismo, no es Rosas el que no puede.
Yo creo en el pueblo, y si mañana lo convocan a elecciones, resulta que no hay quien
sufrague.
Yo creo en el libre albedrío, y todos los días veo gentes que se dejan llevar de las narices
por otros; y mi noción de la responsabilidad humana se conmueve hasta en sus más sólidos
fundamentos.
Como se ve, yo creo en una porción de cosas muy buenas, muy morales y muy útiles.
El pulpero de enfrente no cree ni entiende nada de eso.
Pero lo pasa bien.
Tiene buena salud, una renta fija, una clientela segura: nadie le inquieta, ni le amenaza,
ni le fulmina. Es un desconocido; pero es una potencia.
La suerte debe entrar por mucho; porque de balde no han inventado el refrán: "Suerte te
dé Dios, hijo, que el saber poco te vale".
Y el apellido ha de influir también algo.
Es muy raro hallar un hombre que aborrezca a otro que no sabe cómo se llama.
Por eso, sin duda, los brasileños se mudan el nombre.
El otro día no se me ocurrió esto.
Cuando acabe de leer mi tratadito, he de estar ya en estado de curarme de todas mis
supersticiones.
Dentro de poco voy a ser un hombre completo, moralmente, bien entendido.
Entonces sí, ¿a que todo cuanto emprenda me sale a las mil maravillas?
¿A que si entablo un pleito gano?
¿A que si emprendo un viaje no naufrago?
¿A que si compro billetes de lotería me saco una suerte mayor?
¿A que si hago una campaña me dan un premio?
¿A que si vuelvo a los indios no me sucede lo que me ha sucedido, que me hagan
esperar tanto en el camino?
¿Será cierto que la experiencia es la madre de la ciencia?
Sin duda, por eso dicen que el diablo no sabe tanto por diablo, cuanto por ser viejo.
Se me había olvidado anotar, al enumerar mis creencias, que también creo en este
caballero. Le he visto varias veces.
¿Será cierto que mi anciano padre tiene razón en los consejos que me ha dado y me da,
consejos que en mi petulancia moderna jamás he querido seguir, tanto que, para saber cómo
piensa él, no hay más que averiguar cómo pienso yo?
¿Será cierto que la cadena del mundo moral se forma así vinculando la amarga
experiencia de ayer con los desencantos de hoy, metodizando y conformando nuestra vida
según los preceptos de los que han vivido y visto más que nosotros, orgullos filósofos de
papel?
¿Será cierto que el muchacho más instruido, más aventajado, más sabio, al lado de su
padre será siempre un niño de teta, un pigmeo?
¡Santiago amigo! ¿Será cierto que tu padre sabe más que tú?
¿Que el General Guido sabía más que Carlos, que es un mozo de sabiduría?
¿Que don Florencio Varela sabía más que Héctor, que sabe tantas cosas -más que
Mariano?, lo dudo.
¿Que mi padre sabe más que yo, que no soy muy atrasado que digamos, particularmente
en estudios sociales?
A mí me da por ahí. Mi fuerte es el conocimiento de los hombres.
¡Pero éstos me reservan unos desengaños!
Es con lo que pienso argüir al mocoso de mi hijo, cuando se me levante con el santo y la
limosna, que no tardará en suceder.
Ya ha empezado a hacer actos espontáneos, calculados para desprestigiar mi autoridad
paternal, a gastar más de lo que debe, siendo objeto de privadas murmuraciones en la
familia, y metiéndose a estudiar medicina contra mis consejos.
¡Estudiar medicina sin mi consentimiento! ¡Pues es disparate!
Sólo puedo comparar semejante aberración, en un siglo como éste, en que yo le curo
homeopáticamente un panadizo al que lo tenga, con una expedición a los indios ranqueles.
En efecto, querido Santiago, mirando con sangre fría mi viaje a los toldos, ¿no te parece
que ha sido perder tiempo?
¿No te parece que las demoras que me ha hecho sufrir Mariano Rosas, antes de dejarme
penetrar en su morada, las he merecido por mi extravagancia?
¡Cuánto mejor hubiera sido que mi jefe inmediato me negara la licencia!
Si lo hace, cuando menos me atufo, que así somos -¡desconocemos la mano que nos
desea el bien y se la damos a quien nos quiere mal!
Pero acerquémonos a Leubucó, saliendo de donde nos detuvimos ayer.
Viendo que la parada se prolongaba y que mis cabalgaduras estaban muy sudadas,
mandé mudar, para hacer la entrada en regla.
Era temprano aún y quién sabe cuánto tiempo íbamos a permanecer todavía sobre el
caballo.
Mientras mudaban, el capitán Rivadavia me presentó varios personajes políticos
refugiados en Tierra Adentro -siendo los dos más notables, un mayor Hilarión Nicolai y un
teniente Camargo.
Ambos han pertenecido a la gente de Saa, y ganaron los indios después de la sableada de
San Ignacio, llegando un puñado de soldados.
Muy mal me habían hablado de estos hombres.
Yo iba sumamente prevenido contra ellos, temiendo ser objeto de alguna maldad,
aunque reflexionando me parecía que el hecho de ser cristianos debía mirarlo como una
garantía.
Dígase lo que se quiera, la cabra siempre tira al monte.
Más tarde veremos si yo discurría mal en medio de las preocupaciones de mi ánimo. Y
mi ejemplo podrá serles útil a los que juzguen a los hombres por las reglas vulgares,
apasionadas, iracundas, cuando la gran ley de la vida y de Dios es la caridad.
Ni el viejo Hilarión, ni el bandido Camargo me hicieron el efecto que yo esperaba, ni me
saludaron como me lo temía. Hilarión con todas sus mañas y Camargo con todas sus
bellaquerías son dos hombres atentos y educados, especialmente Hilarión. Camargo es un
tipo más crudo.
El primero tendrá cincuenta y cinco años, el segundo veintiocho. El uno tiene larga
barba, blanca como la nieve; el otro un lindo bigote negro como azabache.
El uno parece un inglés, el otro tiene todo el sello del hijo de la tierra.
Hilarión es una especie de gauchi-político. Camargo es un compadre neto, que sabe leer
y escribir perfectamente, valiente, osado, orgulloso y desprendido. Hilarión contemporiza
con los indios, no habla su lengua. Camargo al contrario, habla el araucano, dice lo que
siente, no le teme a la muerte y al más pintado le acomoda una puñalada.
Y sin embargo, Camargo es un ser susceptible de enmienda, según lo veremos cuando
llegue el momento de referir su vida, sus desgracias, las causas porque se hizo federal,
debidas en gran parte a una mujer.
Las tales mujeres tienen el poder diabólico de hacer todo cuanto quieren, y por eso ha de
ser que los franceses dicen ce que femme veut Dieu le veut. De un federal son capaces de
hacer un unitario y viceversa, que es cuanto se puede decir. Por supuesto que de cualquiera
hacen un tonto.
La presencia de mis nuevos conocidos, la charla con ellos, la operación de mudar
caballos, hicieron más soportable la imprevista antesala que me obligaron a hacer.
Yo disimulaba mal, sin duda, mi destemplado humor, porque todos a una, los que
parecían más racionales y conocedores de los usos y costumbres de los indios, me decían: -
Tenga paciencia, señor; así es esta tierra; el General es buen hombre, lo quiere recibir en
forma.
No había más recurso que esperar hasta que se acabaran los preparativos. Aquello iba a
estar espléndido, según el tiempo que se empleaba en los arreglos. Ni la pirámide de la
plaza de la Victoria, cuando se viste de gala, gastando más en traje de lienzo y cartón que
en un forro de mármol eterno, emplea tanto tiempo en adornarse como todo un cacique de
las tribus ranquelinas.
Me daban una lección sobre el ceremonial decretado para mi recepción, cuando llegó un
indiecito muy apuesto, cargado de prendas de plata y montando un flete en regla.
Le seguía una pequeña escolta.
Era el hijo mayor de Mariano Rosas, que por orden de su padre venía a recibirme y
saludarme.
La salutación consistió en un rosario de preguntas -todas referentes a lo que ya sabemos,
al estado fisiológico de mi persona, a los caballos y novedades de la marcha.
A todo contesté políticamente, con la sonrisa en los labios y una tempestad de
impaciencia en el corazón.
Esta vez, a más de las preguntas indicadas, me hicieron otra: que cuántos hombres me
acompañaban y qué armas llevaba.
Satisfice cumplidamente la curiosidad.
Ya sabe el lector cuántos éramos al llegar a la tierra de Ramón.
El número no se había aumentado ni disminuido por fortuna; ninguna desgracia había
ocurrido. En cuanto a las armas, consistían en cuchillos, sables sin vaina entre las caronas y
cinco revólveres, de los cuales dos eran míos.
El hijo de Mariano Rosas regresó a dar cuenta de su misión. Más tarde vino otro enviado
y con él la orden de que nos moviéramos.
Una indicación de corneta se hizo oír.
Reuniéronse todos los que andaban desparramados: formamos como lo describí ayer y
nos movimos.
Ya estábamos a la vista del mismo Mariano Rosas y no podía distinguir perfectamente
los rasgos de su fisonomía, contar uno por uno los que constituían su corte pedestre, su
séquito, los grandes personajes de su tribu, ya íbamos a echar pie a tierra, cuando, ¡sorpresa
inesperada!, fuimos notificados de que aún había que esperar.
Esperamos, pues...
Habiendo esperado yo tanto; ¿por qué no han de esperar Uds. hasta mañana o pasado?
La curiosidad aumenta el placer de las cosas vedadas difíciles de conseguir.
- XXIV -
¡Qué hacer cuando no hay más remedio! Cuál era el objeto de esta otra parada. Pretensiones
de la ignorancia. Las brujas. Saludos y regocijos. Qué sucedía mientras tenía lugar el
parlamento. Agitación en el toldo de Mariano Rosas. Las brujas vieron al fin lo mismo que
el cacique. Cómo estaba formado éste. Qué es Leubucó y qué caminos parten de allí. Echo
pie a tierra. Vítores.
Hay situaciones en que una indicación, por más política que sea, tiene todo el carácter de
una orden militar.
¿Qué había de hacer, cuando con la mayor finura araucana me insinuaron que, a pesar de
hallarme ya a tiro de pistola del toldo suspirado, debía detenerme un rato más?
Claro está, conformarme.
Permanecimos a caballo, en el mismo orden de formación que llevábamos.
Aquella parada a última hora inopinada, que no había formado parte del programa
imaginario de nadie, tenía en el ceremonial de la corte de Mariano Rosas un gran
significado.
En las paradas anteriores, el objeto real había sido, unas veces, ganar tiempo hasta que
se tranquilizara la multitud, otras veces, cumplir con los deberes oficiales y sociales de la
buena crianza y cortesía.
Esta vez el Cacique mayor, los Caciques secundarios, los capitanejos, los indios de
importancia -como se estila en Tierra Adentro- querían verme un rato de cerca, antes de que
echara pie a tierra, estudiar mi fisonomía, mi mirada, mi aire, mi aspecto; asegurarse, por
ciertas razones fundamentales, de mis intenciones, leyendo en mi rostro lo que llevaba
oculto en los repliegues del corazón.
Y querían hacer esto, no sólo conmigo, sino con todos los que me acompañaban,
inclusive los dos reverendos franciscanos, santos varones, incapaces de arrancarle las alas a
una mosca.
En medio de su disimulo y malicia genial y estudiada, los salvajes y los pueblos
atrasados en civilización tiene siempre algo de candorosos.
Ellos creen cosa muy fácil engañar al extranjero.
El orgullo de la ignorancia se traduce constantemente, empezando por creer que se sabe
más que el prójimo.
La ignorancia tomada individual o colectivamente es la misma en sus manifestaciones:
falsamente orgullosa y osada.
Mariano Rosas creyó engañarme.
Estábamos al habla, con tal de esforzar un poco la voz, y siguiendo el plan conocido me
destacó un embajador.
Ni una palabra de mi lengua entendía éste.
Era calculado.
Se buscaba que sin apelación me valiera del lenguaraz hasta para contestar sí o no.
Así duraba más tiempo la exposición de mi persona y séquito; se nos examinaba
prolijamente.
Y mientras se nos examinaba, las viejas brujas, en virtud de los informes y detalles que
recibían, descifraban el horóscopo, leyendo en el porvenir, relataban mis recónditas
intenciones y conjuraban el espíritu maligno, el gualicho.
Habló el representante de Mariano Rosas.
Las coplas fueron las consabidas, con el agregado de que se alegraba tanto de verme
llegar bueno y sano a su tierra; que estaba para servirme con todos sus caciques, capitanejos
e indios, que aquél era un día grande, y que, en prueba de ello, oyese.
Al decir esto, hacían descargas con carabinas y fusiles unos cuantos cristianos
andrajosos, entre los que se distinguía un negro, especie de Rigoletto; quemaban cohetes de
la India en gran cantidad y prorrupían en alaridos de regocijo.
Yo contestaba con toda la afabilidad de un diplomático, por el órgano de mi lenguaraz,
que a su turno se dirigía a un representante que me había designado Caniupán, mi estatua
del Comendador, desde el instante en que nos movimos de Calcumuleu.
Multiplicando los dos interlocutores principales, a cual más, sus razones, so pena de
desacreditarse ante el concepto de la opinión pública, que estaba allí congregada, no había
remedio, los saludos duraban tanto como un rosario.
Después que fui saludado, cumplimentado y felicitado, me pidieron permiso para
hacerlo con los franciscanos, que por el hecho de andar a mi lado, de ver mis atenciones
con ellos y, sobre todo, porque llevaban corona, eran reputados mis segundos en jerarquía.
Concedí el permiso, y vino un diálogo como los que ya conocemos, con su
multiplicación de razones, con sus últimas sílabas prolongadas a más no poder, y en el que
resonaron con mucha frecuencia los vocablos: chao, padre; uchaimá, grande; chachao, Dios
y cuchauentrú, que también quiere decir Dios, con esta diferencia: chachao responde a la
idea de mi padre y cuchauentrú, a la del omnipotente, literalmente traducido significa
hombre grande, de cucha y uentrú.
Los franciscanos contestaron evangélicamente, ofreciendo bautizar, casar y salvar todas
las almas que quisieran recurrir al auxilio espiritual de su ministerio.
Felizmente los intérpretes no entendieron muy bien sus apostólicas razones, y no
pudieron multiplicarlas tanto como la concurrencia lo habría deseado.
En pos de los franciscanos vinieron mis oficiales, para cuyo efecto me pidieron también
la venia.
A ese paso, iban a ser interrogados, saludadas y agasajadas hasta las mulas que llevaban
las cargas.
Este artículo del ceremonial se hizo hablando uno de mis oficiales por todos, según me
lo indicó Mora.
Se redujo todo a lo sabido, razones elevadas a la quinta potencia, en medio de la mímica
oratorio más esforzada.
En tanto que estos parlamentos tenían lugar, muchos indios viejos, de extraño aspecto,
giraban en torno mío y de los míos, con aire misterioso, callados, cejijunto el rostro y como
estudiando a los recién llegados y la situación. Se iban y venían, tornaban a irse y volvían a
venir, llevándoles lenguas a las brujas, que hacían el exorcismo, y a las cuales iba el pellejo,
o la vida, si por alguna casualidad, incongruencia o nigromancia acontecía una desgracia
como enfermarse, morirse un indio o un caballo de estimación.
Las tales adivinas acaban sus días así, sacrificadas, si no tienen bastante talento,
previsión o fortuna para acertar.
A cada triquitraque las llaman y consultan.
Para ir a malón, consulta; para saber si lloverá habiendo seca, consulta; para saber de
qué está enfermo el que se muere, consulta. Y si los hechos augurados fallan, ¡adiós, pobre
bruja! su brujería no la salva de las garras de la sangrienta preocupación: muere.
No obstante, es un artículo abundante entre los indios, prueba evidente de que el
charlatanismo tiene su puesto preferente en todas partes: pronosticar el destino de la
humanidad y de las naciones, aunque la civilización moderna es más indulgente. Nosotros
mandaremos guillotinar a Mazzini, es un gritón menos de la libertad; pero a los que hacen
el milagro de la extravasación de la sangre de San Jenaro, no.
Una indiscriptible agitación reinaba en el toldo de Mariano Rosas. Indios y chinas a pie
y a caballo, iban y venían en todas direcciones. Algo extraordinario acontecía, que se
relacionaba conmigo.
Llamó mi atención.
Pregunté impaciente a Mora qué sería. No pudo satisfacerme. El mismo lo ignoraba.
Después supe que las viejas brujas habían andado medio apuradas. Sus pronósticos no
fueron buenos al principio. Yo era precursor de grandes e inevitables calamidades: gualicho
transfigurado venía conmigo.
Para salvarse había que sacrificarme, o hacer que me volviera a mi tierra con cajas
destempladas. Como se ve todas las brujas son iguales: la base de la nigromancia está en la
credulidad, en el miedo, en los instintos maravillosos, en las preocupaciones populares.
Pero Mariano Rosas no quería sacrificarme, ni que me volviera como había venido, sin
echar pie a tierra en Leubucó,
Los recalcitrantes, los viejos, los que jamás habían vivido entre los cristianos, los que no
conocían su lengua, ni sus costumbres, los que eran enemigos de todo hombre extraño, de
sangre y color que no fuera india, creían en los vaticinios de las brujas.
Pero ya lo he dicho. Mariano Rosas, que a fuer de cacique principal sabía más que todos,
no participaba de sus opiniones.
Se les previno, pues, a las brujas, que estudiasen mejor el curso del Sol, la carrera de las
nubes, el color del cielo, el vuelo de las aves, el jugo de las yerbas amargas que masticaban,
los sahumerios de bosta que hacían: porque el cacique, que veía otra cosa, quería
estrecharme la mano, y abrazarme convencido de que gualicho no andaba conmigo, de que
yo era el Coronel Mansilla en cuerpo y alma.
Mariano Rosas estaba formado en ala, frente a mí, como a unos cincuenta pasos. A su
izquierda tenía a Epumer, su hermano mayor, su general en campaña. Por un voto solemne,
aquél no se mueve jamás de su tierra, no puede invadir, ni salir a tierra de cristianos.
Después de Epumer, seguían los capitanejos Relmo Cayupán, otros más, y entre éstos
Melideo, que quiere decir cuatro ratones, de meli, cuatro, y deo, ratón.
Es costumbre entre los ranqueles ponerse nombre así, y nótese que digo nombres, no
apodos ni sobrenombres. El uno se llama como dejo dicho, el otro se llamará "cuatro ojos",
éste "cuero de tigre", aquél "cabeza de buey", y así.
Enseguida de los capitanejos, ocupaban sus puestos varios indios de importancia, luego
alguna chusma y por fin algunos cristianos de la gente de un titulado Coronel Ayala que fue
de Saa, extraviado político, pero que no es mal hombre, que me trató siempre con cariño y
consideración.
Estos cristianos estaban armados de fusil y carabina, que no brillaban por cierto de
limpios, y eran los que con gran apuro y dificultad hacían las salvas en honor mío. Ayala
los dirigía. El padre Burela, que, como se sabe, había llegado de Mendoza dos días antes
que yo, con un cargamento de bebidas y otras menudencias para el rescate de cautivos,
también andaba por allí, ocupando un puesto preferente. Jorge Macías, condiscípulo mío en
la escuela del respetable y querido señor don Juan A. de la Peña, cautivo hacía dos años,
andaba el pobre como bola sin manija.
La morada de Mariano Rosas, consistía en unos cuantos toldos diseminados y en unos
cuantos ranchos, construidos por la gente de Ayala, en un corral y varios palenques.
Leubucó es una laguna sin interés -quiere decir agua que corre, leubú, corre, y có, agua.
Queda en un descampado a orilla de una ceja de monte, en una quebrada de médanos bajos.
Los alrededores de aquel paraje son tristísimos, es lo más yermo y estéril de cuanto he
visto; una soledad ideal.
De Leubucó arrancan caminos, grandes rastrilladas por todas partes. Allí es la estación
central. Salen caminos para las tolderías de Ramón que quedan en los montes de Carrilobo;
para las tolderías de Baigorrita, situadas a la orilla de los montes de Quenque; para las
tolderías de Calfucurá en Salinas Grandes, para la Cordillera, y para las tribus araucanas.
Yo he recogido, a fuerza de maña y disimulo, muchos datos a este último respecto, que
algún día no lejano publicaré, para que el país los utilice. Y digo con maña y disimulo,
porque entre los indios, nada hay más inconveniente para un extraño, para un hombre
sospechoso, como debía serlo y lo era yo, que preguntar ciertas cosas, manifestar curiosidad
de conocer las distancias, la situación de los lugares a donde jamás han llegado los
cristianos, todo lo cual se procura mantener rodeado del misterio más completo. Un indio
no sabe nunca dónde queda el Chalileo, por ejemplo; qué distancia hay de Leubucó a
Wada. La mayor indiscreción que puede cometer un cristiano asilado es decirlo.
Me acuerdo que en el Río Cuarto, queriendo yo mantener algunos datos sobre la
población de los ranqueles, le hice cierto número de preguntas a Linconao, que tanto me
quería, delante de Achauentrú. Como aquél contestara bastante satisfactoriamente, éste, con
tono airado, le amenazó diciéndole en araucano: que cuando regresase a Tierra Adentro, le
diría a Mariano Rosas que era "un traidor que había estado hablando esas cosas conmigo",
y dirigiéndose a los demás indios circunstantes, añadió: "Uds. son testigos".
Yo, ¡qué había de entender!, lo supe por mi lenguaraz. Mora me lo dijo en voz baja
rogándome que no lo comprometiera y que no continuara el interrogatorio, que suspendí
quedando poco más enterado que antes.
Los conjuntos terminaron, el horóscopo astrológico dejó de augurar males, las águilas
no miraron ya para el sur, sino para el norte -lo que quería decir que vendría gente de
adentro para afuera, no de fuera para adentro, o en otros términos, que no habría malón de
cristianos, que nada había que temer.
La hora de recibirme había llegado.
¡Ya era tiempo!
Un enviado salió de las filas de Mariano Rosas y me dijo, siempre por intérprete:
-Manda decir el general que eche pie a tierra con sus jefes y oficiales.
-Está bien -contesté.
Y eché pie a tierra, junto conmigo los cristianos e indios que me seguían. Y a ese tiempo
se oyó un hurra atronador y un viva al Coronel Mansilla.
Yo contesté, acompañándome todo el mundo:
-¡Viva Mariano Rosas!
- ¡Viva el presidente de la República!
-¡Vivan los indios argentinos!
Había verdadero júbilo, los tiros de carabina y de fusil no cesaban, ni los cohetes, ni la
infernal gritería, golpeándose la boca abierta con la palma de la mano.
Jorge Macías vino a mí y me abrazó llorando.
Como no me habían hecho ninguna indicación, me quedé junto a mi caballo, después de
desmontarme.
Ya estaba aleccionado.
Hubo otro parlamento.
Lo volveré a repetir: no es tan fácil como se cree llegar hasta hacerle un salam-alek a
Mariano Rosas.
- XXV -
Gracias a Dios. Empieza el ceremonial. Apretones de mano y abrazos. De cómo casi hube
de reventar. Por algo me había de hacer célebre yo. ¿Qué más podían hacer los bárbaros?
Mucho me había costado llegar a Leubucó y asentar mi planta en los umbrales de la
morada de Mariano Rosas.
Pero ya estaba allí, sano y salvo, sin más pérdidas que dos caballos, sin más percances
que el susto a inmediaciones de Aillancó, a consecuencia de la extraña y fantástica
recepción del cacique Ramón.
Haber pretendido otra cosa habría sido querer cruzar el mar sin vientos ni olas; andar en
las calles de Buenos Aires en verano sin polvo, en invierno sin lodo, lavarse la cara sin
mojársela; o como dice el refrán, comer huevos sin romper cáscaras.
Me parece que tenía por qué conceptuarme afortunado, o en términos más cristianos, por
qué darle gracias al que todo lo puede, como en efecto lo hice, exclamando interiormente:
¡Loado sea Dios!
Con el caballo de la brida, esperaba indicaciones para adelantarme a saludar a Mariano
Rosas, pasando en revista los personajes que tenía al frente, aunque afectando una gran
indiferencia por cuanto me rodeaba.
Todos los bárbaros son iguales; ni les gusta confesar que no han visto antes ciertas
cosas, cuando éstas llaman su atención; ni que los que penetran sus guaridas, hallen raro lo
que en ellas ven.
En el Río Cuarto yo me solía divertir mostrándoles a los indios un reloj de sobremesa,
que tenía despertador, un barómetro, una aguja de marear óptica, un teodolito y un anteojo.
Miraban y miraban con intensa ojeada los objetos, y como quien dice: eso no llama tanto
como Ud. cree mi atención, me decían: "Allá en Tierra Adentro mucho lindo teniendo".
Un indio, que debía ser algo como paje del cacique, habló con Mariano Rosas, y
enseguida con Caniupán, mi inseparable compañero.
Este a su turno habló con Mora.
Mi lenguaraz, siguiendo la usanza, me dijo,
-Señor, dice el General Mariano que ya lo va a recibir; que quiere darle la mano y
abrazarlo; que se dé la mano con sus capitanejos y se abrace también con ellos, para que en
todo tiempo lo conozcan y lo miren como amigo, al hombre que les hace el favor de
visitarlos, poniendo en ellos tanta confianza.
Pasando por los mismos trámites, fue despachado el mensajero con un recadito muy
afectuoso y cordial.
Mora volvió a conversar con Caniupán, y me dijo después:
-Señor, dice Caniupán que ya puede adelantarse a darle la mano al General Mariano; que
haga con él y con los demás que salude, lo mismo que ellos hagan con usted.
-¿Y qué diablos van a hacer conmigo? -le pregunté.
-Nada, mi Coronel, cosa de los indios, así es en esta tierra -me contestó.
-Supongo que no será alguna barbaridad -agregué.
-No, señor; es que han de querer tratarlo con cariño; porque están muy contentos de
verlo y medio achumados -repuso.
-Pero, poco más o menos, ¿qué me van a hacer? -proseguí.
-Es que han de querer abrazarlo y cargarlo -respondió.
-Pues si no es más que eso -murmuré para mis adentros-, no hay que alarmarse, y como
cuando grita uno a los que acaudilla en un instante supremo, ¡adelante!, ¡adelante!,
¡Caballeros! -dije, mirando a mis oficiales y a los dos franciscanos, que estaban hechos
unas pascuas, sonriéndose con cuantos los miraban-, vamos a saludar a Mariano.
Avancé, me siguieron, llegamos a tiro de apretón de manos del Cacique y comenzó el
saludo.
Mariano Rosas me alargó la mano derecha, se la estreché.
Me la sacudió con fuerza, se la sacudí.
Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro izquierdo, lo abracé.
Me abrazó cruzándome los brazos por el hombro derecho, lo abracé.
Me cargó y me suspendió vigorosamente, dando un grito estentóreo; lo cargué y
suspendí, dando un grito igual.
Los concurrentes, a cada una de estas operaciones, golpeándose la boca abierta con la
mano y poniendo a prueba sus pulmones, gritaban: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaa!!!
Después que me saludé con Mariano, un indio, especie de maestro de ceremonias, me
presentó a Epumer.
Nos hicimos lo mismo que con su hermano en medio de incesantes y atronadores
¡¡¡aaaaaaaaaa!!!
Luego vino Relmo; igual escena a la anterior: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaaa!!!
En seguida Cayupán, lo mismo: ¡¡¡aaaaaaaaaaaaaa!!!
En pos de éste, Melideo cuatro ratones, indio sólido como una piedra, de regular
estatura; pero panzudo, gordo, pesado, ¿cómo quién?, como mi camarada Peña, el edecán
del Presidente.
Aquí fueron los apuros para cargarlo y suspenderlo.
Mis brazos lo abarcaban apenas; hice un esfuerzo, el amor propio de hombre forzudo
estaba comprometido, no alcanzarlo me parecía hasta desdoroso para los cristianos; redoblé
el esfuerzo y mi tentativa fue coronada por el éxito más completo, como lo probaron los
¡¡¡aaaaaaaaaaaaaa!!! dados esta vez con más ganas y prolongados más que los anteriores.
Aquello fue pasaje de comedia, casi reventé, casi se me salieron los pulmones, porque
esto de tener que dar un grito que haga estremecer la tierra al mismo tiempo que el cuerpo
se encorva, haciendo un gran esfuerzo para levantar del suelo un peso mayor que el de uno
mismo, es asunto serio del punto de vista de la fisiología orgánica, pero que más que a todo
se presta a la risa.
Imaginaos a Orión, a este querido amigo, de quien la biografía dirá algún día que tenía
la impaciencia del bien, el sentimiento delicado de la amistad, todo el talento chispeante del
porteño, y bajo la corteza de escéptico, por cierta inclinación al caricato, un corazón de oro;
imaginaos, decía, a este amigo, en un día de público recogijo, el próximo 9 de julio,
verbigracia, en la Plaza de la Victoria, muy emperifollado con sus adornos de papel, cartón,
lienzo y engrudo, subido sobre un tablado, luchando a brazo partido, en medio de las más
risueñas algazaras de una turbamulta, por cargar y levantar a nuestro cofrade Hernández, ex
redactor de "El Río de la Plata" cué, cuya obesidad globulosa toma diariamente
proporciones alarmantes para los que, como yo, le quieren, amenazando a remontarse a las
regiones etéreas o reventar como un torpedo paraguayo, sin hacer daño a nadie, imaginaos
eso, vuelvo a decir, y tendréis una idea de lo que me pasó a mí durante mi faena hercúlea
con Melideo, cumpliendo con el ceremonial establecido en la tierra donde me hallaba y con
las leyes del orgullo de raza y de religión que me prohibían cejar un punto, dar un paso
atrás, retroceder, aflojar en lo más mínimo.
¡Ah, si aquello se hubiera concluido con el abrazo de Melideo!
¡Pero qué! Después de Melideo vinieron otros y otros capitanejos; después de éstos
varios indios de importancia; por conclusión, la chusma ranquelina y cristiana.
No se oía más que la resonación producida por la repercusión de los continuados gritos
¡¡¡aaaaaaaaaaa!!!
Yo sudaba la gota gorda, mi voz estaba ronca como el eco de un gallo en frígida mañana
de julio, mis fuerzas agotadas.
Se me figuraba que la atmósfera tenía mil grados sobre cero, que no era transparente,
sino densa, como para cortarla en tajadas, pesaba sobre mí como una plancha de hierro.
No me moría de calor de cansancio, de tanto gritar, porque Alá es grande, y nos sostiene
y nos da energía física y moral cuando habemos menester de ella, ¡tal es de bueno!
Mientras yo pasaba revista de aquellos bárbaros, me acordaba del dicho de Alcibíades:
A donde fueres, haz lo que vieres, y rumiaba: ¡Te había de haber traído a visitar los
ranqueles!
Al mejor se la doy, a abrazar cuatro veces, cargar y suspender otras tantas a cualquiera,
gritando como un marrano ¡¡¡aaaaaaaaaa!!! no es cosa.
Pero cuando ese cualquiera llega a pesar nueve arrobas, tanto como Melideo; pero
cuando hay que repetir la misma operación muscular y pulmonar ochenta o cien veces, el
ejercicio es grave, y puede darle a uno títulos suficientes para ocupar algún día en el
mausoleo de la posteridad un lugar preferente entre los gladiadores o luchadores del siglo
XIX.
Por algo me había de hacer célebre yo, aunque las olas del tiempo se tragan tantas
reputaciones.
Espero, sin embargo, que en esta tierra fecunda no faltará un bardo apasionado que cual
otro don Alonso de Ercilla, cante: No las damas, no amor, no gentilezas -sino las
loncoteadas de un pobre coronel y sus franciscanos.
Asuntos más pobres y menos interesantes he visto cantados en estos últimos tiempos por
la lira de trovadores cuyos nombres no pasarán a remotos siglos, pero que son poetas, según
el diccionario de la lengua, en una de sus varias acepciones que en este momento se me
ocurre: "Cualquier titulado vate, bardo, trovador, sin méritos para ello; cualquiera que
versifica siquiera lo haga contra la voluntad de Dios y falseando las leyes del Parnaso".
Los franciscanos no fueron obligados más que a dar, la mano; lo mismo mis oficiales; lo
propio mis asistentes.
Muy cerca de una hora tardamos en abrazos, salutaciones y demás actos de cortesanía
indiana.
Con el último indio que yo saludé, abracé y cargué gritando lo más fuerte que mis
gastados pulmones lo permitieron ¡¡¡aaaaaaaaaaaaaa!!! se oyeron los postreros hurras y
vítores de la multitud, que no tardó en desparramarse montando la mayor parte a caballo,
entregándose a los regocijos ecuestres de la tierra, como carreras, rayadas, pechadas y
piruetas de toda clase, por fin.
Yo estaba orgulloso, contento de mí mismo, como si hubiera puesto una pica en
Flandes, no sólo por la energía y fortaleza de que había dado pruebas incontestables y
señaladas, sino porque ciertas frases que oía vagar por la atmósfera hacían llegar hasta mi
conciencia el convencimiento de que aquellos bárbaros admiraban por primera vez en el
hombre culto y civilizado, en el cristiano representado por mí, la potencia física, dote
natural que ellos ejercitan tanto y que tanto envidian y respetan. De vez en cuando llegaban
a mis oídos estos ecos: "Ese Coronel Mansilla muy toro; ese Coronel Mansilla cargando;
ese Coronel Mansilla lindo".
Y esto diciendo, un sinnúmero de curiosos se acercaban a mí, hasta estrecharme y no
dejarme mover del sitio. Mirábanme de arriba abajo, la cara, el cuerpo, la ropa, el puñal de
oro y plata que llevaba en el costal, mostrando su cabo cincelado, las botas granaderas, la
cadena del reloj y los perendengues que pendían de ella; todo, todo cuanto llamaba por su
hechura o color la atención. Y después de mirarme bien, me decían alargándome, la mano:
-Ese Coronel, dando la mano, amigo. -Y no sólo me daban la mano, sino me abrazaban
y me besaban, con sus bocas sucias, babosas, alcohólicas, pintadas.
Idénticas demostraciones hacían con los oficiales, con los asistentes y con los
franciscanos. Varias chinas y mujeres blancas cristianizadas, por no decir, cristianas, se
acercaban a éstos, se arrodillaban, y tomándoles los cordones les decían "La bendición, mi
Padre". De veras, aquel recogimiento, aquel respeto primitivo me enterneció. ¡Qué cosa tan
grande es la religión, cómo consuela, conforta y eleva el espíritu!
Los franciscanos dieron algunas bendiciones, y a poca costa hicieron felices a unas
cuantas ovejas descarriadas o arrebatadas a la grey.
-El contento era general, ¡qué digo!, ¡universal!
Nadie, y eso que había muchísima gente achumada, nos faltó al respeto en lo más
mínimo. Al contrario, caciques y capitanejos, indios de importancia y chusma, cristiano
asilados y cautivos, todos, todos nos trataban con la más completa finura araucana.
Francamente, nos indemnizaban con réditos de los malos ratos, hambrunas, detenciones
e impertinencias del camino.
¿Qué más podían hacer aquellos bárbaros, sino lo que hacían?
¿Les hemos enseñado algo nosotros, que revele la disposición generosa, humanitaria,
cristiana de los gobiernos que rigen los destinos sociales? Nos roban, nos cautivan, nos
incendian las poblaciones, es cierto. ¿Pero qué han de hacer, si no tienen hábito de trabajo?
¿Los primeros albores de la humanidad presentan acaso otro cuadro? ¿Qué era Roma un
día? Una gavilla de bandoleros rapaces, sanguinarios, crueles; traidores.
Y entonces, ¿qué tiene que decir nuestra decantada civilización?
Quejarnos de que los indios nos asuelen, es lo mismo que quejarnos de que los gauchos
sean ignorantes, viciosos, atrasados.
¿A quién la culpa, sino a nosotros mismos?
Pero entremos al toldo de Mariano Rosas quien antes de ofrecérmelo, me pregunté: ¿qué
quería hacer con mis caballos, si hacerlos cuidar con mi gente o que él me los haría cuidar?,
quien preguntándome si mi gente había comido, y habiéndole contestado que no, llamó a su
hijo Lincoln -por qué se llama así no sé- y le ordenó en castellano que carneara pronto una
vaca gorda.
El toldo de Mariano Rosas, como todos los toldos, tiene una enramada; descansemos en
ella hasta mañana, a fin de no alterar el método que me he propuesto seguir en el relato.
También conviene hacerlo así para que ni tú, Santiago amigo, ni el lector se hastíen -que
lo poco gusta y lo mucho cansa, aunque a este respecto pueden dividirse las opiniones
según sea el capítulo de que se trate.
¿Quién se cansa de leer a Byron, a Goethe, a Juvenal, a Tácito?
Nadie.
¿Y a mí?
Cualquiera.
- XXVI -
La enramada de Mariano Rosas. Parlamento y comida. Agasajo. Pasión de los indios por la
bebida. Qué es un YAPAÍ. Epumer, hermano mayor de Mariano Rosas. El y yo. Me
deshago de mi capa colorada. Regalos. Distribución de aguardiente. Una orgía. Miguelito.
De las dos proposiciones de Mariano Rosas sobre las bestias, opté por la primera,
teniendo presente que el ojo del amo engorda el caballo.
Llamé a Camilo Arias y le di mis órdenes; Mariano las completó con varias indicaciones
relativas al mejor pasto, al agua, a las horas de recoger y encerrar, según lo que se
dispusiera. Terminó recomendando el mayor cuidado y vigilancia de día y de noche, por los
indios ganchos ladrones, probándome con lo primero que era hombre entendido en asuntos
de campo, con lo segundo, que no es mal sastre quien conoce el paño.
Pasamos a la enramada, que quedaba unida al toldo. Este es siempre de cuero, aquélla de
paja, generalmente de chala de maíz. Otro día, cuando entremos en un toldo, veremos cómo
está construido y distribuido; hoy quedemos en la enramada, que era como todas, una
armazón de madera, con techumbre de plano horizontal. Tendría sesenta varas cuadradas.
Allí habían preparado asientos. Consistían en cueros de carneros, negros, lanudos,
grandes y aseados; dos o tres formaban el lecho, otros tantos arrollados al respaldo. Estaban
colocados en dos filas y el espacio intermedio acababa de ser barrido y regado. Una fila era
para los recién llegados, otra para el dueño de casa, sus parientes y visitas. La fila que me
designaron a mí miraba al naciente; a la derecha, en la primera hilera, veíase un asiento,
que era el mío, más elevado que los demás, con respaldo ancho y alto con dos rollos de
ponchos a derecha e izquierda, formando almohadones.
Todo estaba perfectamente bien calculado, como para sentarse con comodidad con las
piernas cruzadas a la turca, estiradas, dobladas, acostarse, reclinarse o tomar la postura que
se quisiera.
Frente a frente de mí se sentó Mariano Rosas; aunque él habla bien el castellano, lo
mismo que cualquiera de nosotros, hizo venir un lenguaraz. Convenía que todos los
circunstantes oyesen mis razones para que llevasen lenguas a sus pagos y se hiciese en
favor mío una atmósfera popular.
El parlamento comenzó como aquellos avisos de teatro del tiempo de Rosas, que decían,
después de los vivas y mueras de costumbre (¡y qué costumbre tan civilizada y fraternal!),
se representará el lindo drama romántico en verso Clotilde, o el crimen por amor,
verbigracia, que cuadraba tan bien con el introito del cartel como ponerle a un Santo Cristo
un par de pistolas.
Es decir, que en pos de las preguntas y respuestas de ordenanza: ¿Cómo está usted,
cómo le ha ido con todos sus jefes y oficiales, no ha perdido algunos caballos?, porque en
los campos sólo suceden desgracias, vinieron otras inesperadas; pero todas ellas sin interés.
Yo hablé de los caballos que me habían robado en Aillancó, del saqueo de Wenchenao a
las cargas, y lo hice con vivacidad, apostrofando a los que así me habían faltado al respeto,
pareciéndome que un tono de autoridad llamaba la atención de todos.
Haría cinco minutos que conversábamos, traduciendo el lenguaraz de Mariano sus
razones y Mora las mías, cuando trajeron de comer.
Entraron varios cautivos y cautivas -una de éstas había sido sirvienta de Rosas- trayendo
grandes y cóncavos platos de madera, hechos por los mismos indios, rebosando de carne
cocida y caldo aderezado con cebolla, ají y, harina de maíz.
Estaba excelente, caliente, suculento y cocinado con visible esmero.
Las cucharas eran de madera, de hierro, de plata; los tenedores lo mismo; los cuchillos
comunes.
Sirvieron a todos, a los recién llegados y a las visitas que me habían precedido.
A cada cual le tocó un plato como una fuente.
Mientras se comía, se charlaba.
Yo no tardé en tomar confianza; estaba como en mi casa, mejor que en ella, sin tener
que dar ejemplo a mis hijos.
Comía como un bárbaro -me acomodaba a mi gusto en el magnífico asiento de cueros y
ponchos; decía cuanto disparate se me venía a la punta de la lengua y hacía reír a los indios
ni más ni menos que Allú a la concurrencia.
Al que se me acercaba, algo le hacía -o le daba un tirón de narices, o le aplicaba un
coscorrón, o le pegaba una fuerte palmada en las posaderas.
Los más chuscos me devolvían con usura mis bromas,
Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.
licos, lleno de asado de vaca, riquísimo.
Materialmente me chupé los dedos con él, que no es lo mismo comer a manteles que en
el suelo y en Leubucó.
Después del asado nos sirvieron algarroba pisada, maíz tostado y molido, a manera de
postre: es bueno.
Trajeron agua en vasos, jarros y chambaos (es un jarrito de aspa).
Y a indicación del dueño de casa, que con impaciencia gritó varias ves: ¡trapo!, ¡trapo!
(los indios no tienen voz equivalente), unos cuantos pedazos de género de distintas clases y
colores para que nos limpiáramos la boca.
Se acabó la comida y empezó el turno de la bebida.
Este capítulo es serio, si es que después de sabias máximas, consejos oportunos y graves
reflexiones de Brillat-Savarin, puede haber algo más serio que el comer.
Aquel filósofo, inmortal en su género, tiene dos aforismos que podían parafrasearse
aquí, diciendo: Dime lo que bebes, te diré lo que eres; el destino de las naciones depende de
lo que beben.
Manuel Gascón ha de pretender a priori y a posteriori, que para él el problema está
resuelto, sosteniendo que de todas las bebidas la mejor es el agua.
Digo que esto depende de las circunstancias, como que no haya visitas, y prosigo.
Los indios beben, como todo el mundo, por la boca.
Pero ellos no beben comiendo.
Beber es un acto aparte.
Nada hay para ellos más agradable.
Por beber posponen todo.
Y así como el guerrero que se apresta a la batalla prepara sus armas, ellos, cuando se
disponen a beber, esconden las suyas.
Mientras tienen qué beber, beben, beben una hora, un día, dos días, dos meses.
Son capaces de pasárselo bebiendo hasta reventar.
Beber es olvidar, reír, gozar.
No teniendo aguardiente o vino, beben chicha o piquillín.
Esta vez estaban de fiesta con vino.
El acto está sujeto a ciertas reglas, que se observan como todas las reglas humanas, hasta
que se puede.
Se inicia con una yapaí, que es lo mismo que si dijéramos: the pleasure of a glass of
wine with you?, para que vean los de la colonia inglesa que en algo se parecen a los
ranqueles.
Pero esta invitación se diferencia algo de la nuestra.
Nosotros empezamos por llenar la copa del invitado, luego la propia, bebemos
simultáneamente, haciéndonos un saludo mas o menos risueño y cordial, espiándonos por
sobre el borde de la copa, a ver quién la apura más; y es de buena educación de estilo
clásico, no beberla toda, ni tampoco que parezca se ha aceptado el brindis por compromiso;
como que él significa: -a la salud de usted, cuando no se ha propuesto uno por la patria, por
la libertad o por el Presidente de la República.
Los indios empiezan por decir yapaí, llenando bien el tiesto en que beben, que
generalmente es un cuernito.
La persona a quien se dirigen, contesta yapaí.
Bebe primero el que invitó, hasta poder hacer lo que los franceses llaman goute en
l'ongle, es decir, hasta que no queda una gota, llena después el vaso, copa o jarro o cuernito
exactamente, como él lo bebiera, se lo pasa al contrario, y éste se lo echa al coleto diciendo
yapaí.
Si el yapaí ha sido de media cuarta, media cuarta hay que beber.
Por supuesto que no conozco nada peor visto que una persona que se excuse de beber,
diciendo: -No sé.
En un hombre tal, jamás tendrían confianza los indios.
Así como en toda comida bien dirigida, hay siempre un anfitrión que la preside, que
hace los honores, que la anima, así también en todo beberaje de indios hay uno que lleva la
palabra: es el que hace el gasto por lo común.
Esta vez, el que hacía el gasto ostensiblemente era Mariano Rosas, en realidad el Estado,
que le había dado sus dineros al padre Burela para rescatar cautivos.
Pero aunque Mariano Rosas hacía el gasto y era el dueño de la casa, Epumer, su
hermano, era el anfitrión.
Epumer es el indio más temido entre los ranqueles, por su valor, por su audacia, por su
demencia cuando está beodo.
Es un hombre como de cuarenta años, bajo, gordo, bastante blanco y rosado, ñato, de
labios gruesos y pómulos protuberantes, lujoso en el vestir, que parece tener sangre
cristiana en las venas, que ha muerto a varios indios con sus propias manos, entre ellos a un
hermano por parte de madre; que es generoso y desprendido, manso estando bueno de la
cabeza; que no estándolo le pega una puñalada al más pintado.
Con este nene tenía que habérmelas yo.
Llevaba un gran facón con vaina de plata cruzado por delante, y me miraba por debajo
del ala de un rico sombrero de paja de Guayaquil, adornado con una ancha cinta encarnada,
pintada de flores blancas.
Yo llevaba un puñal con vaina y cabo de oro y plata, sombrero gacho de castor y alta el
ala; no le quitaba los ojos al orgulloso indio, mirándole fijamente cuando me dirigía a él.
Bebíamos todos.
No se oía otra cosa que ¡yapaí, hermano!, ¡yapaí, hermano!
Mariano Rosas no aceptaba ninguna invitación, decía estar enfermo, y parecía estarlo.
Atendía a todos, haciendo llenar las botellas cuando se agotaban; amonestaba a unos,
despedía a otros cuando me incomodaban mucho con sus impertinencias; me pedía
disculpas a cada paso; en dos palabras, hacía, a su modo, y según los usos de su tierra,
perfectamente bien los honores de su casa.
Epumer no había simpatizado conmigo, y a medida que se iba caldeando, sus pullas iban
siendo más directas y agudas.
Mariano Rosas lo había notado, y se interponía constantemente entre su hermano y yo,
terciando en la conversación.
Yo le buscaba la vuelta al indio y no podía encontrársela.
A todo lo hallaba taimado y reacio.
Llegó a contestarme con tanta grosería que Mariano tuvo que pedirme lo disculpara,
haciéndome notar el estado de su cabeza.
Y sin embargo, a cada paso me decía:
-Coronel Mansilla, ¡yapaí!
-Epumer, ¡yapaí! -le contestaba yo.
Y llenábamos con vino de Mendoza los cuernos y los apurábamos.
Mis oficiales se habían visto obligados a abandonar la enramada, so pena de quedar
tendidos, tantos eran los yapaí.
Los indios, caldeados ya, apuraban las botellas, bebían sin método: -¡Vino! ¡Vino!-,
pedían para rematarse, como ellos dicen, y Mariano hacía traer más vino, y unos caían y
otros se levantaban, y unos gritaban y otros callaban, y unos reían y otros lloraban, y unos
venían y me abrazaban y me besaban, y otro me amenazaban en su lengua, diciéndome
winca engañando.
Yo me dejaba manosear y besar, acariciar en la forma que querían, empujaba hasta darlo
en tierra al que se sobrepasaba demasiado, y como el vino iba haciendo su efecto, estaba
dispuesto a todo. Pero con bastante calma para decirme:
-Es menester aullar con los lobos para que no me coman.
Mis aires, mis modales, mi disposición franca, mi paciencia, mi constante aceptar todo
yapaí que se me hacía, comenzaron a captarme simpatías.
Lo conocí y aproveché la coyuntura.
La ocasión la pintan calva.
Llevaba una capa colorada, una linda aunque malhadada capa colorada, que hice venir
de Francia, igual a la que usan los oficiales de caballería de los cuerpos argelinos indígenas.
Yo tengo cierta inclinación a lo pintoresco, y, durante mucho tiempo, no he podido
substraerme a la tentación de satisfacerla.
Y tengo la pasión de las capas, que me parece inocente, sea dicho de paso.
En el Paraguay usaba capa blanca siempre.
Hasta dormía con ella.
Mi capa era mi mujer.
Pero ¡qué caro cuestan a veces las pasiones inocentes!
Por usar capa colorada me han negado el voto en los comicios.
Por usar capa colorada me han creído colorado.
Por usar capa colorada me han creído caudillo de malas intenciones. Pero entonces,
¿cómo dicen que el hábito no hace al monje?
Decididamente, Figueroa es quien tiene razón:
"Pues el hábito hace al monje, por más que digan que no".
Me quité la histórica capa, me puse de pie, me acerqué a Epumer, y dirigiéndole
palabras amistosas, le dije.
-Tome, hermano, esta prenda, que es una de las que más quiero.
Y diciendo y haciendo, se la coloqué sobre los hombros,
El indio quedó idéntico a mí, y en la cara le conocí que mi acción le había gustado.
-Gracias, hermano -me contestó, dándome un abrazo que casi me reventó.
Vi brillar los ojos de Mariano Rosas, como cuando el relámpago de la envidia hiere el
corazón.
Tomé mi lindo puñal, y dándoselo, le dije:
-Tome, hermano; Ud. úselo en mi nombre.
Lo recibió con agrado, me dio la mano y me lo agradeció.
Mandé traer mi lazo, que era una obra maestra y se lo regalé a Relmo.
Ya estaba en vena de dar hasta la camisa.
Mandé traer mis boleadoras, que eran de marfil con abrazaderas de plata, y se las regalé
a Melideo.
Mandé traer mis dos revólveres y se los regalé a los hijos de Mariano.
Llevaba tres sombreros de los mejores, llevaba medias, pañuelos, camisas; regalé cuanto
tenía.
Y por último mandé traer un barril de aguardiente y se lo regalé a Mariano.
Mariano me dijo:
-Para que vea, hermano, cómo soy yo con los indios, delante de Ud. les voy a repartir a
todos. Yo soy así, cuanto tengo es para mis indios, ¡son tan pobres!
Vino el barril y comenzó el reparto por botellas, caldera, vasos, copas y cuernos.
En tanto que Mariano hacía la patriarcal distribución, un hombre de su confianza, un
cristiano, se acercó a mí, y a voz baja me dijo:
-Dice el General Mariano que si trae más aguardiente le guarde un poquito para él; que
esta noche cuando se quede solo piensa divertirse solo; que ahora no es propio que él lo
haga.
¿Qué te parece como se hila entre los indios?
Contesté que tenia otro barril, que repartiese todo el que acababa de recibir.
La orgía siguió; era una bacanal en regla.
Epumer comenzó a ponerse como una ascua, terrible.
Mariano quiso sacarme de allí: me negué; su hermano quería beber conmigo y yo no
quería abandonar el campo, exponiéndome a las sospechas de aquellos bárbaros.
Soy fuerte, contaba conmigo.
Si la fortuna no me ayudaba, alguna vez se acaba todo, algún día termina esta batalla de
la vida en que todo es orgullo y vanidad.
-Yapaí -me dijo Epumer, ofreciéndome un cuerno lleno de aguardiente.
-Yapaí -contesté horripilado; yo podía beber una botella de vino en una sentada, pero un
cuerno, al mejor se lo doy.
En ese instante y mientras Epumer apuraba el cuerno, una voz suave me dijo al oído:
-No tenga cuidado. Aquí estoy yo.
Di vuelta sorprendido, y me hallé con una fisonomía infantil, pero enérgica.
-Y ¿quién eres tú?
-Un cristiano. Miguelito.
- XXVII -
Pasión de Miguelito. Los hombres son iguales en todas las circunstancias de la vida.
Retrato de Miguelito. Su historia.
Miguelito había concebido por mí una de esas pasiones eléctricas que revelan la
espontaneidad del alma; que son un refugio de las grandes tribulaciones, que consuelan y
fortalecen; que no retroceden ante ningún sacrificio; que confunden al escéptico y al
creyente lo llenan de inefable satisfacción.
Cruzamos el mar tempestuoso de la vida entre la angustia y el dolor, la alegría y el
placer, entre la tristeza y el llanto, el contento y la risa; entre el desencanto y la duda, la
creencia y la fe. Y cuando más fuertes nos conceptuamos, el desaliento nos domina, y
cuando más débiles parecemos, inopinadas energías nos prestan el varonil aliento de los
héroes.
Vivimos de sorpresa en sorpresa de revelación en revelación, de victoria en victoria, de
derrota en derrota.
Somos algo más que un dualismo; somos algo de complejo, de complicado o
indescifrable.
Y sin embargo, es falso que los hombres sean mejores en la mala fortuna que en la
buena, caídos que cuando están arriba, pobres que ricos.
El avaro, nadando en la opulencia, no se cree jamás con deberes para el desvalido.
El generoso no calcula si lo superfluo de que hoy día se desprende, será mañana para él
una necesidad.
El cobarde es siempre fuerte con los débiles, débil con los fuertes.
El valiente, ni es opresor, ni se deja oprimir; puede doblarse, quebrarse jamás.
El débil busca quien le dé sombra, quien le gobierne y le dirija.
El fuerte, ampara y protege, se basta a sí mismo.
El virtuoso es modesto.
El vicioso es audaz.
Somos como Dios nos ha hecho.
Es por eso que la caridad nos prescribe el amor, la indulgencia, la generosidad.
Es por eso que la grandeza humana consiste en adherirse a lo imperfecto.
Tal hombre que yo amo, no merece mi estimación; tal otro que estimo, no es mi amigo.
La razón es la inflexible lógica.
El corazón, es la inexplicable versatilidad.
Los problemas psicológicos son insolubles.
¿De dónde brota para la planta la virtualidad de emisión?
¿De la hoja, de la celda, de los pétalos, de los estambres, de los ovarios?
Misterio...
Las fuerzas plásticas de la naturaleza son generadoras.
Quien dice biología, dice órganos productores.
Pero ¿cómo se operan los fenómenos de la vida?
Del corazón nacen los grandes afectos y los grandes odios; del corazón nacen los
pensamientos sublimes y las sublimes aberraciones; del corazón nace lo que me estremece
y me enternece, lo que me consuela y lo que me agita.
¿A impulsos de qué?
Lo que ayer embellecía mi vida, hoy me hastía; lo que ayer me daba la vida, hoy me
mata; ayer creía no poder vivir sin lo que hoy me falta, y hoy descubro en mí gérmenes
inesperados para resistir y sufrir.
Como la lámpara que se extingue, pero que no muere, así es nuestro corazón.
Nos quejamos de los demás, jamás de nosotros mismos.
¿Es que somos ingratos o severos?
¡No!
Es que no nos entendemos.
Si nos comprendiéramos no seríamos injustos, anhelando como anhelamos el bien.
There is a tide en the affairs of men.
Which, taken at the flood, leads on to fortune.
Que hay una marea en los negocios humanos que, entrando en ella cuando sube,
conduce a la fortuna.
Sea de esto lo que fuere, una cosa es innegable: que quien sabe sufrir y esperar, a todo
puede atreverse. Y si esto se negase, no me negarán esto otro: que cuando el hombre tiene
necesidad de un hombre y lo busca, le halla.
Nuestra desesperación no es frecuentemente más que el efecto de nuestra impaciencia
febril.
La solidaridad humana es un hecho tangible, en política, en economía social, en religión,
en amistad.
La vida se consume cambiando servicios por servicios. La armonía depende de este
convencimiento vulgar, que está en la conciencia de todos: hoy por ti, mañana por mí.
Es por eso que el tipo odioso por excelencia, es el de aquél que, violando la sabia ley de
la reciprocidad, se mancha enteramente con el borrón de la ingratitud.
Dante coloca a estos desgraciados en el cuarto recinto del último infierno.
A los que entran allí -Vexilla regis prodeunt inferni-, los estandartes de Satanás salen a
recibirlos y la cohorte diabólica empedra con sus cráneos la glacial morada.
¡Cuántas veces sin buscar el hombre que necesitamos, no le hallamos en nuestro
camino!
La aparición de Miguelito en el toldo de Mariano Rosas es una prueba de ello.
Yo estaba amenazado de un peligro y no lo sabía.
Miguelito me lo previno y me puse en guardia. Estar prevenido, es la mitad de la batalla
ganada.
Miguelito tiene veinticuatro años. Es lampiño, blanco como el marfil, y el sol no ha
tostado su tez; tiene ojos negros, vivos, brillantes como dos estrellas, cejas pobladas y
arqueadas, largas pestañas, frente despejada, nariz afilada, labios gruesos bien delineados,
pómulos salientes, cara redonda, negros y lacios cabellos largos, estatura regular, más bien
baja, anchas espaldas y una musculatura vigorosa.
Sus cejas revelan orgullo, sus pómulos valor, su nariz perspicacia, sus labios dulzura,
sus ojos impetuosidad, su frente resolución. Vestía bota de potro, calzoncillo cribado con
fleco, chiripá de poncho inglés listado, camisa de Crimea mordoré, tirador con botones de
plata, sombrero de paja ordinaria, guarnecido de una ancha cinta colorada: al cuello tenía
atado un pañuelo de seda amarillo pintado de varios colores; llevaba un facón con un cabo
de plata y unas boleadoras ceñidas a la cintura.
Ya he dicho que Miguelito es cristiano, me falta decir que no es cautivo ni refugiado
político.
Miguelito está entre los indios huyendo de la justicia.
A los veinticuatro años ha pasado por grandes trabajos; tiene historia, que vale la pena
de ser contada, y que contaré -antes de seguir describiendo las escenas báquicas con
Epumer-, tal cual él me la contó, noches después de haberle conocido yendo en mi campaña
de Leubucó a las tolderías del cacique Baigorrita.
Hablaré como él habló.
-Yo era pobre, señor, y mis padres también.
Mi madre vivía de su conchabo; mi padre era gallero, yo corredor de carreras.
A veces mi padre y yo juntos, otras separadamente, nos conchabábamos de peones
carreteros o para acarrear ganados de San Luis a Mendoza.
Los tres éramos nacidos y criados en el Morro, y allí vivíamos. Mi viejo era un gaucho
lindo, nadie pialaba como él ni componía gallos mejor; era joven y guapetón. No he visto
hombre más alentado. Sólo tenía el defecto de la chupa. Cuando tomaba le daba por
celarla a mi madre, que era muy trabajadora y muy buena, la pobre, que Dios la tenga en
gloria.
A más de eso, mi viejo era buen guitarrero, hombre bastante leído y escribido, pues sus
primeros patrones, que fueron muy hacendados, lo enseñaron bien.
-¿Y cómo se llamaba su padre?
-Lo mismo que yo, mi Coronel. Miguel Corro. Somos de unos Corro de la Punta de San
Luis, que allí fueron gente de posibles en tiempo de Quiroga.
Pero mi madre, mi padre y yo, como le he dicho, hemos nacido en el Morro, cerca del
cerro, en un rancho que está en un terrenito que siempre pasó por nuestro, aunque yo no sé
de quién será. Si conoce el Morro, mi Coronel, le diré dónde queda, queda hacia el ladito de
abajo de la quinta de D. Novillo, a quien cómo no ha de conocer, si es rico como Ud.
La casa estaba casi siempre sola, porque mi madre se iba por la mañana al pueblo y no
volvía de su conchabo hasta después de la cena de sus patrones.
Mi padre y yo no parábamos; él por sus gallos, yo por los caballos que tenía en
compostura.
Todos los días, tarde y mañana, tenía que caminarlos. Luego, el viejo y yo éramos
alegres y no perdíamos bailecito. Me quería mucho y siempre me buscaba para que le
acompañara; así es que yo era quien lo disculpaba y lo componía con mi madre lo que se
peleaban.
De ese modo lo pasábamos y, aunque éramos pobres, vivíamos contentos, porque jamás
nos faltaban buenos reales con qué comprar los vicios y ropa. Caballos, ¡para qué hablar!
Siempre teníamos superiores.
En la casa donde mi madre estaba acomodada, había una niña muy donosita, que yo veía
siempre que iba por allí de paso, a hablar con la vieja.
Como los dos éramos muchachos, lo que nos veíamos, nos reíamos. Yo al principio creí
que era juguete de la niña; pero después vi que me quería y le empecé a hacerle el amor,
hasta que mi madre lo supo, y me dijo que no volviera más por allí.
Le obedecí, y me puse a visitar otra muchacha, hija de un paisano amigo de mi familia,
que tenía algunos animales y muchas prendas de plata, como que era hombre de unas
manos tan baquianas para el naipe, que de cualquiera parte le sacaba a uno la carta que él
quería. Era peine como él solo. Nadie le ganaba al monte, ni al truco, ni a la primera.
La hija de la patrona de mi madre se llamaba Dolores; la otra se llamaba Regina. Esta
era buena muchacha, ¡pero de ande como aquélla!
No me acuerdo bien cuánto tiempo pasaría: debió pasar así como medio año.
Un día mi madre volvió a descubrir que yo seguía en coloquios con la Dolores, siempre
que podía, y se me enojó mucho, y aunque ya era hombrecito me amenazó.
Yo me reí de sus amenazas y seguí cortejando a la Dolores y a la Regina; porque las dos
me gustaban y me querían.
Ya Ud. sabe, mi Coronel, lo que es el hombre: cuantas ve, cuantas quiere, ¡y las mujeres
necesitan tan poco!
Yo no me acuerdo ni de lo que hice ni de lo que contesté entonces. Pero probablemente
aprobé el dicho de Miguelito y suspiré.
Miguelito prosiguió.
Otro día mi padre y mi madre me dijeron que el padre de Regina les había dicho que si
ellos querían nos casaríamos; que él me habilitaría. Que qué me parecía.
Les contesté que no tenía ganas de casarme. Mi madre se puso furiosa, y el viejo, que
nunca se enojaba conmigo, también. Mi madre me dijo que ella sabía por qué era: que me
había de costar caro, por no escuchar sus consejos; que cómo me imaginaba que la Dolores
podía ser mi mujer: que al contrario, en cuanto la familia maliciara algo, me echaría de
veterano porque: eran ricos y muy amigos del juez y del comandante militar.
Yo no escuchaba consejos ni tenía miedo a nada y seguía mis amores con la Dolores,
aunque sin conseguir que me diera el sí.
Mi madre estaba triste, decía que alguna desgracia nos iba a suceder; ya la habían
despedido de la casa de la Dolores y de todo me echaba la culpa a mí.
De repente lo pusieron preso a mi padre, y lo largaron después; enseguida me pusieron
preso a mí, nada más porque les dio la gana, lo mismo que a mi padre. Ud. ya sabe, mi
Coronel, lo que es ser pobre y andar mal con los que gobiernan.
Pero me largaron también; y al largarme me dijo el teniente de la partida, que ya sabía
que había andado maleando.
-¿Maleando cómo? -le pregunté,
-En juntas contra el Gobierno -me contestó.
¿Y de ande, mi Coronel?
Todito era purita mentira.
Lo que había era que ya me estaban haciendo la cama.
Ni mi padre ni yo nunca habíamos andado con los colorados, porque no teníamos más
opinión que nuestro trabajo y nos gustaba ser libres, y cuando se ofrecía una guardia, por no
tomar una carabina, más bien le pagábamos al Comandante, que es como se ve uno libre del
servicio; si no, es de balde.
Una tarde, ya anochecía, estábamos en el fogón todos los de casa; sentimos un tropel,
ladraron los perros y lueguito se oyó un ruido de sables.
-¿Qué será, qué no será? -decíamos.
Mi madre se echó a llorar diciéndome:
-Tú tienes la culpa de lo que va a suceder.
Ud. sabe, mi Coronel, lo que son las mujeres, y sobre todo las madres, para adivinar una
desgracia.
Parece que todo lo viesen antes de suceder, como le pasó a mi vieja aquella noche.
Porque al ratito de lo que le iba diciendo, ya llegó la partida y se apeó el que la mandaba,
haciendo que mi padre se marchara con él sin darle tiempo ni a que alzara el poncho.
Se lo llevaron en cuerpito.
Pasamos con mi madre una noche triste, muy triste, mirándonos, yo, callado y ella
llorando sentada en una sillita al lado de su cama, porque no se acostó.
Al día siguiente, en cuanto medio quiso aclarar, ensillé, monté y me fui derechito al
pueblo, a ver qué había.
Lo acusaban a mi padre de un robo.
Y decían que si no ponía personero, lo iban a mandar a la frontera.
¿Y de ande había de sacar plata para pagar personero, ni quién había de querer ir?
Me volví a mi casa bastante afligido con la noticia que le llevaba a mi madre. Pero
pensando que si me admitían por mi padre podía librarlo.
Le conté a mi madre lo que sucedía, y le dije lo que quería hacer.
Se quedó callada.
Le pregunté qué le parecía.
Siguió callada.
Se enojó mucho, me echó; me fui, volví tarde; los perros no ladraron, porque me
conocieron; llegué sin que me sintieran hasta la puerta del rancho.
La hallé hincada rezando, delante de un nicho que teníamos, que era Nuestra Señora del
Rosario.
Rezaba en voz muy baja; yo no podía oír sino el final de los Padres Nuestros y de las
Aves Marías.
Contenía el resuello para no interrumpirla, cuando oí que dijo:
"Madre mía y Señora: ruega por él y por mi hijo".
Suspiré fuerte.
Mi madre dio vuelta: yo entré en el rancho y la abracé.
No me dijo nada.
Con mi padre no se podía hablar. Estaba incomunicado.
Yo anduve unos cuantos días dando vueltas a ver si conseguía conversar con él, y al fin
lo conseguí.
Me contó lo que había.
No era nada.
Todo era por hacernos mal.
Querían que saliéramos del pago.
Empezaban con él, seguirían conmigo.
A fuerza de plata, vendiendo cuanto teníamos, logramos que lo largaran.
Para esto el juez dio en visitar a mi madre solicitándola, y yo me tuve que casar con
Regina, porque su padre fue quien más dinero nos prestó para comprar la libertad del mío.
Desde el día en que mi padre salió de la prisión -esa noche, me casé yo-, ya no hubo paz
en mi casa.
El hombre se puso tristón, no lo pasaba sino en riñas con mi madre.
Se le había puesto que la pobre había andado en tratos con el juez, por su libertad; creía
que todavía andaba.
¡Y qué había de andar, mi Coronel, si era una mujer tan santa!
Pero ya sabe Ud. lo que es un hombre desconfiado.
Mi padre lo era mucho.
-¿Y a ti cómo te iba con la Regina? -le pregunté al llegar a esta altura del relato.
-Como al diablo -me contestó.
-Pero, antes me has dicho que la querías y que te gustaba -agregué.
-Es verdad, señor, pero es que a la Dolores la quería mucho también, y me gustaba más -
repuso.
-¿Y la veías? -proseguí.
-Todas las noches, señor, y de ahí vino mi desgracia y la de toda mi familia -contestó
con amargura, envolviéndose en una nube de melancolía.
¡Pobre Miguelito!, exclamé interiormente; admirando aquella ingenuidad infantil en un
hombre cuyo brazo había estado resuelto, por simpatía hacia mí, a darle una puñalada al
tremendo y temido Epumer.
- XXVIII -
Teoría sobre el ideal. Miguelito continúa contando su historia. Cuadro de costumbres.
Toda narración sencilla, natural, sin artificios ni afectación, halla eco simpático en el
corazón.
El ideal no puede realizarse sino manteniéndonos dentro de los límites de la naturaleza.
¿O no existe, o no es verdad?
¿O no hay belleza plástica: rasgos, líneas, forma humana perfectas?
¿O no hay belleza aérea: accidentes, fenómenos fugitivos, perfección moral?
Miguelito me había cautivado.
Era como una aparición novelesca en el cuadro romántico de mi peregrinación; de la
azarosa cruzada que yo había emprendido devorado por una fiebre generosa de acción, con
una idea determinada, y digo determinada, porque siendo la capacidad del hombre limitada,
para hacer algo útil, grande o bueno, tenemos necesariamente que circunscribir nuestra
esfera de acción.
Viendo el tinte de tristeza que vagaba por su simpática fisonomía, lo dejé un rato
replegado sobre sí mismo, y cuando la nube sombría de sus recuerdos se disipó, le dije:
-Continúa, hijo, la historia de tu vida; me interesa.
Miguelito continuó.
-Yo no vivía con mis padres; ellos estaban sumamente pobres, y yo había gastado cuanto
tenía por la libertad de mi viejo. Tuve que irme a vivir con la familia de Regina.
Los primeros tiempos anduve muy bien con mi mujer.
Mis suegros me querían y me ayudaban a trabajar, prestándome dinero, me cuidaban y
me atendían.
Al principio todos los suegros son buenos. ¡Pero después!
Por eso los indios tienen razón en no tratarse con ellos.
-¿Conoce esa costumbre de aquí, mi Coronel?
-No, Miguelito. ¿Qué costumbre es ésa?
-Cuando un indio se casa, y el suegro o la suegra van a vivir con él, no se ven nunca,
aunque estén juntos. Dicen que los suegros tienen gualicho.
Fíjese lo que entre en un toldo y verá cómo cuelgan unas mantas para no verse el yerno
con la suegra.
-Vaya una costumbre, que no anda tan desencaminada -exclamé para mis adentros, y
dirigiéndome a mi interlocutor-: Continúa -le dije.
Miguelito murmuró:
-Son muy diantres estos indios, mi Coronel -y prosiguió así:
-Al poco tiempo no más de estar casado con la Regina, ya comenzó mi familia a andar
como mi padre y mi madre.
Todos los días nos peleábamos, parecíamos perros y gatos.
Y en todas las riñas que teníamos se metía mi suegro, algunas veces mi suegra, siempre
dándole la razón a la hija.
Cuando la sacaba mejor tenía que salirme de la casa, dejando que me gritasen pícaro,
calavera, pobretón.
Me daba rabia y no volvía en muchos días: me lo llevaba comadreando por ahí, y era
peor.
Así es el mundo.
De yapa, cuando volvía, como la Regina estaba mal acostumbrada, porque los padres la
aconsejaban, no quería ser mi mujer.
Me daba rabia y poco a poco le iba perdiendo el cariño.
Es verdad que como la Dolores me recibía siempre de noche, a escondidas de sus
padres, que viéndome casado nada sospechaban de nuestros amores, ya no tenía mucha
necesidad de ella.
Al hombre nunca le falta mujer, mi Coronel, como usted no ignora.
Ya ve aquí; tiene uno cuantas quiere.
Lo que suele faltar es plata.
En habiendo, compra uno todas las que puede mantener. Mariano Rosas tiene cinco
ahora, y antes ha tenido siete. Calfucará tiene veinte. ¡Qué indio bárbaro!
-¿Y tú, cuántas tienes?
-Yo no tengo ninguna, porque no hay necesidad.
-¿Cómo es eso?
-Sí; aquí la mujer soltera hace lo que quiere.
Ya verá lo que dice Mariano de las chinas y cautivas, de sus mismas hijas. ¿Y por qué
cree entonces que a los cristianos les gusta tanto esta tierra? Por algo había de ser, pues.
Me quedé pensando en las seducciones de la barbarie; y como había tiempo para
enterarme de ellas y quería conocer el fin de la historia empezada, le dije:
-¿Y te arreglaste al fin con tus suegros y con tu mujer propia?
-Me arreglaba y me desarreglaba. Unos tiempos andábamos mesturados; otros, yo por
un lado, ellos por otro.
Por último, Regina se había puesto muy celosa; porque, no sé cómo, supo mis cosas con
la Dolores.
Hasta me amenazó una vez con que me había de delatar.
Aquello era una madeja que no se podía desenredar y a más habían dado en la tandita de
hablar mal de mi madre, de modo que yo los oyera. Decían que ella era mi tapadera y yo la
del juez.
Una noche casi me desgracié con mi suegro.
Si no es por Regina, le meto el alfajor hasta el cabo, por mal hablado.
Era una picardía: porque mi madre, mi Coronel, era mujer de ley.
Trabajaba como un macho todo el día, y rezar era su vida.
Como sucede siempre en las familias, nos compusimos. Pero de los labios para afuera.
Adentro había otra cosa.
Yo prudenciaba, porque mi madre me decía siempre:
-Tené paciencia, hijo.
-¿Y la Dolores? -le pregunté.
-Siempre la veía, mi Coronel -me contestó.
-¿Y cómo hacías?
-Ahorita le voy a contar, y verá todas las desgracias que me sucedieron.
Yo iba casi todas las noches obscuras a casa de la Dolores.
Saltaba la tapia y me escondía entre los árboles de la huerta, y allí esperaba hasta que
ella venía.
Mi caballo lo dejaba maneado del lado de afuera.
Cuando la Dolores venía, porque no siempre podía hacerlo, nos quedábamos un largo
rato en amor y compañía, y luego me volvía a mi casa.
Un día mi madre me dijo:
-Hijo, ya no lo puedo sufrir a tu padre; cada vez se pone peor con la chupa; todo el día
está dale que dale con el juez. Me ha dicho que si viene esta noche lo ha de matar a él y a
mí. Y yo no me atrevo a despedirlo; porque tengo miedo de que a ustedes les venga algún
perjuicio. Ya ves lo que sucedió la vez pasada. Y ahora con las bullas que andan, se han de
agarrar de cualquier cosa para hacerlos veteranos.
Con esta conversación me fui muy pensativo a ver a la Dolores.
Estuvimos como siempre, desechando penas.
Nos despedimos, salté la tapia, desmanié mi flete, monté, le solté la rienda y tomó el
camino de la querencia al trotecito.
Yo iba pensando en mi madre diciendo: -Si le habrá sucedido algo; mejor será que vaya
para allá -cuando el caballo se paró de golpe.
El animal estaba acostumbrado a que yo me apeara en el camino a prender un cigarrito,
en un nicho en donde todas las noches ponían una vela por el alma de un difunto.
Me desmonté.
El nicho tenía una puertita.
Hacía mucho viento.
Fui a abrirla antes de haber armado el cigarro y se me ocurrió que si se apagaba la luz,
no lo podría encender.
La dejé cerrada hasta armar bien.
Acabé de hacerlo, abrí la puerta y teniendo el caballo de la rienda con una mano y
empinándome porque el nicho estaba en una peña alta encendía el cigarro con la derecha
cuando, zas, tras, me pegaron un bofetón.
Solté la rienda, el caballo con el ruido se espantó y disparó; yo creí que era el alma del
difunto, que no quería que encendiera el cigarro en su vela; me helé de miedo y eché a
correr asustado, sin saber lo que me pasaba, sin ocurrírseme de pronto que no era un
bofetón lo que había recibido, sino un portazo dado por el viento.
Corría despavorido y había enderezado mal. En lugar de correr para mi casa, que
quedaba en las orillas, corría para el pueblo. La noche estaba como boca de lobo. Se me
figuraba que me corrían de atrás y de adelante. De todos lados oía ruido; nunca me he
asustado más fiero; mi Coronel.
Al llegar a las calles del pueblo, la sangre se me iba calentando; y veía claro en la
obscuridad y oía bien.
Muchas voces gritaban:
-¡Por allí!, ¡por allí!
-¡Cáiganle!, ¡dénle!
Al doblar una cuadra me topé con unos cuantos, que no tuve tiempo de reconocer.
Hice alto.
-¿Quién es usted? -me preguntaron.
-Miguel Corro -contesté.
-¡Maten!, ¡maten! -gritaron.
Hicieron fuego de carabina, me dieron sablazos y caí tendido en un charco de sangre.
Por suerte no me pegaron ningún balazo. De no, ahí quedo para toda la siega,
Y esto diciendo, Miguelito cayó en una especie de sopor, del que volvió luego.
-¿Y...? -le dije.
-Al día siguiente -prosiguió- me desperté en el cuerpo de la guardia de la partida. No
podía ver bien, porque la sangre cuajada me tapaba los ojos. Quise levantarme y no pude.
Me limpié la cara, poco a poco fui viendo luz. Me habían puesto en el cepo del pescuezo
y de los pies. Ya sabe cómo son los de la partida de policía, mi Coronel: los más pícaros de
todos los pícaros y los más malos.
Todo ese día no vi a nadie ni oí más que ruido de gente que entraba y salía. Estarían
tomando declaraciones.
A la noche entró una partida y me tiró una tumba de carne. No tuve aliento para
comerla. Me estaba yendo en sangre.
Como tenía las manos libres, me rompí la camisa, hice unas tiras y medio me até las
heridas, que eran en la cabeza y en la caja del cuerpo. Estaba cerca de un rincón y alcancé a
sacar unas telas de araña. ¡Quién sabe de no cómo me va!
Pasé una noche malísima; ¡cuándo no me despertaban los dolores, me despertaban los
ratones o los murciélagos! ¡Qué haber de bichos, mi Coronel! Los ratones me comían las
botas y los murciélagos me chupaban los cuajarones de sangre.
Al otro día, reciencito, me sacaron del cepo, y me llevaron entre dos a donde estaba el
juez.
Me preguntaron que cómo me llamaba, que cuántos años tenía y otras cosas más.
Me preguntaron que de dónde venía la noche que me aprendieron, y por no
comprometer a la Dolores eché una mentira. Dije que de casa de mi madre. Fue para
perjuicio.
Se me olvidaba decírle que el juez no era el que yo conocía, el que visitaba a mi madre,
causante de tantos males en mi casa, sino otro sujeto del Morro.
Ese día no me preguntaron más. Al otro me tomaron otras declaraciones, y al otro, otras,
y así me tuvieron una porción de tiempo, incomunicado, dándome a mediodía una tumba de
carne y un guámparo de agua.
Yo estaba medio loco, nada sabía de mi madre, ni de mi padre, ni de mi mujer, ni de la
Dolores. Creía que no se acordaban de mí y me daban ganas de ahorcarme con la faja.
Por fin, una noche escuché una conversación del centinela con no sé quién, y supe que
yo había muerto al juez. Así decían. Y decían también que si no me fusilaban, me
destinarían. Yo no, entendía nada de aquel barullo.
Un día, el soldado de la partida que me daba de comer y beber, me hizo una seña, como
diciéndome: tengo algo que decirle.
Le contesté con la cabeza, como diciendo: ya entiendo.
Más tarde entró y me dijo: -Manda decir la hija de don... que si necesita dinero que le
avise.
Temiendo que fuera alguna jugada que me quisieran hacer, contesté: -Dele las gracias,
amigo.
Y cuando el policía se iba a ir, le dije: -Me hace un favor, paisano: ¿me dice por qué
estoy preso?
-Eso lo sabrá usted mejor que yo.
-¿Sabe Ud. si está en su casa mi padre, Miguel Corro?
-Sí, está.
-¿Y mi madre?
-También.
-¿Y dónde lo han muerto al juez?
-Cerca de la casa de usted, pues. ¿Para qué quiere hacerse el que no sabe? ¡No ve que ya
está todo descubierto!
Me quedé confuso, no le pregunté nada más, y el hombre se fue.
A los pocos días me pusieron comunicado.
Mi madre fue la primera persona que vi. ¡No le decía, mi Coronel, que era una santa
mujer!
Por ella supe lo que había. Llorando me lo contó todo. ¡Pobrecita! Mi padre había
muerto, de celos, al juez. Pero nadie sino ella lo había visto. Y a mí me creían el asesino,
porque me habían hallado corriendo a pie, por las calles del pueblo, a deshoras.
Mi vieja estaba muy afligida. Decía que decían, que me iban a fusilar y que eso no podía
ser, que yo qué culpa tenía.
Yo le dije:
-Mi madrecita, yo quiero salvar a mi padre.
Ella lloraba...
En ese momento entró uno de la partida y dijo:
-Ya es hora de retirarse. Se va a entrar el sol.
Nos abrazamos, nos besamos, lloramos; mi vieja se fue y yo me quedé triste como un
día sin sol.
Me prometió volver al día siguiente, a ver qué se nos ocurría.
Esto dijo Miguelito, y como quien tiene necesidad de respirar con expansión para
proseguir, suspiró... lágrimas de ternura arrasaron sus ojos.
Me enterneció.
- XXIX -
El gaucho es un producto peculiar de la tierra argentina. Monomanía de la imitación.
Continuación da la historia de Miguelito. Cuadro de costumbres. ¿Qué es filosofar?
Cada zona, cada clima, cada tierra, da sus frutos especiales. Ni la ciencia, ni el arte,
inteligentemente aplicados por el ingenio humano, alcanzan a producir los efectos
quimiconaturales de la generación espontánea.
Las blancas y perfumadas flores del aire de las islas paranaenses; las esbeltas y verdes
palmeras de Morería; los encumbrados y robustos cedros del Líbano; los banianes de la
India, cuyos gajos cayendo hasta el suelo, toman raíces, formando vastísimas galerías de
fresco y tupido follaje, crecen en los invernáculos de los jardines zoológicos de Londres y
París. Pero ¿cómo? Mustias y sin olor aquéllas, bajas y amarillentas éstas; enanos,
raquíticos los unos; sin su esplendor tropical los otros.
Lo mismo en esa bella planta indígena, que se desarrolla del interior al exterior; que vive
de la contemplación y del éxtasis, que canta y que llora, que ama y aborrece, que muere en
el presente para poder vivir en la posteridad.
El aire libre, el ejercicio varonil del caballo, los campos abiertos como el mar, las
montañas empinadas hasta las nubes, la lucha, el combate diario, la ignorancia, la pobreza,
la privación de la dulce libertad, el respeto por la fuerza; la aspiración inconsciente de una
suerte mejor -la contemplación del panorama físico y social de esta patria-, produce un tipo
generoso, que nuestros políticos han perseguido y estigmatizado, que nuestros bardos no
han tenido el valor de cantar, sino para hacer su caricatura.
La monomanía de la imitación quiere despojarnos de todo: de nuestra fisonomía
nacional, de nuestras costumbres, de nuestra tradición.
Nos van haciendo un pueblo de zarzuela. Tenemos que hacer todos los papeles, menos
el que podemos. Se nos arguye con las instituciones, con las leyes, con los adelantos ajenos.
Y es indudable que avanzamos.
Pero ¿no habríamos avanzado más estudiando con otro criterio los problemas de nuestra
organización e inspirándonos en las necesidades reales de la tierra?
Más grandes somos por nuestros arranques geniales, que por nuestras combinaciones
frías y reflexivas.
¿Adónde vamos por ese camino?
A alguna parte, a no dudarlo.
No podemos quedarnos estacionarios, cuando hay una dinámica social que hace que el
mundo marche y que la humanidad progrese.
Pero esas corrientes que nos modelan como blanda cera, dejándonos contrahechos, ¿nos
llevan con más seguridad y más rápidamente que nuestros impulsos propios, turbulentos,
confusos, a la abundancia, a la riqueza, al respeto, a la libertad en la ley?
Yo no soy más que un simple cronista, ¡felizmente!
Me he apasionado de Miguelito, y su noble figura me arranca, a pesar mío, ciertas
reflexiones. Allí donde el suelo produce sin preparación ni ayuda un alma tan noble como
la suya, es permitido creer que nuestro barro nacional empapado en sangre de hermanos
puede servir para amasar sin liga extraña algo como un pueblo con fisonomía propia, con el
santo orgullo de sus antepasados, de sus mártires, cuyas cenizas descansan por siempre en
frías e ignoradas sepulturas.
Miguelito siguió hablando.
-Al día siguiente vino mi madre, trayéndome una olla de mazamorra, una caldera, yerba
y azúcar; hizo ella misma fuego en el suelo, calentó agua y me cebó mate.
La Dolores le había mandado una platita con la peona, diciéndole que ya sabía que
andábamos en apuros; que no tuviese vergüenza, que la ocupara si tenía alguna necesidad.
Mientras tanto, mi mujer propia no parecía. Vea, mi Coronel, lo que es casarse uno de
mala gana, por la plata, como lo hacen los ricos.
La peona de la Dolores le contó a mi madre, que la niña estaba enferma, y le dio a
entender de qué, y que yo debía ser el malhechor.
Mi vieja me echó un sermón sobre esto. Me recordó los consejos, que yo nunca quise
escuchar, porque así son siempre los hijos, y acabó diciendo redondo: "¿Y ahora cómo vas
a remedir el mal que has hecho?".
Me dio mucha vergüenza, mi Coronel, lo que mi madre me dijo; porque me lo decía
mucho mejor de lo que yo se lo voy contando y con unos ojos que relumbraban como los
botones de mi tirador. ¡Pobre mi vieja! Como ella no había hecho nunca mal a nadie, y la
había visto criarse a la Dolores, le daba lástima que se hubiese desgraciado.
-¡Siquiera no te hubieras casado! -me decía a cada rato.
Yo suspiraba, nada más se me ocurría. ¡El hombre se pone tan bruto cuando ve que ha
hecho mal!
Una caldera llenita me tomé de mate y toda la mazamorra, que estaba muy rica. Mi
madre pisaba el maíz como pocas y lo hacía lindo.
Me curó después las heridas con unos remedios que traía: eran yuyos del cerro.
Después, de un atadito sacó una camisa limpia y unos calzoncillos y me mudé.
Me armó cigarros como para toda la noche, nos sentamos enfrente uno de otro, nos
quedamos mirándonos un largo rato, y cuando estaba para irse se presentó el que le llevaba
la pluma al juez con unos papeles bajo el brazo y dos de la partida.
Le mandaron a mi madre que saliera y tuvo que irse.
El juez me leyó todas mis declaraciones y una porción de otras cosas, que no entendí
bien. Por fin me preguntó, que si confesaba que yo era el que había muerto al otro juez.
Me quedé suspenso; podían descubrir a mi padre y yo quería salvarlo.
-¿Para qué es un hijo, mi Coronel, no le parece?
-Tienes razón -le contesté.
Él prosiguió:
-No se muere más que una vez, y alguna vez ha de suceder eso.
El escribano me volvió a preguntar que qué decía. Le contesté que yo era el que había
muerto al otro.
-¿Por qué? -me dijo.
Me volví a quedar sin saber qué contestar.
El escribano me dio tiempo.
Pensando un momento, se me ocurrió decir que porque en unas carreras, siendo él
rayero, sentenció en contra mía y me hizo perder la carrera del gateado overo, que era un
pingo muy superior que yo tenía. Y era cierto, mi Coronel: fue una trampa muy fiera que
me hicieron, y desde ese día ya anduvimos mal mi padre y yo; porque la parada había sido
fuerte y perdimos tuitito cuanto teníamos.
Después me preguntó que si alguien me había acompañado a hacer la muerte, y le
contesté que no; que yo solo lo había hecho todo, que no tenían que culpar a naides.
Que qué había hecho con la plata que tenía el juez en los bolsillos.
Le dije que yo no le había tocado nada.
Cuando menos los mismos de la partida lo habían saqueado, como lo suelen hacer. Es
costumbre vieja en ellos, y después le achacan la cosa al pobre que se ha desgraciado.
No me preguntó nada más, y se fue, y me volvieron a poner incomunicado, y de esa
suerte me tuvieron una infinidad de días.
Ni con mi madre me dejaban hablar. Pero ella iba todos los días una porción de veces a
ver cuándo se podría y a llevarme qué comer.
Ya me aburría mucho de la prisión y estaba con ganas de que me despacharan pronto,
para no penar tanto; porque las heridas se habían empeorado con la humedad del cuarto, y
porque las sabandijas no me dejaban dormir ni de día ni de noche.
Aquello no era vida.
Volvió otro día el escribano y me leyó la sentencia.
Me condenaban a muerte; vea lo que es la justicia, mi Coronel. ¡Y dicen que los dotores
saben todo! ¿Y si saben todo, cómo no habían descubierto que yo no era el asesino del juez,
aunque lo hubiera confesado? ¡Y mucho que después de la partida de Caseros, no hablan
sino de la Constitución!.
Será cosa muy buena. Pero los pobres, somos siempre pobres, y el hilo se corta por lo
más delgado.
Si el juez me hubiera muerto a mí en de veras, ¿a que no lo habían mandado matar?
He visto más cosas así, mi Coronel, y eso que todavía soy muchacho.
El escribano me dejó solo.
Pasé una noche como nunca.
Yo no soy miedoso; ¡pero se me ponían unas cosas tan tristes!, ¡tan tristes! en la cabeza,
que a veces me daba miedo la muerte. Pensaba, pensaba en que si yo no moría moriría mi
padre, y eso me daba aliento. ¡El viejo había sido tan bueno y tan cariñoso conmigo! Juntos
habíamos andado trabajando, compadreando, comadreando en jugadas y en riñas. ¡Cómo
no lo había de querer, hasta perder la vida por él; la vida, que, al fin, cualquier día la rifa
uno por una calaverada o en una trifulca, en la que los pobres salen siempre mal!
¡Qué ganas de tener una guitarra tenía, mi Coronel!
En cuanto me volvieron a poner comunicado fue lo primerito que le pedí a mi madre que
llevara. Me la llevó, y cantando me lo pasaba.
Los de la partida venían a oírme todos los días, y ya se iban haciendo amigos míos. Si
hubiera querido fugarme, me fugo. Pero por no comprometerlos no lo hice. El hombre ha
de tener palabra, y ellos me decían siempre:
-No nos vayas a comprometer, amigo.
Siempre que mi vieja iba a visitarme, me lo repetían; y el centinela se retiraba y me
dejaba platicar a gusto con ella.
Mi madre no sabía nada todavía de que me hubieran sentenciado, y yo no se lo quería
decir, porque la veía muy contenta creyendo que me iban a largar, desde que nada se
descubría, y no la quería afligir.
Pero como nunca falta quien dé una mala noticia, al fin lo supo.
Se vino zumbando a preguntármelo.
¡En qué apuros me vi, mi Coronel, con aquella mujer tan buena, que me quería tanto!
Cuando le confié la verdad, lloró como una Magdalena.
Sus ojos parecían un arroyo; estuvimos lagrimeando horitas enteras. De pregunta en
pregunta me sacó que yo había confesado ser el asesino del juez, por salvar al viejo.
Y hubiera visto, mi Coronel, a una mujer que no se enojaba nunca, enojarse, no
conmigo, porque a cada momento me abrazaba y besaba diciéndome: "Mi hijito", sino con
mi padre.
-Él, él no más tiene la culpa de todo -decía-, y yo no he de consentir que te maten por él,
todito lo voy a descubrir.
Y de pronto se secó los ojos, dejó de llorar, se levantó y se quiso ir.
-¿Adónde vas, mamita? -le dije.
-A salvar a mi hijo -me contestó.
Iba a salir, la agarré de las polleras, y a la fuerza se quedó.
Le rogué muchísimo que no hiciera nada, que tuviera confianza en la Virgen del
Rosario, de la que era tan devota, que todavía podía hacer algo y salvarme.
Usted sabe, mi Coronel, lo que es la suerte de un hombre. Cuando más alegre anda, lo
friegan, y cuando más afligido está, Dios lo salva.
Yo he tenido siempre mucha confianza en Dios.
-Y has hecho bien -le dije- Dios no abandona nunca a los que creen en él.
-Así es, mi Coronel; por eso esa vez y después otras, me he salvado.
-¿Y qué hizo tu madre?
-Cedió a mis ruegos y se fue diciendo:
-Esta noche le voy a poner velas a la Virgen y ella nos ha de amparar.
Y como la Virgencita del nicho, de que antes le he hablado, mi Coronel, era muy
milagrosa, sucedió lo que mi vieja esperaba: me salvó.
Miguelito hizo una pausa.
Yo me quedé filosofando.
¡Filosofando!
Sí; filosofar es creer en Dios o reconocer que el mayor de los consuelos que tienen los
míseros mortales, es confiar su destino a la protección misteriosa, omnipotente, de la
religión.
Por eso al grito de los escépticos, yo contesto como Fenelón.
Dilatamini!
Si hay una ananké hay también quien mira, quien ve, quien protege, resguarda, ama y
salva a sus criaturas, sin interés.
Cuando me arranquéis todo, si no me arrancáis esa convicción suave, dulce, que me
consuela y me fortalece, ¿qué me habréis arrancado?
- XXX -
Mi vademécum y sus méritos. En qué se parece Orión a Roqueplán. Dónde se aprende el
mundo. Concluye la historia de Miguelito.
Quiero empezar estar carta ostentando un poco mi erudición a la violeta. Yo también
tengo mi vademécum de citas; es un tesoro como cualquier otro.
Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo he formado.
En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he impuesto
ciertas labores útiles.
De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como para poder
exclamar cualquier día: anche io son pittore.
Mi vademécum tiene, a más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy manuable y
portátil. Lo llevo en el bolsillo.
Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.
No hay cuidado de que me sorprendan con él en la mano, como a esos literatos cuyo
bufete es una especie de sanctasantórum,
¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciaros, cuando están pontificando!
¡Imprudentes!
¡Os impondríais de los misteriosos secretos!
¡Le arrancaríais a la esfinge el tremendo arcano!
¡Perderíais vuestras ilusiones!
Veríais a vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con las plumas de la
ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies, de grandes y negras uñas.
Yo no sé más que lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden
cronológico.
No es gran cosa. Pero es algo.
Hay en él todo.
Citas ad hoc, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas, cuentos, impresiones
de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres, mujeres, guerras terrestres y marítimas,
bocetos, esbozos, perfiles, siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor
que corremos, escritas en diez minutos
Si yo diera a luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el almanaque. Sería, sin
embargo, algo entretenido.
Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo:
¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el Municipal de Tebas, como lo
llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo?
¿Qué frac llevaba nuestro actual presidente cuanto se recibió del poder; en qué se parece
su cráneo insolvente de pelo a la cabeza de Sócrates?
¿En qué se parece Orión a Roqueplán? Este Orión, de quien sacando una frase de mi
vademécum -ajena por supuesto-, puede decirse: que es la personalidad porteña más
porteña, el hombre y el escritor que tiene a Buenos Aires en la sangre, o mejor dicho, una
encarnación andante y pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de
barro, no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones ha aprendido
la política, que como periodista y hombre a la moda, ha enriquecido la literatura de la tierra,
a los sastres y sombrereros; que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van a ser cosas
nuevas en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal, pero que lo
habría sido en Atenas la letrada; que conoce a todo el mundo y a quien todo el mundo
conoce; que se hace aplaudir en Ginebra, que se hace aplaudir en Córdoba la levítica,
hablando con la libertad herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la
ciudad californiana, a propósito de la fraternidad universal; que se hace aplaudir en
Gualeguaychú, disertando, en tiempos de Urquiza, sobre la justicia y los derechos
inalienables del ciudadano; que puede ser profeta en todas partes ed altri siti, menos... iba a
decir en su tierra; que no ha podido ser municipal en ella; que hoy cumple treinta y ocho
años, y a quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del hermano en las aspiraciones y
en el dolor, aunque digan que esto es traer las cosas por los cabellos.
Sí. Orión amigo, yo te deseo, y tú me entiendes, Ia fuerza de la serpiente y la prudencia
del león", como diría un Bourgeois gentil-homme, cambiando los frenos, al entrar en tu
octavo lustro frisando en la vejez, en este período de la vida en que ya no podemos tener
juicio porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
Y con esto, lector, entro en materia.
Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se entienda.
Ek te biblion kubernetes.
Yo también he estudiado griego.
Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo metió en la
cabeza.
Es una de las cosas menos malas que le debo a tu inspiración mefistofélica.
Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.
¿Acaso yo le conocía bien en 1860?
En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción del dicho anónimo:
"No se aprende el mundo en los libros".
Aquí era donde quería llegar.
Los circunloquios me han demorado en el camino.
Siento tener que desagradar a mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen gusto literario los
abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial del relato.
Sí, el mundo no se aprende en los libros, se aprende observando, estudiando los hombres
y las costumbres sociales.
Yo he aprendido más de mi tierra yendo a los indios ranqueles, que en diez años de
despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas, revistas y libros especiales.
Oyendo a los paisanos referir sus aventuras, he sabido cómo se administra justicia, cómo
se gobierna, qué piensan nuestros criollos de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.
Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas anécdotas, que parecerán
cuentos forjados para alargar estas páginas y entretener al lector.
¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!
Desgraciadamente ha pasado cual la narro, y si fija la atención un momento, es porque
es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la imaginación.
Miguelito siguió hablando así.
-Las voces que andaban era que pronto me afusilarían, porque iba a haber revolución y
me podía escapar.
¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas para la Virgen.
Día a día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que la Virgen no nos
había de abandonar en la desgracia, que ella tenía experiencia y que más de una vez había
visto milagros.
Yo no estaba afligido sino por ella.
Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía.
Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no engañan a los padres,
sobre todo a la madre.
Vea si yo pude engañar a mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.
¡Qué había de poder!
En cuanto empezó la cosa me lo conoció, y me mandó que me fuera con la música a otra
parte.
Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.
La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.
Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.
Siempre creemos que sabemos más que ellos.
Al fin nos arrepentimos.
Pero entonces ya es tarde.
-Nunca es tarde, cuando la dicha es buena -le interrumpí.
Suspiró y me contestó:
-¡Qué!, mi Coronel, hay males que no tienen remedio.
-¿Y has vuelto a saber de la Dolores? -le pregunté.
-Sí, mi Coronel -me contestó-, se lo voy a confesar porque usted es hombre bueno, por
lo que he visto y las mentas que les he oído a los muchachos que vienen con usted.
-Puede tener confianza en mí -repuse.
Y él prosiguió.
-Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me corto solo, tomo
el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el Cuadril, espero en los montes la noche.
Paso el Río Quinto, entro en Villa de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por
unos días, me voy después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un
amigo, y de noche visito a mi vieja y veo a la Dolores que viene a casa con la chiquita.
-¿Entonces tuvo una hija? -le dije.
-Sí, mi Coronel -me contestó-. ¿No le conté antes que nos habíamos desgraciado?
-¿Y a tu mujer no la sueles ver?
-¡Mi mujer! -exclamó- lo que hizo fue enredarse con un estanciero.
Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para casarse. ¡Y que se
casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!
-¿Y otros paisanos de los que están aquí, salen como tú y van a sus casas?
-El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no tienen puertas; las
descubiertas de los fortines, ya sabe uno a qué hora hacen el servicio, y luego, al frente casi
nunca salen.
Es lo más fácil cruzar el Río Quinto y la línea, y en estando a retaguardia ya está uno
seguro, porque ¿a quién le faltan amigos?
-Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.
-Por supuesto. Si aquí se sabe todo.
Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana, toman una
tropilla; llegan a la Jarilla, la dejan en el monte, y con caballo de tiro se van al Morro,
compran allí lo que quieren, ellos mismos a veces, en las tiendas de los amigos y después se
vuelven con cartas para todos.
Algunas veces suelen llegar a Renca, que ya se ve dónde queda, mi Coronel.
A medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es nuestro país; veía la
complicidad de los moradores fronterizos en las depredaciones de los indígenas y el
problema de nuestros odios, de nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones,
complicado con el problema de la seguridad de las fronteras.
Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.
Miguelito prosiguió:
-El otro día, cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado por San Luis;
vinieron con la voz de que usted y el General Arredondo estaban en la Villa de Mercedes, y
diciendo que por allí se decía que ahora sí que las paces se harían.
Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de Miguelito, le dije:
-¿Y la Dolores vive con sus padres?
-Sí, mi Coronel -me contestó-, son gente buena y rica, y cuando han visto a su hija en
desgracia no la han abandonado; la quieren mucho a mi hijita. Si algún día me puedo casar,
ellos no se han de oponer, así me lo ha dicho Dolores.
¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque la justicia me
agarraría y mucho más del modo como me escapé.
-¿Y cómo te escapaste?
-Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:
-Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han convidado para una
jornada, que se anda haciendo rogar a ver si son espías; que en cuanto esté seguro que
juegan limpio se va a meter en la cosa con la condición de que lo primero que han de hacer
es asaltar la guardia y salvarte; que de no, no se mete.
En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de ir los hombres
y mañana te diré lo que convengan.
Yo lo animo a tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que nos queda, y le
pongo velas a la Virgen para que nos ayude. Todas las noches sueño contigo y te veo libre,
y no hay duda que es un aviso de la Virgen.
-Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era quien diera el
grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto a las dos noches, y que él lo daría;
que si no venía, como había un día fijo, la daría el que fuese más capaz de gobernar la gente
que estaba apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.
Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.
Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la orilla del
pueblo, atropellaron la casa del juez, otros la Comandancia, y mi padre con algunos amigos
cargó la Policía.
Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien a los de la partida. Algunos
quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué!, los de afuera eran más. Entraron, rompieron la
puerta del cuarto en que yo estaba y me sacaron.
Cuando estuve libre, mi padre me dijo: "Dame un abrazo, hijo, yo no te he querido ver,
porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y porque no fueran a sospechar
alguna cosa".
Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos, y no era hombre
grande, todavía era joven.
Esa noche el Morro fue un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y repiques de
campanas.
Murieron algunos.
Yo lo anduve acompañando a mi padre y, evité algunas desgracias porque no soy
matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de que era salvaje; yo no lo
permití; primero me hago matar.
Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo. Uno tomaron
para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi padre, como había sido tropero,
enderezó para el Rosario. Yo, por tomar un camino tomé otro -galopé todo el santo día- y
cuando acordé me encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo
como una luz, ¡qué me habían de alcanzar¡ Fui a sujetar cerca del Río Quinto, por esos
lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted fuerzas allí, mi Coronel; me topé con
unos indios, me junté con ellos, me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, o
usted, me saquen de aquí, mi Coronel.
-¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes? -le pregunté.
-Murió del cólera -me contestó con amargura, exclamando-: ¡pobre viejo!, ¡era tan
chupador!
Y con esto termina la historia real de Miguelito, que mutatis mutandis, es la de muchos
cristianos que han ido a buscar un asilo entre los indios.
Ese es nuestro país.
Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.
Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres y halagos de
la civilización, teatros, jardines, paseos, palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas,
una agitación vertiginosa -en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias, fétidas, que
no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro, sembrado de estrellas relucientes, en
las que yo me ahogo, echando de menos mi caballo.
Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el proletario en la
ignorancia y en la estupidez.
La iglesia, la escuela, ¿dónde están?
Aquí, el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.
Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.
Aquí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso, por el egoísmo.
Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de promisión, por el
egoísmo también.
Tesis y antítesis de la vida de una república.
Eso dicen que es gobernar y administrar.
¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo inmigración!
Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos, miserables, cuyo
único consuelo es el de la palabra del Verbo: creced y multiplicaos.
- XXXI -
Ojeada retrospectiva. El valor a medianoche es el valor por excelencia. Miedo a los perros.
Cuento al caso. Qué es LONCOTEAR. Sigue la orgía. Epumer se cree insultado por mí.
Una serenata.
Estábamos en el toldo de Mariano Rosas cuando conocí por primera vez a Miguelito.
La orgía había comenzado:
Este chilla, algunos lloran,
Y otros a beber empiezan,
De la chusma toda al cabo
La embriaguez se enseñorea.
Los franciscanos, comprendiendo que aquello no rezaba con ellos, se pusieron en
retirada, refugiándose en el rancho de Ayala; los oficiales se habían colocado a distancia de
poder acudir en auxilio mío si era necesario; los asistentes rondaban la enramada con
disimulo; Camilo Arias, con su aire taciturno, se me aparecía de vez en cuando como una
sombra, diciéndome de lejos con su mirada ardiente, expresiva, penetrante: por aquí ando
yo.
Por bien templado que tengamos el corazón, es indudable que el silencio, la soledad, el
aislamiento y el abandono hacen crecer el peligro en la medrosa imaginación.
Es por eso que el valor a medianoche es el valor por excelencia.
Las tinieblas tienen un no sé qué de solemne, que suele helar la sangre en las venas hasta
congelarla.
Yo no creo que exista en el mundo un solo hombre que no haya tenido miedo alguna vez
de noche.
De día, en medio del bullicio, ante testigos, sobre todo ante mujeres, todo el mundo es
valiente, o se domina lo bastante para ocultar su miedo.
Yo he dicho por eso alguna vez: el valor es cuestión de público.
El hombre que en presencia de una dama hace acto de irresolución puede sacar patente
de cobarde.
Yo tengo un miedo cerval a los perros, son mi pesadilla; por donde hay, no digo perros,
un perro, yo no paso por el oro del mundo, si voy solo, no lo puedo remediar, es un
heroísmo superior a mí mismo.
En Rojas, cuando era capitán, tenía la costumbre de cazar.
De tarde tornaba mi escopeta y me iba por los alrededores del pueblito.
En dirección del bañado, donde los patos abundan más, había un rancho.
Inevitablemente debía pasar por allí, si quería ahorrarme un rodeo por lo menos de tres
cuartos de legua.
Pues bien. Venirme la idea de salir y asaltarme el recuerdo de un mastín que habitaba el
susodicho rancho, era todo uno.
Desde ese instante formaba la resolución valiente de medírmelas con él.
Salía de mi casa y llegaba al sitio crítico, haciendo cálculos estratégicos, meditando la
maniobra más conveniente, la actitud más imponente, exactamente como si se tratara de
una batalla en la que debiera batirme cuerpo a cuerpo.
En cuanto el can diabólico me divisaba, me conocía: estiraba la cola, se apoyaba en las
cuatro patas dobladas, quedando en posición de asalto, contraía las quijadas y mostraba dos
filas de blancos y agudos dientes.
Eso sólo bastaba para que yo embolsase mi violín. Avergonzado de mí mismo,
diciéndome interiormente: "El miedo es natural en el prudente" cambiaba de rumbo,
rehuyendo el peligro.
Un día me amonesté antes de salir, me proclamé, me palpé a ver si temblaba.
Estaba entero, me sentí hombre de empresa, y me dije. pasaré.
Salgo, marcho, avanzo y llego al Rubicón.
¡Miserable!, temblé, vacilé, luché, quise hacer de tripas corazón; pero fue en vano.
Yo no era hombre, ni soy ahora, capaz de batirme con perros.
Juro que los detesto, si no son mansos, inofensivos como ovejas, aunque sean falderos,
cuzcos o pelados.
Mi adversario, no sólo me reconoció, sino que en la cara me conoció que tenía miedo de
él.
Maquinalmente bajé la escopeta que llevaba al hombro.
Sea la sospecha de un tiro, sea lo que fuese, el perro hizo una evolución, tomó distancia
y se plantó como diciendo: descarga tu arma y después veremos.
¿Habría hecho el perro lo mismo con cualquier otro caminante?
Probablemente no.
Era manso, yo lo averigüé después.
Pero es que yo no le había caído en gracia, y que conociendo mi debilidad, se divertía
conmigo, como yo podía haberlo hecho con un muchacho.
No hay que asombrarse de esto. La memoria en los animales, a falta de otras facultades,
está sumamente desarrollada.
Cualquier caballo, mula, jumento o perro, nos aventaja en conocer el intrincado camino
por donde tenemos costumbre de andar.
Los pájaros se trasladan todos los años de un país a otro, emigrando a más o menos
distancias, según sus necesidades fisiológicas.
Ahí están las golondrinas que, después de larga ausencia, vuelven a la guarida de la
misma torre, del mismo techo, del mismo tejado, que habitaron el año anterior.
Queda de consiguiente fuera de duda que lo que el perro hacía conmigo, lo hacía a
sabiendas. ¡Pícaro perro!
Hubo un momento en que casi lo dominé. ¡Ilusión de un alma pusilánime!
Al primer amago de carga eché a correr con escopeta y todo; los ladridos no se hicieron
esperar, esto aumentó el pánico, de tal modo, que el animal ya no pensaba en mí y yo
seguía desolado por esos campos de Dios.
Y sin embargo, si yo hubiera ido en compañía de alguna dama, el muy astuto no me
corre.
Y ella habría huido.
Las mujeres tienen el don especial de hacernos hacer todo género de disparates,
inclusive el de hacernos matar.
Yo me bato con cualquier perro, aunque sea de presa, por una mujer, aunque sea vieja y
fea, si soy su cabaleiro servente.
Otro se suicida por una mujer, con pistola, navaja de barba, veneno o arrojándose de una
torre. No hay que discutirlo.
Hay héroes porque hay mujeres.
Y es mejor no pensarlo: ¿qué sería el hermoso planeta que habitamos, sin ellas?
La presencia e inmediación de los míos, el orgullo de no dejarme avasallar ni sobrepujar
por aquellos bárbaros en nada y por nada, me hacían insistir, contra las reiteradas instancias
de Mariano Rosas, en no retirarme.
Mi principal temor era embriagarme demasiado. A una loncoteada no le temía tanto.
Loncotear, llaman los indios a un juego de manos, bestial.
Es un pugilato que consiste en agarrarse dos de los cabellos y en hacer fuerza para atrás,
a ver cuál resiste más a los tirones.
Desde chiquitos se ejercitan en él.
Cuando a un indiecito le quieren hacer un cariño varonil, le tiran de las mechas, y si no
le saltan las lágrimas le hacen este elogio: ese toro.
El toro es para los indios el prototipo de la fuerza y del valor. El que es toro, entre ellos,
es un nene de cuenta.
¡Los "yapaí, hermano" no cesaban!
Epumer la había emprendido conmigo, y un indiecito Caiomuta, que jamás quiso darme
la mano, so pretexto de que yo iba de mala fe: ¡Winca engañando!, salía constantemente de
sus labios.
El vino y el aguardiente corrían como agua, derramados por la trémula mano de los
beodos, que ya rugían como fieras, ya lloraban, ya cantaban, ya caían como piedras,
roncando al punto o trasbocando, como atacados de cólera.
Aquello daba más asco que miedo.
Todos me trataban con respeto, menos Epumer y Caiomuta.
Tambaleaban de embriaguez.
Epumer llevaba de vez en cuando la mano derecha al cabo de su refulgente facón, y me
miraba con torvo ceño.
Miguelito me decía:
-No se descuide por delante, mi Coronel, aquí estoy yo por detrás.
Cuando rehusaba un yapaí, gruñían como perros, la cólera se pintaba en sus caras
vinosas y murmuraban iracundas palabras que yo no podía entender.
Miguelito me decía:
-Se enojan porque usted no bebe, mi Coronel; dicen que no lo hace por no descubrir sus
secretos con la chupa.
Yo entonces me dirigía a algunos de los presentes y lo invitaba, diciéndole:
-Yapaí, hermano -y apuraba el cuerno o el vaso.
Una algazara estrepitosa, producida por medio de golpes dados en la boca abierta, con la
palma de la mamo, estallaba incontinenti.
¡¡Babababababababababababababababababa!!
Resonaba, ahogándose los últimos ecos en la garganta de aquellos sapos, gritones.
Mientras el licor no se acabara, la saturnal duraría.
La tarde venía.
Yo no quería que me sorprendiera la noche entre aquella chusma hedionda, cuyo cuerpo
contaminado por el uso de la carne de yegua, exhalaba nauseabundos efluvios; regoldaba a
todo trapo, cada eructo parecía el de un cochino cebado con ajos y cebollas.
En donde hay indios, hay olor a azafétida.
Intenté levantarme del suelo para retirarme a la sordina, viendo que la mayoría de los
concurrentes estaba ya achumada.
Epumer me lo impidió.
¡Yapaí! ¡Yapaí!, me dijo.
¡Yapai! ¡Yapai!, contesté.
Y uno después de otro cumplimos con el deber de la etiqueta.
El cuerno que se bebió él tenía la capacidad de una cuarta.
Una dosis semejante de aguardiente era como para voltear a un elefante, si estos
cuadrúpedos fuesen aficionados al trago.
Medio perdió la cabeza.
Al llevar yo el mío a los labios me santigüé con la imaginación como diciendo: Dios me
ampare.
Jamás probé brebaje igual. Vi estrellas, sombras de todos colores, un mosaico de tintes
tornasolados, como cuando por efecto de un dolor agudo apretamos los párpados y cerrando
herméticamente los ojos la retina ve visiones informes.
Al enderezarse Epumer, yo no sé qué chuscada le dije.
El indio se puso furioso; quiso venírseme a las manos.
Mariano Rosas y otros le sujetaron; me pidieron encarecidamente que me retirara.
Me negué; insistieron, me negué, me negué tenazmente.
Me hicieron presente que cuando se caldeaba, se ponía fuera de sí, que era mal
intencionado.
-No hay cuidado -fue toda mi contestación.
El indio pugnaba por desasirse de los que le tenían; quería abalanzarse sobre mí, su
mano estaba pegada al facón.
Pataleaba, rugía, apoyaba los talones en el suelo, endurecía el cuerpo y se enderezaba
como galvanizado.
Sus ojos me seguían, los míos no le dejaban.
En uno de los esfuerzos que hizo sacó el facón.
Era una daga acerada de dos filos, con cruz y cabo de plata; y en un vaivén llegó a
ponerse casi sobre mí.
-Cuidado, mi Coronel -me dijo Miguelito interponiéndose, y hablándole al salvaje en su
lengua con acento dulcísimo.
-¡Cuidado! -gritaron varios.
-Yo, afectando una tranquilidad que dejase bien puesto el honor de mi sangre y de mi
raza:
-No hay cuidado -contesté.
El esfuerzo convulsivo supremo, hecho por el indio, agotó el resto de sus fuerzas
hercúleas enervadas por los humos alcohólicos.
Los que le sujetaban, sintiéndole desfallecer, abandonaron el cuerpo a su propia
gravedad; cumplíase la inmutable ley:
E caddi, come corpo morto cade!
Cesó la agitación.
Queriendo saber qué causa, qué motivo, qué palabras mías pusieran fuera de sí a mi
contendor, pregunté:
-¿Por qué se ha enojado?
-Porque usted le ha llamado perro -dijo uno.
-Es falso -dijo Miguelito en araucano-, el Coronel habló de perros; pero no dijo que
Epumer fuera perro.
Nadie respondió.
Efectivamente, en la broma que intenté hacerle a Epumer, por ver si lo arrancaba a sus
malos pensamientos, no sé cómo interpolé el vocablo perro.
Para los indios, como para los árabes, no había habido insulto mayor que llamarles
perro.
Epumer me entendió mal y se creyó ofendido.
De ahí su rapto de furia.
La noche batía sus pardas alas; los indios ebrios roncaban, vomitaban, se revolvían por
el suelo, hechos un montón, apoyando éste sus sucios pies en la boca de aquél; el uno su
panza sobre la cara del otro.
Varias chinas y cautivas trajeron cueros de carnero y les hicieron cabeceras, poniéndolos
en posturas cómodas.
Otros se quedaron murmurando con indescriptible e inefable fruición báquica.
Mariano Rosas me hizo decir con su hombre de confianza, que si quería darle el resto de
aguardiente que le había reservado.
-De mil amores -contesté; y aprovechando la coyuntura que se me presentaba de
abandonar el campo de mis proezas, salí de la enramada y me dirigí al ranchito en que se
habían alojado mis oficiales.
Entregué el aguardiente.
Me tendí cansado, como si hubiera subido con un quintal en las espaldas a la cumbre del
Vesubio.
¿En qué me tendí?
Sobre un cuero de potro; era el colchón de una mala cama improvisada con palos
desiguales y nudosos.
El sueño no tardó en llevarme al mundo de la tranquilidad pasajera.
Gozaba, cuando una serenata me despertó.
Era un negro, tocador de acordeón, una especie de Orfeo de la pampa
Tuve que resignarme a mi estrella, que levantarme y escuchar un cielito cantado en
honor mío.
¡Qué mal rato me dio el tal negro después!
- XXXII -
El negro del acordeón y la música. Reflexiones sobre el criterio vulgar. Sueño fantástico.
Lucius Victorius Imperator. Un mensajero nocturno de Mariano Rosas. Se reanuda el sueño
fantástico. Mi entrada triunfal en Salinas Grandes. La realidad. Un huésped a quien no le es
permitido dormir.
El negro no tardó en irse con la música a otra parte. Bendije al cielo. Como poeta
festivo, como payador, no podía rivalizar con Aniceto el Gallo ni con Anastasio el Pollo.
Ni siquiera era un artista en acordeón.
Yo tengo, por otra parte, poco desarrollado el órgano frenológico de los tonos, pudiendo
decir, como Voltaire: La musique c'est de tous les tapages le plus supportable.
Es una fatalidad como cualquier otra, que me priva de un placer inocente más en la vida.
Te contaría a este respecto algo muy curioso, un triunfo de la frenología, o en otros
términos, la historia de mis padecimientos infantiles por la guitarra. Y te la contaría a pesar
del natural temor de que me creyesen más malo de lo que soy; porque tengo la desgracia de
ser insensible a la armonía.
Tú sabes, que según las reglas del criterio vulgar, no puede ser bueno quien no ama la
música, las flores, aunque ame muchas otras cosas que embriagan y deleitan más que ellas.
Hay gentes que de buena fe creen que el sentimiento estético o del arte es inseparable de
los hombres de corazón.
Tal persona que ama con locura la música, es, sin embargo, incapaz de un acto de
generosidad.
Tal otra que gastaría cien mil pesos en un auténtico Rubens, no haría un sacrificio por el
amigo más querido.
Esas gentes viven acariciando dulces errores, lo mismo que los que subordinan la moral
al sentimiento, y hay que dejar a cada loco con su tema.
Pero semejante página sería demasiado íntima para agregarla aquí.
Me resigno, pues, a suprimirla, sustrayéndome a la tentación de una confidencia
personal ajena al asunto jefe.
Apenas me vi libre de quien inhumanamente me había arrancado de los brazos de
Morfeo, volví a tenderme en mi duro y sinuoso lecho.
Poco tardé en dormirme profundamente.
Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del desierto; que los
aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la civilización, habían depuesto sus
armas; que se habían reconcentrado formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían
arraigado sus cimientos en aquellas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio
ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole sus frutos óptimos a
la tierra, regada con fecundo sudor, producía abundantes cosechas; que el estrépito de los
malones invasores había cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en
multiplicarse y crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar, para
tener una vejez tranquila y legarles a sus hijos un patrimonio pingüe; que yo era el patriarca
respetado y venerado, el benefactor de todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento
de mi obra útil y buena, humanitaria y cristiana, me concitaba a una mala acción, a dar mi
golpe de Estado.
¡Mortal!, me decía, aprovecha los días fugaces.
¡No seas necio, piensa en ti, no en la Patria!
La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda. ¿No tienes
mujer e hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te quieren y respetan estos
rebaños humanos?
Pues bien.
¿No tienes poder, no eres de carne y hueso, no amas el placer?
Pues bien.
Apártate de ese camino, ¡insensato!, ¡imprevisor, loco! ¡Escucha la palabra de la
experiencia, hazte proclamar y coronar emperador! Imita a Aurelio. Tienes un nombre
romano. Lucius Victorius Imperator sonará bien al oído de la multitud.
Yo escuchaba con cierto placer mezclado de desconfianza las amonestaciones
tentadoras; ideaba ya si el trono en que me había de sentar, la diadema que había de ceñir y
el cetro que había de empuñar, cuando subiera al capitolio, serían de oro macizo o de cuero
de potro y madera de caldén, cuando una voz que reconocí entre sueños llamó a mi puerta
diciendo:
-¡Coronel Mansilla!
No contesté de pronto. Reconocí la voz, la había oído hacía poco; pero no estaba del
todo despierto.
-¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla! -volvieron a decir.
Reinaba una profunda obscuridad en el desmantelado rancho donde me había
hospedado; mis oficiales roncaban, como hombres sin penas; un ruido tumultuoso, sordo,
llegaba confusamente hasta la nocturna morada. Me senté en la cama y paré la oreja, a ver
si volvían a llamar, fijando la vista en un resquicio de la puerta, que era un cuero de vaca
colgado.
-¡Coronel Mansilla! -volvieron a decir.
Al fulgor de la luz estelar, columbré una cabeza negra, motosa, y entre dos fajas rojas,
resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el turgente seno de una hermosa, dos filas
de ebúrneos dientes.
Era el negro del acordeón.
Para serenatas estaba yo.
Me hizo el efecto de Mefistófoles.
-¡Vade retro, Satanás! -le grité.
No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro a esas horas y al lado del toldo de Mariano Rosas!
-Mi Coronel Mansilla -fue su contestación.
-Vete al diablo -repliqué.
-Me manda el General Mariano.
-¿Y qué quiere?
-Manda decir, que ¿cómo le ha ido a su merced de viaje; que si no ha perdido algunos
caballos; que cómo ha pasado la noche; que si ha dormido bien?
Me pareció una burla.
Me quedé perplejo un instante, y luego contesté.
-Dile que de viaje me ha ido bien; que a caballos, Wenchenao me ha robado dos, que es
un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y cómo he dormido, -es menester que
me dejen descansar y que amanezca.
Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una línea mixta con el cuerpo de
manera que el hueso del cuadril y los hombros coincidieran con los hoyos de mi escabroso
lecho.
La cara desapareció.
Hacía frío, helaba en los primeros días de abril, tenía pocas cobijas, no era fácil conciliar
el sueño bajo tales auspicios; tanteando en las tinieblas cogí la punta de algo que debía ser
jerga o poncho, tiré y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo
fangoso, despojé a un prójimo de una de sus pilchas.
Me la eché encima, me envolví, me acurruqué bien, me tapé hasta las narices y comencé
a resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie de válvula para que saliera el aliento
condensado y crecieran los grados de la temperatura que circundaba mi transida
humanidad.
Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Así no más no se
evaporan. Veía como envuelta en una bruma rojiza la visión de la gloria.
El espíritu maligno se cernía sobre ella.
Yo era emperador de los ranqueles.
Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes.
Las tribus de Calfucurá me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por
las cien leguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal.
Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia cordillera de los
Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano empuñada una pluma deforme de
ganso, cuyas aristas brillaban como mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de
fuego, que era necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar a descifrar que
decían: mené, thekel, phare. Con la otra blandía una espada de inconmensurable largor,
cuya hoja de bruñido acero resplandecía como meteoro, centelleando en ella diamantinas
letras que era menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían: In hoc
signo vinces. Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones, capaz
de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio eterno de un Faraón,
desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas de yeguas chúcaras, una carreta tucumana,
cubierta de penachos, de crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alza un
dosel de pieles de carnero.
En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo! Manejaba la
ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía fin, al grito infernal de: ¡pape satán!
¡pape satán alepe! Mi traje consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban
las mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo, y, por fin, la cabeza con
sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente a manera de antiguo capacete.
La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para todos, menos para mí,
quería ponerme una paja. Yo le miraba como diciéndole: basta de atavíos, y él vacilaba y
me seguía sin saber qué hacer.
Una escolta formada en zigzags, me precedía, cubriéndome la retaguardia. Indígenas de
todas las castas australes se veían allí: ranqueles, puelches, pehuenches, piscunches,
patagones y araucanos. Los unos iban en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos
en guanacos, aquéllos en avestruces, muchos a pie, varios montados en cañas, infinitos en
alados cóndores.
Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, a lo gaucho, a la francesa, a la inglesa,
a lo Adán los más. Cantaban un himno marcial al son de unas flautas de cañuto de grueso
carrizo, y las palabras Lucius Victorius Imperator, resonaban con fragor en medio de
repetidas ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!
Nuevo Baltasar, yo marchaba a la conquista de una ciudad poderosa, contra el dictamen
de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás victorioso jamás; porque sus calles
están empedradas con enormes monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible
que pase tu carreta.
Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de mis expertos
monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas gentes sencillas, había superado
ya algunos obstáculos de mi vida; ¿por qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer
una civilización decrépita?
Por otra parte, yo había nacido en esa egregia ciudad y ella iba a enorgullecerse de
verme llegar a sus puertas, no como Aníbal a las de Roma, sino cual otro valiente Camilo.
Por aquí iba, medio despierto, medio dormido, cuando volvieron a hacerme sentar en la
cama, llamando a mi puerta.
-¡Coronel Mansilla!
-¿Qué hay? -pregunté.
El malhadado negro contestó:
-Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche?
-Hombre, dile que mañana le contestaré.
El mensajero contestó no pude percibir qué.
Una barahúnda repentina ahogó su voz.
Volví yo a estudiar qué postura se adaptaría más a la cama que me habían deparado las
circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra vez. ¡Quimera!
Mi verdadera bestia negra había ido y vuelto.
-¡Coronel Mansilla! ¡Coronel -Mansilla! -me gritó.
-¿Qué quieres? -le contesté con mal humor, sin moverme.
-Aquí está el hijo del General.
Esto era ya más serio.
Me incorporé.
-¿Qué se ofrece, hermano? -pregunté.
-Dice mi padre que vaya -me contestó.
-¿Qué vaya, ahora?
-Sí.
Llamé a Carmen, mi fiel ministril; le pedí agua para lavarme, luz, peine, un cepillo de
dientes, todo cuanto podía ser un pretexto para demorarme y ganar tiempo, a ver si venía el
día.
Oía el ruido de la orgía nocturna, y no me hacía buen estómago la idea de tomar parte en
ella a obscuras.
Según mi costumbre en campaña, dormía vestido, desnudándome de día por la higiene y
otras yerbas.
De un salto estuve en pie.
-Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le pedí, haciendo un
viaje para cada cosa, como que tenía que revolver las alforjas para hallarlas.
Hice mi estudiosa toilette, lo más despacio que pude.
Mientras tanto, varios curiosos, ebrios a cual más, llegaron a mi puerta y estuvieron
observando.
Como tardase en salir del rancho, presentose una nueva diputación. La componían dos
hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me dijo:
-Dice mi padre, ¡qué cómo está, que cómo le va, que cómo ha pasado la noche, que
cuándo va, que está medio caldeado y tiene ganas de rematarse con vd.!
Contesté con la mayor política, agradeciendo tantas atenciones, y asegurando que no
tardaría en presentármele al General.
Tardé más en limpiarme los dientes, que en lustrar un par de botas granaderas.
El negro espiaba como perito aquella operación.
El muy pillo había sido esclavo de no recuerdo qué estanciero del sur de Buenos Aires,
soldado del General Rivas, desertor, y conocía bien los usos y costumbres de los cristianos
civilizados.
Decía que eso que yo hacía era para que nunca se me cayeran los dientes.
Los apostrofaba a los indios de ¡Uds. son muy bárbaros!, tocaba su infernal acordeón,
cantaba, bailaba al compás de él y me apuraba diciéndome de cuando en cuando: ¡Vamos,
vamos mi amo!
Al fin tuve que obedecer, y digo obedecer, porque lo que hice no fue otra cosa.
Tenía tanta gana de tomar aguardiente como de hacerme cortar una oreja.
Salí del rancho, dejando a mis compañeros dormidos como piedras. El padre Moisés
roncaba más fuerte que todos. El padre Marcos se había alojado en el rancho de Ayala.
La noche estaba fría, el día lejano aún. Las estrellas brillaban con esa luz diáfana del
invierno. El campo, cubierto por la helada, parecía salpicado de piedras finas. Un gran
fogón moribundo ardía en la enramada del Cacique. Apiñados unos sobre otros, lo
rodeaban varios montones de indios achumados. Muchos caballos ensillados estaban con la
rienda caída, inmóviles, donde los habían dejado el día antes. Mariano Rosas, con una
limeta en una mano y un cuerno en la otra se tambaleaba junto con otros entre los mansos
animales.
Armaban una algarabía, y entre yapaí y yapaí, resonaba frecuentemente el nombre del
Coronel Mansilla.
Escoltado por el negro, por los hijos de Mariano y los curiosos, llegué a donde ellos
estaban.
Al verme, hicieron lo que todos los borrachos que no han perdido completamente la
cabeza: pretendieron disimular su estado.
Mariano Rosas me echó un discurso en su lengua, que no entendí, y fue muy aplaudido.
Comprendí, sin embargo, que había hablado de mí en términos los más cariñosos, porque
mientras peroraba, varias voces dijeron: ¡Ese cristiano bueno, ese cristiano toro!
Terminó haciéndome un yapaí.
Bebió él primero, según se estila.
Apuraba el cuerno, cuando una voz muy simpática para mí, me dijo al oído.
-Aquí estoy yo, mi Coronel, no tenga cuidado; y su comadre Carmen está allí en la
enramada haciendo que duerme, para escuchar todo.
Era Miguelito.
Le estreché la mano, y tomé el cuerno lleno de licor que me pasaba Mariano.
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Entre-nos Causeries del jueves
LUCIO V. MANSILLA
ENTRE-NOS
Causeries del jueves
Libro I
Indice:
Horfandad sin hache
¿Por qué...?
Amespil
Los siete platos de arroz con leche
De cómo el hambre me hizo escritor
Anacarsis Lanús
El famoso fusilamiento del caballo
Juan Patiño
Tipos de otro tiempo
La cabeza de Washington
Notas del autor
HORFANDAD SIN HACHE
A mi amigo Eduardo Wilde
Buenos Aires dormía, supongo que como ahora, aunque era una noche de
octubre del año 1844. Quizá dormía más profundamente que ahora, o fingía
dormir, como el niño que, a la intimación de duérmase Vd. , cierra los
ojos, viendo que le apagan la luz y lo dejan a oscuras. No se oía, como
ahora, en lontananza, el ruido sordo del coche que anda Dios sabe en qué.
En aquel entonces, el silencio sepulcral de ciertas horas era sólo
interrumpido por el canto destemplado de los serenos, los cuales repetían
las horas y las medias al unísono del vetusto reloj del Cabildo, haciendo
constar si llovía o no, si el tiempo estaba, o no, sereno, y otras
circunstancias poco consoladoras, por cierto, que preferimos apartar de la
memoria y que otros preferirán más que yo, por la misma razón que
Cervantes no quería recordar el lugar de la Mancha donde había nacido su
famoso hidalgo.
Serían, así, como las tres de la mañana, cuando en una pieza, a la calle,
del viejo Hotel del Globo, que estaba entonces no donde ahora se encuentra
el nuevo, pero sí en la misma calle, entre Cangallo y Piedad, conversaban
dos personas de aquesta manera, poco más o menos:
-¿Qué diablos haces, Miguel?
-Voy a salir.
-Pero, hombre, ¿a esta hora?
-Sí... no puedo dormir; necesito tranquilizar mi conciencia.
-¡Oh!... déjate de pamplinas.
-¡Ah, Santiago, tú crees que los hombres se deshonran, sólo porque matan o
porque roban!
-Y... ¿qué hay?
-Más tarde lo sabrás; nada temas, voy a salir; espérame; nada me sucederá.
-Y esto diciendo, nuestro hombre salió, dejando no poco perplejo a su
compañero de hotel.
¿Y quiénes eran ellos? Antes de proseguir, aunque todo el mundo pueda
llamarse Santiago y Miguel.
Santiago era el padre de Santiaguito Arcos, el eximio pintor, que todos
los argentinos de algún fuste que van a París no dejan de conocer;
Santiago fue más tarde el amigo íntimo de Sarmiento, el que con él viajó
por los Estados Unidos; en una palabra, el hombre más amable, más
interesante, más alegre de la tierra (tanto que se casó dos veces) y del
cual habría podido augurarse todo, menos su triste fin: murió suicidado en
medio de un aparente ajuar de felicidad, arrojándose al Sena.
Tenía un cáncer en la lengua y consumó el acto más difícil de explicar,
porque ¿quién puede afirmar si es valor o cobardía, decirse uno y
probarlo: "yo puedo poner fin a mi existencia física", y eliminarse, en
efecto, de la estadística de los vivos para hacerse computar entre los
muertos, dejándoles a los primeros, con un tristísimo recuerdo, la
solución del eterno problema, to be or not to be ?
Y Miguel, ¿quién era?... ¿Miguel? Este Miguel a secas, era nada menos que
Miguel de los Santos Alvarez, el íntimo amigo de Espronceda, el autor de
la Protección de un Sastre , y el cual cantaba, en sus primeras mocedades,
dirigiéndose a María:
"Bueno es el mundo, ¡bueno! ¡bueno! ¡bueno!
Como de Dios, al fin, obra maestra,
Por todas partes de delicias lleno,
De que Dios ama al hombre hermosa muestra;
Salga la voz alegre de mi seno
A celebrar esta vivienda nuestra;
¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!"
Ustedes no han de tener la memoria fresca ( ustedes , es el lector).
Ustedes han de conocer más a Espronceda que a Miguel de los Santos
Alvarez; y entonces es el caso de recordar que Espronceda, refiriéndose a
él, cantaba a su vez lo que sigue, verdad indiscutible, según mi sentir:
"Bueno es el mundo, ¡bueno! ¡bueno! ¡bueno!
Ha cantado un poeta amigo mío,
Mas es fuerza mirarlo así de lleno,
El cielo, el campo, el mar, la gente, el río,
Sin entrarse jamás en pormenores
Ni detenerse a examinar despacio
Qué espinas llevan las lozanas flores,
Y el más blanco y diáfano topacio
Y la perla más fina
Manchas descubrirá si se examina."
Ya saben ustedes que Miguel de los Santos Alvarez era éste, que no podía
dormir, porque tenía un peso sobre la conciencia; que, como quien no dice
nada, se aprestaba a salir a la calle, el 6 de octubre de 1844, nada menos
que a eso de las tres de la mañana.
Pero lo que no saben, y lo que probablemente sabrán de alguna otra charla,
es el por qué estos dos personajes, Santiago y Miguel, encontrábanse en
Buenos Aires, en una época en la que la gente, en vez de inmigrar,
emigraba. Dejémoslo para otra oportunidad, y ocupémonos única y
exclusivamente de Miguel de los Santos Alvarez, al cual pueden ustedes
verlo ya, saliendo del hotel, a deshoras, al través de la luz de un
reverbero de antaño, que es, como si dijéramos, el mínimum de luz en noche
oscura.
Imaginaos (yo era un niño, pero mi memoria es fuertemente retrospectiva)
un hombre que ha entrado en la edad de los desengaños; es decir, uno de
nosotros que, teniendo treinta, representa cuarenta, un hombre así de la
estatura de Benjamín Posse, más derecho que éste, menos enjuto, pálido;
con una cara tétrica, encerrada dentro de una barba entera, negra como
azabache, con uno que otro pelo blanco; iluminado el rostro por dos ojos
vivaces, que protestan contra las plateadas hebras; pelado a la
mal-content , vistiendo un gabán abrochado por una serie de botones, que
empiezan en el cuello y concluyen en el borde inferior, más abajo de la
rodilla; que camina como cualquiera a quien no se le da un bledo la
existencia; que no repara en nadie, ni le importa que reparen en él; que
no mira hacia arriba, porque, probablemente, no piensa ni en las
alternativas de la muerte, ni en alcanzar la nirvana ; que, sin encorvarse
describe con el cuerpo y la mirada un ángulo agudo, cuya abertura es la
tierra, que día más, día menos, sabe que se lo ha de tragar; que va solo,
al parecer, pues lo acompañan sus pensamientos, esos constantes
compañeros, de los que tenemos la desgracia o la fortuna de saber lo que
es causalidad, imaginaos un hombre, en fin, de esos que, a pesar de su
indiferencia ostensible por todo, no pueden pasar sin que se repare en
ellos, diciéndose el que los ve: "¿quién será éste?" y tendréis, si no un
retrato, una silueta.
Caminaba... por las calles que conducen ahora y conducían entonces (que en
esta parte Buenos Aires no se ha transformado) de donde dejo dicho a las
cuatro Esquinas, de lo que actualmente se llama calle Alsina, esquina de
Tacuarí. Allí hubo, en tiempo de los españoles, un presidio: llamábase,
cuando mi abuela doña Agustina López de Osornio lo compró, presidio viejo
, y allí ella edificó (¿y por qué ella y no él , mi abuelo? ¡Oh! éstas son
confidencias para otra ocasión) una casa en la que, primero, vivió mi
padre soltero; después, cuando se casó, donde hemos nacido todos los que
somos sus hijos y donde vive mi excelente madre aún.
Respecto de esa casa, o sea el presidio viejo , había, cuando yo me
criaba, una porción de leyendas extraordinarias. Al menos, para que nos
durmiéramos, unos negros, que habían sido esclavos, nos decían que se
oían, a ciertas horas de la noche, ruidos de cadenas, ayes de moribundos,
¡qué sé yo! ... Pero esto, hay también que dejarlo para otra vez.
Mi madre, como acabo de decir, vivía allí en 1844. La casa entonces era
baja; ahora es de dos pisos. La casa primitiva tenía ventanas a las calles
de Tacuarí y Alsina, antes Potosí. En una de las piezas que tenía ventanas
a la calle de Tacuarí, recibía sin ceremonia; y la noche a que me refiero
había estado de visita Miguel de los Santos Alvarez, al que, por lo largo
de sus visitas, llamábanlo los sirvientes (me acuerdo como si fuera ahora)
el señor Calientabancos . Supongo que Miguel de los Santos Alvarez
visitaba mucho a mi madre por las únicas dos razones en virtud de las
cuales los hombres visitan mucho a las mujeres: era bella, tenía espíritu,
y por añadidura, era hermana de Rozas, como dijéramos: "era princesa de
sangre".
El hecho es que, a la sazón, el álbum estaba muy en boga, y que todo
visitante tenía que pagar su tributo, una vez al menos, escribiendo algo
en él. Mi madre tenía el suyo. Ahora es mío. Aquí está. Lo tengo sobre mi
mesa. Lo estoy mirando. Contiene muchos versos, muy malos, la mayor parte;
casi todos de personajes que usaban chaleco colorado y divisa ídem, que
gritaban: "Viva Rozas", etc., etc., y que después, cuando yo los oía
expresarse de otra manera, me parecían otros señores .
En ese álbum, el día 6 de octubre, la noche, mejor dicho, Miguel de los
Santos Alvarez improvisó o escribió, que tanto vale, estas estrofas:
¡Pobres niños!
¡No llores, niño inocente,
porque el tapiz de tu lecho,
con mil harapos deshecho
no conserve tu calor;
no llores, no, si una madre
tienes, que en su seno amigo,
ofreciéndote un abrigo,
te acaricia con amor!
Eres más feliz que el huérfano
que duerme en cama suntuosa,
sin que sus labios de rosa
cierre el beso maternal;
que mientras él se desvela
sin que le aduerma un cariño
tú le encuentras, pobre niño,
y hallas alivio a tu mal.
¡El, no, y es un inocente
como tú, y es tan hermoso
y es, como tú, candoroso,
los dos vivís una edad;
y los dos lloráis, tú, pobre,
lloras temblando de frío!
¡Y el otro llora... ¡hijo mío!
sin saberlo, su ORFANDAD!
¡Ah, no lloréis, mis queridos!
que hay para los dos un cielo,
para los dos un consuelo,
un manto para los dos;
hay una virgen que vela
por los niños desgraciados,
y deja a los fortunados
para que los vele Dios! [2]
Miguel de los Santos Alvarez.
Buenos Aires, octubre 6 de 1844.
Naturalmente, todos los circunstantes -mi madre tenía su salón-debieron
encontrar estos versos, como los encontrarán ustedes, bonitos y delicados,
y Miguel de los Santos Alvarez debió retirarse satisfecho del aplauso, que
es tras de lo cual anda todo el mundo, desde el que gana batallas campales
hasta el que gana batallas en la Bolsa, o hace libros como Chateaubriand,
o pronuncia discursos como Berryer, o produce cualquier efecto , aunque
más no sea que hacer retroceder la bola de billar.
Pero está de Dios que, después de producido el efecto, y cuando nos
reconcentramos dentro de nosotros mismos, nos preguntemos: ¿y cómo ha
andado todo eso? ¿no he dejado nada que desear? ¿he tomado al público de
sorpresa?... ¿qué se debe imputar a la realidad, a lo artificial?...
¿quién ha estado más tonto, el público o yo? en fin... todo lo que ustedes
saben.
El hecho es que Miguel de los Santos Alvarez revolvía todas estas cosas en
su cabeza, y que, mirando dentro de su esfera cóncava, pensó que, en medio
de su triunfo, había cometido un zambardo , y que la obsesión era tan
fuerte que, o reventaba, o se iba a desfacer el entuerto, si entuerto
había, porque de ello no tenía completa seguridad, sino la duda.
¡Dudar! ¿Conocen Vds. algo más punzante que esto? La duda, filosóficamente
hablando, es para mí, de todos los suplicios intelectuales, el más atroz.
¿Qué es, en efecto, dudar? Estar sin saber qué hacer. Pero estar sin saber
qué hacer, es estar suspendido entre la vida y la muerte. Será cuestión de
temperamento; pero yo declaro que un hombre que duda es como un viajero
sin rumbo. Será una insolencia el negar; pero es una solución. Y, por más
que digan, la verdad está en los extremos, y ellos tienen de consolador
que son decisivos. Los términos medios son, en todo, como las cataplasmas
en la medicina.
Miguel de los Santos Alvarez se preguntaba en su insomnio: ¿he escrito
orfandad con hache o sin hache ? El hombre persigue siempre la verdad, sea
dicho en honor de la especie humana. Miguel de los Santos Alvarez salió,
pues, del hotel, en persecución de ese ideal: ver y creer, decía Santo
Tomás, y aunque su colega le decía: "Ni aún viendo creas, Tomás", lo que
bajo ciertos aspectos era mucho más caritativo, Miguel de los Santos
Alvarez necesitaba ver para creer.
Y nuestro hombre caminaba por esas calles sombrías, tan atroces entonces
(todo es relativo) como los caminos de Buenos Aires a Flores y de Buenos
Aires a Belgrano, ahora... sin curarse de si había mazorca o no (los que
escriben mas horca con ache , escriben mal: esto se explicará alguna vez
por mí mismo, y con permiso de Sarmiento, que es el hombre que escribe con
peor ortografía en todo el país).
Caminaba, decíamos, hasta que llegó a la primera ventana de la calle de
Tacuarí, yendo por la acera que mira al este, antes de llegar a la
entonces calle de Potosí. Llegó, golpeó estrepitosamente, como se golpea a
una ventana, en altas horas de la noche. Otra ventana más adelante, daba
sobre un aposento en donde han sido dados a luz todos los que llevamos mi
apellido. Mi padre dormía patriarcalmente, en la misma cama, con mi madre.
Estos hábitos han sido alterados -tan tonta es la humanidad- desde que
Balzac escribió su sucio libro sobre la Fisiología del matrimonio .
Al oír el sacudimiento de la ventana, despertóse sobrecogido, pensando
(era en 1844) en lo que podía suceder.
-¿Qué hay? ¿Quién es?
-Yo soy.
No hay nada más estúpido ni más humano.
-¡Ah! -dijo mi padre entre sí- es la voz de Alvarez- y saltó de la cama,
llevando la mano al pescuezo... en tanto que mi madre se incorporaba,
presa de la más inexplicable inquietud.
-¿Quién es?
-Yo soy.
(Lo curioso es que uno pregunta quién es , teniendo la conciencia del que
es .)
-Abra Vd. Abra Vd.
Y mi padre abrió.
-¡General!
-¡Alvarez!
-General, ¿me hace Vd. el gusto de darme el álbum de Agustinita, pluma,
tinta y luz?
Mi padre hizo una gesticulación de esas que no pueden explicarse
escribiendo: sale de la boca un hem , el labio inferior se arremanga, los
ojos brillan, y la cara toma esta expresión: ¡mire Vd. qué ganas de...
embromar!
Mi padre, ante todo, fue a tranquilizar a su mujer, y díjole:
-Agustinita, no te alarmes.
Y dicho esto, fizo lo siguiente: volvió a la ventana, y le suministró a
Miguel de los Santos Alvarez los adminículos que reclamaba.
Miguel de los Santos Alvarez tomó el álbum (el mismo, mismísimo que yo
tengo aquí con su autógrafo) hojeólo nerviosamente, dio con la página que
buscaba en el acto (el sentimiento de la topografía literaria es un
instinto) y con la pluma que entonces se usaba, que era de ganso (abunda,
todavía) borró la palabra HORFANDAD y escribió debajo orfandad (sin hache
) exclamando interiormente, como Choquet, en una hora solemne de su vida:
"He visto a Julio Núñez de guerrero, ahora ya puedo morir."
Mi padre volvió al tálamo conyugal...
Miguel de los Santos Alvarez giró sobre sus talones, y se encaminó a la
calle del 25 de Mayo.
Los serenos cantaban las "Cuatro y media han dado y... tronando!"
-"¡Viva la Confederación!"
-¡Mueran los salvajes unitarios! "¡Vivid, Representación!"
Cuando Miguel de los Santos Alvarez entró en el hotel, Santiago dormía ese
sueño apacible del hombre irresponsable, que todo columbra menos su
destino final.
Yo era un chiquilín; aquellos tiempos me parecían óptimos... habían sido
abominables. Pero no puedo improvisarme un odio teórico contra lo que no
me hizo sufrir. Y... ¿qué más queréis que os diga? Os diré que una falta
de ortografía puede perjudicar tanto la reputación de un hombre de letras,
como un voto equivocado dado en la Cámara o en el Senado Nacional; pero
que el honor no es una fruslería que se salva, levantándose a las tres de
la mañana para enmendar una falta, que puede ser o no ser, sino una virtud
constante en todos los terrenos del pensamiento y de la acción.
Ahora, os quedará esta curiosidad, amables lectores: qué fue de Miguel de
los Santos Alvarez, el cual corrigió mis primeros versos A un féretro , me
acuerdo: (¡qué musa tan sombría!) versos que no llegaron jamás a
publicarse, como los del literato de Larra, y que es quizá, y sin quizá,
el rasgo de mejor sentido de toda mi vida.
Mi querido Wilde:
Me pidió Vd. que le refiriera el cuento que había contado en casa de
nuestro noble amigo el Señor Presidente de la República, doctor don Miguel
Juárez Celman.
Le contesté a Vd.: estoy harto de hablar.
Se lo diré a Vd. por escrito.
¡Eh! bien. Ahí lo tiene usted.
¿Quiere cerciorarse de la verdad?
Venga y verá borrado en el autógrafo mismo HORFANDAD, y sustituido el
vocablo con su homónimo sin hache .
Y... ¿qué ha sido de Manuel de los Santos Alvarez?
Era indolente: llegó a ser Ministro de España, en México.
Entiendo que es ahora Senador.
Todo el mundo puede ser Senador, habiendo sido Gobernador.
Es más difícil ser Ministro de Estado.
Lo felicito.
Salud y alegría.
Chi dura vince.
Y como decía Miguel de los Santos Alvarez:
¡Paz a los hombres! ¡Gloria en las alturas!
¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
O, como dice La Bruyère: Une des marques de la médiocrité d'esprit est de
toujours conter.
¿POR QUÉ...?
Al Excmo. Señor doctor don Carlos Pellegrini
Aquí, y en todas partes, lo mismo en los tiempos antiguos que en los
modernos, el público ha sido, es, y será muy curioso. Su curiosidad es
sólo comparable a su credulidad; de manera que el número de impresiones
que necesita engullir debe computarse, en gran parte, por la suma de
mentiras que tiene que digerir. ¡Y qué difícil digestión! Se digiere un
pâté de foie gras trufado, rancio o mal hecho, en más o menos tiempo, con
más o menos dificultad, con o sin auxilio médico. Uno mismo puede
administrarse una buena dosis de magnesia fluida o calcinada. Y en un
santiamén quédase el estómago listo para volver a empezar, como si
dijéramos, en hoja, a la manera de esas calderas abolladas que,
frecuentemente, necesitan del tachero ; y los refractarios contumaces,
insistiendo en que es cierto lo que decía Hahnemann: on ne meurt que de
bêtise .
¡Pero cuánto tiempo, cuántas circunstancias, lecturas diversas,
deposiciones de testigos oculares, que suelen ser terribles, no se
requieren para que caigamos en cuenta, o de que nos hemos estado chupando
el dedo, como vulgarmente se dice, o, alzando la prima de la retórica, en
el más craso error!
Ponga cada cual la mano sobre su conciencia, sea franco, y contéstese a sí
mismo. Lo que yo sé decir es que un florilegio , selecto y escogido, de
algunos de nuestros hombres eminentes, contando sus atracones, por olvido
de que la gula es pecado, o lo que tanto vale respecto del alma, que las
sospechas, los juicios temerarios y la falta de indulgencia perjudican
enormemente a la conciencia, sería un librito mucho más útil e instructivo
que las obscenas Confesiones de Juan Jacobo Rousseau.
Me parece que estamos de acuerdo. Si no lo estamos, porque el lector es
aún muy joven, lo estaremos más tarde, cuando, en vez de mirar la vida de
abajo para arriba, la contemple desde la cúspide de la montaña, como yo
-como yo, que no obstante todo lo que sé, porque a fuerza de ver mucho
todo lo he abreviado, todavía soy un nene para ciertas cosas.
No es que me falte malicia, creo que me sobra, por mi desgracia. Es que mi
conformación cerebral es así. Estoy seguro de que si Pirovano hiciera mi
análisis craneoscópico encontraría que, aunque tenga deprimida la
circunspección, tengo algo desarrollada la idealidad.
Se dice que el hombre es doble.
Yo sostengo que es múltiple.
Y si no, ¿por qué nos gobiernan tanto los más mínimos accidentes y las
circunstancias?
Se explica entonces perfectamente, al menos se explica para mí, la
invencible afición que tiene Monsieur Tout-le-monde , como decían en
tiempo de Voltaire, esa hambre canina, esa sed de perro, por las
anécdotas, las crónicas escandalosas, los apuntes en vida, para servir a
la historia de nuestro tiempo, las memorias de ultratumba , todo aquello,
en fin, que hace ver o que permite escudriñar el corazón humano, en sus
más recónditos misterios, ni más ni menos que como se ve el dorado
pececillo encerrado dentro de transparente redoma. Y es curioso que los
hombres de pluma no exploten un poco más este recurso hoy día (como dicen
en América, no en España, donde tampoco dicen desde ya , sino desde luego
). Será por exceso de reserva o de buena fe. Imaginemos la avidez con que
sería acogida esta noticia: "Nuestro ex-lord mayor, Torcuato de Alvear,
comenzará en breves días a publicar sus Memorias ; Sarmiento, sus
Confesiones ; Vicente Fidel López, sus Confidencias , y, por añadidura,
don Bartolomé Mitre, sus Aventuras ". Esto, paralelamente con este otro
aviso: "Ensayo histórico sobre la Guerra del Paraguay, por vuestro muy
atento y seguro servidor." No me cabe la menor duda de que la afluencia de
suscritores para lo primero sería infinitamente mayor, que para lo
segundo. Y, si se pretende que la causa estaría en las diferencias entre
los primeros y el último, dad vuelta por pasiva a lo que digo por activa,
y el argumento queda en pie: me leerían más a mi, que a todos ellos.
Esta filosofía, que yo profeso sobre el éxito del escándalo y sobre las
creederas del lector, no se ha apoderado de mí, de improviso, así como
suele dominarnos una teoría nueva, expuesta con talento, aunque sea falsa,
por un espíritu atrevido. No; creo ante todo en la experiencia, y la
objeción de que ella haya podido aprovecharme poco, no es un argumento.
Porque, si bien la experiencia es madre de la ciencia, hay que tener en
vista que el hombre es un animal persistente, gobernado por su
temperamento, que es su organismo, su ser, en permanente palinginesia.
Que la multitud sea crédula hasta la insensatez, es una tesis que se puede
sostener y probar por los milagros, aunque a mí no sean ellos los que me
lo han demostrado.
Oíd cómo fue que yo adquirí la evidencia moral, no de lo que dice
Maquiavelo, que chi voglia ingannare, trovera sempre chi si lascia
ingannare , sino el convencimiento de que, queriendo desengañar, solemos
producir efectos contrarios; de donde deduzco la sabiduría del proverbio
árabe: que el silencio es oro, y la palabra, plata .
No citaré ni la fecha precisamente, ni el diario, ni las circunstancias
del momento, ni los infinitamente pequeños, el aire ambiente de la hora
psicológica.
No me gusta remover pequeñeces y miserias. La vida es agria de suyo para
que la estemos amargando diariamente con las reminiscencias de lo que nos
pudo mortificar. Por eso no hay nada más dulce que el dulce olvido . ¡Ay!
a veces se me figura que el colmo de la felicidad consistiría en no tener
memoria.
Tengo testigos abonados del caso a que me voy a referir, caso que fue para
mí una revelación, como se habrá colegido ya, y ya esto es algo en unos
tiempos como los que alcanzamos.
¡Qué extraña cosa es la reputación! Yo pensaba que el no haber hecho,
intencional y directamente, daño a alma viviente, era una fuerza. No
contaba con la malhadada doctrina del pecado original, ni había tomado muy
a lo serio, que digamos, aquello de que la calumnia es un vientecillo, y
me parecía que para su murmullo no había desmentido más concluyente que el
de la ironía. ¡Ilusión!
El caso es que yo era coronel entonces, que hacía poco tiempo que El
Mosquito me había hecho fusilar un caballo con todas las formalidades de
ordenanza (ya nos divertiremos otra vez con este episodio, que es lo mejor
quizá de mi vida, relatado, bien entendido, tal como el hecho pasó), y que
caminaba por la calle de la Florida, con toda la solemnidad y contento del
que va revestido de sus insignias militares, cuando a la altura de la
joyería, que está pasando la cigarrería "Tú y Yo" , un vigilante quitóme
la vereda, con brusquedad, intencionalmente o no. (Me inclino a lo último,
porque el agente de fuerza pública era un infeliz, descendiente de Don
Pelayo, me parece). Soy eléctrico en la acción; tomélo del cuello y lo
puse de un empujón en medio de la calle. Tan violenta admonición hízole
echar mano al machete. Yo iba desarmado. No llevaba más que un latiguito
de damisela, por coquetería marcial. Pensar que no había más que dos cosas
que hacer, atacar o huir, fue todo uno. Embestí, y lo hice con tal acierto
que, antes que el plebeyo instrumento estuviera fuera de la vaina, el
insolente que osara faltarle al respeto a mis galones, había recibido en
ambos ojos, algo como una rociada de vitriolo, que lo dejó ciego, mirando
en torno aturdido, sin ver jota, en tanto que yo proseguía mi camino, como
si nada hubiera pasado, y discurriendo que, como la lección había sido
elocuente, allí terminaría el incidente.
¡Qué! por la mañana del nuevo día, tomo un diario, y hete aquí que la
verídica hoja refería el episodio in extenso , con pelos y señales: yo
había herido malamente, nada menos que con arma contundente, a un
vigilante.
¡Ah! exclamé para mis adentros; ¡sea todo por el amor de Dios! y salí en
dirección a la imprenta de El Nacional , cuyo director era, a la sazón,
Eduardo Dimet.
Entro, saludo, me acomodo, escribo y pásole las carillas que, como buen
Director de diario, acepta graciosamente a título de espontáneo tributo.
Dimet tiene la prudencia del elefante; es un hombre tranquilo y entendido.
Tomó los originales, y con aire aparente de darlos a la estampa, sin
verlos, púsose a examinarlos. Llegaba yo a la puerta de calle, resonando
aún esta frase mía "ahora vuelvo a corregir", cuando me alcanzaron estos
ecos melifluos: "Coronel, una palabra."
Contramarché, insinuóme Dimet con ese movimiento de la mano que parece
atraer porque describe como un gancho con los dedos, que entráramos en un
retrete, conocido de todos los que frecuentan aquel templo de la
publicidad, más o menos impostora, y mirándome, con una de las caras más
tiernas que jamás haya visto, díjome:
-Coronel, ¿quiere Vd. hacerme el gusto de no publicar esto?
-¡No publicarlo! -Mi primera impresión fue la de todo autor...-: ¡Pero si
debe estar perfecto!
-Sí, no publicarlo.
-Pero, ¿y por qué?
-¡Coronel... porque van a creer que es verdad!
Gran altercado, observaciones van, observaciones vienen. Dimet implora,
por fin, en nombre de estas tres razones irresistibles: el cariño, la
amistad, la sinceridad.
¡Ah, no sé si fue por vanidad de plumista o por qué! pocas veces en mi
vida he experimentado una contrariedad mayor: me di por vencido, cedí.
Pero... ¿qué era aquello? ¿qué monstruosidad era esa?
Yo decía, mutatis mutandi : "Acabo de leer, en tal diario, la crónica de
un hecho en el que, por las señas, uno de los actores soy yo. Está más o
menos congruentemente condimentada. Falta, sin embargo, algo en extremo
interesante. Es esto: que después de darle el latigazo ut supra al
vigilante, que yacía en tierra, por haberse resbalado, saqué del bolsillo
un estuche de navajas de barba, que acababa de comprar en la tienda de
Manigot, con una de las cuales le corté las dos orejas al pobre diablo de
prójimo, yéndome incontinenti al Café de París, donde las hice cocinar,
saltadas au vin de Champagne , comiéndomelas después, con delicia, como si
fuera un antropófago de los más golosos, todo ello en medio de la más
horripilante sorpresa de los concurrentes, a los cuales Sempé, que, como
buen francés, de nada se escandaliza, habíales dicho por lo bajo: ¿saben
Vds. lo que está comiendo el coronel Mansilla?:
'¡Orejas de vigilante!' "
Pues esta última parte era la que Dimet temía que, publicada bajo mi
firma, como ahora, fuera tragada por el lector, dejándole el mismo
convencimiento que deja en la cabeza menos apta para recibir verdades, la
enunciación de un axioma, como por ejemplo, que dos cosas iguales a una
tercera, son iguales entre sí.
Cuando yo estaba en mi casa, en esa hora de las reflexiones, pasando
revista de lo bueno y de lo malo que había hecho durante el día, me dije,
con cierto despecho, quizá por haberse chingado la lucubración: "Dimet
tiene, me parece, carradas de razones, él es director de diario, y debe
conocer al público mejor que yo..." Y me dormí filosofando sobre el daño
que debe hacernos en la vida la tentación de ser espirituales, y sobre las
preocupaciones, al través de cuyo prisma falaz juzgamos, por regla
general, las acciones humanas.
Querido doctor Pellegrini:
Desea usted saber por qué hice yo mi primer viaje, asunto baladí, convengo
en ello, en tan temprana edad, cuando viajar era un acontecimiento que
llenaba de zozobra a la familia y al barrio, no habiendo entonces, como no
había, vapores rápidos como ahora, sino buques de vela, que empleaban cien
días, y a veces, muchos más, en hacer, no digo la travesía que yo hice de
Buenos Aires a la India, sino a Europa.
Mas esto va largo; se lo diré a Vd. el jueves que viene. Pero desde ahora
le anticipo que mi viaje no tuvo lugar por las causas que el público de
entonces le atribuyó, sino por motivos de otra trascendencia para mi
destino. Porque yo también puedo decir, como cierto autor, que mi
historia, debiendo comenzar por el hecho más remoto que a mi memoria se
presenta, comienza a la edad de 17 años; desde que en esa época, si es
verdad que vivere cogitare est, yo no vivía aún, vegetaba.
Ahora, si mi buen padre, tan generoso y desprendido, que no me puso tasa
en los gastos, hizo bien o mal, dada mi tradición, en sacarme del terruño,
eso se deducirá de lo que ya tengo esbozado, y que compactaré, dándole
todo el movimiento y colorido de un libro confidencial, si algún día, más
o menos cercano, me resuelvo a decirle a la escena en que Vd. y yo nos
desenvolvemos, con suerte varia: "Ya, para mí, es suficiente; adiós,
diviértanse ustedes."
La introducción ha sido muy larga. Y si es cierto que dice el crítico
francés que tous les genres sont bons, hors le genre ennuyeux , es
necesario que me apresure, que entre de rondón en la segunda parte,
trasportándolo de improviso al lector, casi a orillas del Arroyo de
Ramallo, arroyo que desemboca en el caudaloso río Paraná, como una legua
más abajo de la ciudad de San Nicolás.
Allá, por aquellas barrancas escarpadas, desde donde la vista se extasía
en un panorama riente, de luz, de perenne vegetación, de agua que murmura
sin cesar, vivificando la quietud de la naturaleza infinidad de aves
canoras, he pasado yo, en estado de perfecta inconsciencia, algunos de los
mejores años de mi vida. Primero, siendo chiquillo; después, habiendo
entrado en la pubertad; finalmente, cuando ya era hombrecito.
De las dos primeras épocas, no tengo para qué hablar. No estoy escribiendo
la historia de mi vida, ni pintando un estado social, ni haciendo
filosofía política: estoy refiriendo por qué fue que yo salí tan niño de
este país a viajar; y sólo incidentalmente, desde que por qué implica
causa, razón o motivo, tendré que detenerme en ciertas escabrosas
reflexiones.
Ante todo, y como quien tiene que pasar por sobre ascuas, me apresuraré a
decir que yo estaba en Ramallo o San Nicolás de los Arroyos, que para el
caso tanto vale lo uno como lo otro, después de haber estado en el Rincón
de López, estancia de mi tío y padrino, Gervasio Rozas. ¿Haciendo qué?
Purgando pecadillos de cuenta, para mi edad: mi primer amor platónico, del
que resultó un rapto con todo el cortejo de aparentes verdades con que la
opinión pública se encarga siempre de exornar ciertos episodios ruidosos.
Mi tío y padrino era gran domador de muchachos contumaces, y aquella
Estancia , que queda sobre el río Salado, casi al llegar a su
desembocadura, albergó en sus soledades no pocos (diablos) desterrados,
que llegaron después a ser honra y prez de la patria, como don Bartolomé
Mitre, por ejemplo.
Mi padrino era, lo mismo que todos los Rozas, viniéndoles este atavismo de
la rama López de Osornio Aguirre y Anchorena, que es la de mi abuela, un
poco maniático. Dábale en verano por resistir al sol, y en invierno, por
resistir al frío; y me acuerdo, como si fuese ahora, tan fuerte era en mí
el deseo de tener alguna libertad, de verme solo, dueño y señor de mis
acciones, que hice todo lo posible para ganarle el lado de las casas , a
fin de que no me llevara consigo a la "Loma de Góngora" , otra estancia
que tenía más al Sud.
Ved aquí lo que mi naciente ingenio me sugirió: en invierno, andaba en
cuerpo, tiritando. Mi padrino decía: ¡qué muchacho guapo para el frío! En
verano, andaba sin sombrero. Mi padrino decía: ¡qué muchacho fuerte para
el sol! Se enamoró de mí, se fue a la Loma de Góngora, me dejó solo, y una
vez que solo me vi, me mandé mudar , me fui a Dolores y a Chascomús. Pero
aquí, en este último villorrio, no contaba con la huéspeda, con otro tío,
Prudencio Rozas, padre de Catalina, mi mujer después, a la que allí recién
conocía (¡luego dirán que todo no se encadena bajo las estrellas!), y el
cual apenas me vio, sólo pensó en aventarme, teniendo que volverme todo
cariacontecido y naturalmente sin chistar a aquel sombrío Rincón de López
.
Era imposible que no se supieran las andanzas en que yo andaba, y como el
que tiene las hechas tiene las sospechas, mi reputación era pésima. Nunca
he sido de los que ignoran lo que de ellos se dice. Resolvióse, pues,
mandarme a donde estaba mi padre, con el que no nos conocíamos muy bien,
en razón de que él vivía, generalmente, lejos de su hogar.
Yo he sido educado por mi madre. A ella le debo no sólo la primera cultura
de mi espíritu, sino esos primeros saludables ejemplos de nobleza que
preparan el alma para después. Y otras cosas espirituales de las que uno
se emancipa, o no, tarde o temprano; pero que no por eso dejan de ser un
motivo más de gratitud, respecto de aquellos que nos han consagrado todos
sus afectos y cuidados, dándonos todo cuanto tenían y podían tener.
Mi madre ha sido una mujer de raro mérito. Aunque joven, bella, mimada,
solicitada a cada momento por su posición social, ella no descuidaba el
más mínimo de sus deberes maternales y de señora de casa. En todo estaba.
Zurcía, cosía, leía, rezaba (y nos hacía rezar unos rosarios
interminables), oía misa, recibía visitas, salía, paseaba, bailaba, ¡qué
se yo! Ella lo vigilaba todo, desde la cocina, que era lo más limpio de la
casa, hasta la sala. Ella era como nuestra sombra de día, de noche, cuando
estábamos despiertos o fingíamos dormir (¡nos acostaban tan temprano, por
disciplina!). Ella, en fin, cuando yo no me había portado bien en el
colegio (era casi siempre) encargábase de hacerme cumplir las penitencias,
ahí sentado, sin comer ni dormir, a la cabecera de su cama. Ella dormía,
yo escribía. En frente de mí quedaba un Gobelin, representando un Cristo,
cuya tétrica faz no debía inspirar tanta lástima como la mía cuando mamita
(así la he llamado antes y así la llamo aún), me decía: "Y no te has de
mover hasta que no hayas copiado los mil versos que el maestro te ha
ordenado". ¡Ah, cómo he temido y amado yo a mi madre!
Esa peregrinación al cuartel general de Ramallo, donde mi padre tenía sus
reales, no me hacía mucha gracia, que digamos. Cuatro días a caballo duró
la travesía, siendo mi juvenil persona custodiada por varios soldados y un
oficial, llamado Cardoso, el cual no me hablaba; pero eso sí cantaba
incensantemente unas coplas lo más monótonas, cuyo retintín todavía tengo
en el oído: "A la risa y al baile, muchachas, sin decir agua va , viene
amor" ¡Y cómo me fastidiaban esas coplas! Ese viene amor , se me figuraba
un epigrama.
Aquí viene bien un: "¡Pobre Teresa! al recordarte siento..."
Yo creía que mi padre iba a recibirme con dos piedras en la mano. Al
contrario, recibióme con el mayor afecto, abrazóme, besóme, interrogóme,
echóme un discurso que más me pareció sermón, y... hasta me hizo confesar
varias veces con el cura párroco de San Nicolás, un venerable sacerdote, a
lo que entiendo, que se llamaba don Juan Pérez. Será temerario el juicio,
pero he tenido siempre para mí que algo de mi confesión debió decirle don
Juan a mi padre, porque la conducta ulterior de éste parecía decirme:
"Como ya estás completamente arrepentido de todas las diabluras que has
hecho, puedo, sin temor, depositar en ti mi confianza, habilitarte para
que trabajes y te hagas hombre de provecho."
El hecho es que, de la noche a la mañana, yo me encontré convertido en
saladerista, habiéndome mi padre habilitado con un saladero que tenía
entre Ramallo y San Nicolás, y con el dinero necesario para mover aquella
industria. Por supuesto que, así como recuerdo perfectamente bien todo lo
que voy diciendo, así también recuerdo que el tal negocio, ni me
interesaba, ni me entretenía, y que todo mi empeño consistía en que mi
padre no me sorprendiera haciendo otras cosas, sino ocupado de la faena en
las horas en que él por allí aparecía.
Entre esas otras cosas, había una particularmente que yo trataba de
ocultarle mucho a mi padre. Era inocente en sí misma. Pero como él nunca
me hablaba de ella, un cierto instinto me decía que debía ocultársela.
¿Qué era esa cosa? Una inclinación invencible por la lectura.
Los libros, en esa época, eran muy raros, y si he de decir con entera
sinceridad, la impresión que me producía la vista de una que otra
empolvada biblioteca, que por esta noble ciudad solía verse al través de
las rejas de las ventanas, tendré que confesar que era una sensación de
temor. Parecíame como columbrar entre las brumas de mi inteligencia en
ciernes un noli me tangere en el frontispicio de todas ellas, inclusive en
la muy poco surtida que mi padre tenía. Allí estaban pêle-mêle , las
Oraciones de Cicerón , las Ordenanzas de Colón, los Viajes de Anacarsis ,
el Discurso sobre la Historia Universal , el Derecho de gentes de Vattel
(éste lo conservo yo todavía, todo apolillado), la Nueva Heloísa y el
Contrato Social , estos dos últimos en francés, lengua que yo conocía ya,
un poco menos mal que ahora. También, en ese armario, por no decir
biblioteca, había cartas de personajes, los más antitéticos, como ser: don
Bernardino Rivadavia, don Domingo de Oro, don Carlos M. de Alvear, don
Juan Lavalle, don Manuel Dorrego, don Justo José de Urquiza y otros.
Yo, sin que mi padre lo sospechara, me llevaba al saladero cuantos libros
y cartas de esos podía, y me daba mis panzadas de lectura -como si
cometiera algún pecado. Mi padre no me hablaba sino del negocio y tenía
ciertos aforismos como éste: "En este país, todo hombre previsor debe
tener panadería u horno de ladrillos".
Y me hacía unas largas disertaciones sobre los placeres de la pesca a la
que era muy aficionado; y me llevaba a pescar con él, haciéndome pasar
unas horas de fastidio indecible. ¡Pobre viejo!, era un gran pescador.
Pretendía conocer todos los peces por el modo como picaban la carnada, y,
sin embargo, hizo un día fiasco, ante mis propios ojos porque, creyendo
que había pescado un manguruyú , lo que el anzuelo había agarrado era un
cuero de vaca, podrido. La explosión de mi risa fue castigada con un
pescozón que, por poco, no me echa en el remanso; para que se vea que ni
los padres resisten el ridículo en presencia de los hijos.
De la política, de la política de entonces, nunca me decía una palabra. Y
como yo era muy federal, muy rozista, algo me faltaba. ¡Y ya lo creo que
era yo muy federal! Mi tío era para mí un semidiós, el hombre más bueno
del mundo. Yo retozaba en su casa, como no podía hacerlo en la mía, con
una cáfila de primos. Entrábamos, ad libitum en sus piezas, sin que él nos
hiciera más observación que ésta... "¡Bueno, bueno! pero no me toquen los
papeles... ¿eh?" Y al retirarnos, a toda la sarta de sobrinos les daba lo
siguiente, el sábado a la tarde, indefectiblemente: una docena de divisas
coloradas, nuevitas, que nos hacían el efecto de la muleta al toro. Un
peso fuerte, en plata blanca, que nosotros después cambiábamos en moneda
corriente, discutiendo el precio con nuestros respectivos tatitas, y un
retrato litografiado de Quiroga, diciéndonos siempre estas mismas,
mismísimas palabras (y repitiéndoselas a cada uno): "Tome, sobrino, ese
retrato de un amigo, que los salvajes dicen que yo mandé matar". Esta
palabra salvaje, no crean ustedes que inspiraba entonces un sentimiento de
horror; pues yo me acuerdo que, cuando estaba en la escuela de don Juan
Peña, no se la aplicaban los muchachos unos a otros para asustarse, sino
como afrenta. Ayer todavía nos acordamos de esto con José Ignacio
Garmendia.
Los que no han alcanzado aquellos tiempos no pueden hacerse una idea de lo
que era la atmósfera que en ellos se respiraba. Entonces no había
discusión, no había crítica, no había juicio. Todo era colorado, en
realidad o aparentemente, y colorado quería decir federación; y todo esto
era para mí un amasijo indiscernible, mezclado con la memoria de Dorrego,
fusilado por Lavalle, con la noción de Independencia, de Patria, de
Libertad. Yo, más tarde, comparando los hombres de antaño con los de
ogaño, viendo que no eran mejores intrínsecamente los unos que los otros
he comprendido lo que era la Santa Inquisición y cómo Torquemada pudo ser
un hombre virtuoso.
¿O son mejores los Anchorena, los Guerrico, los Paz, los Arana, los
Insiarte, los Vela, los Lahitte, los Torres, los Unzué, los Roca, los
Baudrix, los Terrero, los Peña, los Pereira, los Garrigós, los... sería
cosa de nunca acabar, de ahora, que sus antepasados?
Sólo allá, como entre sueños, hago memoria de algunas conversaciones, como
crítica, que me parecía sorprender, oyéndolo cuchichear a mi padre con
algunos de sus amigos íntimos, aquí en Buenos Aires, con el doctor Maza y
el general Guido que eran sus tertulianos de malilla; y allá en San
Nicolás de los Arroyos, con un personaje que tenía, para mí, la estructura
de un filósofo, de aspecto respetabilísimo, don José Francisco Benítez,
padre de este joven Mariano, que ahora figura, y en la Villa de Luján, en
donde solíamos pernoctar, con el señor don Francisco Javier Muñiz, miembro
correspondiente de la Academia Española, cuya instrucción mi padre
ponderaba mucho; porque siempre, después de una conversación con él,
cuando se quedaba solo con mi madre, decíale éste a aquélla: "¡Qué lástima
que este hombre esté soterrado aquí!".
Que yo era muy federal y muy rozista, he dicho. Agregaré que los unitarios
no me parecían mala gente; porque no creía que eran gente. Y de los
extranjeros, que ahora hacemos tanto por atraer, y que son gente como
nosotros los criollos ¿qué les diré a ustedes?
¿Qué había de pensar, qué había de creer, qué había de comprender, qué
había de sentir el que registrando a hurtadillas los papeles de su padre
hallaba documentos como el que sigue (que se lo regalo a usted, doctor
Pellegrini, como un autógrafo precioso)?
Habla el futuro Libertador:
¡Viva la Confederación Argentina! [3]
¡Mueran los salvajes unitarios!
Señor general D. Lucio Mansilla.
Cuartel General en Concordia, 1º de Enero de 1846.
¡Mi apreciado y antiguo amigo! Sin embargo que no he recibido respuesta á
la última carta que le dirijí, pero como hace tiempo que está interrumpida
nuestra correspondencia, y yo con los amigos que aprecio como Vd. no
guardo reglas de etiqueta, es que le dirijo esta, saludándolo y
dirijiéndole mis más íntimas y afectuosas felicitaciones por el combate
glorioso que con valor heróico supo Vd. sostener contra las fuerzas
anglo-francesas en la vuelta de Obligado, enseñando a esa canalla europea
de cuanto son capaces los americanos.
Mucho deseo se haya Vd. restablecido completamente de la honrosa herida
que recibió.
Hace ocho días me hallo de regreso del Estado Oriental y dentro de una
hora marcho para Corrientes con un ejército de bravos, que muy pronto
concluirá con el salvaje manco Paz y con las esperanzas que en este
traidor tienen los ambiciosos extranjeros.
Para acelerar las primeras operaciones y ocurrir con prontitud donde
convenga, he resuelto adelantarme con la vanguardia, haciendo liga con lo
demás del ejército el señor General Garzón.
Deseo que Vd. lo pase bien y que se persuada que ahora y siempre soy y
seré su amigo y S. S. q. b. s. m.
Justo J. de Urquiza.
Se dirá que éste era un hombre de un temple excepcional, pero ¿acaso los
sacerdotes no empleaban, más o menos, las mismas fórmulas en la intimidad?
Véase cómo empieza esta carta del venerable cura párroco del Salto,
excelente sujeto.
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Señor General D. Lucio Mansilla, Comandante en Gefe del Departamento del
Norte.
Julio, 23 de Noviembre de 1845.
Respetado Señor:
El denuedo con que V. S. ha recibido a los pérfidos extranjeros, dignos
aliados de los inícuos salvajes unitarios, me ha llenado de satisfacción y
de grandes esperanzas a los pueblos.
Saben ya que con jóvenes apenas iniciados en el arte de los combates se ha
hecho probar hasta dónde llega el valor Argentino y que lo que faltó a la
experiencia lo suplió la dirección.
Dijeron algunos que V. S. había sido herido y si le ha cabido esa
desgraciada gloria, me alegraré que ya se halle restablecido.
Reciba V. S. los respetos con que lo saluda S. S. y confederado capellán
Q. B. S. M.
Carlos Torres.
¿No basta la mansedumbre evangélica?
Véase esta obra de uno de los hombres más mansos que esta sociedad haya
conocido; de don Francisco Saguí, tío carnal del doctor Miguel Esteves
Saguí, cuyos bienes éste heredó.
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Buenos Aires, Diciembre 8 de 1845.
Señor General don Lucio Mansilla.
Mi querido hermano y señor:
Si el 20 de Noviembre de 1845 no ha sido coronado por un esbelto triunfo:
no ha sido, no, por culpa de la mano que regía el combate más glorioso que
jamás vieron las aguas del Paraná: en cambio bien y justamente puede Vd.
enorgullecerse con la exacta idea, de que su energía y pericia ha
frustrado planes indignos pregonados bajo el emblema de la humanidad; y ha
aturdido a los mismos enemigos.
Bien puede y debe levantarse en la vuelta de Obligado un Padrón que
manifieste perpetuamente que "El tan ponderado poder de la soberbia Albión
y del atrevido Galo encalló allí."
Por lo demás, después de la manifestación del excelentísimo gobierno hecha
de la manera mas exacta: ¿qué podría decirle yo, que no fuese débil y
desmayado?
¿Cómo sigue V. de su herida? ¿cómo de su pleito interno? Desgraciadamente
el mío, que me ha tenido en cama desde el 1º hasta hoy, ha sido la causa
de no felicitarlo tan pronto como hubiera querido; y con todo, esta
tardanza me proporciona un otro motivo para hacerlo de nuevo con motivo de
que Andrea me refirió anoche al retirarme en coche porque ha estado como
yo, y a un mismo tiempo enfermo en cama con mi apreciadísimo Luchito, con
sorpresa, y contento después, de Agustinita, que había hecho una escapada,
para dar una vista a su casa; al saber por él, del arrojo de 32 varas de
solitaria, quedando después como nunca de ágil y alegre: saliendo V. por
consiguiente en esta ocasión mal calculador [4] . No sé si lo seré yo
mejor al decirle una palabra de nuestra respetable madre. Esta señora para
mí tirará... hasta quince días más.
A Dios hermano y Sr. lo abraza a Vd. su hermano.
Francisco Saguí.
P.D. -Andrea me encarga presente a V. a su nombre iguales felicitaciones,
no haciéndolo ella por sí, por sus extraordinarias actuales atenciones y
sus incomodidades de salud.
Esa, como esta otra, escrita por un santo varón, mi tío D. Tristán N.
Baldez, tiene lemas de muerte, no sólo adentro, sino como preludio en el
sobrescrito.
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
La Cabaña, Diciembre 4 de 1845.
Mi estimado amigo y compadre:
Después de una alarma general en toda la familia, procedente de la herida
recibida en el honorable combate dirigido por V. contra los piratas
ingleses y franceses, tuvimos la gran satisfacción de saber que la herida
no era peligrosa, y que ya se hallaba en aptitud de seguir sus acertadas
combinaciones en honor del Pabellón argentino, que tan gloriosamente ha
sostenido.
Intimamente felicito a V., pues habiendo escapado a ese volcán de fuego
enemigo, les ha hecho conocer cuánto valen los americanos en defensa de su
libertad.
Del mismo modo, acepte las felicitaciones de su hermana y su madre y de
sus sobrinos, quienes unidos a mis votos deseamos concluya felizmente tan
honrosa empresa.
El cielo acceda a los deseos de su herm. y comp. afmo.
Tristán N. Baldez.
El formulario de los amigos políticos o personales, el de los cuñados, y
hasta el de los yernos, aunque éstos fueran extranjeros, era el mismo. He
aquí la prueba, y esta carta era escrita nada menos que por un ciudadano
de la gran república modelo de Estados Unidos:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvages unitarios!
Buenos Aires, Diciembre 4 de 1845.
Mi querido padre:
Con un placer que no puedo explicar, y al mismo tiempo con orgullo, he
sabido de la gloriosa defensa que ha hecho V. contra la Inglaterra y la
Francia; he sentido bastante el no saber que estaba V. herido, pero al
momento supe que no era de peligro y una enfermedad de mi padre me detiene
acá por ahora, fue atacado por una apoplejía y ha quedado inútil una
pierna y un brazo.
Estando en la estancia supimos que había habido una acción y que V. había
llegado a la ciudad, herido; por ese motivo le escribí a Emilia del modo
que le escribí. Vine yo a la ciudad y encontré que no era cierto, ya sabe
ella, porque mandé una carta antes de ayer con la Gaceta. Todos, en la
estancia, quedaron buenos. En el campo y en la ciudad no se conversa más
que de la resistencia que ha hecho V. No saben cómo ponderar su valor y
talento militar, entre todos, los mismos ingleses que conozco que son
enemigos del Gobierno se unen con los otros en elogiarlo.
Mi querido padre, sé que sus atenciones son muchas; no puedo escribir cosa
que no sabrá por otra mano en mejor lenguaje, y así no seré muy largo.
Al señor Garmendia muchas expresiones, y felicitaciones por su honorable
herida, a Samuel y Pepita, memorias de todos los conocidos, recuerdos de
mi parte.
Si V. tiene un momento desocupado, y puede mandarme una carta para el
señor Juez de Paz de San Vicente, pues el que estaba ha salido,
recomendándome y avisándole que el almacén es de V., me hará un gran
favor.
Deseando verlo a V. después de lo que ha sucedido, más que nunca queda su
afmo. hijo y amigo.
Ricardo Sutton (hijo).
P.D. -D. Guillermo e Isabelita Livingston mandan a V. muchas expresiones y
están muy contentos con que V. ha salido tan bien de sus peligros.
Así escribían los no letrados. Los leguleyos como D. Miguel Otero,
escribían como se va a ver, permitiéndose no poner nada adentro pero en
cambio ponían esto afuera, en el sobre:
¡Viva la Confederacion Argentina!
¡Mueran los conquistadores anglo-franceses y sus infames colaboradores!
Señor General D. Lucio Mansilla.
D. M. 0.
San Nicolás
Buenos Aires, Noviembre 3 de 1845.
Señor General D. Lucio Mansilla.
San Nicolás
Mi estimado amigo:
En la muy apreciable fecha 12 del presente me recomienda Vd. que no los
olvide en mis oraciones, como cristiano. Estas (a pesar de mi constante
devoción), han sido frecuentemente interrumpidas por la ansiedad de saber
la suerte que les cabria en la inicua irritante agresión anglo-francesa.
Al fin he sabido con inefable placer que salió Vd. con vida a la cabeza de
esa división, que ha sostenido, con heroicidad ejemplar, un horrible y
desigual combate con los invasores, cuya fuerza era excesivamente superior
en todos respectos. Sabíamos que eran argentinos los que defendían su
tierra, y confiábamos en que, a pesar de la superioridad enemiga,
llenarían su deber; pero el hecho ha sobrepasado las esperanzas de todos,
dando a la patria un día de gloria inmortal.
Los enemigos se han batido con tenacidad (nada admirable) por la confianza
y seguridad que les daba el mayor número y disciplina de sus tropas
veteranas, el mayor número y calibre de sus cañones, y sobre todo, por la
certidumbre de no poder ser abordados en sus buques.
Vds. han resistido y peleado a pecho descubierto; con tropas de sólo
paisanos, con pleno conocimiento de aquellas ventajas, hasta concluir las
municiones, dando al mundo un testimonio incontestable de que los
Argentinos prefieren la muerte al yugo de los conquistadores. Este es un
valor sublime, e inmensamente superior al de los anglo-franceses.
Con toda la emoción de mi corazón, me congratulo en felicitar a Vd. y a
esa división, por tanto valor, tanto heroísmo y tanta gloria.
De Vd. siempre afmo. amigo.
Miguel Otero.
Y los eruditos, los sabios, los jurisconsultos, algunos de cuyos sabios
habían estudiado en Europa, bajo los auspicios de Rivadavia, siendo
discípulos de Dupuytrén, ¿qué jerga empleaban?
Ahí van, por su orden, varias misivas interesantes:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Buenos Aires, Diciembre 6 de 1845.
Señor General don Lucio Mansilla.
Salud, y un millón de abrazos y felicitaciones reciba Vd. de mi parte, mi
querido general, hermano y amigo. Salud también mil veces en su nombre a
ese puñado de héroes, hermanos, y compatriotas nuestros que sosteniendo
sobre sus hombros, y amurallando con sus pechos el Paladión de la Libertad
y de la Independencia Americana, en las Baterías del Paraná, han quemado
como perfume de los hombres libres en las sagradas Aras de la Patria,
hasta el último grano de pólvora, con que han arrojado la muerte, y el
oprobio sobre esos soberbios Estranjeros, miserables esclavos de dos
poderes Europeos, Liberticidas del Mundo, en Mar y tierra. La patria de
los Argentinos, la Madre de esos hijos, que en la memorable acción, y
desigual combate del 20 de Noviembre, se han cubierto de inmarcesible
gloria, que han inmortalizado sus nombres, y han enaltecido hasta los
cielos el carácter y el valor argentino, les tiene ya un lugar eminente y
bien merecido, en el templo de la inmortalidad, puesto a su frente al
bravo General Mansilla, que a su cabeza recogió en ese día todos sus
peligros y todas sus glorias, para ofrecerlas a la Patria y para
presentárselas al primero de sus hijos, al genio de la Paz y de la Guerra,
al Ilustre porteño, el Exmo. Sr. D. Juan Manuel de Rosas, cuyo nombre
repetido mil veces en todos los puntos, y en todos los instantes del
combate, recordaría a nuestros compatriotas ese valor, esa firmeza y
patriotismo de la fuerza extraña a los cuales, la solidez de su genio no
se deslumbró jamás.
Feliz V. mi apreciado General que después de ese día, en que una muerte
tan honorable pudo poner fin a una carrera de importantes servicios a
nuestra patria, y abrirle el principio de un renombre inmortal para V. y
para sus hijos volvió a levantarse, de entre los golpes de mil muertos,
arrojados por esos Salvajes Estranjeros, a empuñar otra vez el pabellón
Argentino, a armar de nuevo su diestra para sostenerlo invencible, y a
rendirle aún nuevos servicios.
Yo tan lleno de entusiasmo, como de admiración por tanto honor, y tanta
gloria, que le ha dispensado la suerte, y que la justicia hará resonar en
ambos mundos, vuelvo otra vez a felicitarlo, con toda la efusión de los
sentimientos de mi patriotismo y de mi amistad, como el mas justo homenaje
de un hombre libre, que tiene el mayor placer en ser su compatriota,
hermano y amigo que lo aprecia y B. S. M.
Miguel Rivera.
Después de un discípulo de Dupuytrén, oigamos a un honrado cuanto sabio
abogado:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los Salvajes Unitarios!
Sr. General D. Lúcio Mansilla.
Córdoba, 2 de Diciembre de 1845.
Mi querido amigo y compatriota:
Las glorias del soldado no están vinculadas al éxito de los combates.
Nadie se acuerda de la victoria de Gelois en los campos de Sicilia, sino
para lamentar la muerte de ochenta mil cartagineses. Pero el curso de los
siglos no ha podido gastar la memoria de los Lacedemonios que perecieron
en las Termópilas, defendiendo los fueros de su Patria. No hay quien no
grite, lleno de entusiasmo, al contemplar este cuadro: "Honor a los
vencidos." ¡Tan justo es el homenaje que se rinde al patriotismo y a los
hechos heroicos!
¿Qué importa, mi querido amigo, que la fortuna no haya favorecido muestras
armas en la Vuelta de Obligado ? El enemigo ha obtenido una victoria, que
no puede cantar, porque ni sabe cuales puedan ser sus frutos, ni tiene de
que gozarse en haberse abierto paso bajo una fuerza superior a la
resistencia que se le oponía. Pero el ilustre General Mansilla, el viejo
soldado de la Independencia, el vencedor en el Ombú, y los denodados
Argentinos que sirvieron a sus órdenes, han agregado nuevos timbres a los
que recomendaban sus nombres, peleando con denuedo hasta quemar el último
cartucho. Bravo! mi querido General. Mil veces, bravo! Desde aquí, canto
sus glorias, las glorias de las Defensas de la Independencia.
Tal vez la Divina Providencia ha dispuesto el efímero triunfo del 29 de
Noviembre para exaltar el orgullo anglo-francés, y hacerle más sensible la
lección que le espera.
Hagamos, mi querido amigo, en la parte que a cada uno corresponde, por ver
cumplido aquel anuncio. Cien victorias en que perezca hasta el último
argentino, necesitan nuestros enemigos para decirse vencedores. Nosotros
no necesitamos sino una para enseñarles a respetar nuestros fueros,
nuestra independencia. -Marchemos a buscarla.
Adiós, mi buen amigo. Reciba V. un abrazo y las felicitaciones de su amigo
y compatriota.
Eduardo Lahitte.
El mismo don Francisco Javier Muñiz no podía sustraerse a la fatídica
imprecación. He aquí la prueba:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los salvajes unitarios!
Villa de Luján, Diciembre 1° de 1845.
Señor General D. Lucio Mansilla.
Mi General:
Permita V. que le felicite, con la emoción mas profunda, por la vigorosa y
memorable defensa que ha dirigido V. contra las fuerzas navales
anglo-francesas. Este brillante hecho de armas, al paso que acredita la
resolución heroica de los denodados defensores del honor e independencia
de la República, es un nuevo timbre glorioso al valor personal y a la
inteligencia de uno de nuestros más intrépidos y distinguidos veteranos.
Repito, señor General, mis cordiales congratulaciones, después que por el
esfuerzo y bizarría con que sostuvo V. aquel sangriento combate, por
haberse preservado, en su confusión, de la muerte, que aunque gloriosa y
buscada tantas veces por un soldado de cuarenta años de esclarecidos
servicios, fuera irreparable y la más sensible pérdida para todos sus
compatriotas y amigos.
Besa, señor General, respetuosamente sus manos.
Francisco Javier Muñiz.
De todas partes soplaba el mismo viento: de Buenos Aires, de Córdoba, de
Concordia, del Paraná (tengo cartas del abuelo de mi amigo Antonio F.
Crespo), de los Santos Lugares (suprimo las de Antonio Reyes y ¡singular
anomalía! es una de las menos exaltadas).
Todo el mundo, hasta los más inofensivos personajes de adorno, véase cómo
se expresaban:
¡Viva la Confederación Argentina!
¡Mueran los Salvajes Unitarios!
Buenos Aires, 28 de Noviembre de 1845.
Señor General D. Lúcio Mansilla.
Mi antiguo amigo:
Después de haber leído el parte de la memorable acción del 20 del presente
y después de haber sabido el heroísmo con el cual se han distinguido
todos, ¿qué elogio ni qué expresión puede haber bastante para manifestar
el contento, el asombro y la gratitud al General que mandó tan grandiosa
empresa?...
Puede ser, mi amado amigo, que algunos que no te conocían, como yo,
esperasen, más o menos, alguna otra ocurrencia de tu valor, de tu
patriotismo federal y de tu constancia; pero yo que he gozado de tu
amistad desde la Escuela, que te conozco tanto , que sé hasta dónde llega
y hasta dónde te interesa el buen nombre de nuestro amado General en jefe,
el Exmo. Sr. Gobernador D. Juan M. de Rosas, nada, absolutamente nada, me
ha sorprendido, porque todo lo creí tal cual ha sucedido. El único temor
que constantemente me acompañaba era tu vida; pero gracias a la
Providencia la salvaste y con ella tu honor y fama. Sé que nuestro amado
General Rosas está muy contento y muy satisfecho: esto es todo lo que
puede desear un jefe.
Mi mujer, mi hija Enriqueta, mi hijo Adolfo y Marenco te felicitan y se
felicitan.
Agustinita está buena, linda como siempre -tus hijitos guapos; pero
desgraciadamente parece inevitable la pérdida de tu querida madre la
señora Da. Agustina -sigue mala y los facultativos no tienen ningún género
de esperanza: la catástrofe es indudable, para lo que debes estar
preparado.
Adiós, General, y muy amigo mío: quiera la suerte que nos veamos cuanto
antes para darte un fuerte abrazo.
Victoriano Aguilar.
P.D. Nuestra linda y muy amada Manuelita está ya muy aliviada de su último
ataque a la cara: se acuerda mucho de ti y te hace millones de elogios.
Esa era la leche que yo mamaba, el ambiente que me envolvía, el aire que
me saturaba. Mi padre debía creerme, como era natural, un muchacho con las
mejores inclinaciones federales. Pero está de Dios que el hombre ha de
aprender en cabeza propia y que la emancipación del espíritu se ha de
hacer, quand même . La lectura de la correspondencia mixta de mi padre me
confundía, y había algo como un embolismo en mi cabeza, a fuerza de oírlo
hablar con tanto entusiasmo de Rivadavia, de Oro, de Agüero. Y, por
añadidura, Rivera Indarte habíale cantado versos entusiastas a mi madre
-en libro, dedicado a ella, que corre impreso [5] .
Mi vida se deslizaba entre las anomalías, las incoherencias e
incongruencias apuntadas, trabajando, al parecer, porque vivía en el
saladero. Pero la verdad es que mi cerebro se iba calcinando, a fuerza de
rellenarlo con las Oraciones de Cicerón, con las páginas tan ardientes de
la Nueva Heloisa , y por el empeño de querer entender, no tanto el Derecho
de gentes, sino el Contrato social .
Mi padre -que después he caído en cuenta de que estaba más enamorado de mi
madre que del sistema de su cuñado-, venía habitualmente al saladero, a
eso del mediodía, y yo le esperaba en el puesto de honor, en donde se
desnucaban las reses. Aquí, entre nosotros, esta industria nacional ¿no
habrá contribuido un poco a familiarizarnos con el derramamiento de
sangre, lo mismo que el circo romano y las corridas de toros han
contribuido a endurecer ciertos sentimientos de humanidad?
Como el saladero me tenía, sin que yo lo tuviera, sucedió que una bella
mañana no lo sentí entrar al autor de mis días, sino cuando, tal cuan
grande y hermoso era, estuvo delante de mi cama, sobre la que yo yacía,
echado boca abajo, leyendo con inmenso, febril afán...
Salté, como movido por un resorte, crucé los brazos y pedí la bendición
habitual, que me fue otorgada, en esta dulce forma, haciendo el signo de
la cruz con la diestra: "Dios te haga bueno, hijo".
Yo me sonreí, como pidiendo excusas, de no estar en mi puesto. Mi padre
echó una mirada al libro, y con una expresión inefable, díjome: "¿Qué
estás leyendo?"
-Un libro en francés.
Este en francés , dentro de mis abismos psicológicos, implicaba, "si es en
francés, aunque sea suyo el libro, usted no ha de saber de lo que trata".
Mi padre, que era un rayo de vivacidad, que sabía las cosas más
extraordinarias por adivinación -así debieron ser los primeros sabios-,
arguyóme, por no decir, repuso, con cierto tinte de tierno enfado:
-No te pregunto en qué lengua está, sino de qué asunto tan interesante
trata que te hace olvidar el cumplimiento de tus deberes.
Me sentí nada más que humillado por lo último; leía pero no digería, y
contesté:
-El Contrato social de Rousseau.
Mi padre frunció sus tan pobladas cejas, y refunfuñando un heen ... echó a
andar, diciendo:
-Vamos, vamos a ver la faena.
El fin, como dicen los folletinistas, para el próximo jueves, doctor
Pellegrini, y entonces veremos si tengo un poco de eso en que Joubert dice
que consiste el estilo, que es en darle cuerpo y configuración al
pensamiento, por la frase.
la memoria es independiente de la conciencia, en su elaboración no entra
ningún elemento psíquico. Así, cuando un estado nuevo se implanta en el
organismo, se conserva y se reproduce. Sucede con la memoria, como hecho
biológico, lo que con algunos fenómenos inorgánicos.
Las vibraciones luminosas pueden ser encerradas en una hoja de papel y
persistir en estado de vibraciones silenciosas. Hay sustancias que las
revelan, por decirlo así; todo tiene su reactivo. No hay misterios sino
para la ignorancia. Colocad una llave sobre una hoja de papel blanco,
ponedlos al sol, un rato, guardad ese papel en un cajón oscuro, al cabo de
algunos años, la imagen espectral de la llave estará todavía ahí visible.
Los problemas de la vida y de la muerte son infinitos. Pero la observación
y la ciencia penetran todas las oscuridades. El microcosmos es como la
gran antorcha del macrocosmos.
La percepción de un objeto coloreado (subrayo, de miedo de los aristarcos
intransigentes), suele ser seguida frecuentemente de una sensación
consecutiva: el objeto continúa siendo visto con los mismos contornos;
pero con el color complementario del color real. Lo mismo puede suceder
con la imagen, con el recuerdo. Ella deja, aunque con menos intensidad,
una imagen consecutiva.
Cerremos los ojos (no a todo...) tengamos una imagen cualquiera simpática
o antipática, de un color vivísimo, fija largo rato, en la imaginación.
Abrámoslos de repente, fijémoslos en una superficie blanca ( tersa )
durante un brevísimo instante, veremos en ella la imagen contemplada por
la imaginación, con el color complementario.
Yo, desde mi cama, recostado sobre los almohadones que uso para no
fatigarme, mientras leo, y evitar que por la demasiada horizontalidad,
afluya mucha sangre a la cabeza, veo, no siempre que quiero, pero con
mucha frecuencia, en la pared que me queda en frente, las cosas más
agradables. Y un amigo, a quien le he dado esta receta, porque es un poco
petardista, me ha confesado que casi todas las noches ve patentemente una
vidriera de cambista.
Wundt observa que el hecho a que me refiero prueba que la operación
nerviosa es la misma en la percepción y en el recuerdo.
Como se ve, científica y pintorescamente hablando, la memoria de las cosas
pasadas no es más que una visión espectral en el tiempo y en el espacio.
Mi padre me había sorprendido. Ahí quedábamos. El podía tener ya la clave,
aunque no hubiera leído a Leibniz, el cual dice que "el alma humana es un
autómata espiritual", de la inevitable evolución que haría el niño, a
medida que se fuera desenvolviendo. Porque el buen viejo, si bien no
hablaba la lengua que explica cómo es que los fenómenos del alma están
sujetos a un determinismo tan riguroso, aunque completamente interno, como
los fenómenos del cuerpo, sabía por adivinación o por intuición, de lo que
ahora se llama fisiología psicológica, esto, que es igual: que todo se
liga adentro, como afuera; que ciertos alimentos dan cierto vigor; que
ciertas lecturas producen ciertas enfermedades o curaciones.
Recuerdo que alguna vez le decía a mi primo Sabino O'Donell, médico
erudito, padre del actual comandante Carlos O'Donell, discurriendo sobre
el sistema de Gall, que entonces metía mucho ruido: "Yo he considerado
siempre la cabeza humana, como un armario lleno de cajones y cajoncitos,
cuya llave maestra es el sentido común." No sabía mi padre, como se ve, lo
que era una célula nerviosa, si ésta puede conservar muchas modificaciones
diferentes o si, una vez modificada, queda polarizada para siempre. Pero
si le hubieran dicho que, según los cálculos modernos, el número de
células cerebrales (sus cajoncitos) es de 600 millones (y algunos
pretenden más), él, mi padre, se hubiera declarado partidario de los que
aceptan la hipótesis de una impresión única. ¡Qué diablo de viejo tan
talentudo , como dicen nuestros paisanos! Un día lo llevé a Wilde a comer
a su casa, le tiramos la lengua y nos hizo una disertación -lo diré sin
ribetes científicos, para que me entiendan todos los que saben leer-,
sobre la cabeza, como centro nervioso; el brazo, como hilo conductor; la
mano, como manipulador magnético o eléctrico y la escritura en sus
infinitas combinaciones de letras y signos producidos instantáneamente sin
reflexión, es decir automáticamente, que le dejó a Wilde con la boca
abierta. Y esto no deja de ser una hazaña, porque Wilde es uno de los
hombres que abren menos la boca en esta tierra, donde, por otro lado, son
pocos los que andan papando moscas.
Yo no olvido, pues, ni puedo olvidar aquella sensación de sorpresa, ni el
recuerdo persistente que ella me ha dejado. Miro mi estrecho dormitorio,
un rancho de paja en aquel entonces; cierro los ojos, los abro de
improviso y la escena se anima, destacándose en el cuadro la cara angulosa
de mi padre, cuyos ojos eran vivaces como el carbunclo, haciendo con los
labios esa gesticulación tan característica, que, acompañada de un
movimiento automático de la cabeza, de arriba a bajo, dice con la
elocuencia muda de una sorpresa que no se puede ocultar: ¡Ah! ¿con que
ésas teníamos?
Que mi padre se había sorprendido de pillarme leyendo nada menos que el
Contrato social , no me cabía duda. Pero la impresión molesta que me
pareció descubrir en él, ¿de dónde provenía? ¿De que descubrió, contra
toda su previsión, que yo era gran lector, y a hurtadillas, o de que lo
que leía era determinado libro? Eso yo no lo discerní en aquel instante,
ni mucho después, como más adelante se verá. Lo que en mí persistía era
simplemente esto: "Caramba, he hecho mal en tomar del armario de tatita un
libro, sin pedírselo." Y ¿qué diría si supiera que le robo hasta sus
cartas? Porque tomarle los libros no me parecía robo, y lo otro, sí; sobre
todo, después que esa palabra interior, que nunca nos engaña, porque es la
voz de la conciencia, me decía: "Has hecho mal." Y tanto peor, cuanto que
por leer al señor don Juan Jacobo, que no pocas cabezas ha puesto al
revés, prescindía del cumplimiento de mis deberes, apartándome del puesto
de honor , que era donde se desnucaban las reses, como ya lo dije, y
olvidando las letanías sobre hornos de ladrillo, panadería, y conveniencia
de ser esencialmente un hombre de trabajo en este país, que era la
sempiterna tesis del viejo, con sus correlativas reflexiones sobre las
ventajas y utilidad de la pesca, hasta el día en que, como dicen, por el
interior, le salió jaca o cuero el manguruyú, que creía haber agarrado con
su formidable anzuelo.
Por lo que pueda valerle a algún aficionado (no sé si usted lo es, doctor
Pellegrini) diré, antes de proseguir, lo que mi padre sostenía sobre esta
rama del sport : "El hombre que pesca, medita, se concentra, conversa
consigo mismo, y como la familia de los peces es numerosa y variada, tiene
mucho que aprender, observando sus costumbres, su ingenio, para comerse la
carnada y no tragar el anzuelo; por otra parte, agregaba, la vista del
agua, de la vegetación, todo lo que constituye el paisaje que
necesariamente rodea al pescador, lleva a su espíritu cierta amenidad. He
observado mucho a los pescadores, decía, no hay pescador mal sujeto. Y
luego, el pescado es un gran alimento: contiene mucho fósforo; se digiere
con facilidad, es el gran problema de la higiene. Buena digestión, hijo
mío, y tendrás buena salud y buen humor.
" Así hablaba él. Nada tengo que observar a lo de la salud. Respecto del
humor, yo tengo otra máxima; forma parte de la colección, tercera serie de
Pensamientos , que uno de estos días publicaré: "El secreto del humor está
en el libro de caja."
Naturalmente, yo tengo que pensar a la inversa de como pensaba mi padre:
está escrito, porque, como dice Goethe, el tiempo marcha y arrastra los
sentimientos, las opiniones, las preocupaciones y los gustos. Si la
juventud de un hijo se desliza en la misma época de la revolución, se
puede estar seguro que no tendrá nada de común con su padre. Si el padre
viviese en una época en que fuera agradable apropiarse alguna cosa,
asegurarse su propiedad, redondearla, reducirla y disfrutarla en el
retiro, lejos del mundo, el hijo no dejaría seguramente, de extenderse,
comunicarse, esparcirse y abrir lo que su padre hubiere cerrado.
Salimos... yo detrás de mi padre, cabizbajo, rehuyendo su mirada; llegamos
a los galpones (esta palabra no está en el diccionario de la Academia) la
faena estaba en su apogeo; no se veían sino cuchillas relucientes,
miembros mutilados, manos empapadas en sangre; ¿qué digo?, hombres
empapados en sangre hasta las narices; no se oía, por decirlo así, como
nota dominante, sino el quejido lastimero de las reses, pidiendo piedad en
el brete, y yo mismo, ahí, en él, me entretenía inocentemente en
desnucarlas, imitando la destreza salvaje de aquellos carniceros tan
americanos, que, en mi imaginación de niño, tomaban las proporciones de
algo extraordinario, más varonil que el resto de los simples mortales.
Había entre ellos un vasco, enorme tagarote, que era también diestrísimo
desollador, y el cual, cuando mi débil mano no podía, él la ayudaba a
introducir la mortífera daga en la nuca. ¡Y cuántas veces, porque el golpe
era mal asestado y el pobre animal resistía a la muerte, no oí gritar,
repitiéndolo: ¡tomá, salvaje! Seguramente, que en los saladeros de los
unitarios, decían: ¡tomá, mazorquero! ¡Qué horror!
¡Qué curiosos somos los padres, y cómo nos volvemos puras contradicciones,
cuando se trata de nuestros hijos!
De lo que voy diciendo, se deduce que mi padre no quería, cuando yo tenía
diez y siete años, hacer de mí, sino un hombre trabajador, y otras yerbas
quizá. Y sin embargo, procedió al revés.
Voy a poner de relieve la contradicción.
El general don Carlos María de Alvear vivía en la calle de la Florida,
frente a donde actualmente vive el señor don Adolfo Carranza; la casa está
intacta. Resiste, como ciertas piedras que hay en determinadas veredas,
que uno sabe de antemano que si llueve y las pisa, va a ser salpicado.
Felizmente, uno se sabe tan bien de memoria la topografía de esta tan
ponderada ciudad, que, hasta dormido, puede caminar al tanteo. Mi padre
era su amigo, uno de esos amigos, como hay muchos. Solía hablar mal de él.
Pero no permitía que otros lo hicieran. A propósito de esto, he de
dedicarle a Torcuato una Causerie . Bueno, mi padre estaba de visita, en
casa de su amigo, y yo con él. Entre paréntesis diré que misia Carmen
Quintanilla, la esposa del general, señora llena de gracia y de cultura,
me quería muchísimo, porque diz que me parecía como una gota de agua a
otra gota, a uno de sus hijos, el cual murió trágicamente en el río
Potomac.
En el primer patio de la casa había una alberca, y en ella el único
instrumento de floricultura, conocido entonces, un cuchillo mangorrero .
Misia Carmen y mi madre, el señor don Carlos y mi padre, eran amantes de
las flores, lo que no sé si probará algo, aunque me inclino a creer, que
es sintomático de cierta delicadeza en los sentimientos.
Estábamos en verano. Ellos conversaban (probablemente críticaban el
gobierno, cosa muy frecuente, aunque se le sirva y se aproveche de él).
Yo, que me debía aburrir mucho, no habiendo otro muchacho, había tomado el
cuchillito y escarbaba. El señor don Carlos viome y díjome: ¡Cuidado,
hijito, no te vayas a lastimar!
Mi padre, que hablaba enfáticamente, como todos los que habían servido con
San Martín, arguyó: "Déjelo usted; en esta tierra, mi amigo, el que quiera
ser algo, debe saber manejar bien eso."
El hecho es que mi padre me tenía de saladerista; pero el hecho es también
que cuando vio que, en vez de saladero, eran otras las cosas que me
preocupaban, o parecían preocuparme, frunció el entrecejo, como diciendo:
esto va mal , y he aquí, patente, la contradicción; exactamente, lo mismo
que yo, que quería que mi hijo fuera fraile, y lo tengo viajando, y el
muchacho apenas cuenta diez y seis años, y es dueño y señor de sus
acciones, y se porta muy bien, y ya volvió de un viaje, y ya regresó,
después de haberle hecho una visita a su madre. ¡Fraile! entonces Mansilla
va a estar en el Congreso, en contra del matrimonio civil -dirán José
Manuel y Goyena-. ¡Ah!... eso, lo veremos, ésa es harina de otro costal.
En primer lugar, el muchacho no quiere ser fraile. Quiere ser militar, y
eso, sí, no será con mi consentimiento; pero fraile, entonces, ¿por qué?
No tengo por qué no decirlo: yo soy en estas cosas algo más que sincero,
muy franco. ¿Qué es el amor? "Es el egoísmo de dos." Yo amo más a mi hijo
que él a mí. De lo contrario, romperíase la cadena de la solidaridad
humana: "Un padre es para cien hijos; cien hijos no son para un padre." Yo
desearía que mi hijo fuera padre , van a saber ustedes por qué. El
sacerdocio es un apostolado, en cualquiera religión. No mata, consuela,
ayuda, salva. (No me pregunten ustedes en lo que yo creo: filosofar no es
creer.) En el sacerdocio hay para todo: hay para la virtud y la
imbecilidad; para la virtud y el talento, digámoslo, hay hasta para el
vicio, porque todas las iglesias tienen que ser indulgentes, desde que eso
es lo que predican. Yo prefiero la católica a todas las otras; aunque deba
decir, en conciencia, que soy muchísimo menos católico que el Papa; y
querría, por lo que fácilmente se colige, no sabiendo si mi hijo, aunque
es un muchacho de juicio, será un hombre de talento, que se refugiara allí
donde a nadie se le pide carta de ciudadanía, allí donde los horizontes
son tan vastos que se puede llegar hasta el papado; que es, como si
dijéramos, el imperio sobre millones de conciencias. Esto de ser fraile es
una pichincha . Porque en una familia, donde hay un clérigo, todo es para
él, empezando porque, como no tiene familia propia, lo consideran solo,
siendo así que su familia es su grey, y acabando porque hasta las mejores
empanadas son para él. "No, dice la madre, no, dice la hermana: eso, que
se lo manden al cura." ¡Ah, si mi hijo quisiera ser fraile, qué buena
opinión tendría yo de él! Y prescindamos de que "si hay buenos
matrimonios, no los he conocido deliciosos". Luego, esto de ser sacerdote,
cuando se tiene un apellido, que es un antecedente, ya es un comienzo de
prestigio social; porque si Vds. se fijan bien, con todos sus aires
democráticos, la Iglesia es eminentemente aristocrática. Mas me estoy
metiendo en unos berenjenales, de los que soy capaz de salir airoso (¿no
lo creen ustedes?); pero que no hacen a mi propósito directo, y entonces
escápome por la tangente, y vuelvo a tomar el hilo de mi interrumpida
narración.
Estamos en el saladero: allí se mata, se desuella, se desposta (este verbo
despostar no es español, es un americanismo, y el diccionario de la
Academia haría bien en incorporárselo; puesto que, según ella misma, posta
, significa tajada o pedazo de carne, pescado u otra cosa), muévense las
carretillas, los hombres van y vienen, se levantan las pilas de carne
salada, van las partes crasas a la fábrica, donde se extrae la gordura,
todo es movimiento, vida, animación, nadie piensa en el Restaurador de las
Leyes ni en la Federación, porque eso bueno tiene el trabajo, así es que
yo pienso para mis adentros y para mis afueras, desde que lo digo, que los
que se ocupan de política, esencialmente, son los grandes perezosos del
país. De ahí que la gente más politicona del mundo sean los jujeños.
Prueba al canto: es la provincia, donde, sin que nosotros lo sepamos, los
de acá, ha habido más mutaciones del gobierno, y más sangrientas
revoluciones. ¿O se imaginan ustedes que los jujeños, porque son
semi-cuicos , son incapaces de ferocidad? ¡Jujuy! El día en que lleguemos
a Jujuy en ferrocarril, en un tren rápido, como se va de París a Berlín,
veremos la cosa más extraordinaria del mundo: la región más bella de toda
la República, en manos de los hombres más chiquirrititos. Jujuy es todo, y
los jujeños son nada.
Decíale a usted, doctor Pellegrini, en mi última Causerie: la fin au
prochain numéro . Mas así como el hombre no alcanza a levantarse un palmo
de la tierra, así tampoco alcanza a ver más allá de sus narices. Los dos
nos hemos equivocado. Es una página de Historia Universal . Yo, porque he
creído; usted, porque ha esperado.
Con que así será hasta la vista, y para entonces espero poder decirle a
usted por qué fue que hice yo mi primer viaje en una época en la que
embarcarse era un acontecimiento. Supongo que usted me está leyendo. En
este caso cuadra el dicho aquel (desde que habiendo empezado tengo que
concluir):
Una visita es siempre un placer.
¿Cómo así?
Claro; si no lo es cuando llega, lo es cuando se va.
Mi padre se quedó en el saladero, ese día, menos tiempo que el de
costumbre. Yo, mortificado por mis remordimientos, que eran punzantes,
porque a cada momento se me figuraba que podía decirme: "¿Con que no sólo
me tomas los libros sin mi permiso, sino que también me robas mis
cartas?", andaba sin sombra. No hallaba sitio que me pareciera bastante
apartado para esquivarme; de modo que no respiré con expansión,
quitándoseme un enorme peso de encima, hasta que no oí decir: "Ahí se va
el general", sintiendo el ruido de la pesada galera, tirada a la cincha,
en que "mi viejo" tornaba a sus reales.
Estaba en el brete, miré, seguí mirando, y no volví a ser yo mismo, sino
cuando perdióse en lontananza, envuelto en una nube de polvo, el rojo
vehículo; pues, como antes he dicho, todo era colorado, o parecía serlo,
en aquella época, desde que hasta los sentimientos y las opiniones podían
disfrazarse poniéndose chaleco y divisa colorados.
¡Qué terrible torcedor es la conciencia! Lo que yo deseaba más, a ciertas
horas, era verlo llegar a mi padre; se iba, y su partida era un alivio.
Con razón la justicia criminal, entre sus medios de prueba, tiene el
careo: mientras mi padre andaba por ahí, yo debía tener la cara de un
culpable, indudablemente. Y, sin embargo, él nada me había dicho. Era yo
el que había leído, en su rostro, iluminado por la inquietud, algo como
este reproche afectuoso: "¿Es posible, hijo mío, que cuando yo te induzco
en un sentido, tú te eches por otros senderos?"
Pero todo aquello fermentaba en mi cabeza confusamente; no tenía la
percepción clara, íntima, instantánea de ninguna verdad, tal como se tiene
cuando un objeto material está a la vista, o cuando el pensamiento
abstracto, como un montón de ideas revueltas, toma, a fuerza de mirar uno
dentro de su esfera cóncava, forma concreta, aunque después se disipe como
una nebulosa y desaparezcan hasta sus contornos, no dejando sino una
impresión mortificante o beatífica, según el orden de ideas, bajo cuya
influencia hayamos estado, antes de recobrar lo que llamaremos el
equilibrio moral. Yo entiendo por equilibrio moral la conciencia del yo ,
que nos dice, sin sofisma: has hecho bien, o has hecho mal.
Salí del brete, y me fui a mi rancho . El Contrato Social estaba abierto,
tal cual yo lo había dejado.
Me tendí sobre la cama; no tenía sueño, pero quería dormir y apretaba los
ojos para hipnotizarme y sustraerme al recuerdo de lo que había pasado.
Los débiles son así; buscan en la oscuridad el alivio de males imaginarios
o reales.
El hombre, en su primera infancia, se oculta del fantasma, que él mismo ha
evocado, tapándose con las cobijas hasta las narices.
¡Cobardes! Aún después, cuando la adversidad nos descarga alguno de sus
golpes, en vez de buscar la luz, nos encerramos, perdemos el apetito, el
insomnio nos domina, y le pedimos al sueño, imagen fugaz de la muerte, el
consuelo que debiéramos buscar, olvidando que vivir y luchar es un deber.
Pues por más que se diga, que el suicidio es un acto de valor, yo sostengo
que no hay tal valor en rebelarse contra las leyes de la Naturaleza; y es
ley de la Naturaleza nacer, crecer y perecer, independientemente de
nuestra voluntad.
Este problema es, sin embargo, muy complicado. Ya lo inicié en la Causerie
sobre Horfandad con hache . Es algo más que cuestión de minimum o de
maximum , en la suma de los estados conscientes e inconscientes, teniendo
en cuenta el modo de ser de cada cual y las circunstancias externas. O
cuando dejamos correr las cosas, ¿no hacemos también acto de voluntad?
Cuando vacilamos, cuando no sabemos si queremos o no queremos, cuando hay
deliberación sin que haya elección, ¿hay o no volición? Aquí se presenta
una dificultad: la persona, el yo , que es causa y efecto, a la vez.
En otros términos, el carácter , cuyo estudio, cuya ciencia, mejor dicho,
lo que Stuart Mill llamaba, hace 40 años, Ethología , están todavía en los
limbos intelectuales, esperando el agudo revelador de sus misteriosos
secretos.
Yo sé bien que la irresolución no es muchas veces más que el resultado de
una gran riqueza en las ideas, la necesidad de comparar, de razonar, de
calcular; todo lo cual constituye un estado cerebral sumamente complejo,
en el que las tendencias hacia el acto se traban las unas a las otras.
Alguna vez se ha querido reducir la voluntad a la simple resolución, lo
que es como afirmar teóricamente que una cosa será hecha, atenerse a una
abstracción. Pero no se debe olvidar que querer es obrar , que la volición
es un pasaje al acto. Elegir no es más que un momento fugaz, en el
processus de la voluntad.
Me dormí, y no me desperté, hasta que no vinieron a decirme: "Suena la
campana." Era la campana que tocaban en el campamento, que quedaba de
allí, como doce cuadras, media hora antes de comer, y cuyo tañido se oía
perfectamente en el saladero.
Mi caballo estaba siempre listo y, cinco minutos después, a media rienda,
yo llegaba, encontrándolo a mi padre paseándose, indefectiblemente, balero
en mano. El y yo éramos muy fuertes en ese juego. Yo no he conocido más
rival que Juan Cruz Varela. Hacíamos una partida o más, hasta que un
pardo, Castro, asistente de confianza, venía y le decía: "Señor, ya está
la sopa en la mesa."
En la tarde a que me refiero, llegué al campamento y me encontré con que
mi padre no hacía lo de costumbre. Su casa era un vasto rancho , rodeado
de amplios corredores, y estaba situada en una punta del río Paraná, en un
sitio pintoresco, delicioso; la barranca era escarpada, había gradas
talladas en la tosca para bajar hasta la orilla del río, y allí, al lado
de una gruta natural, asientos cómodos para el "sacrificio de la pesca".
Mi padre no se paseaba ni tenía el balero en la mano. Era un hombre
grande, más alto que yo, varonil por dentro y por fuera. Yacía
meditabundo, como el genio de la reflexión: no me sintió llegar; no volvió
en sí, o mejor dicho, no abandonó los pensamientos que seguramente le
obsediaban, sino cuando yo le dije: "Buenas tardes, tatita." Volvióse y,
contestándome "Buenas tardes, hijo", se puso en movimiento, recorriendo de
arriba abajo el largo corredor. Yo le seguía dándole siempre la derecha.
Estaba visiblemente agitado. Yo veía, no entendía; recibía una impresión
que no me decía cosa alguna. ¿Y el balero? No me atreví a preguntar por
él. Caminábamos, en silencio, esperando, momento por momento, algo. Llegó
Castro, y dijo: "Está la sopa en la mesa, señor". "Está bien" -contestó mi
padre- "ya voy". Pero no se detuvo , siguió andando. De repente, detúvose.
Miróme de hito en hito, desde la cabeza hasta los pies. Clavó en mí su
mirada de fuego. Tenía unos ojos que veían todo lo de adentro. Me
registró, por decirlo así. Me midió como con compás. En una palabra, hizo
mi triangulación completa. Me puso la diestra sobre el hombro izquierdo
suavemente. Parecióme, como si me echaran encima todo el peso que le
echaron al padre de las Atlántidas. Figuróseme que ya me iba a decir:
"¡Miserable! con que hasta mis cartas me robas!" ¡Ah! juzgad de mi
sorpresa, del bienestar inefable que se esparció por todo mi ser, cuando,
en vez de eso, me dijo, con esa voz gruesa de los militares de la escuela
de San Martín: "Por supuesto que tú piensas continuar viviendo en este
país..." Lo miré con unos ojos en los que él debió, sin duda, leer la
verdad de mi impresión: "Tatita, ¿y acaso eso depende de mí?" Lo miré nada
más, no articulé palabra, ni qué palabras había de articular si no
entendía. Y así nos quedamos momentáneamente, hasta que él continuó:
"Vamos a comer". ¡Ay! aquel vamos a comer me hizo el efecto inexplicable
de un "sea todo por el amor de Dios..."
Mi padre era muy fastuoso, tenía más desarrollada que la adquisitividad,
no obstante que era hombre de orden y que vivía haciendo columnas cerradas
de números, la predisposición frenológica opuesta. Era rumboso en todas
sus cosas. Me acuerdo que, cuando se decía que iba a ser padrino, todos
los muchachos se afilaban para la gran marchanta que habría, y que él
arrojaba macuquinos a rodo, y que el "¡viva el padrino!" resonaba en todos
los ámbitos, como un aplauso al vencedor en los juegos olímpicos, y que,
aún después que estábamos ya de vuelta en casa, la turba multa se agitaba
invadiendo el zaguán, siendo necesario disiparla, algunas veces, con
amonestaciones de vías de hecho.
¡Eh! los muchachos dirían para su coleto: por un gustazo, un trancazo.
La mesa de mi padre no era servida por ningún artista culinario; pero se
comían en ella cosas criollas muy buenas, aunque protesten los sibaritas
refinados, aficionados a la haute cuisine , cuyo representante clásico es
Brillat Savarin, el cual, como ustedes saben, sostiene entre sus diversos
aforismos que la invención de un plato nuevo contribuye más a la felicidad
del género humano que el descubrimiento de una estrella; que los animales
se hartan, que el hombre come, que sólo el hombre espiritual sabe comer,
exclamando, no como el refrán español, que dice Dime con quien andas y te
diré quién eres , sino Dime lo que comes, te diré quién eres .
¿O no son cosas buenas la carne gorda, bien asada, la carbonada, locro,
los porotos (¿y qué me dicen ustedes de las lentejas que es la sustancia
vegetal más alimenticia?), los garbanzos, el dulce de leche, inventado en
América por los jesuitas, los pastelitos fritos de hojaldre, de carne o
con azúcar, y la carne con cuero, de origen árabe, que Alejandro Dumas
aprendió a preparar en Argelia, y de cuya habilidad se enorgullecía más
que de haber sido y ser el primer novelista francés, sea dicho sin
menoscabar en lo más mínimo el renombre del mismo Balzac?
Porque aquí, entre nos, todos los otros no son más que imitadores o copias
de esos dos grandes maestros. Y nótese bien que digo francés, porque
hablando de novelistas modernos hay dos nombres que se imponen: Thackeray
y el inimitable Dickens, el gran campeón de la igualdad de las clases
sociales, el enemigo infatigable de todos los abusos; el cual ha
denunciado la justicia inglesa, como demasiado complicada, demasiado
lenta, demasiado cara, sin que se reunieran los jueces ni los escribanos
ni los procuradores, a título de su hombría de bien, para reclamar contra
ello; sin duda porque no existía, entonces, un Concejo Deliberante, como
el de puacá , el cual no permite que, ni salvando la honorabilidad de las
personas, se pueda hablar del desprestigio en que haya caído una
corporación. ¡Dios sabe por qué!
Y no sólo se servían cosas muy buenas, en la susodicha mesa, sino que era
muy alegre; porque mi padre comía rodeado de sus oficiales, estando éstos
siempre a gusto delante de él, por la libertad de conversación fácil que
les dejaba, compatible con el decoro social y los respetos mutuos que los
hombres se deben, sea cual sea su jerarquía respectiva. La demasiada
familiaridad es causa de menosprecio.
Alegre, he dicho. Ese día el continente sombrío de mi padre produjo en
todos una impresión parecida al efecto que nos hace, después de una larga
noche de invierno, el aspecto de un cielo encapotado, cuando previo largo
parlamento con la pereza, decidiéndonos al fin a dejar la cama, saltamos,
y corriendo a la ventana, abrimos los postigos para ver la luz, y, en vez
de sol, sólo vemos nieblas.
Mi padre estuvo callado, nadie habló.
Yo me volví al saladero, rumiando: ¿por qué me habrá preguntado mi padre
"si pienso continuar viviendo en este país"? Ahora mismo, al través del
tiempo y del espacio, cierro los ojos y los labios, evoco aquel recuerdo,
y me parece que todavía vibra en mi oído esa frase, como si el retrato de
mi padre, que tengo enfrente, la articulara.
Doctor Pellegrini: he querido concluir, y lo he querido, como Alfieri
quería las cosas: vole e fortemente vole , era su consejo, siempre, cuando
algo desees conseguir. ¡Ah! no siempre querer es poder .
Pero decididamente, concluiré el jueves, y seguiré con los Siete platos de
arroz con leche , cuento que le tengo ofrecido a Benjamín Posse.
Si el día antes, así que se fue mi padre, yo me fui a mi rancho, me tiré
en la cama y me dormí fácilmente, a pesar de mis remordimientos, no
sucedió lo mismo en la noche que llamaremos la del interrogatorio.
Aquel dicho de mi padre: "Por supuesto, que tú piensas continuar viviendo
en este país", habíame impresionado profundamente. Y como yo lo quería
mucho, porque era en extremo simpático, noble, generoso y alegre, cuanto
imponente; y, como todo amor sincero, sobre ser íntimo, es intuitivo, yo
tenía, necesariamente debía tener, por poco que entendiera, el
presentimiento de que algo grave pasaba.
Un signo visible, inequívoco, indiscutible me lo patentizaba: el viejo,
siempre decidor, ameno, estaba triste: esta palabra expresa todo.
No tenían para mí otro significado su silencio, durante la comida, y antes
de ella, la falta del balero; sus paseos agitados por el corredor, su
incomprensible interpelación.
Porque no puedo dejar de repetirlo: percibía, no entendía. ¿Cómo me
acuerdo de estas cosas?
He ahí una pregunta que el que haya leído desde el principio, se habrá
hecho probablemente.
La memoria, como ya lo dije, es un hecho biológico de los más complejos e
interesantes. Cualquiera que sea el número de las células cerebrales (se
cuentan por millones), destinadas a recibir, como en depósito, nuestras
impresiones, sería un error creer, que, una vez allí, quedan sepultadas
per in aeternum como un secreto en una tumba, si esas impresiones las
hemos recibido en un estado de inconsciencia.
La memoria no es, en efecto, más que un conjunto de asociaciones dinámicas
estables, que dormitan, susceptibles de despertarse prontamente a la menor
evocación.
Por consiguiente, para que haya reminiscencia es necesario que haya habido
impresión cerebral consciente o inconsciente.
Yo he mirado, no he visto, solemos decir. No hay recuerdo posible. Para
que lo haya, es necesario haber visto y mirado.
Estos fenómenos de la memoria preocupan mucho actualmente a los fisiólogos
y psicólogos. Sus estudios, empezando por Herbert Spencer y sus
congéneres, me permitirían detenerme y hacer una digresión entretenida
sobre las ingeniosas hipótesis de los unos, y las observaciones de los
otros. Mas yo no tengo que ocuparme ahora del génesis de mis recuerdos.
Baste decir, que cuando me acuerdo de mi padre, recuerdo mil incidentes
que con él se relacionan, que mi memoria se ilumina, que veo claro en el
pasado, como si penetrara con una antorcha en una catacumba, cuyas figuras
simbólicas tuviera que descifrar.
Me pasa con esto lo que con algunas de las lenguas que aquí no hablo, sino
por excepción, que medio hablo o que hablo mal, cuando piso el suelo donde
ellas se hablan: todo el ambiente es sugestivo y hablo como un papagayo,
pero hablo.
La acción de revivir una lengua, por decirlo así, olvidada completamente,
es un fenómeno curioso. El caso referido por Hamilton o Carpenter, no me
acuerdo cuál de los dos, de un leñatero que había vivido algunos años en
Polonia, durante su juventud, que pasó después treinta años en su casa en
un distrito alemán, cuyos hijos nunca jamás le oyeron hablar una palabra
en polaco y que, bajo la influencia de un anestésico, que duró cerca de
dos horas, habló, rezó y cantó en polaco, yo lo he comprobado en mí mismo,
bajo la influencia del cloroformo, en Rojas, siendo capitán del 2 de
línea.
Me dolía una muela, el médico de la división era Caupolicán Molina, médico
de poca ciencia, pero de gran talento: tenía eso que sus afines llaman ojo
médico y curaba, ¿cómo? no sé; pero casi siempre curaba. ¡Pobre amigo
querido! ¡Murió prematuramente, durante la gran epidemia de fiebre
amarilla, cumpliendo con su deber, devorado por el flagelo!
-Vengo -le dije un día-, a que me saques esta muela.
-Bueno, siéntate -repuso.
-¡Ah! no, quiero que me des cloroformo (no se aplicaba mucho).
-¿Cloroformo?
-¡Sí!
-No... no te doy cloroformo.
Yo soy lo mismo que Julio César, en esta parte; flojo, como el tabaco
holandés, para los dolores físicos, aunque al mismo tiempo sea capaz de
soportarlos por energía moral; y sostengo que, cuanto más civilizado es el
hombre, tanto más mimosa es su piel.
-Pues si no me das cloroformo, haré fuerzas y se me pasará el dolor.
-Eres un loco, no te curarás.
-Pero hombre, ¿qué te cuesta?
Mandó llamar un ayudante, me cloroformizó, me sacó otra muela por
equivocación, cosa de risa para contarla en otro lugar; y mientras estuve
cloroformizado no hablé sino en inglés, lengua que hacía muchos años no
hablaba.
Este caso, por no decir otra cosa, debe recordarlo el general don Emilio
Mitre, de quien yo era secretario, con el cual nos reímos mucho de nuestra
aventura; y digo nuestra, porque él, Caupolicán, y yo éramos amigos, y una
muela mía sana, sacada en vez de otra cariada, era asunto que nos
interesaba a los tres.
Lo particular es que, como todos los que tienen dentadura, he tenido que
volver a las andadas, sobre el capítulo muelas, y que cada vez que me he
vuelto a sacar alguna otra, siempre he tomado cloroformo, y que siempre,
al empezar la operación, le he dicho al dentista: voy a delirar, pero lo
haré en inglés, y que siempre en inglés he delirado.
Ese "por supuesto, que tú piensas seguir viviendo en este país" trotaba en
mi imaginación ¿qué digo?, estaba fijo en ella como un mane, thecel,
phares escrito con letras diamantinas. Y me decía: ¿por qué me habrá dicho
tatita eso? El Contrato social no me había dejado, no podía haberme dejado
ninguna impresión perturbadora. Yo leía como solemos leer, por curiosidad,
en una edad prematura, ciertos libros: un tratado de numismática,
verbigracia, así es que no había asociación posible de ideas. Pero estaba
agitado, dormí muy mal.
El sueño, que es tan gran beneficio -que me desmientan los dormilones;
¡ah!, no es una palabra vana la del sabio que dijo: el cielo permite que
el malo duerma-, el sueño, repito, me equilibró a pesar de todo, pero nada
me dijo.
Tomé el rábano por las hojas: me acordé de que mi padre me había
sorprendido en mi rancho leyendo, y al rayar la aurora sólo pensé en que
era saladerista y en que debía, por aquello de Zapatero, a tus zapatos ,
estar donde se desnucaba y se descuartizaba.
Mi padre vino como de costumbre, nos saludamos. Yo lo miré con esa cara
que dice: ya usted ve cómo me porto; pero sin descubrir en la suya ninguna
señal de complacencia, sino todo lo contrario.
Así como en él, a no dudarlo, persistía la impresión de haberme
sorprendido leyendo el malhadado libro, en mí debía persistir esta otra:
"¡Caramba, y qué mal hice ayer en dejarme sorprender por tatita: todavía
le dura el enojo!" ¡Qué deliciosa cosa es la ignorancia! Con razón cierto
escritor ha exclamado: "¡Cuán peligrosas son las bellas artes, y las
bellas letras ídem!"
No tanto como las mujeres bellas ¿convendrá usted conmigo, doctor
Pellegrini, y el lector también?
Pero sigamos.
Naturalmente, el enojo de un padre dura menos que el de un hijo, y, aparte
de que el mío no estaba enojado sino preocupado, aquellos celajes
paternales debían pasar por todas las transiciones del claroscuro del que
se está mirando en su propio espejo. Aquel aire, que a mí me parecía
adusto, tenía pues, que experimentar las influencias de mi actividad,
tendiente en todo, dentro del teatro en que nos hallábamos, a hacer ver,
yendo y viniendo, desnucando novillos, vacas y toros, y hasta de cuando en
cuando dando una cuchillada, que echaba a perder el cuero al desollar la
res, que yo era todo un señor saladerista.
Y seguramente que él pensaba en todo menos en mi destreza para desnucar y
desollar. Pero viendo mis aptitudes de hombre de acción, y de muchacho de
porvenir, tenía que experimentar una inexplicable satisfacción,
impresiones contradictorias, dudas, ¡qué sé yo!... y su gesto que
suavizarse, desarrugándose el ceño. Ni él, ni yo estábamos, sin embargo,
en la situación de la verdad. Yo lo creía a él contento, olvidado
completamente del día anterior, y él me creía a mí espontáneamente en todo
aquello, mientras tanto, que no estaba en ello sino en cuanto mi solicitud
filial me hacía representar un papel, para enmendar los renglones tuertos
de una plana mal hecha, el día anterior.
Esa tarde, así que yo oí el tañido de la campana del cuartel general,
salté en mi caballo, que ya estaba listo, y en un verbo estuve en el
campamento.
¡Cuál no sería mi sorpresa cuando volví a hallarlo a mi padre sin el
balero, concentrado, pensativo como el día antes!
Renovóse la escena.
Yo no pude resistir, me sentí movido por un resorte extraño y me atreví,
cuando después de cartabonearme me volvió a decir: "Por supuesto, que tú
piensas continuar viviendo en este país" a decirle a mi vez: "Tatita, ayer
me ha preguntado usted lo mismo y yo no entiendo."
Entonces él, irguiéndose, dominándome doblemente, porque era mucho más
alto que yo; pero tomándose tiempo, como quien medita, reflexiona y
rebusca una frase que exprese todo un concepto, yendo hasta el fin del
corredor, volviendo sobre sus pasos, y yo al lado de él, anhelante, las
idas y venidas sucediéndose, hasta que Castro se presentó y dijo: "La sopa
está en la mesa", contestó:
-Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rozas, no lee el
Contrato social , si se ha de quedar en este país; o se va de él, si
quiere leerlo con provecho.
Por quien soy, que no entendí todavía; era yo tan niño, tan federal y tan
rozista, que ¡qué había de entender! Sería exactamente lo mismo que si
ahora nos hablaran de cosas en que no pensamos; de volver al gobierno de
los caudillos, que era régimen de los gobiernos patriarcales, salvo error
u omisión.
Lo cierto es que después de estas escenas, todo el mundo dijo en Buenos
Aires que a mí me mandaban a viajar, porque yo era un muchacho con muy
malas inclinaciones, refiriéndose a ciertas aventuras. La verdad es que,
si mi padre me embarcó en un buque de vela -¿y en qué otra cosa me había
de embarcar?; ¿acaso había entonces vapores?-, en un buque que salía para
la India, cuya tripulación no constaba sino de doce marineros, un capitán
y el sobrecargo, buque que se llamaba la barca Huma [6] , fue única y
exclusivamente por las causas que dejo relatadas.
Doctor Pellegrini, me preguntó usted en el Politeama, estando en el palco
del señor Presidente de la República y a propósito de un coche que
atropelló a un sacristán:
"Por qué había yo hecho tan joven mi primer viaje", ni más ni menos que a
los diez y siete años. Ahí tiene V. por qué .
¡Qué suerte que no me preguntara usted el porqué de otras cosas!
Me habría usted puesto en aprietos.
Concluyo, pues, exclamando, no como el poeta:
"y si lector dijerdes ser comento,
como me lo contaron te lo cuento."
sino:
Así como yo digo fue.
Y, con mis más respetuoso salém-aleck , ¡que Dios lo tenga en su santa
guarda y que no tenga usted nunca jamás que mandar sus hijos a viajar tan
jovencitos como yo!
(Será prueba evidente de que "vamos bien por España" y, con este título,
contaré otro cuento, dedicado a cierto tipo antipático, sea dicho entre
paréntesis, a pesar de su enorme talento, tipo que no olvida ni aprende.)
Más todavía: que no tenga usted la fatalidad de tener como yo, hijos
enclenques, fatalidad que arguye contra los matrimonios entre primos
hermanos, y que prueba que hizo bien en venir a esta tierra su distinguido
padre, el ingeniero Pellegrini, al cual le debemos tener un vicepresidente
de la República de la talla suya; lo que puede ser una desgracia o una
fortuna, según las simpatías o antipatías de que sea usted objeto.
Doctor Pellegrini, tenemos que morirnos para saber lo que de nosotros
piensa la opinión nacional, casi he dicho... la hipocresía.
A tout seigneur, tout honneur.
AMESPIL
Al señor don Florencio Madero
"El hombre no es un ángel ni un demonio."
Estábamos en el campamento de Ensenaditas , cuando la guerra del Paraguay.
Mientras nos preparábamos para los combates con el enemigo, librábamos
batallas diarias con las sabandijas, sobre todo, con las moscas. Eran
tantas, que no oscurecían el sol, como las flechas de Jerjes, pero nos
enloquecían.
Para comer, sin comerlas en considerable cantidad, teníamos que valernos
de diversas estratagemas. Una de ellas consistía en ponernos en cuclillas,
en levantar el poncho por la boca, de modo que formara con la cabeza,
cayendo a los lados hasta el suelo, una especie de paraguas, -de
para-moscas - y hecho así el vacío y la oscuridad, sirviendo de resquicio,
para que entrara un poco de luz, la abertura de esta tan útil prenda
americana (que no es más que la manta andaluza, que se toma por dos
puntas, revista y corregida), estaba semi-resuelto el problema de comer
medio-viendo, al lado del fogón, lo que con la mayor precipitación posible
nos pasaban por debajo los solícitos asistentes.
Todo lo cual no impedía, por muchas que fueran las precauciones, que
tragáramos lo que queríamos y lo que no queríamos.
Un día, me destinaron un pelotón de enganchados. Yo era mayor del 12 de
línea, y jefe interino de él, pues la brigada que formábamos con el 9, la
mandaba el comandante Ayala. Se hizo lo de costumbre: se le averiguó la
vida y milagros a cada individuo, lo mejor que se pudo, porque eran
extranjeros que hablaban todas las lenguas; y algunos, ninguna.
Entre ellos sobresalía por su tamaño y su volumen, sus manos deformes y
sus pieses (como decía el coronel Baigorria, aquél que vino a Pavón con
los indios de Coliqueo) uno que habíamos canjeado, con el regimiento de
artillería, por un francés.
Este infeliz, era de esos que no hablaban ninguna lengua. Hablaba un
dialecto, y más tarde supimos que era bávaro .
¡Y qué bávaro! Era tan grande que no había vestuario que le cuadrara: de
zapatos no hay que hablar; se le hicieron unos tamangos de cuero de
carnero; porque tenía los susodichos pisantes estropeadísimos, tanto como
las manos, a punto que, dando a entender por señas que sabía manejar el
fusil, no podía empuñarlo.
Mientras este como-hombre se curaba y se le hacía un uniforme, la tropa,
con su ojo múltiple de observador, ignorante pero perspicaz, íbale
descubriendo sus propensiones y sus habilidades. Consistían éstas en dos:
Amespil comía por tres y bailaba tirolesas.
La tropa lo vestía de mujer. Amespil silbaba un aire y mientras le daban
galleta, él bailaba, haciendo piruetas como un elefante, con crinolina, y
todos nos divertíamos.
Amespil sanó, quedando sano, como sabemos decir los del oficio, de lomo y
patas -y ¡oh sorpresa!, siempre lo imprevisto decidiendo de la suerte de
los mortales!- resultó que manejaba el fusil admirablemente, y que
marchaba como un prusiano.
Consecuencias: que se le hizo servir de figurín y que, vista su voracidad
de insaciable buitre, se ordenó darle ración doble.
Este pobre Amespil, no obstante su inocencia, porque era un alma de Dios,
fue víctima, ¡vean ustedes lo que es el mundo!, de sospechas y acusaciones
contra su pudor, de las que era culpable únicamente un soldado sanjuanino,
que tenía por apodo Culito , muy ladrón entre paréntesis. Y no se salvó de
un castigo severo, sino porque yo tuve una inspiración salomónica para
descubrir al culpable. Más me valiera no haberla tenido, porque de ahí
tomó asidero la calumnia para inventar la leyenda de que yo había hecho
comer a un hombre por las moscas. Mas ese cuento no es para este lugar, y
lo contaré, Florencio, como pendant de éste que me has pedido, otra
mañana, que tenga tiempo y humor para ocuparme de lo que, por serme
personalísimo, haya podido hacerme sufrir.
¡Eh!, la gloria tiene sus espinas, y por ella estábamos, más de cuatro,
haciendo la guerra del Paraguay.
La vida de Amespil se deslizaba plácida y tranquila entre el manejo de
armas, su doble ración y las tirolesas pagadas por tutti quanti . Y no hay
que hablar de las privaciones, de las molestias y peligros comunes; porque
ése era el pan cuotidiano de aquella gran guerra.
Cambiábamos de campamento, librábamos combates y batallas, la guerra no
concluía. Nos habíamos acostumbrado tanto a aquel juego, que había
momentos en los cuales nos habría dado rabia, si nos hubieran dicho: "Esto
concluye mañana."
Talleyrand decía: tout arrive . Habíamos triunfado siempre. Ergo, alguna
vez nos habían de derrotar.
Llegó, pues, el asalto de Curupaití.
Esa mañana se triplicó la ración de la tropa; porque creíamos dormir del
otro lado de las trincheras.
Amespil no recibió ración ninguna. ¿Por qué? Porque no hubo tiempo de
pasar revista de armas. El era muy puerco y, para obligarle a cuidar un
poco su fusil, sólo se le racionaba después de aquella formalidad.
Amespil, naturalmente, debía estar dado a todos los diablos, viendo aquel
despilfarro inusitado, y que a él no le llegaba su San Martín [7] .
Marchamos.
Yo estaba con mi batallón, oculto en un pliegue del terreno, oyendo, a pie
firme, los cañonazos, los fusilazos, sintiendo el ruido diabólico de aquel
infierno de fuego. Esperábamos, por momentos, con impaciencia
imponderable, la orden de avanzar.
Los paraguayos no nos habían visto. Nos descubrieron y, poco a poco,
empezaron a acariciarnos algunas balas rasas de cañón.
Estas caricias tienen muchos inconvenientes, sobre todo cuando se está a
pie firme; porque como ha dicho don Alonso de Ercilla:
"El miedo es natural en el prudente
Y el saberlo vencer es ser valiente."
Mi tropa estaba en columna por mitades, con el arma en descanso. Como
algunas balas pasaron casi rasando las bayonetas -esto es eléctrico-, la
columna hizo un movimiento de vaivén, como el de las olas. Yo, más que
dando una voz de mando, era el único que estaba a caballo, dije: "¡Firmes,
muchachos!"
Y esto diciendo, y para distraer un poco la atención de los que ya sentían
quemar las papas, me puse a recorrer las mitades, pasando por los
intervalos dirigiéndoles dicharachos amenos a ciertos soldados de
prestigio.
A Amespil tocóle su turno: estaba en la primera hilera de la fila, con la
cara muy lánguida. Le agarré la pera, que la tenía larga, se la tiré y le
hice abrir aquellas dos mandíbulas de mastodonte, hasta verle el galillo.
El rugió juntamente con un "¿Cómo te va, Amespil?" mío.
Y cuando le solté, pegóse en la panza con la mano izquierda, y mirándome
con ojos furibundos, me dijo en su media lengua:
-¡Mayor! ¡malo! ¡galleta! ¡nada! ¡Ajo! ¡Hum!
Me parece, no me acuerdo bien, que el hoy comandante Villarruel, edecán
del Presidente de la República, mandaba esa compañía. El me explicó aquel
rugido, y yo entonces, pasando a otra cosa, repuse -Amespil entendía:
-Luego, te darán treinta y seis galletas...
Yo estaba herido en una carpa del hospital de sangre, de tierra, después
de haber estado en el fluvial donde -suprimo detalles- me examinó
Caupolicán Molina, y el cual, no hallando allí sanguijuelas, me dijo:
-Hágase llevar cuanto antes al campamento, y que le pongan dos docenas de
sanguijuelas.
Me las habían aplicado, estaba boca arriba, todo ensangrentado, pues los
animalillos picaban que daba gusto. Reinaba a mi alrededor ese rumor
solemne de la derrota; oíanse los ayes de los heridos que amputaban, los
quejidos de los que llegaban conducidos en camillas o arrastrándose, las
pisadas de los dispersos que caían buscando sus banderas. Por la puerta de
la carpa (era la hora del crepúsculo) veía desfilar los hombres como
fantasmas.
De repente, vi alzarse uno inmenso, todo embarrado, con el fusil a la
espalda, pendiendo de él un enorme atado. Me pareció Amespil, que yo creía
había muerto.
-¡Amespil! -grité.
El se volvió, como si hubiera oído salir un eco debajo de tierra.
-¡Amespil! ¡Amespil! -repetí.
Y él, atraído por mi voz, vino, llegó, y dejando caer el atado que sonó,
diciendo claramente: "estas son galletas" -metió la cabeza dentro de la
carpa, y mirándome todo azorado, y arrasándosele los ojos en lágrimas, me
dijo en su jerga:
-¡Mi mayor, vivo, viviendo! ¡Amespil, Amespil! -y se pegaba con la mano
derecha en el pecho-. Mucho, mucho te quiero. ¡No enojado, no enojado! -y
dándole al atado con una pata para hacerlo sonar, agregó, centelleándole
las pupilas, y vagando por todo su rostro una sonrisa glotona.
-¡Mucho galleta!
Amespil volvía rezagado; pero no había perdido su tiempo en el camino;
había hecho lo más soldadescamente humano: desvalijar muertos.
Me hizo llorar, y en mi interior, me dije: "El hombre no es un ángel ni un
demonio." ¡Ah!, pero es un animal, que tiene insondables abismos de
ternura.
Más tarde, en una hora triste, no estando yo en el batallón -todo es
fenomenal bajo las estrellas-, Amespil desertó.
LOS SIETE PLATOS DE ARROZ CON LECHE
Al señor don Benjamín Posse
"Tout histories doit être menteur de bonne foi."
Desde que empecé a filosofar, o a preocuparme un poco del porqué y del
cómo de las cosas, empezó a llamarme la atención que historia , es decir,
que la palabra subrayada, tuviera no sólo muchas definiciones hechas por
los sabios, sino también opuestos significados.
Cicerón decía: que era el testigo de los tiempos, el mensajero de la
antigüedad; Fontenelle, fábulas convenidas; y Bacon, relato de hechos
dados por ciertos.
Hay, como se ve, para todos los gustos, inclinaciones y criterios,
tratándose de lo que se llama historia en sentido elevado; y de ahí viene,
sin duda, que historia implique también su poquillo de mentira, como
cuando exclamamos: eso no es más que una historia; o: no señor, está usted
equivocado, ahora le voy a contar la historia de ese negocio, de la
glorificación del personaje A o B.
Puede ser que sea cierto que la historia de un hombre no es muchas veces
más que la de las injusticias de algunos, aunque hay ejemplos modernísimos
en la historia, y bien podría probarse con una apoteosis [8] , que la
historia de alguien es la de sus contradicciones e incoherencias, la de
sus ingratitudes e injusticias contra todos, por más que en su vida haya
ciertos rayos de luz que iluminen el cuadro de alguna buena manía
trascendental.
De modo que, allá va eso, Posse amigo, a manera de zarandajas históricas,
sintiendo que la pluma deficiente, no pueda, como pincel de artista manco,
vivificar el cuadro, puesto que, no viéndonos las caras, en este momento,
faltan la voz, el gesto y la acción, eso que el orador antiguo llamaba
quasi sermo corporis .
Nada más que como un muchacho que tiene ojos para ver, pues no asociaba
todavía ideas, había yo recorrido ya el Asia, el Africa y la Europa,
cuando estando en Londres, donde me aburría enormemente, por haber pasado
antes por París, que es la gran golosina de los viajeros jóvenes y viejos,
recibí la noticia, muy atrasada, como que entonces no había telégrafo y
eran raros los vapores, de que Urquiza se había sublevado contra Rozas.
Yo no pensaba entonces sino en gastarle a mi padre su dinero, lo mejor
posible; y de buena fe creía, como a él mismo se lo observé en cierta
ocasión, que era económico porque todo, todo lo apuntaba, habiendo
heredado de mis queridísimos progenitores el atavismo de ciertas prolijas
minuciosidades. Cuando me veía muy embarazado para justificar las entradas
con las salidas, hacía como el estudiante de marras, que, teniendo
doscientos francos de pensión y necesitando especificar cómo los había
gastado, salía del paso anotando: cinco francos a la planchadora, noventa
de pensión, cinco para textos, diez de velas y noventa de allumettes
chimiques .
Esa noticia me hizo el mismo efecto... ¿qué voy a decir? Si no hay
comparación adecuada posible, porque para mí Urquiza y Rozas, Rozas y
Urquiza eran cosas tan parecidas como un huevo a otro huevo. Bueno; diré
que me hizo el mismo efecto que le haría a Miguel Angel, el hijo del
doctor Juárez Celman, si mañana le llegara a Londres la estupenda,
inverosímil nueva de que en Córdoba había estallado una revolución,
encabezada por su tío Marcos.
No pensé sino en volver a los patrios lares. De la política se me daba un
ardite, no entendía jota de ella. Pero un instinto me decía que mi familia
-esto era entonces todo para mí- corría peligro, y me vine sin permiso,
cayendo aquí como una bomba en el paterno hogar.
Esto era hacia fines del mes de diciembre de 1851.
De allá a acá, Buenos Aires se ha transformado extraordinariamente: el
cambio es completo en lo material, en lo físico, en lo moral, en lo
intelectual.
No me voy a detener en esto sino un instante; lo dejo para cuando le
llegue el turno a Legarreta, a quien le tengo ofrecida una Causerie , que
tendrá por título: "Tipos de otro tiempo".
Pero, para que se tenga una idea de nuestra transformación, diré que
cuando me desembarcaron -pasando por esta serie de operaciones (el cambio
en esto no es muy grande) la ballenera, el carro, la subida a babucha-,
los pocos curiosos que estaban en la playa me miraron y me siguieron, como
si hubieran desembarcado un animal raro. Verdad, que el público es así: el
mismo sentimiento de curiosidad que lo lleva a ver un elefante, lo hace
apresurarse a oír al orador tal o a ver el entierro cual. No hay, pues,
que juzgar los sentimientos populares íntimos por la aglomeración de la
multitud.
Yo no traía, sin embargo, nada de extraordinario, a no ser que lo fuera el
venir vestido a la francesa, a la última moda, a la parisiense, con un
airecito muy chic , que después dejé, por razones que se contarán en su
día -con sombrero de copa alta puntiagudo, con levita muy larga y pantalón
muy estrecho, que era el entonces en boga, tanto que recuerdo que en un
vaudeville se decía por uno de los interlocutores, hablando éste con su
sastre: "Faites-moi un pantalon très collant, mais très-collant; je vous
préviens que si je y entre, je ne vous le prendrai pas..."
Los curiosos me escoltaron hasta mi casa donde recién supieron que yo
había vuelto cuando entraba en ella; pues como mi resolución de venirme
fue instantáneamente puesta en práctica, no tuve miedo de anticiparles a
mis padres la sorpresa que les preparaba.
El gusto que ellos tuvieron al verme fue inmenso. Me abrazaron, me
besaron, me miraron, me palparon, casi me comieron; y criados de ambos
sexos salieron en todas direcciones para anunciarles a los parientes y a
los íntimos que el niño Lucio había llegado, y cosa que ahora no se hace,
porque se cree menos que entonces en la Divina Providencia, se mandó decir
una misa en la iglesia de San Juan, que era la que quedaba, y queda, cerca
de la casa solariega.
Los momentos eran de agitación. Aníbal estaba ad-portas, o lo que tanto
vale, según el lenguaje de la época, el "loco, traidor, salvaje unitario,
Urquiza", avanzaba victorioso; mas eso no impidió que hubiera gran
regocijo, siendo yo objeto de las más finas demostraciones, no tardando en
llegar las fuentes de dulces, cremas y pasteles con el mensaje criollo tan
consabido: "Que cómo está su merced; que se alegra mucho de la llegada del
niño, y que aquí le manda esto por ser hecho por ella."
En medio de aquel regocijo, yo era el más feliz de todos; porque si es
cierto que los más felices son los que se van, cierto debe ser también que
el más dichoso de todos es el que vuelve.
Y se comprende que, dados los antecedentes de mi prosapia y de mi
filiación, yo no había de tardar mucho en preguntar: "¿Y cómo está mi tío?
¿y cómo está Manuelita?", y que la contestación había de ser como fue:
"Muy buenos, mañana irás a saludarlos."
Yo no veía la hora de ir a Palermo; y me devoraba la misma impaciencia que
tenía por ver las pirámides de Egipto, cuando estaba en El Cairo, o San
Pedro en Roma, cuando estaba en la Ciudad Eterna.
Pero era necesario darse un poco de reposo; luego, una madre que recupera
a su hijo no se desprende tan fácilmente de él, sobre todo una madre como
la mía, que, por la intensidad de sus afectos, que por su educación, y
tantas otras circunstancias, era moralmente imposible que viera claro en
la situación, no obstante los sermones de mi padre, a cuya perspicacia no
podía escaparse que estábamos en vísperas de una catástrofe.
Descansé, pues, y al día siguiente por la tarde monté a caballo y me fui a
Palermo a pedirle a mi tío la bendición.
No sé si padezco en esto la misma aberración del que, al comparar la
iglesia de su aldea con la basílica monumental de la diócesis
metropolitana, encuentra que las diferencias de tamaño, de elegancia y
esplendor, no son tan considerables como él se imaginaba. Pero el hecho es
que el Palermo de entonces me parecía a mí más bello, bajo ciertos
aspectos, que el Palermo de ahora. A no dudarlo, el suelo del Palermo de
entonces era mejor que el suelo del Palermo de ahora, como el Palermo de
entonces incuestionablemente tenía un aspecto más agreste, más de bosque
de Boulogne que el de ahora, y en el que la simetría, hasta para pasearse,
comienza a ser de una monotonía insoportable.
Llegué... serían como las cinco de la tarde, hacía calor, no había nadie
en las casas; en esas casas que todavía persisten, como tantas otras
antiguallas, en mantenerse sobre sus cimientos, ahogándose dentro de sus
muros los pobres alumnos del Colegio Militar. (Al Diablo no se le ocurre,
pero se le ocurrió a Sarmiento, poner un Colegio de esa clase en un
parque) [9] . La niña (era su nombre popular), me dijo alguien, porque yo
pregunté por Manuelita, está en la quinta.
Dejé mi caballo en el palenque y me fui a buscar a Manuelita, a la que no
tardé en hallar. Estaba rodeada de un gran séquito, en lo que se llamaba
el jardín de las magnolias, que era un bosquecillo delicioso de esta
planta perenne, los unos de pie, los otros sentados sobre la verde
alfombra de césped perfectamente cuidado; pero ella tenía a su lado,
provocando las envidias federales, y haciendo con su gracia característica
todo amelcochado el papel de cavaliere servente , al sabio jurisconsulto
don Dalmacio Vélez Sarsfield...
II
Palermo no era un foco social inmundo, como los enemigos de Rozas lo han
pretendido, por más que éste y sus bufones se sirvieran, de cuando en
cuando, de frases naturalistas, chocantes, de mal género, pues Rozas no
era un temperamento libidinoso, sino un neurótico obsceno, que Esquirol
mismo se habría hallado embarazado, si hubiera tenido que clasificarlo,
para determinar sus afecciones mentales de origen esencialmente cerebral.
Manuelita, su hija, era casta y buena, y lo mejor de Buenos Aires la
rodeaba, por adhesión o por miedo, por lo que se quiera, inclusive el
doctor Vélez Sarsfield, que ya hemos visto rendido a sus pies, vuelto de
la emigración, como tantos otros, que o desesperaban, o estaban cansados
de la lucha contra aquel poder personal irresponsable, que todo lo
avasallaba.
No tengo por qué callarlo y no lo callaré; el gobierno de Rozas fue
estéril, y no puedo ser partidario suyo, como es uno partidario
teóricamente, en presencia de personajes históricos, que pueden llamarse
Sila o Augusto.
El gobierno no sirve más que para tres cosas; no se ha descubierto hasta
ahora que sirva para más.
Sirve para hacer la felicidad de una familia, la de un partido o la de la
patria. Rozas no hizo nada de esto. Y no sólo no lo hizo, sino que se dejó
derrocar por uno de sus tenientes, que le arrebató una gloria fácil, que
él habría podido alcanzar constituyendo el país, sin el auxilio del
extranjero, haciendo posible quizá que se olvidaran sus torpezas y la
realización de la única idea trascendental, que a mi juicio vagaba en su
cabeza: reconstruir el virreinato, ensanchando los límites materiales de
la República actual.
Llegar, verme Manuelita, y abrazarme, fue todo uno; los circunstantes me
miraban como un contrabando.
Mi facha debía discrepar considerablemente, con mi traje a la francesa, en
medio de aquel cortejo de federales de buena y mala ley, como el doctor
Vélez Sarsfield. Porque yo, con mi pseuda corteza europea, no obstante ser
verano, me había abrochado hasta arriba la levita, para que no se me viera
el chaleco colorado, el cual me hacía representar, a mis propios ojos, el
papel de un lacayo del faubourg Saint-Germain, por cuyos salones había
pasado, siendo en ellos presentado cuasi, cuasi, como un principito de
sangre real.
Me acuerdo que fue el capitán Le Page [10] el que en ellos me introdujo,
presentándome en casa de la elegante marquesa de La Grange, con cuyo
nombre he dicho todo.
Aquí viene, como pedrada en ojo de boticario, contar algo; lo contaré.
La marquesa, que era charmante y que, indudablemente, me halló apetitoso,
pues yo era a los diez y ocho años mucho más bonito que mi noble amigo
Miguel Cuyar, ahora, invitóme a comer y organizó una fiesta para
exhibirme, ni más ni menos que si yo hubiera sido un indio, o el hijo de
algún nabab, según más tarde lo colegí, porque terminada la comida hubo
recepción, y yo oía, después de las presentaciones de estilo, que les
belles dames decían: "Comme il doit être beau avec ses plumes."
Naturalmente, yo, al oír aquel beau , me pavoneaba, je posais , expresión
que no se traduce bien; pero al mismo tiempo decía en mi interior: ¡Qué
bárbaros son estos franceses!
Volvimos del jardín de las magnolias a los salones de Palermo. Manuelita
recibía donde ahora está el gabinete de física del Colegio Militar. Una
vez allí le repetí que quería ver a mi tío: ella salió, volvió y me dijo:
Ahora te recibirá. Se fueron a comer. Yo no quise aceptar un asiento en la
mesa, porque en mi casa me esperaban y porque no contaba con que aquel
ahora sería como el vuelva usted mañana de Larra, o como el mañana de
nuestras oficinas públicas (que no en balde tenemos sangre española en las
venas), un mañana , que casi nunca llega o que, cuando llega, ya es tarde,
u otro le ha soplado a uno la dama.
Yo esperaba y esperaba... las horas pasaban y pasaban... no sé si me
atreví a interrogar, pero es indudable que alguna vez debí mirarla a
Manuelita como diciéndole: ...¿Y?
Y que Manuelita debió mirarme, como contestándome: Ten paciencia, ya sabes
lo que es tatita.
Allá, como a eso de las once de la noche, Manuelita, que era movediza y
afabilísima, salió y volvió reiteradamente, y con una de esas caras tan
expresivas en las que se lee un "por fin", me dijo: "Dice tatita que
entres" -y sirviéndome de hilo conductor, me condujo, como Ariadna, de
estancia en estancia, haciendo zigszags, a una pieza en la que me dejó,
agregando: "Voy a decirle a tatita..."
Si mi memoria no me es infiel, la pieza esa quedaba en el ángulo del
edificio que mira al naciente: era cuadrilonga, no tenía alfombra sino
baldosas relucientes; en una esquina, había una cama de pino colorado con
colcha de damasco colorada también, a la cabecera una mesita de noche,
colorada; a los pies una silla colorada igualmente; y casi en el medio de
una habitación una mesa pequeña de caoba, con carpeta, de paño de grana,
entre dos sillas de esterilla coloradas, mirándose, y sobre ella dos
candeleros de plata bruñidos con dos bujías de esperma, adornadas con
arandelas rosadas de papel picado.
No había más, estando las puertas y ventanas, que eran de caoba,
desguarnecidas de todo cortinaje.
Yo me quedé de pie, conteniendo la respiración, como quien espera el santo
advenimiento; porque aquella personalidad terrible producía todas las
emociones del cariño y del temor. Moverme, habría sido hacer ruido, y
cuando se está en el santuario, todo ruido es como una profanación, y
aquella mansión era, en aquel entonces, para mí algo más que el santuario.
Cada cual debe encontrar dentro de sí mismo, al leerme, la medida de mis
impresiones, en medio de esa desnudez severa, casi sombría, iluminada
apenas por las llamas de las dos bujías transparentes, que ni siquiera se
atrevían a titilar.
Reinaba un silencio profundo, en mi imaginación al menos; los segundos me
parecían minutos, horas los minutos.
Mi tío apareció: era un hombre alto, rubio, blanco, semipálido,
combinacion de sangre y de bilis, un cuasi adiposo napoleónico, de gran
talla; de frente perpendicular, amplia, rasa como una plancha de mármol
fría, lo mismo que sus concepciones; de cejas no muy guarnecidas, poco
arqueadas, de movilidad difícil; de mirada fuerte, templada por el azul de
una pupila casi perdida por lo tenue del matiz, dentro de unas órbitas
escondidas en concavidades insondables; de nariz grande, afilada y
correcta, tirando más al griego que al romano; de labios delgados casi
cerrados, como dando la medida de su reserva, de la firmeza de sus
resoluciones; sin pelo de barba, perfectamente afeitado, de modo que el
juego de sus músculos era perceptible. Sería cruel, no parecía disimulada
aquella cara, tal como a mí se me presentó, tal como ahora la veo, al
través de mis reminiscencias infantiles. Era incuestionablemente una
mistificación, en la que Lavater, con toda su agudeza de observador, no
habría acertado a perfilar la silueta siniestra en su evolución
transformista de fanático implacable lleno de ternezas.
Agregad a esto una apostura fácil, recto el busto, abiertas las espaldas,
sin esfuerzo estudiado, una cierta corpulencia del que toma su embonpoint
, o sea su estructura definitiva, un traje que consistía en un chaquetón
de paño azul, en un chaleco colorado, en unos pantalones azules también;
añadid unos cuellos altos, puntiagudos, nítidos, y unas manos perfectas
como forma, y todo limpio hasta la pulcritud, y todavía sentid y ved,
entre una sonrisa que no llega a ser tierna, siendo afectuosa, un timbre
de voz simpático hasta la seducción y tendréis la vera efigies del hombre
que más poder ha tenido en América y cuyo estudio psicológico in extenso
sólo podré hacer yo; porque soy sólo yo el único que ha buscado en
antecedentes, que otros no pueden conseguir, la explicación de una
naturaleza tan extraordinaria como ésta.
Y digo extraordinaria, porque solamente siéndolo se explica su dominación,
sin mengua para este pueblo argentino, que alternativamente le apoyó y le
abandonó, hasta dar en tierra con él, protestando contra sus desafueros,
que eran un anacronismo en presencia de los ideales que tuvieron en vista
nuestros antepasados al romper las cadenas de la madre patria, de esa
España que no fue, sin embargo, madre desnaturalizada, pues nos dio todo
cuanto podía darnos, después de los gobiernos de los Felipe II.
Así que mi tío entró, yo hice lo que habría hecho en mi primera edad;
crucé los brazos y le dije, empleando la fórmula patriarcal, la misma,
mismísima que empleaba con mi padre, hasta que pasó a mejor vida:
-¡La bendición, mi tío!
Y él me contestó:
-¡Dios lo haga bueno, sobrino! -sentándose incontinenti en la cama, que
antes he dicho había en la estancia, cuya cama (la estoy viendo), siendo
muy alta, no permitía que sus pies tocaran en el suelo, e insinuándome que
me sentara en la silla, que estaba al lado.
Nos sentamos... hubo un momento de pausa, él la interrumpió diciéndome:
-Sobrino, estoy muy contento de usted...
Es de advertir que era buen signo que Rozas tratara de usted; porque
cuando de tú trataba, quería decir que no estaba contento de su
interlocutor, o que por alguna circunstancia del momento fingía no
estarlo.
Yo me encogí de hombros, como todo aquel que no entiende el porqué de un
contentamiento.
-Sí, pues -agregó-: estoy muy contesto de usted -y esto lo decía
balanceando las piernas, que no alcanzaban al suelo, ya lo dije- porque me
han dicho -y yo había llegado recién el día antes, ¡qué buena no sería su
policía!- que usted no ha vuelto agringado .
Este agringado no tenía la significación vulgar; significaba otra cosa:
que yo no había vuelto y era la verdad, preguntando como tantos tontos que
van a Europa baúles y vuelven petacas: ¿y comment se llaman éste chose
bianqui que ponen las galin?, por no decir huevos, o, esta cosa que se
ponen en las manos?, por no decir guantes.
Yo había vuelto vestido a la francesa, eso sí, pero potro americano hasta
la médula de los huesos todavía, y echando unos ternos, que era cosa de
taparse las orejas: el traje había cambiado, me vestía como un europeo;
pero era tan criollo como el Chacho, el cual, estando emigrado en Chile
(en Chile que no es Europa, a Dios gracias) y preguntándole cómo le iba,
contestó: -¿Y cómo quiere que me vaya: en Chile y a pie? cuando hay énque
(pongan el acento en la primera e), no hay cónque (pongan el acento en la
o), y cuando hay cónque no hay énque .
Posse amigo: acabaremos (¡y qué difícil es acabar!), si Dios nos da vida y
salud, en el próximo número, y en él sabrá usted, qué fueron al fin y al
cabo los siete platos de arroz con leche.
III
Yo estaba ufano: no había vuelto agringado. Era la opinión de mi tío.
-¿Y cuánto tiempo has estado ausente? -agregó él.
Lo sabía perfectamente. Había estado resentido, no es la palabra,
"enojado"; porque diz que me habían mandado a viajar sin consultarlo.
Comedia.
Cuando mi padre resolvió que me fuera a leer a otra parte el Contrato
Social [11] veinte días seguidos estuve yendo a Palermo, sin conseguir
verlo a mi ilustre tío.
Manuelita me decía, con su sonrisa siempre cariñosa: Dice tatita que
mañana te recibirá.
El barco que salía para Calcuta estaba pronto. Sólo me esperaba a mí. Hubo
que empezar a pagarle estadías. Al fin, mi padre se amostazó y dijo: -Si
esta tarde no consigues despedirte de tu tío, mañana te irás de todos
modos; ya esto no se puede aguantar.
¡Eh!, esa tarde sucedió lo de las anteriores, mi tío no me recibió. Y, al
día siguiente, yo estaba singlando con rumbo a los hiperbóreos mares.
Sí, el hombre se había enojado; porque, algunos días después, con motivo
de un empeño o consulta que tuvo que hacerle mi madre, él le arguyó: -Y yo
¿qué tengo que hacer con eso? ¿para qué me meten a mí en sus cosas? ¿no lo
han mandado al muchacho a viajar, sin decirme nada?
A lo cual mi madre observó: ¡Pero, tatita (era la hermana menor, y lo
trataba así), si ha venido veinte días seguidos a pedirte la bendición y
no lo has recibido! -replicando él-: Hubiera venido veintiuno.
Lo repito: él sabía perfectamente que iban a hacer dos años que yo me
había marchado, porque su memoria era excelente. Pero entre sus muchas
manías tenía la de hacerse el zonzo y la de querer hacer zonzos a los
demás.
El miedo, la adulación, la ignorancia, el cansancio, la costumbre, todo
conspiraba en favor suyo, y él, en contra de sí mismo.
No se acabarían de contar las infinitas anécdotas de este complicado
personaje, señor de vidas, famas y haciendas, que hasta en el destierro
hizo alarde de sus excentricidades. Yo tengo una inmensa colección de
ellas. Baste por hoy la que estoy contando.
Interrogado, como dejo dicho, contesté: -Van a hacer dos años, mi tío.
Me miró y me dijo: -¿Has visto mi Mensaje?
¿"Su Mensaje" -dije yo para mis adentros-. "¿Y qué será esto? No puedo
decir que no, ni puedo decir que sí, ni puedo decir, no sé qué es..." y me
quedé suspenso.
El, entonces, sin esperar mi respuesta, agregó: Baldomero García, Eduardo
Lahitte y Lorenzo Torres, dicen que ellos lo han hecho. Es una botaratada.
Porque así, dándoles los datos, como yo se los he dado a ellos, cualquiera
hace un Mensaje. Está muy bueno, ha durado varios días la lectura en la
Sala. ¡Qué!, ¿no te han hablado en tu casa de eso?
Cuando yo oí lectura, empecé a colegir, y como, desde niño, he preferido
la verdad a la mentira (ahora mismo no miento, sino cuando la verdad puede
hacerme pasar por cínico), repuse instantáneamente:
-¡Pero, mi tío, si recién he llegado ayer!
-¡Ah! es cierto; pues no has leído una cosa muy interesante; ahora vas a
ver -y esto diciendo se levantó, salió, y me dejó solo.
Yo me quedé clavado en la silla, y así como quien medio entiende (¡vivía
un mundo de pensamientos tan raros!) vislumbré que aquello sería algo como
el discurso de la reina Victoria al Parlamento, ¿pues qué otra explicación
podría encontrarle a aquel "ahora vas a ver"?
Volvió el hombre que, en vísperas de jugar su poderío, así perdía su
tiempo con un muchacho insustancial, trayendo en la mano un mamotreto
enorme.
Acomodó simétricamente los candeleros, me insinuó que me sentara en una de
las dos sillas que se miraban, se colocó delante de una de ellas de pie y
empezó a leer desde la carátula que rezaba así:
-"¡Viva la Confederación Argentina!"
-"¡Mueran los Salvajes Unitarios!"
-"¡Muera el loco traidor, Salvaje Unitario Urquiza!"
Y siguió hasta el fin de la página, leyendo hasta la fecha 1851,
pronunciando la ce , la zeta , la ve y la be , todas las letras, con la
afectación de un purista.
Y continuó así, deteniéndose, de vez en cuando, para ponerme en aprietos
gramaticales, con preguntas como ésta, que yo satisfacía bastante bien,
porque eso sí he sido regularmente humanista, desde chiquito, debido a
cierto hablista, don Juan Sierra, hombre excelente del que conservo
afectuoso recuerdo:
-Y aquí ¿por qué habré puesto punto y coma, o dos puntos, o punto final?
Por ese tenor iban las preguntas, cuando, interrumpiendo la lectura,
preguntóme:
-¿Tienes hambre?
Ya lo creo que había de tener; eran las doce de la noche, y había rehusado
un asiento en la mesa, al lado del doctor Vélez Sarsfield, porque en casa
me esperaban...
-Sí -contesté resueltamente.
-Pues voy a hacer que te traigan un platito de arroz con leche.
El arroz con leche era famoso en Palermo y aunque no lo hubiera sido, mi
apetito lo era; de modo que empecé a sentir esa sensación de agua en la
boca, ante el prospecto que se me presentaba, de un platito que debía ser
un platazo, según el estilo criollo y de la casa. Mi tío fue a la puerta
de la pieza contigua, la abrió y dijo:
-Que le traigan a Lucio un platito de arroz con leche.
La lectura siguió.
Un momento después, Manuelita misma se presentó con un enorme plato sopero
de arroz con leche, me lo puso por delante y se fue.
Me lo comí de un sorbo.
Me sirvieron otro, con preguntas y respuestas por el estilo de las
apuntadas, y otro, y otro, hasta que yo dije: Ya, para mí, es suficiente.
Me había hinchado; ya tenía la consabida cavidad solevantada y tirante
como el parche de una caja de guerra templada; pero no hubo más; siguieron
los platos; yo comía maquinalmente, obedecía a una fuerza superior a mi
voluntad...
La lectura continuaba.
Si se busca el Mensaje ese, por algún lector incrédulo o curioso, se
hallará en él un período, que comienza de esta manera: "El Brasil, en tan
punzante situación." Aquí fui interrogado, preguntándoseme: ¿Y por qué
habré puesto punzante?" Como el poeta pensé que en mi vida me he visto en
tal aprieto. Me expliqué. No aceptaron mi explicación. Y con una retórica
gauchesca, mi tío me rectificó, demostrándome cómo el Brasil lo había
estado picaneando, hasta que él había perdido la paciencia, rehusándose a
firmar un tratado que había hecho el general Guido... Ya yo tenía la
cabeza como un bombo, y lo otro tan duro, que no sé cómo aguantaba.
El, satisfecho de mi embarazo, que lo era por activa y por pasiva, y
poniéndome el mamotreto en las manos, me dijo, despidiéndome:
-Bueno, sobrino, vaya no más, y acabe de leer eso en su casa -agregando en
voz más alta-: Manuelita, Lucio se va.
Manuelita se presentó, me miró con una cara que decía afectuosamente "Dios
nos dé paciencia", y me acompañó hasta el corredor, que quedaba del lado
del palenque, donde estaba mi caballo.
Eran las tres de la mañana.
En mi casa estaban inquietos, me habían mandado a buscar con un ordenanza.
Llegué sin saber cómo no reventé en el camino.
Mis padres no se habían recogido.
Mi madre me reprochó mi tardanza, con ternura.
Me excusé diciendo que había estado ocupado con mi tío.
Mi padre, que, mientras yo hablaba con mi madre, se paseaba meditabundo,
viendo el mamotreto que tenía debajo del brazo, me dijo:
-¿Qué libro es ése?
-Es el Mensaje que me ha estado leyendo mi tío...
-¿Leyéndotelo...? -Y esto diciendo se encaró con mi madre y prorrumpió con
visible desesperación-: "No te digo que está loco tu hermano.
Mi madre se echó a llorar.
Pocos días después, muy pocos días, el edificio de la tiranía se había
desplomado; el 3 de febrero por la tarde yo oía en la plaza de la Victoria
gritar furiosos "Muera Rozas" a algunos de los mismos conspicuos señores,
que, pocas horas antes, había visto en Palermo, reunidos a los pies de la
niña.
Confieso que todavía no entendía una palabra de lo que pasaba, y que los
gritones, más que el efecto de libertados, me hacían el de locos.
Y eso que ya me había reído a carcajadas, leyendo a Jerôme Paturot , en
busca de la mejor de las Repúblicas, en el que hay una escena por el
estilo de la que presencié azorado el 3 de febrero, en la plaza de la
Victoria, para que una vez más se persuadan los que viven sólo en el
presente, que "del dicho al hecho hay un gran trecho".
Pocos días después, mi padre, Sarmiento y yo -el Sarmiento cuya
glorificación acabamos de presenciar-, navegábamos en el vapor inglés
Menay hacia Río Janeiro. Yo no hablé, durante la travesía, con el que
después fue mi candidato, a pesar de las obsesiones exigentes de mi padre,
hasta que no estuvimos en tierra brasilera, donde nos explicamos. Y es a
este incidente al que él se refiere en sus Boletines del Ejército Grande .
Creo que para mi padre fue una suerte que yo le acompañara en aquel viaje,
porque Sarmiento le iba haciendo perder la cabeza. El que hace un cesto
hace un ciento. Quería inducirlo a que se fuera con él a Chile, para
volver contra Urquiza, del cual iba huyendo; porque sus primeros actos en
Buenos Aires le parecían precursores de que el país estaba expuesto a
volver a las andadas. Lo explotaba, hablándole constantemente del señor
don Domingo de Oro -su pasión-, y como era débil de carácter, a no ser yo,
lo arrastra.
El Dictador se había refugiado en un buque de guerra inglés, llamado por
singular coincidencia El Conflicto (The Conflict) , y tardó mucho más que
nosotros, con quienes iba también mi caro Máximo Terrero, en llegar a
Europa.
Mi padre se quedó en Lisboa y me mandó a París, donde yo era ya buzo y
ducho, a prepararle un apartamiento, que tardé muchísimo en prepararle,
por razones que ya se imaginará el penetrante lector; pero que al fin le
preparé.
Viniendo de Lisboa a Francia, mi buen viejo quiso visitar a Manuelita y
nos fuimos a Southampton.
Allí estaban alojados, en la misma casa, una modesta quintita de los
alrededores: Rozas, Manuelita, Juan Rozas mi primo, Mercedes Fuentes su
mujer, Juan Manuel mi sobrino, Máximo Terrero, y un negrito, al cual ya mi
tío le decía, por ironía, Mister . Por supuesto que, si el cambio de
hemisferio y de situación era como una transición entre el día y la noche,
otra cosa eran los sentimientos y las manías. Mi tío conservaba su chaleco
colorado y Manuelita su moño . Mi padre, que era muy amigo de Manuelita,
que la quería en extremo, como la quiero yo, por sus virtudes, le observó
que aquel parche colorado no estaba bien. Pero ella, cuyo amor filial no
tenía límites, contestóle: que no se lo sacaría hasta que no se lo
mandaran.
Un día, almorzábamos todos juntos: mi tío era sobrio, concluyó primero que
los demás y se levantó, yéndose. Manuelita, ganosa de echar un párrafo con
mi padre, me dijo: "Acabá ligero, hijito, y andá, entretenelo a tatita."
Yo me apuré, concluí, salí, y me fui en busca de mi tío que estaba sentado
en el sofá de una salita, con vista al jardín, y me arrellené en una
poltrona. Mi tío y yo permanecimos un instante en silencio. Yo lo miraba
de rabo de ojo. Creía que él no me veía. ¡Me había estado viendo!
Confusamente, porque yo no tenía entonces sino como intuiciones de
reflexión, los pensamientos que me dominaban en aquel momento, al
contemplar el coloso derribado, podrían sintetizarse exclamando ahora: sic
transit gloria mundi. (Así transa don Raimundo , como decía el otro.)
De repente miróme mi tío y me dijo:
-¿En qué piensa, sobrino?
-En nada, señor.
-No, no es cierto, estaba pensado en algo.
-¡No señor; si no pensaba en nada!
-Bueno, si no pensaba en nada cuando le hablé, ahora está pensando, ya.
-¡Si no pensaba en nada, mi tío!
-Si adivino, ¿me va a decir la verdad?
Me fascinaba esa mirada, que leía en el fondo de mi conciencia, y
maquinalmente, porque habría querido seguir negando, contesté " sí ".
-Bueno -repuso él-, ¿a que estaba pensando en aquellos platitos de arroz
con leche, que le hice comer en Palermo, pocos días antes de que el "loco"
(el loco era Urquiza) llegara a Buenos Aires?
Y no me dio tiempo para contestarle, porque prosiguió: -¿A que cuando
llegó a su casa, a deshoras, su padre (e hizo con el pulgar y la mano
cerrada una indicación hacia el comedor) le dijo a Agustinita: ¿No te digo
que tu hermano está loco...?
No pude negar, queriendo; estaba bajo la influencia del magnetismo de la
verdad y contesté sonriéndome:
-Es cierto.
Mi tío se echó a reír burlescamente.
Aquella visión clara, aquel conocimiento perfecto de las personas y de las
cosas, es una de las impresiones más trascendentales de mi vida; y debo
confesarlo aquí, no teniendo estas páginas más que un objeto: iluminar,
con un rayo de luz más, la figura de un hombre tan amado como execrado:
sin esa impresión yo no habría conocido, como creo conocerla, la
misteriosa y extraña personalidad de Rozas.
Mi querido Posse: siento mucho que, padeciendo usted de dispepsia, no
pueda comerse, como yo, de una sentada, siete platos de arroz con leche.
Y para concluir, y antes de decirle, como Cicerón a sus amigos, Jubeo te
bene valere , le daré una receta para su enfermedad: ejercicio, gimnasia,
viajes que no fatiguen, poco vino, mucha sal, no aumenta ésta la sed, y en
último caso, ningún vino, y poco de aquello...
Hay dos falsificaciones que hacen mucho daño: la de la mujer y la del
vino.
Desgraciadamente, cuando caemos ya en cuenta, es demasiado tarde.
Traduzco, pues, a Cicerón y suponiendo que ha caído en cuenta "le ordeno
que goce de buena salud".
Postdata: Dice X. que este cuento, narrado por mí, tiene mucha más
animación y movimiento, y que yo, como Carlos Dickens, debiera dar
conferencias para referir mis aventuras. Estoy listo, a pesar de la rabia
que esto pueda darle a mi querido X, siempre que las conferencias sean
patrocinadas por las Damas de Misericordia ...
Necesito indulgencias... literarias.
DE CÓMO EL HAMBRE ME HIZO ESCRITOR
Al señor don Mariano de Vedia
Si vous voulez bien parler et bien écrire, n'écoutez et ne lisez que
des choses bien dites et bien écrites. Buffon
Salí de la cárcel... así como suena, de la cárcel; no han leído ustedes
mal; puedo declararlo bien alto y en puridad; tanto más, cuanto que,
siendo honrosos los motivos, como los míos lo fueron, hace más bien que
mal saber prácticamente qué diferencia hay entre la crujía y la celda y,
como Gil Blas, dueño de mi persona, y de algunos buenos pesos, me fui al
Paraná.
Digo mal, no me fui precisamente como Gil Blas, porque éste le había
hurtado algunos ducados a su tío, y la mosca que yo llevaba habíamela dado
mi queridísimo tío y padrino, Gervasio Rozas.
Pero llevaba cierto bagaje de malicia del mundo, que le hacía equilibrio a
mi buena fe genial.
Yo me decía, estando en el calabozo: "Cuando me pongan en libertad
-padecía por haber defendido a mis padres-, haré tal o cual cosa..."
La prisión me había hecho mucho bien. ¡Cuán instructivas son las
tinieblas!
El hombre propone, Dios, o el Otro dispone.
No hay quien no tenga su ananké , prescindiendo de la lucha entre el bien
y el mal, que será eterna, como aquellos dos genios de lo bueno y de lo
malo: Dios, o el Otro .
Me pusieron en libertad, si en libertad puede decirse ser desterrado, y
todos aquellos castillos en el aire, hechos a la sombra y en las sombras,
se desplomaron, zapados por lo inesperado de mi nueva situación.
Aquella transición fue como pasar de lo quimérico a lo real; tiene uno que
volver a hacer relación consigo mismo, que preguntarse: ¿quién soy? ¿qué
quiero? ¿adónde voy? -y no andarse con sofismas e imposturas.
Cuando me pregunté ¿quién soy? , la voz interior me dijo: "un federal de
familia". Y no digo de raza, porque mi padre fue unitario, en cierto
sentido.
Cuando me pregunté lo otro, el eco arguyó elocuentemente: "Vas donde
debes, tendrás lo que quieres."
Efectivamente, en el Paraná gobernaba el espíritu de la Federación .
Buenos Aires estaba, por eso, segregado.
Explico mi fenómeno, no discuto ni provoco discusión.
Llegué al Paraná: llevaba la bolsa repleta, e hice como la cigarra.
Tuve amigos en el acto.
Se acabó el dinero; los amigos desaparecieron, como las moscas cuando se
acaba la miel.
El mundo es así: no hay que creerlo tan malo por eso; es mejor imputar
esos chascos a la insigne pavada de la imprevisión, que es la más
imperdonable de todas las pavadas.
Mi insolvencia de dinero era mayor que la insolvencia capilar de Roca o la
mía propia, que por ahí vamos ahora. Tout passe avec le temps , y el pelo,
con las ilusiones.
Me quedaban cinco pesos bolivianos, y como dicen en Italia, la ben
fattezza de mi persona, o la estampa , como dicen en Andalucía. ¡Y qué
capital suele ser!
En Santa Fe se aprestaban para una fiesta; querían, bajo los auspicios del
pobre viejo don Esteban Rams y Rubert (él construyó la casa donde está el
Club del Plata), hacer navegable el río Salado, e inauguraban su
navegación.
Todo el mundo estaba loco en Santa Fe: todos eran argonautas: era el
descubrimiento del vellocino de oro .
Cinco pesos bolivianos, lo repito, me quedaban; ¡nada más!
Pues a Santa Fe, me dije, ya que aquí no me dan nada los federales; y me
largué al puerto, haciendo cuentas así: dos reales de pasaje, con el
Monito . Era éste un botero muy acreditado, el que llevaba la
correspondencia, algo como un correo de gabinete, mulatillo de color pero
blanco como la nieve en sus acciones.
Doce reales de hotel, en tres días... (si no me quedo), me sobra, tengo
hasta para las allumettes chimiques del estudiante... adelante.
Me embarqué, íbamos como en tramway, decentemente, confortablemente, todos
mezclados, tocándonos lo suficiente.
Llegué.
Al desembarcar, un federal me reconoció -ya era tiempo-, y me llevó a su
casa; era un excelente sujeto, listo, perspicaz, bien colocado, con su
platita, con familia interesante y lindas hijas.
Los dioses se ponían de mi lado. -Llega usted, me dijeron, en el mejor
momento: ¡qué gusto para nosotros!
"Mañana estamos de fiesta, de gran fiesta"; y me explicaron y me
demostraron la navegación del Salado, que no había quién no conociera al
dedillo, lo mismo que en los placeres no hay quien no sepa lavar un poco
de arena, para extraer un grano de oro.
La hospitalidad me había puesto en caja. Yo no era otro, pero me sentía
otro. ¡Vean ustedes lo que es no estar solo; y después predican tanto
contra las sociedades de socorros mutuos, como la Bolsa! Dormí bien. ¡Oh,
sed siempre hospitalarios, hasta con los que os lleven sus primeras
elucubraciones! Pensad cuántos no serán los ingenios que se esterilizan
por no tener dónde ubicar.
Al día siguiente, a las 10 de la mañana, estábamos a bordo de un
vaporcito, empavesado, que era una tortuga, que no pudo con la corriente,
contra la que podían las canoas criollas, y no se navegó el Salado; pero
se navegaría...
¡Ay del que se hubiera atrevido a negarlo! Sería como negar ahora, por
ejemplo... a ver algo en lo que todos estemos de acuerdo, para no chocar a
nadie. Ya lo tengo... que hace más frío en invierno que en verano.
La flor y la nata de ambos sexos santafecinos estaba allí. Yo me mantenía
un tanto apartado, dándome aires: tenía toda la barba, larga la rizada
melena, y usaba un gran chambergo con el ala levantada, a guisa de don
Félix de Montemar.
Mi apostura, mi continente, mi esplendor juvenil, llamaron la atención de
don Juan Pablo López (a) Mascarilla (el pelafustán , según otros),
gobernador constitucional, en ese momento, y dirigiéndose a mi huésped, le
dijo:
-¿Quién es aquel profeta?
Romántico, o poeta, o estrafalario, o algo por el estilo, algo de eso, o
todo eso, quiso implicar y no otra cosa. Tenía quizás el término, no le
venía a las mientes. Veía una figura discordante, en medio de aquel cuadro
uniforme, de tipos habituales -la incongruencia le chocaba, sin
fastidiarlo- y expresaba su impresión, vaga, confusa, insaisissable ,
inagarrable , como caía, tomándola por los cabellos, y la sintetizaba,
calificándome de profeta.
¡Oh! esta afasia de la mente, que para expresar una idea toma una palabra,
que no suele tener con ella ninguna relación, no es sólo una enfermedad de
la ignorancia supina. ¡Cuántos que tienen cierta instrucción no emplean
términos que, para entenderlos, hay que interpretarlos al revés!
Era este caudillo un curioso personaje: hablaba con mucha locuacidad,
amontonaba abarrisco palabras y palabras, con sentido para él, pero que el
interlocutor tenía que escarmenar para sacar de ellas algo en limpio.
Fuimos amigazos después.
Un día, queriendo significarme que él no era menos que Urquiza -su émulo,
menos que otro, me dijo:
-Porque, amigo, ni naides es menos nadas , ni nadas es menos naides .
¡Qué tiempos aquéllos!
Los santafecinos no vieron lo que esperaban, ni los santiagueños tampoco:
decididamente no era navegable el Salado, o los ingenieros sublunares no
daban en bola. Había que recurrir a esos de que nos hablan algunos
astrónomos, los cuales pretenden que en el planeta Marte se han abierto
canales y operado transformaciones, que de seguro no sospecha aquí
Pirovano, con todo su elenco selecto del Departamento de Ingenieros.
Pero, ¿qué importaba que las cosas no hubieran andado, como se deseaba?
¡Qué sería de la humanidad sin la esperanza!
Era necesario contar, difundir, divulgar lo hecho, lo intentado y lo
tentado; sobre todo, describir la fiesta.
Resolví acostarme, después de haber pasado un día agradabilísimo, para los
dos que lleva todo hombre dentro de sí mismo, porque observé y comí .
Me despedí de mis huéspedes, me fui a mi cuarto, y cuando había empezado a
despojarme, llamaron a la puerta, preguntando si se podía entrar.
-¿Cómo no? -repuse.
Era el dueño de casa.
-Amigo, vengo a ver si le falta algo.
-¡Nada, estoy perfectamente, gracias!
Me miró, como quien no se atreve a atreverse, y atreviéndose, por fin, me
dijo:
-Tengo que pedirle a usted un servicio.
-Con mucho gusto -le contesté; pero estando a un millón de leguas de
sospechar que yo pudiera hacer otra cosa, que no fuera casarme otra vez
(lo había hecho pocos meses antes), con alguna de sus hijas. Yo era muy
pánfilo a los veintitrés años, a pesar de mis largos viajes, de mis
variadas lecturas, y de las picardías que había hecho y visto hacer. Fue
más lento mi desarrollo moral, que mi desarrollo intelectual.
-Pues bien, necesito que usted me escriba la descripción de la navegación
del Salado, para mandarla a publicar en el diario de Paraná.
-¿Yooo?
-Sí, pues; pero sin firmar: yo la mandaré como cosa mía
-¡Si yo no sé escribir, señor!
-¡Cómo, usted no sabe escribir y ha estado en Calcuta! ¡Y habla una
porción de lenguas! ¡No me diga, amigo!
-Le aseguro que no sé, que no he escrito en mi vida, sino cartas a mamita
y a tatita, y hecho una que otra traducción del francés.
-¡Ah! ve usted. ¿Y eso no es escribir?
No hubo que hacer: yo tenía que saber escribir. Aquel hombre lo quería; me
había dado hospitalidad.
-Bueno -le dije-, haré lo que pueda.
Brilló un rayo de felicidad en sus ojos.
-Voy a traerle todo.
Se fue y volvió trayéndolo; nos despedimos.
Me puse a llorar en seco.
Me sentía desgraciado. ¿En castigo de qué pecado había ido yo a Santa Fe?
Era toda mi inspiración sobre la navegación del Salado.
Mis cinco bolivianos no habían mermado, sino de dos reales, ¡importe del
pasaje pagado al Monito . Pero ¿qué era eso, en presencia de la fatalidad,
que me sorprendía "hiriéndome como el rayo al desprevenido labrador?"
¿Qué pararrayos oponerle a mi malhadada suerte?
Me senté, me puse a coordinar esas como ideas, que no son tales, sino
nebulosos informes del pensamiento.
Poco a poco, algo fue trazando la torpe mano; borraba más de lo que
quedaba legible. Tenía que describir lo que no había visto: la navegación
de lo innavegable, de lo que era peor, lo que había visto, lo innavegable
de la navegación, y sólo me asaltaban en tropel recuerdos de la China y de
la India, de la Arabia Pétrea y del Egipto, de Delhi, del Cairo y de
Constantinopla; no veía sino desierto en todo, pero desierto sin
fantásticas Fata Morganas siquiera, y todo al revés, dado vuelta.
Era un pêle-mêle de impresiones en fermentación.
¡Qué noche aquélla!
Como quien espanta moscas, que perturban, las fui desechando,
desenmarañando, y pude, al fin, sentirme algo dueño de mí mismo, y
haciendo pasar lo que quería del cerebro a la punta de los dedos, escribir
una quisicosa, que tomó forma y extensión.
Fue un triunfo de la necesidad y del deber, sobre la ineptitud y
inconsciencia. Yo no sabía escribir, pero podía escribir. ¡Ah! eso sí, no
escribiría más. No había nacido para tales aprietos y conflictos.
Al día siguiente, mi huésped llevóme el mate a la cama, en persona, y con
la voz más seductora me preguntó "si ya estaba eso", echando al mismo
tiempo una mirada furtiva a la picota de mi sacrificio intelectual, donde
yacía desparramada, en carillas ilegibles para otro que no fuera yo, mi
hazaña cerebral de héroe por fuerza.
-A ver -dijo con impaciencia.
Me puse a leer, con no poca dificultad, pues yo mismo no me entendía.
-Bien, muy bien, perfectamente -decía a cada momento, exclamando una vez
que hube concluido-: ¡Ah, mi amigo, qué servicio me ha hecho usted!
Yo estaba atónito.
Positivamente, como Mr. Jourdain, había escrito prosa sin quererlo.
-Ahora -me dijo- me lo va usted a dictar.
Pusimos manos a la obra, y a las dos horas estaba todo concluido, con una
atroz ortografía.
Pero yo me decía, como el cordobés del cuento, al que le observaron que el
gallináceo que llevaba lo pringaba: "¡Para lo que es mía la pava... !"
Mi huésped se fue.
-Almorzamos después y el día se pasó sin ninguno de esos incidentes que se
graban per in æternum en la memoria de un joven.
Pero mis cinco bolivianos disminuían...
Y vosotros, sólo comprenderíais mi situación, los que os hayáis hallado,
habiendo nacido en la opulencia, reducidos a tan mínima expresión
monetaria.
Pensé en regresar; en el hotel del Paraná tenía crédito; escribiría además
a Buenos Aires.
Estaba escrito que me había de quedar allí.
¿Qué había pasado?
Mi huésped había leído en pleno cenáculo oficial, como suya, mi
descripción; no le habían creído, lo habían apurado, había tenido que
declarar el autor.
Entonces, el ministro de Mascarilla , que le debía su educación a mi
padre, que no se me había hecho presente, mirándome de arriba abajo, casi
con desdén, exclamó: Discípulo mío en la escuela de Clarmont, latinista,
gran talento, se llevaban todos los premios, entre él y Benjamín Victorica
(falso, falsísimo por lo que a mí respecta).
Y al día siguiente se me presentó, para hacerme sus excusas, que yo
acepté, encantado, pues sólo más tarde caí en cuenta.
Mi magnífica descripción había marchado para el Paraná. Allí se publicaría
en el Diario Oficial . En Santa Fe, no había diario; así habló él,
continuando:
-¿Y, qué piensa usted hacer? -Ya lo sabía por mi huésped, con el que yo
había tenido mis desahogos.
Le tracé mi plan, lo reprobó y me dijo:
-No, usted no se va de acá. Yo voy a darle imprenta, papel, operarios, y
un sueldo, y usted nos hará un diario para sostener al Gobierno.
-¿Yo? -Aquello era una conjuración.
-Sí, usted.
-Yo no soy escritor.
-¡Que no es usted escritor; y escribe usted descripciones espléndidas,
sublimes, admirables!
-¡Señor!
-Nada, nada; usted se queda, reflexione. Es su porvenir.
Y se marchó, dejándome absorto.
Caí en una especie de abatimiento soporífero. -¡Yo, escribir para el
público! -me decía-. ¡Yo, periodista! ¡Yo!
Me paseaba agitado por el cuarto: iba, venía; en una de esas, me detuve,
me miré al espejo turbio, que era todo el ajuar de tocador que allí había,
y mi cara me pareció grotesca.
Había metido involuntariamente las manos en las faltriqueras, sentí que
mis cinco bolivianos se habían reducido casi a cero, y aquella sensación
dolorosa (¿o no es dolorosa?) decidió de mi destino futuro, porque me
incitó a pensar, y del pensamiento a la acción no hay más que un paso.
Hice cuentas: me salían bien; ¡era la oferta tan clara!
Pero los que no me salían bien eran los cálculos sobre el tiempo que
tendría que invertir en escribir mis artículos. Aquellas columnas macizas
me horripilaban de antemano. ¿Sobre qué escribiría? El público, sobre
todo, me aterraba: tenía el más profundo respeto por él. Ignoraba entonces
que, a veces, lo mismo lee al derecho que al revés.
Presa de esas emociones, que otro nombre no tienen, era yo, cuando se me
presentó mi huésped, y abrazándome me felicitó: el ministro había dado por
hecho que yo me quedaba a redactar un periódico.
Al día siguiente, tuvimos una segunda conferencia con él, y me decidí,
urgido por la necesidad, ¿qué digo?, por el hambre.
Una vez solo, cara a cara con mis compromisos, me sentí desalentado y
estuve por escribir una carta diciendo: "Huyo, no puedo" -y por fugar. Me
hacía a mí mismo el efecto de un delincuente ¿O la audacia no es un delito
algunas veces? ¿Por qué había entonces en el templo de Busiris, esta
inscripción: "Audacia", "Audacia" -y en el segundo pórtico interior-: "No
mucha audacia."?
El Chaco salió ¡Qué extravagante título! Y sin embargo fue una intuición.
"El Chaco santafecino" es hoy día, sin la navegación del Salado, lo que yo
profetizaba.
Don Juan Pablo López, ¿no había preguntado al verme: ¿Quién es aquel
profeta?
¡Y después dirán que no es uno profeta en su tierra!
Mi colega y mi amigo en la Cámara de Diputados, el doctor Basualdo,
compartió conmigo las primeras tareas de la imprenta. Era un chiquilín;
pero debe acordarse de Juan Burki, el editor responsable, pro forma, un
pobre colono sin trabajo, que andaba casi con la pata en el suelo. La
primera vez que le pagaron, lo primero que hizo fue comprarse unas botas
en la zapatería de enfrente, botas que fueron su martirio físico y moral.
Primero, por lo que le hacían doler; después, porque nadie reparaba en
ellas, exprofeso, tanto que a las pocas horas de haberlas inaugurado, no
pudo resistir, y reuniendo a los tipógrafos y señalándoselas les observó,
en su media lengua: "Ese botas, lindo."
Los tipógrafos soltaron una carcajada homérica, y le enseñaron, colgadas
en una aldaba, sus alpargatas sucias y rotosas de la víspera, como
diciéndole: "Te conocemos; la mona, aunque se vista de seda, mona se
queda."
¿A qué contar mis primeras angustias, mis partos para producir? Harían
llorar y estoy harto de tristezas.
Pero no omitiré aquí que era yo tan pobre entonces, que no tenía más cama
que las resmas de papel: es un buen lecho de algodón.
Querido Vedia:
Me decía usted ayer:
"¿Qué es lo que hace usted, general, para escribir como habla?
"Mientras me da la respuesta a esa pregunta y mientras me refiere, cual me
lo tiene prometido, cómo el hambre le hizo escritor, veamos qué otra
dificultad se presenta para el éxito de la conversación escrita."
Contesto: Me ha parecido más natural, más propio, más concienzudo, pagar
la deuda que voluntariamente contraje, contándole primero cómo fue que el
hambre me hizo escritor .
Ya está pagada. La otra, que usted me imputa con su gentil curiosidad,
también la acepto, la reconozco, mas será para después. Necesito tomarme
para ello algún tiempo moral, siendo el asunto o tema algo más subjetivo
que éste.
Hoy por hoy, concluyo, sosteniendo que sólo los que han sido pobres
merecen ser ricos. De ahí mi poca admiración por los grandes herederos,
que no tienen más título que sus millones; mi estimación, mi aprecio, mi
respeto, por todo hombre que se hace a sí mismo .
ANACARSIS LANÚS
A sus Hijos La religion de l'homme n'est, souvent, que son amour et
sa reconnaissance. Massillon.
Hace muchos años, recién se había fundado la institución de crédito que la
República debe a uno de sus más nobles hijos.
Me refiero al señor don Francisco Balbín, cuya efigie, en mármol
imperecedero, debiera estar en el frontispicio de todo Banco Hipotecario,
para recordarles a los presentes, tan olvidadizos como los venideros, que
es a él a quien Buenos Aires debe, en gran parte, sus progresos
materiales.
Aprovecho de paso esta coyuntura luctuosa, desgraciadamente, para rendir
homenaje a la memoria de tan ilustre ciudadano.
Era en julio de 186... la noche estaba fría. El que transitara a esa hora,
que eran las nueve, podía sentir que los viandantes apuraban el paso, que
tiritaban, que se envolvían lo mejor posible en sus abrigos, y que
esquivaban el rostro, poniéndolo, como dicen los marinos, a sotavento,
para resguardarse de un vientecillo húmedo que soplaba del sur, buscando
casi todos, los que iban de este a oeste, o viceversa, las aceras que
miran al norte.
La luz del gas era escasa; las tiendas y almacenes comenzaban a cerrarse;
el barrio, de suyo sombrío.
Una mujer esbelta, tapada a la española, dejando ver solamente dos ojos
negros, relucientes como azabaches, cruzó, apurando el paso, de la vereda
del norte a la del sur, casi en la esquina de Potosí, entonces -Alsina,
ahora-, y Tacuarí, tomó el paredón de la iglesia de San Juan y,
deslizándose como una sombra, siguió su camino, siendo difícil seguirla,
sin comprometerse o comprometerla.
La negra figura iba oprimiendo su corazón, para respirar con más
facilidad, no porque fuera enferma, no porque la agitaran malos
pensamientos, sino porque hacía un esfuerzo sobre sí misma, movida por la
dura ley de la necesidad.
Los que con ella se cruzaban, la miraban: un instinto les decía: dejadla
seguir, y la dejaban proseguir tranquilamente su camino, presa de su
emoción.
Al llegar a las cuatro esquinas del mercado viejo , dobló a la izquierda,
tomando al norte; se detuvo, vaciló entre seguir por la vereda que mira al
naciente o atravesar; se orientó, le pareció observar que nadie la veía,
se decidió, atravesó y entró en una joyería, que estaba ya por cerrar.
Un hombre, que salía del club del Progreso, la vio; creyendo reconocerla,
se detuvo maquinalmente, movido por lo feo de la noche y, más que por
curiosidad, por un sentimiento de interés, e involuntariamente, observó,
diciéndose a sí mismo:
-Es fulana. ¿A estas horas? ¿Por acá? ¿A pie? ¿Tan tapada? ¿Qué habrá?
La mujer no hizo más que descubrirse y decirle al joyero:
-¿Me conoce usted?
El joyero la miró con cierta sorpresa, por no decir estupefacción, y con
uno de esos sí, señora , que implícitamente dicen: ¿Y quién no la conoce a
usted? , ofrecióle que se sentara.
La desconocida se sentó, respiró con expansión, como quien llega al límite
de la jornada, balbuceó algunas palabras entrecortadas, rogóle al joyero
que cerrara y, una vez que éste lo hizo, díjole, sacando del bolsillo del
vestido un estuche de terciopelo encarnado:
-¿Quiere usted hacerme el favor de tasarme este brazalete?
El joyero lo examinó prolijamente, hizo como una cuenta mental, y contestó
en conciencia:
-Vale veinte mil pesos.
-¿Por lo menos?
-Por lo menos, señora.
-¿Me quiere usted dar cinco mil por un mes, quedándose con la prenda en
garantía?
-Con mucho gusto, señora; por el tiempo que usted quiera.
La desconocida tomó el dinero, se envolvió en su chalón, se miró al espejo
para asegurarse de que estaba perfectamente tapada y repitió una vez más:
" ¡Gracias! ¡gracias! , volveré antes de un mes."
Salió precipitadamente, hesitó un momento, para resolverse a volver sobre
sus pasos por la calle de Potosí, o por la de la Victoria.
El hombre, que estaba enfrente, no se había movido: ella le vio, no le
reconoció, pero temió que la hubieran reconocido y el solo temor y la idea
de las sospechas que hubiera podido suscitar le hicieron subir al rostro
un calor rojizo . Estuvo por atravesar y decirle a ese hombre: " Soy yo ,
no ando en nada malo", pero las mujeres no tienen ese valor, y sólo pensó
en recatarse y en marchar febrilmente, creyendo que porque caminaba a
prisa, todo lo ocultaba.
El hombre la siguió de lejos, ella no dio vuelta una sola vez, no pensaba
sino en llegar.
Llegó; la puerta de su casa estaba abierta; el zaguán, iluminado. Entró,
había visitas, todos hombres. La esperaban; antes de salir, había dejado
sus órdenes. Se transfiguró, volviendo a ser ella misma, y nadie sospechó
ni pudo sospechar todas las angustias por que acababa de pasar.
Esa mujer había nacido en la opulencia, y en ella había pasado los mejores
años de su vida. Era bella como Niobe, joven aún; los tiempos habían
cambiado. Su posición era otra; su prestigio no había pasado. La hermosura
tiene eso, y, si a la hermosura se agrega el espíritu, la gracia, la
cultura; ¡qué fascinación para los hombres! Todos son esclavos.
Los tiempos habían cambiado, he dicho, y al boato habíale sucedido la
escasez; pero la sociedad tiene sus leyes y había que salvar las
apariencias. El rico se encontraba en dificultades.
El hombre que había seguido a la mujer, cuando la vio entrar en su propia
casa, en la casa solariega -que había llegado a ser suya por herencia-, no
pudo dudar: era ella.
¿Y en qué había andado esta señora?
El la quería, con ese afecto desinteresado, generoso, noble, que es el
bello ideal del amor.
Imaginaos la noche que pasaría, siendo como era un alma delicada. ¡Qué
aguijón el de la curiosidad!
Al día siguiente, una vez en la calle, no tuvo más que un solo pensamiento
fijo, salir de dudas.
Se fue a la joyería, entró, y con la seguridad de Arquímedes, díjole al
joyero, que le conocía perfectamente, porque... ¿quién no le conocía
entonces?...
-Anoche ha estado aquí, a tales horas, tal persona; ha entrado en los
momentos en que usted cerraba su puerta. Usted la ha cerrado tras ella, y
ella ha permanecido aquí diez minutos, por lo menos. Yo quiero que usted
me diga qué hacía aquí, a esa hora, esa señora.
-Ha venido a empeñar una alhaja.
-¡Ella...!
-Sí, señor.
-¿Qué alhaja? ¡A ver!
Y el joyero mostró el brazalete.
-¿Y cuánto vale este brazalete?
-Veinte mil pesos, por lo menos.
-¿Y cuánto le ha dado usted a la señora, por él?
-Cinco mil.
-Bien, déme usted el brazalete, usted me conoce; aquí tiene usted sus
cinco mil pesos.
-Pero, señor... no es correcto.
-Bueno, le daré a usted un recibo en el que conste que usted me entrega el
brazalete, en depósito, durante un mes.
El joyero cedió.
El hombre tomó el brazalete, salió y se fue a la casa de la desconocida,
en derechura. Llamó, se anunció, le hicieron entrar y fue recibido como se
lo merecía.
Hacía tiempo que él y ella no se veían. Se vieron, pues, con mutua
satisfacción.
Hablaron; ella de todo lo que quería, y él de lo que no quería, hasta que,
por fin, de elipsis en elipsis, llegaron ambos a colocarse en la situación
psicológica.
-Señora -díjolo él-, tengo aquí una cosa para usted.
-¿Para mí?
-Sí, señora.
Y esto diciendo sacó del bolsillo el mismo, mismísimo estuche encarnado
que la dama había empeñado la noche antes, y cuya visión la puso más
encarnada de lo que se pusiera cuando, al salir de la joyeria, pensó que
pudiera sospecharse de los pasos nocturnos en que andaba.
-¡Fulano, por Dios! ¿Qué es esto?
-Señora... ¿y usted me lo pregunta a mí?
-Y ¿por qué no?
-¿Usted ignora que los que llevan mi apellido están eternamente
vinculados, por la gratitud, a su marido? ¡Qué! ¿Usted no sabe, ¡como no
lo ha de saber!, que, en tiempos difíciles, su marido le dio a nuestro
padre casa de balde, para que viviera?
-Pero... esas son cosas de mi marido... Yo ¿qué tengo que hacer con eso?
-Señora, no discutamos. Aquí tiene usted su brazalete. Supongo que, entre
un joyero y yo, usted me preferirá como acreedor; su marido está
ausente... sus hijos no la pueden ayudar... los tiempos son duros para
ustedes... y yo, pobre, cuando su marido era rico, soy millonario ahora.
La mujer cedió.
El hombre continuó:
-Pero es que esto no me basta a mí: es que yo necesito exigirle a usted
algo más.
-¿Todavía?
-Sí, señora: las deudas de la gratitud no se liquidan jamás cuando uno
tiene el corazón bien puesto.
La mujer se echó a llorar: su belleza debía ser ideal, en aquel momento,
arrasada en lágrimas de agradecimiento.
-¿Y qué más quiere usted?
-Que usted me diga cuánto necesita mensualmente para vivir como debe usted
vivir, y que me deje usted hacerle aquí una casa, en la que usted podrá
vivir y tener además una renta. El Banco Hipotecario está ahí, y a estas
operaciones se presta con gran facilidad.
La mujer, dominada por aquella alma buena, cedió: en dos palabras más,
todo quedó arreglado.
El que este cuadro de nobleza y gratitud esboza, a grandes pinceladas, era
soldado y hacía la guerra del Paraguay...
Vino un día a Buenos Aires, y departiendo con su madre, díjole ésta:
-¿Dime, hijo mío, eres amigo de fulano?
-Sí, madre mía.
-Bien... tengo un favor que pedirte.
-¡Favor! ¿A mí? Usted sabe que sus deseos son órdenes.
-Ya lo sé; sin embargo.
-Diga usted, madre mía.
-¿Sabes tú cómo es que yo tengo ahora casa y renta?
El hijo se encogió de hombros; nunca había inquirido, aunque siempre se
hubiera ofrecido, cómo su madre se desenvolvía en medio de tantas
dificultades como habían agobiado a su familia, y repuso:
-Mamita, francamente, no sé.
Y la madre le explicó todo lo que había pasado, y después de habérselo
explicado, le exigió que, si alguna vez, por disidencias políticas, se
encontraba en bandos opuestos con el hombre de quien vengo hablando,
tuviera presente todo lo que a él le debía.
Corrió el tiempo, que con tanta velocidad corre. Yo fui un día a casa de
ese hombre y le dije:
-Necesito que me prestes tu firma para tomar veinte mil pesos.
Es de advertir que, después de la notificación de mi madre, yo miraba a
ese hombre con profunda veneración.
-¿Cómo no? -me dijo-, con mucho gusto; pero me permitirás que te pregunte
para qué necesitas esos veinte mil pesos.
Confieso francamente que, pocas veces, en mi vida, me he visto más
apurado; porque esos veinte mil pesos eran para trabajar electoralmente
por un candidato que no era el de mi amigo. ¡Pero qué diablos! Si uno no
es franco con sus amigos personales, ¿con quién lo ha de ser?
Mi candidato era el doctor don Nicolás Avellaneda.
Mi amigo me dijo:
-¡Pero hombre, y que tan luego yo te dé mi firma para que vayas a trabajar
contra mí, en la Rioja!
-¡Eh! ya nos arreglaremos.
-¡Hum! ¿Y qué arreglos caben entre tú y yo? [12]
Discurrimos, y le dije:
-Ustedes tienen malas tendencias. La revolución es un recurso extremo que
no se justifica, sino por el éxito, y me parece que esta vez ustedes están
mal inspirados. Perderán todas las posiciones que ocupan, y desaparecerán
todos los equilibrios...
Ese hombre acaba de morir. Escribo estas líneas bajo la impresión de la
triste nueva: no pago con ellas sino un pequeño tributo a su memoria,
presentando su ejemplo, como tipo envidiable, a los que hayan sentido
alguna vez solicitado su corazón por los deberes de la gratitud, o a
aquellos que sean refractarios a tan noble emulación.
Ese hombre se llamara Anacarsis Lanús.
La mujer que, en noche fría y oscura, vagaba por las calles de Buenos
Aires, para empeñar sus joyas, se llama Agustina Rozas.
Esa mujer es mi madre, y estoy seguro que cuando lea ella estas líneas
reconocerá que yo soy hijo genuino de sus entrañas, y que del modo más
digno, hago honor a la memoria de uno de los hombres más buenos que ella
ha querido, y que a ella la han querido.
No sé si sobre la tumba de los muertos hay otro modo de recogerse en esta
hora tristísima de la consumación final.
Yo sólo sé decir que me desprendo de toda preocupación social y de
orgullo, para declarar aquí bien alto: que no hay sobre la tierra hombres
mejores que el que ya no existe, que Anacarsis Lanús.
EL FAMOSO FUSILAMIENTO DEL CABALLO
Al caricaturista Stein
La verité est tout ce que l'on parvient á faire croire.
La máxima con que empiezo, envuelve un concepto que, antes de ver la luz
pública en esa forma, ya había sido expresado en otra, por una de las
cabezas más fuertes que registran los anales políticos y literarios de la
humanidad, por Maquiavello, el cual dice en El Príncipe : "chi voglia
ingannare troverá sempre chi si lascia ingannare."
Sea de esto lo que fuere, la afirmación del moralista y del historiador,
implica incuestionablemente: que el hombre es un animal crédulo y
creyente.
Ahora; por qué es que con más facilidad se inclina a creer en lo malo que
en lo bueno, eso ya es un poco más complicado, más metafísico, más
abstruso. Dilucidarlo, me obligaría a desvirtuar el carácter de estas
charlas. Pretendo que se deduzca de ellas alguna moraleja, y no hacer
filosofía trascendental. Conversando sobre todo con Stein, no es de las
causas y efectos de las cosas naturales de lo que me debo ocupar, sino de
su constante influencia social y política, en este pequeño mundo
argentino, de largos años atrás.
En medio de todo, este diablo de Stein es también un creyente. La prueba
está en que se ha casado dos veces, según entiendo. Y este argumento
demuestra, hasta la última evidencia, o que Stein tiene mucha suerte, o
que en fuerza de su credulidad persigue, con contumacia ejemplar o como
relapso incorregible, la dulce quimera de la felicidad conyugal.
Bueno; lo he dicho, y lo sostengo: Stein ha hecho más bien que mal, con su
lápiz y su buril. Porque de todas las desgracias que los hombres públicos
les pueden acontecer, la peor es: que nadie caiga en cuenta de ellos.
Lo insignificante, no ocupa ni preocupa. Y bien considerado todo, como la
reacción es igual a la acción, tarde o temprano llega el momento de hacer
que las cosas queden en su lugar, trasparentándolas o evidenciándolas. No
hay nada más cierto que aquello de que: "No hay deuda que no se pague, ni
plazo que no se cumpla."
¡Ah, si pudiéramos esperar, si comprendiéramos que la vida sólo es corta,
porque disipamos el tiempo!
Stein, creyendo demoler, ha cimentado muchas reputaciones -ya he dicho que
es crédulo. Entre esas reputaciones, cuéntase en primera línea la mía,
tipo al que él es en extremo aficionado, según lo comprueba el hecho de
que, muerto Sarmiento, su efigie ha desaparecido del tercer puesto que
ocupaba en el membrete del Mosquíto , para colocarme a mí dentro de la
letra inicial.
Tengo, entonces, sentadas estas premisas, alguna esperanza de que mis
hijos asistan sorprendidos a mis funerales, llorando de gusto, al ver que
yo había sido mejor que mi fama.
Es sabido que, entre Arredondo y yo, tomándolo de sorpresa al buen pueblo
argentino, lo hicimos Presidente de la República a Sarmiento; y es
igualmente sabido que Sarmiento no ha muerto, ni para Arredondo ni para
mí, en olor de santidad, lo que quiere decir y arguye, que será bueno que
la juventud acepte el talento más o menos mecánico de escribir, con
beneficio de inventario, porque, por regla general, detrás de un libro hay
todo menos un carácter, tomando esta palabra en el sentido ético y
estético en que la emplea Smiles.
Sarmiento no existe; pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro derecho.
De lo contrario, tendríamos esto: que bastaría morirse, para que, en
nombre de la caridad cristiana, que es mejor ejercitar con los vivos,
resultara que todos los muertos son impecables y que se van derechito al
cielo, en donde seguramente no penetrará Stein; porque allí, si suele
haber lugar para el viudo de una mujer, no hay sitio, según el cuento tan
conocido, para el que ha tenido dos, dos propias, legítimas, bien
entendido, pues, dentro de nuestra actual civilización y de nuestras
mentiras convencionales, tout tant que nous sommes , con rarísimas
excepciones el hombre no es monógamo, sino todo lo contrario. ¡Y después
les exigimos fidelidad a las pobres mujeres, haciendo del matrimonio un
contrato leonino!
¡Cáspita, y qué introducción! [13]
Vamos al grano entonces.
Sarmiento subió a la Presidencia en octubre de 1868. El primer chasco que
a Arredondo y a mí nos dio fue la organización de su ministerio. Sarmiento
era siempre lo inesperado, y, sí no, ahí está su apoteosis, que es como se
ha llamado la fiesta de su entierro. No digo fiesta, empleando la palabra
en mala parte; lo digo, porque los entierros son, entre nosotros, al revés
de lo que en otras partes pasa, más que un acto de recogimiento, un acto
de vanidad.
Por mi parte, desde ahora, les encargo a mis ejecutores testamentarios que
me entierren de cualquier modo, que me echen a la fosa común, ¡qué
diablos!, allí estaré quizás en mejor compañía.
¡Hay tanta gente, y entre ellos, usted Stein, que me ha hecho pasar por
loco!... Luego, estando en la fosa común, estaré en el sitio que me
corresponde, desde que no faltan políticos que pretendan que un noventa y
nueve por ciento de los humanos son dementes.
Y esto me trae a la memoria una anécdota que, por lo que tenga de
instructiva, aquí consignaré, para que de ella saque mi hijo León, el
único hijo que tengo, y los que con alguna atención inteligente me lean,
la moral instructiva que de ello se desprende.
Cuéntase que el célebre naturalista Humboldt pidióle un día al doctor
Blanch, director de una casa de alienados, que le hiciera comer con un
loco; y que el distinguido facultativo, apresurándose a complacerlo, fijó
incontinenti el día y la hora.
Si miento, no miento por boca de ganso, miento por boca de Julio Simón, al
cual conocí en Versalles, Rue Berthier, número 33, bis, donde vivía a la
sazón y actualmente vive, el muy querido amigo de mi padre, Mr. Lefebvre
de Bécour, esposo de mi tía -le llamo tía, por cariño- Nieves, la hermana
de la que fue mujer del muy noble padre de mi queridísimo amigo, Carlos
Guido y Spano. Por más señas, al lado vivía también Jules Fabre, apartado
de la sociedad, ocultando en el retiro las tristezas de su alma.
Cuando llegó Humboldt a casa del doctor Blanch, ya estaba éste en la mesa
con dos convidados. Hizo sus excusas, por llegar tarde y ocupó su asiento.
Siguió hablando el que hablaba, habiéndose interrumpido apenas para
hacerle una reverencia al recién llegado.
Era un personaje de exterioridades excéntricas, movedizo, locuaz, una
devanadera de palabras: sostenía, con pasmosa verbosidad, paradojas
extraordinarias. Nadie chistaba; sólo, de vez en cuando, hacíale una que
otra finísima observación el comensal que el doctor Blanch tenía a su
derecha, el cual estaba vestido correctamente, siendo su aspecto muy
grave. Llamóle tanto la atención a Humboldt, que, al salir de la comida,
se dirigió al dueño de casa en estos términos:
-Mi amigo, su loco me ha divertido mucho, aunque él se lo haya hablado
todo. Pero debe haberlo fastidiado bastante a ese otro señor tan formal
que tenía usted a su lado.
El doctor Blanch se sonrió maliciosamente y repuso:
-Es que ese otro señor tan formal es precisamente el loco, con quien usted
quería comer.
-¡Ah! ¡ah! -prosiguió medio estupefacto Humboldt-. ¿Y el otro, entonces?
-¿El otro, el que le ha parecido a usted un verdadero loco?
-Sí, sí.
-¡Oh, ése es nada menos que el gran novelista Honoré de Balzac!
¡Eh! así es con mucha frecuencia el mundo: los locos suelen pasar por
cuerdos; más aún, suelen, según la posición en que se encuentran, hacer
pasar por locos a los cuerdos.
Nada de esto lo digo, Stein, por usted. Tiene usted entre sus desgracias
la que ya dejo apuntada. Ella basta y sobra, para que siempre y en todo
caso, tenga usted el derecho de exigir un poco de indulgencia, cuando se
trate de juzgarlo.
Por otra parte, el juicio de los hombres suele ser tan extravagante, que
yo me acuerdo de la opinión que tenía José María Moreno, el malogrado
jurisconsulto, de nuestro célebre Presidente Sarmiento.
Cuando Arredondo y yo supimos que el ministerio que Sarmiento se proponía
nombrar, era el que anunciaban los diarios, la noticia nos hizo el efecto
de un desastre. Pero Sarmiento ya estaba hecho Presidente, y no había más
que aguantar.
Ahí, donde está ahora el hotel de Reina, vivía el doctor Luis Vélez. En el
salón a la calle, que queda a la izquierda, teníamos una especie de club
político. Allí discutíamos todo, y discutimos naturalmente la anunciada
composición del ministerio.
Arredondo había sido llamado por Sarmiento. Tres veces lo llamó. Pero
Arredondo no fue. Al fin, Sarmiento fue a la casa de Arredondo, que era en
la de su suegro el doctor Almeida.
Discutieron, no se entendieron, y Arredondo pensando que era mejor algo
que nada, por aquello de "del lobo un pelo" se conformó con el ministerio
de la guerra, no para él, sino para el candidato que indicaría. Yo estaba
fuera de toda discusión; primero, porque eso era propio de Sarmiento, y
segundo, porque, según él decía, yo era muy enemigo de los brasileros.
Otra invención platónica.
Nos fijamos en Carlos Keen. Yo recibí encargo de Arredondo de verlo, y
están vivas las personas que, junto conmigo, pasaron la noche en casa de
aquel inolvidable amigo, ayudándome a reducirlo; esas personas son: Dardo
Rocha, Carlos D'Amico, Eulogio Enciso y otro que no puedo recordar. Me
parece que era Luis María Campos, que había venido del Paraguay, en
comisión: no lo afirmo.
Carlos se negó tenazmente; descubría anomalías que lo aterraban, en el
carácter del Presidente, y no quería exponerse a sus asperezas y a hacer
un ministerio de la Guerra estéril, si tenía la paciencia de quedarse en
él.
Arredondo, aceptando mi indicación, me encargó que lo viera a José María
Moreno, que había sido sargento mayor de artillería, subsecretario del
ministerio de guerra y marina, que era hombre de tanto reposo como saber,
y que, a estos dones naturales ya adquiridos, reunía la circunstancia de
ser muy considerado en el ejército.
José María vino a mi casa, calle Santiago del Estero, respondiendo
gentilmente a la cita apurada que le diera.
Cumpliendo con el encargo de Arredondo, le expuse francamente el estado de
las cosas, la situación en que nos hallábamos -sin mencionarle para nada
la negativa de Carlos Keen-, las esperanzas, en fin, que en él fundábamos,
teniendo en cuenta que la guerra del Paraguay duraba y los visibles
ribetes dictatoriales, que era la hilacha que empezó a mostrar, en cuanto
llegó, el Presidente electo, envolviendo todos sus aforismos y
americanismos yankees de triunfador constitucional, en las películas de la
fraseología leguleya que le era peculiar.
Enterado José María del porqué lo había molestado, dándole una cita en mi
casa, o sea de la embajada que me había sido confiada, me miró con cierta
sorpresa, se revolvió en la silla, como buscando una frase meliflua que
antes de decir no permita que se sospeche que va a ser articulado, y se
deshizo en consideraciones sobre las circunstancias, terminando por
excusarse de no poder aceptar el honor que se le ofrecía, pero sin darme
una razón concreta.
Díjele yo entonces, para estrecharlo:
-¿Y por qué nos abandona usted, José María?
Tenía éste una cara angulosa, de toscas facciones en extremo expresívas:
la frente espaciosa, como marcando matemáticamente la medida de lo mucho
que podía abarcar y contener su cerebro; grandes, brillantes y saltados
los ojos; abultada y prominente la nariz; gruesos los labios y
entreabiertos, lo bastante para descubrir dos líneas de dientes macizos,
casi caballares, que caracterizaban singularmente su fisonomía, dándole en
estado de reposo un aire marcado de sinceridad, y cuyos labios, cuando se
movían, solicitados por alguna idea retozona, hablaban sin decir nada.
José María los movió, los arremangó, los compuso y los descompuso, y por
último, dándole a toda su persona el aire de gravedad, que la equilibraba,
volvió a mirarme y sonriéndose, a pesar suyo, me contestó con su
inolvidable voz de bajo profundo, ronco.
-Porque Sarmiento es loco.
Los términos se vencieron: Sarmiento nombró el Ministro de Guerra que
otros le indicaron y, como al fin y al cabo no se trataba de una calamidad
pública irremediable, Arredendo y yo partimos pocos días después para las
fronteras del Interior, que estaban todavía donde las habían dejado los
españoles.
Allí mismo las dejó Sarmiento, excepto algo que se hizo en la Provincia de
Buenos Aires y en el Interior, por Arredondo y por mí.
Pero hizo guerras cruentas, largas y costosas en Entre Ríos para vengar a
Urquiza, del que iba huyendo en el vapor Menay después del 3 de febrero,
según se ha visto, en una Causerie mía anterior, comprobando lo que,
llegado a Montevideo, les declaró a sus amigos, o miente Alberdi en el
tomo IV, página 33, cuando afirma: "El General persiste en ser quien es, y
nadie en la tierra lo hará variar de su modo de ser."
¡Ironías de la historia! como la caricatura de Stein mismo, a propósito
del desaguisado de Sarmiento conmigo, cuya caricatura tenía esta leyenda:
"la máquina mata al inventor".
II
Hay una raza felina de gente, que, como dice Octavio Feuillet, es mucho
menos crédula de lo que afecta serlo.
No es aborigen de determinada latitud; nació con la humanidad; su cuna
está desparramada por toda la redondez de la tierra; y su pasto principal
es la envidia.
Pero como es imposible ser envidioso, y no ser mentiroso, la tal raza es,
en otro sentido, si se quiere, una mezcla antipática de lo más feo que
conozco en la sociedad, la hipocresía, amasada con la impostura; lo que,
fermentado, produce los Basilios .
Me estoy ocupando de mí mismo.
Puedo entonces, imitando a De Maistre, cuando resuelve consagrarle un
capítulo entero a su perrita Rosina, amable animal, que amaba con
verdadero afecto, y habiendo sido touriste como él, exigir que no se me
reproche el ser prolijo en los detalles: es la manera de los viajeros.
Y esto dicho, y habiendo interrumpido el capítulo anterior, en el momento
mismo en que Sarmiento subía a la Presidencia, propalando ya, como para
desobligar su conciencia, que no le debía ese triunfo ni al esfuerzo de
Arredondo ni al mío, ni al de nadie, sino a la virtud electoral de su
libro sobre la Vida de Lincoln , veamos un poco lo que eran, en aquel
entonces, las fronteras del Interior de la República, a donde los dos
referidos autores y fautores, por mal de sus pecados, se dirigían para
ocupar sus respectivas posiciones.
Nos transformamos tan rápidamente, es tan violenta la marcha que llevamos,
la sucesión de los hechos y acaecimientos de toda especie es tan
vertiginosa, y tan febril es el apuro de todos por llegar, que fácilmente
olvidamos hasta lo de ayer: el éxito, la gloria de hoy, no sirven para
mañana.
El pasado era una cristalización, el presente es una explosión. No puede
decirse de nosotros lo que decía Victor Hugo de la Rusia, que era el
pasado de pie, obstinándose en vivir en consorcio con el presente.
Nosotros somos el presente, caminando con paso de gigante, hacia el
porvenir, sin mirar atrás, ni reparar lo que pisamos o destrozamos,
impelidos por el poderoso resorte del progreso.
¿Qué poeta cantaría ahora:
Y el tiempo, al parecer, pasa dormido,
sin señales de alivio ni mudanza?
Cuando Sarmiento subió a la Presidencia, para bajar dejando al país poco
más o menos como estaba, no obstante el peso de las muchas o pocas ideas
conglomeradas que tuviera su espíritu original, con cinco mil entrerrianos
menos y deudas en que no soñó, la primer cosa que buscábamos en los
diarios, así como ahora buscamos los telegramas del Exterior y del
Interior, era la noticia que contenía este título obligado:
"¡Invasión de indios!"
Efectivamente, los indios amenazaban por todas partes, por todas partes
invadían, por todas partes sembraban la desesperación y la muerte, y en
todas partes los pacíficos moradores se acostaban y se levantaban pensando
en la pesadilla secular.
Había indios hasta en el camino del Rosario a Córdoba. Y estos indios eran
de dos clases: una mayoría inmensa, era Pampa o del Chaco, los otros,
otros forajidos, producto de la barbarie y de la guerra civil, que con
ellos fraternizaban.
Cuando yo llegué a la villa del Río Cuarto, una verdadera ciudad ahora,
con casi todas las comodidades de la moderna civilización, la plaza estaba
atrincherada en sus cuatro bocacalles; era el reducto o refugio en donde
todo el mundo buscaba su salvación así que como una chispa eléctrica
corría la noticia de que los indios habían invadido. Y como las dos cosas
que más se aman son la vida y la propiedad, y como los indios eran esas
dos cosas precisamente las que más amenazaban, no había en la aldea quien
de ellos no se ocupara. Y lo que era mas triste aún, para que se vea cuán
funesta es la anarquia, no faltaba quien tuviera afinidades con los
bárbaros, llegando la audacia hasta el colmo de jactarse de ello. Así
solía oírse decir: a don Fulano no le han de hacer nada los indios, porque
es amigo de Fulano, de Zutano, de Mengano, o de Beltrano, que está con
ellos, o porque con ellos está su hermano o su primo.
Fue mi primer preocupación darme cuenta de lo que tenía entre manos, ver
con mis propios ojos si había los medios de defensa, que mi antecesor
aseguraba existían, y procurar infundir cierta confianza a los habitantes
de aquella frontera. Desplegué alguna actividad. Era joven, tenía bríos y
estaba bien secundado por una falange de jefes y oficiales que, como yo,
habían servido en la frontera de Buenos Aires, con excelentes modelos,
como mi maestro el general Emilio Mitre, hecho la guerra en diversas
ocasiones, y la gran guerra del Paraguay, sobre todo. Todo esto era algo
para que se me respetara y nos respetaran. Pero no bastaba para tener
prestigio; y ni mi estilo y ni el estilo del núcleo en que yo me apoyaba
era el que por el que entonces gustaba. El gaucho, aunque viera que yo no
era maturrango, me veía en silla inglesa o mejicana, como lo veía a
Racedo, a Ruiz Moreno, a Maldonado, a Molina, a Villegas, a Lagos, a
Godoy, a Villar, a Mayer, a Viñales, y a tantos otros que eran muy
subalternos, como Amaya, O'Donnell, etc., o que han muerto va, dejando
gran vacío en el ejército, y encarnándolos a todos ellos en mí, decía en
las pulperías, medio chupado, porque no llevaba el lazo a los tientos, ni
el sable entre las caronas (lo que por otra parte tiene su oportunidad):
"¿Y éste es el que nos va a gobernar ahora?"
Yo le contestaba en mi interior; y le contestaba sin ningún sentimiento de
acritud, porque encontraba muy explicable que, lo que yo representaba
física y moralmente, exterior e interiormente, no le cuadrara: "Ya verán
quién es Callejas." Y procedía con suma cautela; el terreno en que pisaba
no era firme.
Me faltaba todavía mucho que averiguar, mucho que hacer ver, mucho que ver
yo mismo, para poder decir: conozco bien la topografía del terreno, los
elementos de que puedo disponer, la gente con que tengo que habérmelas; en
dos palabras, estoy enterado y orientado, no me empamparé , si sobreviene
alguna dificultad.
Una mañana fue a visitarme un vecino, y como la cosa más natural del
mundo, me dijo, delante del comandante Hilario Lagos, que la plaza estaba
llena de indios...
Ya se imaginarán ustedes el efecto que la noticia me hizo, aunque no se
tratara de una invasión, sino de una comisión, que era como los señores
del desierto llamban a sus embajadas.
Me dio vergüenza y cólera; pero era necesario disimular, y disimulé,
siguiendo el consejo de Maquiavelo.
¡Cuándo, cómo y por dónde habían venido, hasta llegar a la misma plaza
principal (y no había otra) sin que yo lo supiera!
Era menester averiguarlo instantáneamente.
No tardé en saberlo.
Suprimo detalles; todos pueden reducirse a esta fórmula: las malas
prácticas fronterizas permitían que los indios, verdadero enemigo al
frente, cruzaran la línea de fortines tranquilamente, siempre que no
vinieran en son de guerra y que llegaran a las poblaciones, sin decir agua
va, cuando se les antojaba y primero que el parte de los comandantes de
los fortines, si es que llegaba. Porque dichos comandantes solían
discurrir de aquesta graciosa manera: "Como van de paz (era el modo de
decir), ¿para que voy a cansar caballos de balde?" Y esas malas prácticas
hacían también que las poblaciones los acogieran como a verdaderos nuncios
de paz y que antes que, no digo las autoridades civiles, sino las
militares, supieran que había llegado una comisión, ya estuvieran hechos,
entre indios y cristianos, infinidad de cambalaches, dando ellos sus
plumas de avestruz por aguardiente, o pañuelos pintados de algodón, o
caballos con marca de estancieros de la provincia de Buenos Aires, o de
Mendoza... por cualquier porquería, o lo que era más irritante aún,
vendiendo a una cautiva orejana o con marca conocida, era cuestión de edad
y de la provincia en que había sido tomada, por un poncho de paño, o por
un par de botas, es decir, por mucho menos precio de lo que yo había visto
vender, no digo circasianas, negras, en los mercados de carne humana,
autorizados por la ley abominable de la esclavitud, del Cairo, de
Constantinopla, de Río de Janeiro.
¡Y el país, ya estaba constituido, figurando entre las naciones de la
tierra, que proclamaban a todos los vientos que en su seno no hay
esclavos, que todo contrato de compra y venta de personas es un crimen!
¡Tenemos tantas de éstas todavía...!
Si un pobre paisano se emborrachaba y gritaba: ¡Viva Rozas! ¡Viva
Arredondo! ¡Viva el diablo! y no andaba bien con el comandante de la
partida, lo enderezaban, a cintarazos, a la policía, lo destinaban a un
cuerpo de línea, por más jueces federales que ya hubiera. Pero si se
emborrachaba un indio, con los mejores modos posibles y tratándolo de
hermano, lo conducían a buenas a que durmiera la tranca, entre su
colección de mujeres, chinas y cristianas, es decir, blancas, o de
cualquier otro color, todo ello de miedo de las consecuencias.
Y los indios ensoberbecidos, y usando del derecho salvaje de aquella
vergonzosa extraterritorialidad, que era el usus vivendi , podían apalear,
herir, matar a sus propias mujeres o concubinas (pueden tener las dos
cosas), sin que les parara perjuicio, arrancando, cuando más, esta crítica
a la humanidad escarnecida: ¡qué bárbaros son estos indios!
El origen de mis relaciones con la china, mi comadre Carmen, del afecto
que ella me consagró y del bien que me hizo, mientras estuve entre los
indios ranqueles, página que no figura en el libro en que cuento las
aventuras de aquella calaverada militar, viene, precisamente, de que yo
protesté contra semejante usanza musulmana.
El caso fue así:
Yo recibía visitas matutinas, de chinas; so pretexto de saludarme, iban a
hacerse regalar cualquier cosa. Los indios hacían después, por activa, lo
que habían hecho las indias por pasiva. La tienda en que se compraban los
regalos, era la más acreditada del Río Cuarto; casualmente, la del señor
don Ambrosio Olmos, que llegó después a ser un gobernador excelentísimo de
Córdoba, sujeto, por otra parte, digno de sus millones; porque los ha
acumulado apretándose la barriga, como pocos, y el cual puede ser
presentado como ejemplo de lo que valen estos dos coeficientes: el trabajo
y la economía.
Una mañana vinieron las susodichas chinas a mi casa, y al ver que una de
ellas, bastante donosa, la Carmen, tenía la cara toda estropeada,
preguntéle:
-¿Y qué es eso?
-Puitrén, pegando -me contestó.
-¿Vos engañando con cristiano?
-No, Puitrén, achumao -borracho quiere decir en lengua araucana.
Aunque yo piense que no suele estar de más pegarle a las mujeres, siempre
que con las manos, o con cosa contundente, no se les pegue, me sulfuré de
cólera y mandé que me lo trajeran incontinenti al indio.
Vino éste.
-¿Vos pegando mujer?
El indio se sonrió y contestóme:
-Sí.
-Bueno, vos no pegando más mujer.
El indio volvió a sonreírse, como diciendo "¡Si será zonzo este
cristiano!" -y repuso:
-Mujer mía...
-Mujer tuya, allá en tus tierras; acá, no pudiendo pegar mujer. Yo pegando
vos -y lo amenacé con los puños- si vos pegando mujer.
-Mujer mía, mía, mía, yo comprando padre...
-Allá...; acá, tierra de cristianos, no pudiendo pegar mujer.
Es de advertir que la china estaba encinta, y que tenía una barriga
piramidal.
El indio volvió a sonreírse y agregó:
-Yo pegando nomás.
-¡Hi... de... una... gran... pe...! ¡Si vos volviendo pegar mujer, yo
matando vos, pícaro!
El indio se puso serio.
Y entonces yo, dirigiéndome a la china Carmen le dije, conociendo hasta
donde la mujer oculta las flaquezas de su marido, y éste las liviandades
de su mujer, lo que prueba que el uno vale la otra:
-Si marido pegando y vos callando, no contando a mí... y yo sabiendo,
castigando marido y no dejando vos volver toldos...
La china me miró con una de esas caras que sólo ponen las mujeres, para
los que las amparan, lo miró también al indio, como diciéndole: "¿Has
entendido?", y el indio me miró a mí, como diciéndome: "¿Y quién le ha
dado a usted ese derecho de meterse en las cosas, entre mi mujer y yo?"
En el Médecin malgré lui , Martina no discurre, ¡qué curioso!, como la
china Carmen discurría, pues lo increpa a Roberto diciéndole:
-Voyez un peu cet impertinent, qui veut empêcher les maris de battre leurs
femmes!
Pero, Sganarelle discurre como Puitrén, diciendo:
-Je la veux battre, si je le veux; et ne la veux pas battre si je ne le
veux pas.
Decididamente, en las fronteras del matrimonio hay indios.
III
Ustedes habrán leído, probablemente, una página muy animada y humorística
de Octavio Feuillet y, si la han leído, la recordarán, sin duda; porque
eso es lo que siempre pasa, con ciertas lecturas, no las olvidamos nunca;
se clavan ahí en la memoria, como el recuerdo de la mujer que nos hizo la
primer caricia, siendo cosa averiguada que a la mujer no le sucede lo que
al hombre: ella, olvida con facilidad, y si no olvida, se hace la que no
se acuerda.
En esa página hay este diálogo:
-Acabo de llegar de París, y yo se lo digo a usted: Alejandro Dumas, no ha
exisistido jamás. Es Charpentier el que lo ha inventado.
-¿Cómo decís? ¿Charpentier?
-Sí, pues; Charpentier, el editor.
-¡Pero si Charpentier no ha editado, hasta ahora, una línea de Alejandro
Dumas!
-¡Bah!, ¡bah!, es una especulación de librería.
-Le repito a usted que acabo de llegar de París, que usted se chupa el
dedo, que no hay tal Alejandro Dumas.
El mundo, la vida, la sociedad, son los dominios de la inventiva, de la
impostura, o de la eterna pavada... como ustedes quieran.
Esto último, se me ocurre con motivo de un aristarco, que ha necesitado
nada menos que tres años para descubrir que una frase mía es... ajena.
No me envanezco de ello, porque, al fin y al cabo, no he descubierto ni un
nuevo gas para reemplazar al sol, ni la cuadratura del círculo. Pero
supongamos que la frase no fuera mía, que de buena o de mala fe, yo me la
hubiera apropiado.
Anda muy atrasado de noticias el crítico ese, cuando ignora que, en
literatura, ha pasado en autoridad de cosa juzgada, siendo regla práctica,
que un hombre que ha hecho sus pruebas, como escritor original, o como
orador, tiene el derecho de pillar, a discreción, las obras de otros [14]
.
Un pensamiento, dice el sabio, pertenece al que ha podido concebirlo, y al
que sabe colocarlo bien, en su lugar. El empleo de las ideas prestadas, lo
denota al principio una cierta desmaña ; pero, así que hemos aprendido a
servirnos de ellas, adiestrándonos, se hacen nuestras.
Toda originalidad es, pues, relativa.
Todo pensador es, pues, retrospectivo.
De seis mil cuarenta y tres versos de Shakespeare, mil setecientos setenta
y uno son de la mano de un escritor anterior a Shakespeare, dos mil
trescientos setenta y tres son de sus antecesores, y mil ochocientos
noventa y nueve, suyos propios.
Yo puedo, dice un gran escudriñador, señalar sus versos y reconocerlos por
la cadencia.
Mirabeau plagiaba todas las buenas ideas y todas las palabras felices que
se expresaban en Francia.
Dumont refiere que, estando en una tribuna de la Asamblea Nacional, se le
ocurrió, al oír un discurso de Mirabeau, una peroración, que escribió
inmediatamente con lápiz, y se la comunicó a su vecino lord Elgin.
Lord Elgin la aprobó, y a la noche Dumont se la mostró a Mirabeau.
Mirabeau la leyó, la halló admirable, y le declaró que, al día siguiente,
la intercalaría en uno de sus discursos.
-Es imposible -le dijo Dumont-; desgraciadamente se la he mostrado a lord
Elgin.
-Aunque se la haya usted mostrado a lord Elgin y a cincuenta personas más
-replicó Mirabeau-, no por eso dejaré yo de pronunciarla mañana.
Y así lo hizo en efecto, con gran éxito.
Porque, como observa muy bien mi maestro -o mi filósofo favorito-,
Mirabeau sentía, tal era el vigor de su personalidad, que todo lo que su
presencia inspiraba, le pertenecía, como si él mismo lo hubiera dicho, y
que le daba un valor adoptándolo.
Que haya alguna vez podido escribir Zola "ilustres desconocidos", ¿qué se
me da a mí? La cuestión, en todo caso, sería saber si él tuvo la
inspiración de exclamar en un momento dado, y en una asamblea de partido,
a propósito de trapisondas electorales, y dándole notoriedad a quien no la
tenía: "Pero si es un ilustre desconocido, no contestaré."
Lo mismo que a Stein tiene que importársele un bledo quién fue el primero
que habló del famoso fusilamiento del caballo. El fue el que la escena
pintó, dándole todo el carácter que su buril y su lápiz saben imprimir a
las novedades, con que alimenta, hace tantísimos años, la voracidad de sus
insaciables suscriptores, y la leyenda es entonces suya, como son de
Shakespeare los versos ajenos, pescados en el medio ambiente en que vivía;
como es de Mirabeau la peroración de Dumont, como es de Zeballos el
notabilísimo discurso de los otros días, aplaudido espontáneamente por los
que como él pensaban y admirado interior y silenciosamente por los que
como él no pensaban; aunque unos y otros pudieran decir o pensar (suele
ser el último recurso de la mediocridad y de la envidia): eso es sacado de
los libros.
Y, como por más que Zola la haya escrito, si es que la escribió, desde que
yo la apliqué en una asamblea parlamentaria, es mía, y no de él, la frase
que ahora se me disputa.
Con que así, lector paciente, por no decir amigo, vamos, no exclamando
como el poeta:
Y el alma que no sé yo do se esconde;
vamos andando sin saber adónde.
sino a la cuestión; es decir, prosigamos el relato, interrumpido cuando el
indio sostenía que era su derecho darle de palos a la mujer, derecho que
el francés de Molière reivindicaba para sí (después dirán que no son muy
bárbaros estos franceses), y que Martina encontraba legítimo, pues
exclamaba: "Voyez un peu cet impertinent, qui veut empêcher les maris de
battre leurs femmes!"
Pero que la china Carmen, mi comadre, hallaba muy discutible, a juzgar por
los ojos con que me miraba, cuando yo le decía a Puitrén, su posesor (se
recordará que me dijo es mía, yo se la he comprado al padre): -¡Cuidado
con pegar mujer, si vos pegando ella, yo pegando vos!
Los indios habían llegado hasta la plaza de Río Cuarto, como quien llega,
entra y se instala en su propia heredad, siendo objeto de visibles
manifestaciones de contento de todos los estantes y habitantes del lugar.
Venían de paz, venían a tratar. Estas voces, esparcidas por sus heraldos,
que eran los cómplices a que ya me he referido, ejercían siempre una
influencia mágica en el vecindario fronterizo. La guerra era una
tradición; que concluyera de algún modo, un ideal. Porque concluyendo,
aunque no se acabaran los indios, todos esperaban que la vida y la
propiedad dejarían de estar a la merced de aquellos bárbaros, que no sólo
merodeaban entre Córdoba y el Rosario, sino entre Río Cuarto y Achiras;
entre Achiras y San José del Morro, entre San José del Morro y San Luis, y
entre San Luis y Mendoza.
El arco de círculo que, empezando en la embocadura del Río Negro, pasaba
por la Villa de Mercedes, después de haber delineado las fronteras de
Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba y San Luis, para terminar en Mendoza,
marcaba las funestas etapas que parecían decirle a la civilización ansiosa
de proyectarse al sur: ¡de aquí no pasarás!
La índole de estas conversaciones me prohíbe explayarme en cierto orden de
reflexiones. Diré entonces lo estrictamente necesario, dentro de mi
propósito, y a él hace que conste que Arredondo se había establecido
estratégicamente, en la Villa de Mercedes, donde tenía su cuartel general;
y yo, el mío, en el Río Cuarto con la consigna de prepararme para
adelantar la frontera, al Río Quinto, sacándola de donde la habían dejado
los españoles, como ya lo dije; todo lo cual se hizo con éxito completo,
en el momento oportuno.
Tales eran los auspicios, bajo los cuales yo me encontraba, cuando, como
se anuncia un hecho ordinario en la vida social, vinieron a decirme en mi
propia casa: "Ahí están los indios", no tardando en llegar otro comedido
interesado, que iba a hacerme saber: que con los indios había venido
también (esto era sensacional) un parejero, flete de superior calidad, que
mis inesperados huéspedes habían adquirido par droit de conquête , en una
de sus últimas invasiones.
El tal pingo llamaba más la atención que algunos cautivos y cautivas,
infelices, que traían aquellos caballeros.
Visita tras visita llegaba a mi casa, y todas ellas repetían lo mismo:
"¿Sabe señor que ahí está el picaso? "
Por fin llegó su legítimo dueño, e interrogado por mí, después de escuchar
la historia de las hazañas de su caballo, me dijo: que estaba atado a la
estaca, en el sitio del único boticario que el Río Cuarto tenía el honor
de contar entonces entre sus galenos no patentados, boticario que era por
añadidura francés.
Era éste un hombre inofensivo como sus drogas. Tengo para mí que no vendía
sino aqua fontis , crémor y magnesia, con diferentes denominaciones (la
más inocente de las supercherías farmacéuticas), y por eso, sin duda, era
mejor entonces que ahora la salud pública allí.
A más de ser inofensivo, era federal mazorquero; pero platónico, porque
era incapaz de matar una mosca. Item más: era imperialista, imperando a la
sazón en Francia Napoleón III. Ainda mais : se decía compadre de Mariano
Rozas, y por esta quíntuple razón, ser boticarío, mazorquero, francés,
imperialista y compadre de su compadre, era un personaje de tantas
ínfulas, que, cuando pasamos con el general don Emilio Mitre por el Río
Cuarto, yendo para Mendoza, muchos años atrás, era él el único vecino que
hacía alarde de no saludarlo (estaba siempre en la esquina de la tienda de
Fidel Argüelles, con otros), nada más que porque el tal general
representaba cinco particularidades diametralmente opuestas a las que
constituían las peculiaridades de su curiosa entidad.
El sitio ese, quedaba en la plaza y hacía cruz con el cuartel, donde se
hallaba acantonado el batallón 12 de línea, ahora 10, siendo su mayor y
jefe interino, el actual Ministro de Guerra y Marina, y quedaba al lado de
la botica.
El boticario, fiel a su tradición, y dominado por su neurosis, no me había
pagado el tributo palaciego de otros vecinos, de modo que yo, tenía por él
(así es nuestra naturaleza) una mezcla de consideración y de rabia.
La ocasión la pintan calva, me dije, y ahora verás, francés, quién soy yo,
y me pagarás aquellas faltas de respeto (la aldea no es como la gran
ciudad) de cuando íbamos a Mendoza, con don Emilio.
Lo mandé llamar, en la forma menos imperativa: "Vaya usted, le dije al
oficial mensajero, y dígale al señor Tal, que tenga la bondad de venir a
hablar un momento conmigo."
El oficial salió, volvió y me dijo: "Dice que ahora viene."
En efecto, un rato después, anunciáronme al compadre de Mariano Rozas, que
se había echado encima todas las pilchas más modernas que tenía: era un
hombre alto, rubio, de aspecto agradable, de modales fáciles; tenía unos
brazos como aspas de molino, cerrada la barba, largo el cabello, y
hubiérale parecido feroz a todo aquel que no estuviera acostumbrado a ver,
en los ojos, al cabrío emisario de lo que se mueve. Así endomingado ,
aunque fuera día de trabajo, como se me presentó estaba exteriormente
charmant .
Nos saludamos en criollo, si el pronombre nos cabe cuando se trata de un
interlocutor que, no obstante su mazorquerismo , no había conseguido
perder el acento gabacho; il grasseyait atrozmente.
Ustedes saben que grasseyer es un defecto parisiense, y que el marsellés
es el modelo del grasseyer . Ergo no me detendré en mayores explicaciones,
y hoy por hoy, aquí haré punto redondo, aunque bien pudiera demostrar,
antes de concluir, que el amor influye mucho, muchísimo, en el modo de
pronunciar en Francia bien la r .
Post-Data.
Mariquita:
Tenga usted paciencia, y así que salga de algunos compromisos anteriores,
le contaré a usted la historia que le ofrecí en la mesa de Luis, cuya
historieta tiene por objeto probar hasta la última evidencia que mi perro
Júpiter es mucho más inteligente que yo. Y una vez probada la cosa,
quedará archiprobado el dicho tan conocido de "Plus je connais les hommes,
plus j'aime les chiens".
L. V. M.
Idem.
Carlotita T...
¡No se alarme usted! Mi alusión a Carlota Corday no pudo ser un
pronóstico; me referí a la que, en religión literaria, se llama Jeanne
Thilda.
L. V. M.
IV
Generalmente, entre jueves y jueves, entre Causerie y Causerie , suelo
recibir billetes firmados o anónimos. Los unos son dulces; agrios los
otros, como los días de la existencia.
Algunas veces me dicen: "...me ha enternecido usted y hecho reír a la vez:
¡qué gracia y qué vida respira esa página íntima! ¡Bravo! De usted puede
decirse que brilla en todas las luces, como los diamantes finos de la
India. Mis cumplimientos..."
Otras: "Está bien imaginado; pero no le creo a usted. Me parece que Rozas
pudo ser realmente así, como usted lo pinta; en cuanto a eso de los siete
platos de arroz con leche, no creo jota. Ma se non é vero é ben trovato."
Otras, como ayer... "Charlatán, y ¿cómo demostrarías que el amor influye
en el modo de pronunciar en Francia la r ?"
¡Sea todo por el amor de Dios!
Tendré, mi querido Stein, que tantalizarlo a usted más todavía, aplazando
y aplazando la hora sangrienta de la ejecución del malhadado bucéfalo.
"¡Charlatán!" El billete es anónimo, pero esa inscripción debe ser
femenil.
-Señora, contéstole entonces: Está visto que la mujer no escama y que
mientras no se transforme, ha de continuar siendo la Eva peligrosa de la
curiosidad. Y que, aun corriendo el riesgo de pecar [15] hemos de tener
que satisfacerla.
Allá va, pues, por cuenta del bello sexo, salvo error u omisión, una
digresión más, otro pecado literario, antes de volver a tomar el hilo de
la narración, interrumpida en el momento en que el boticario y yo nos
saludábamos.
Prevengo que no quedarán bien enterados, los que no hayan leído el
capítulo anterior.
Habla por mí el más delicioso de los escritores, Ernesto Legouvé, y por
boca suya, desmiento (con el debido respeto) a la velada dama que ha
creído reducirme al silencio, fulminándome con su mensaje de arriba:
"¡charlatán!"
"... Era joven, ya tenía talento y perseguía, al mismo tiempo, dos
empresas, desigualmente caras para él, pero igualmente difíciles:
trabajaba a la vez por conquistar la r , la erre rodante , y la mano de
una joven de la que estaba locamente apasionado. Seis meses de esfuerzos
no le habían bastado para conseguir, ni lo uno ni lo otro. La r se
obstinaba en quedarse en la garganta, y la señorita, en no ser señora. Por
fin, un día, o más bien una noche, después de una hora de súplicas, de
protestas, de ternura... toca el corazón rebelde... la señorita dice: ¡sí!
Ebrio de gozo baja la escalera de cuatro en cuatro escalones, y al pasar
por la portería del conserje, le lanza un sonoro y triunfante (tengo que
decirle en francés)
-Cordon, s'il vous plait [16] .
¡Oh! ¡sorpresa!...
¡La r de cordon ha sonado vibrante y pura, como una r italiana!..."
¡Italiana!, dice Legouvé, porque no conocía nuestra bella lengua
castellana.
¡Qué italiana, ni qué botijas! No hay lengua humana que articule la r como
un español o como un americano del sur. Y agreguemos, en honor de nuestra
lengua nacional, que no hay garguero en el mundo que pronuncie, como
nosotros, la jota (excepto los árabes). De donde se deduce, que en materia
de jotas, podemos dar tres y raya al más pintado.
"...El temor lo domina... ¿Es quizá una feliz casualidad?" -prosigue.
Vuelve a empezar; ¡idéntico éxito! ¡Ya no puede dudar! La r rodante le
pertenece. Y ¿a quién la debe? A la que adora. Es la embriaguez de la
pasión feliz, la que ha hecho aquel milagro. Y hete aquí que se vuelve a
su casa, repitiendo durante todo el camino, porque temía perder su
conquista:
- Cordon , s'il vous plait!
De repente, ¡nuevo incidente! Al dar vuelta a una calle, sale de entre sus
pies, sale de una cloaca, una enorme rata. ¡Una rata! Todavía una r .
La une a la otra, las mezcla y las articula juntas.
-¡Una rata ¡cordón! ¡cordón! ¡Una grran rrrata! ¡Corrrdón! ¡Una grrran
rrrata!
¡Y las r ruedan, y la calle retumba! ¡Y él entra en su casa triunfante!
Había vencido a los rebeldes. ¡Era amado y vibraba!
Intitulemos este capítulo, concluyo con Legouvé: "De la influencia del
amor sobre la articulación..."
Ahora, a mi turno; y bien, amable desconocida, ¿insitirá usted en tildarme
de charlatán? Quíteme usted ese tizne, y cargue con la responsabilidad de
que yo, a fuer de galante siempre con los que no llevan pantalones, haya
abandonado a nuestro boticario, con menoscabo de la brevedad y concisión,
que es, según algunos, el mérito principal de los que comercian con las
bellas letras, mérito, por otra parte, muy discutible; porque al fin y al
cabo, y esto sí que viene al pelo, como pedrada en ojo de boticario, ¿a
qué habría quedado reducida esta Causerie , si ya lo hubiéramos fusilado
al pobre caballo de Stein?
Nos saludamos, he dicho más arriba, y la escena se verá gráficamente, si,
en vez de emplear el método expositivo, recurro al dialogado.
-Adelante, caballero.
El boticario me hizo una cortesía, de esas en que las manos casi hacen los
oficios de una escoba. Pero su aire era triunfante; porque la montaña iba
hacia él, desde que era yo el que lo había mandado llamar.
Y vean ustedes: la casualidad, que es la que gobierna los acontecimientos
humanos, se puso de mi parte, porque mi plan, si plan tenía, no entrañaba
nada de trascendental.
-¡Grgaaacias!
Entramos en un cuarto, como sala; de ahí pasamos a otro, como escritorio
-mi casa no tenía mucho de confortable, que digamos-. En éste, había una
como chimenea de cal y canto, y en el marco algunos libros, circunstancia
que anoto de antemano, porque entre esos libros se encontraban varios
códigos, y entre ellos el código Napoleón; pues yo me ocupaba en mis ocios
de un estudio de legislación militar comparada.
-¡Siéntese usted, caballero!
-¡Grgaaaacias!
Nos sentamos.
-Señor X. de X., lo he mandado molestar a usted para pedirle un pequeño
servicio.
El boticario irradió de sus ojos una fosforescencia que iluminó la escena,
como cuando la luz eléctrica, en el teatro, envuelve la pintada faz de la
primera bailarina, al hacer una pirueta final, en medio de la falange
coreográfica.
-Mucho honorg parrga mí.
-Me han dicho que tiene usted en su sitio el picaso .
Era inútil decir qué picaso.
Era tan grande su fama en aquellas comarcas, que sería lo mismo que si
ahora yo me detuviera a explicar quiénes eran Rozas, Urquiza, Mitre,
Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez.
Uno explica quién es el señor Pérez o el señor Martínez -porque todo el
mundo puede llamarse Pérez o Martínez.
Para el sport gauchesco, el picaso era todo un señor caballo.
¡Pues no faltaría más sino que ahora se perdiera el tiempo en decir
quiénes son los favoritos del Jockey Club, o del Hipódromo Nacional!
-Sí, señorrg. (Suprimamos, para la facilidad de la lectura, el
grasseyement ).
-Bien: yo deseo que usted me haga el gusto de entregarme ese caballo.
-Me lo ha mandado de regalo mi compadre.
-¡Su compadre!
-Sí señor; mi compadre, el señor general don Mariano Rozas.
-¡Hum! sin embargo... ese caballo es del señor don Fulano : tiene su marca
líquida.
-Pero ahora es mío.
-¡Ahhh!!! ¿Esas tenemos, eh? ¿Es de usted lo que ha sido robado en la
última invasión?
-Le he dicho a usted, señor, que me lo ha mandado de regalo mi compadre el
señor general don Mariano Rozas.
Lo había oído perfectamente bien, y aquella segunda irónica notificación,
entrañando, como entrañaba, una profunda subversión de todas las nociones,
que yo tenía el deber de hacer prevalecer, me hizo tan desagradable
efecto, que parecióme estar oliendo un cuerno quemado.
-Caballero -le dije-: ¿por quién me toma usted?
-¡Señor!
-Vea, dejémonos de bromas, ¡eh!
Y esto diciendo, proseguí:
- Vous êtes français, monsieur?
- Oui, monsieur -repuso el boticario con entereza.
Yo vi que me las había con un maniático, y entonces levantándome de
improviso, y cerrando con pasadores las dos puertas que comunicaban con el
exterior, tomé el código Napoleón, y tirándoselo continué:
-Cherchez, monsieur, ce que c'est: droit de propriété, en France.
El francés me miró con una cara en la que visiblemente se leía esto: "Este
hombre es un cafre."
-¡Suyo! -proseguí-, pretende usted un caballo que ha sido robado, y que yo
quiero devolver a su dueño, para que aquí se comprenda, que no deben venir
los indios a insultarnos, trayendo de regalo o para vender y cambalachear,
cautivos y cautivas, niños y niñas, ¡cosa alguna!
El boticario no perdió su continente, y con sus r , que se quedaban en la
garganta, me exasperaba. Mas era necesario ser prudente todavía, y me
contuve, y comprendiendo todo lo que tiene de persuasivo hablarle a un
hombre en su propio idioma, le repetí en francés, dando vuelta a la frase,
como para metérsela mejor, lo que acababa de decirle, en mi lengua
maternal.
Mi boticario se sintió un poco desarzonado.
¡Diablo! -me parecía a mí leer en su interior: "Este animal no es como los
otros que antes hemos tenido aquí."
Pero era un empecinado, y aquel parentesco espiritual con el indio lo
tenía trastornado. Hubiérase dicho que ser compadre de Mariano Rozas, era
para él un amuleto, un pararrayos contra todo desastre de invasión, y le
dio bríos para redargüir:
-El picaso es mío.
¿Para cuándo son tus rayos, Júpiter? -exclamé in pectore .
El boticario estaba clavado en su silla: recorrí febrilmente de arriba
abajo la pieza, a grandes pasos, rumiando lo que haría, y por último,
deteniéndome frente a él, le dije:
-Me entrega usted el picaso: ¿sí, o no?
-Mi compadre...
-¡Qué compadre, ni qué...!
Y aquí hubo una repercusión de jotas... como una jota aragonesa, cantada
en un aquelarre de borrachos.
- Vous ne voulez pas comprendre, monsieur? Eh bien! vous allez comprendre
bientôt.
El francés, ya fuese porque estaba encastillado en su inusitado derecho de
propiedad, ya porque la vibración de las jotas no lo impresionara, no se
inmutó; yo fui entonces a la puerta que comunicaba con la como sala, bajé
el pasador, frenético, la entreabrí, y por la rendija, llamé; vino un
oficial, le hablé al oído, y partió, resonando estas últimas palabras:
"Inmediatamente, y ande y venga usted pronto"; y esto diciendo, volví a
clausurar la puerta, y tornando a pasearme repetía y repetía:
-Vous ne voulez pas comprendre, monsieur? Eh bien! vous allez comprendre
bientôt.
Yo debía estar, con permiso de ustedes, hermoso como Júpiter Tonante, en
aquel momento solemne de la reivindicación del derecho de propiedad. Me
imaginaba anonadarlo al boticario. ¡Pero qué! El compadre de Mariano Rozas
debía haber pasado por algunas pellejerías mayores, porque, haciendo de
tripas corazón, encontró todavía alientos para decirme:
-Le escribiré a mi compadre.
¡Cómo puede este deficiente instrumento de la palabra humana expresar el
coraje que nos trunca en ciertas situaciones, solicitándonos a las vías de
hecho, cuando se han agotado todos los medios racionales del
convencimiento! Me declaro impotente, y sólo diré que mi cólera no era
amarilla ni negra, era multicolor, y que sólo se me ocurría una cosa:
estrangularlo al boticario.
Hablaba en voz alta, iba, venía, mi propia frase me sobrexcitaba; sentía
toda la embriaguez y el calor de la retórica de cuartel; felizmente el
boticario estaba mudo, casi atónito. Como el caminante que ve venir la
tempestad, y que presiente que no podrá llegar a la etapa de salvamento,
parecía resignado al fin, y encomendar su alma a Dios... Tocaba yo, ya,
ya, los últimos límites de la palabra para entrar en los de la acción,
afortunadamente, cuando llamaron a la puerta, que ¡de no llamar, creo que
me lo como crudo y no le dejo duda al descendiente de Faramundo de que hay
antropófagos en América!
Corrí, abrí, interrogué con la mirada, y el oficial que momentos antes
había salido con mis instrucciones perentorias, me contestó, con una
sonrisa grave:
-¡Está cumplida la orden, señor!
Ustedes no pueden formarse una idea de la fruición proconsular que yo
experimenté: Sila, decretando las proscripciones en masa; Carlos IX
ordenando la matanza sin cuartel de los hugonotes; el otro escribiendo
ferozmente, desde Sevilla, a su Real Majestad: "seguimos fusilando
liberales, en el mayor orden", me parecieron pigmeos, comparados con mi
prepotencia, frente a frente del boticario.
Y ahora, dirigiéndome a él, le dije: -Salga usted y vaya y escríbale a su
compadre, el general don Mariano Rozas, lo que se le antoje.
-Grragcias -articuló el boticario y salió, entre varias jotas
archiguturales, como gato por tirante; que es como decía Eulogio Blanco,
otro federal, otro mazorquero platónico, que se enorgullecía de que no
hubieran quedado más que dos representantes del pasado: él, como federal
neto, y Mariano Varela, como salvaje unitario.
¡Pobre don Eulogio! ¡cuán buenos recuerdos ha dejado!
Mazorquero, como el boticario, era un alma de Dios, y un creyente.
Imaginaos que, una vez después de haber estado en el circo de una compañía
ecuestre, pasmado de la habilidad de los caballos, le decía a mi madre:
-No, misia Agustina; a mí no me la friegan éstos; éstos no son caballos,
éstos son ingleses disfrazados de caballos.
¡Ah!, todo se disfraza en este mundo, en esta comedia de la vida, en la
que las mejores acciones, muchas veces, dan por resultado el famoso
fusilamiento de un caballo.
V
¿A ver si podemos estar de acuerdo, no siendo ésta cuestión política? Todo
lector es impaciente: los unos leen los diarios aprisa, casi a vuelo de
pájaro; los otros se tragan los libros sin masticarlos, como ciertos
concurrentes, próximos a la orquesta, se comen , con los gemelos, las
piernas de las bailarinas. ¡Así son después las indigestiones! Unos y
otros no hacen sino atascarse, hasta se puede leer y "engañarse". Ambos
alcanzan lo mismo: excitar su imaginación. A los unos, es tiempo perdido
decirles: "Todo eso que miráis con avidez es artificial y artificioso." A
los otros, es inútil explicarles que para hacer las cosas bien, es preciso
hacerlas poco a poco, despacio. Por eso, ese que los franceses llamaban el
gran rey, le decía a su lacayo: "Vísteme despacio, que estoy de prisa."
Me dicen ustedes, y me lo escriben: "Están muy buenas las Causeries
(¡Gracias!) Pero ya lo ven, el mismo autor del fusilamiento del caballo,
me urge y me pone otra vez en caricatura, presentándome la mortífera
espingarda, para que acabe cuanto antes, como si el derramamiento de
sangre fuese un espectáculo ameno, del que no debiéramos apartar la vista
con horror.
¡Que acabe!
Y ¿cómo se acaba?
No se puede entrar en materia de improviso, ni se debe acabar sin ton ni
son. ¿Acaso es esto como contar una docena, o sacar en limpio, por los
nudillos de la mano, los meses impares del año?
Ustedes mismos, seamos francos, los que me están leyendo con interés o con
curiosidad, buscándole tres pies al gato cuando tiene cuatro, pelillos a
la frase, alguna quisicosa que censurarle a la dicción y que nada
encuentran, por más que busquen y rebusquen, aunque no queden del todo
satisfechos -yo los conozco bien, también soy público y lector-, serían
los primeros en decir: "es una pavada el cuento", o "cuando creíamos que
iba a continuar, resulta que concluye".
Sí, pues: ustedes buscan la sensación en todo; pero la quieren al galope,
instantánea, al vapor, a la electricidad, á la minute , aunque les sirvan,
como en las fondas, plato recalentado. Desean y no hay más. ¡Eh!... como
dicen los franceses, Messieurs, Mesdames et la compagnie : esto no es
sacarse una muela, de cualquier modo, como caiga, con tal de que pase
cuanto antes el mal trago y el dolor.
¡Qué curiosos y qué egoístas son ustedes! Y egoístas, en dos sentidos:
quieren gozar y divertirse, y que los hagan gozar y los diviertan, sin
sujeción a ninguna regla estética. Hablan constantemente de la belleza y
se olvidan de que no hay que apurar los sucesos, ni que apurarlo al autor,
o no lo comprenden.
¿Escribir no es un arte y un juego? Déjenme entonces entretenerme y
triunfar de ustedes. De esa manera, los dos tendremos la parte que nos
corresponde, y ambos nos divertiremos, tanto más cuanto que todo esto es
gratis et amore . Soy desinteresado. ¿Amaría entonces tanto lo bello?
Sólo así concibo yo que el arte, ese lujo de la imaginación, acabe por ser
una necesidad para todos, una especie de pan cotidiano.
Sí, señores y señoras: tengan ustedes un poco de paciencia, lean quand
même ; y déjenme continuar, según mi método, por aquello de "cada
maestrito tiene su librito".
Sí, una vez más, señores y señoras: dejad que cada bestia viva de su
naturaleza. Conocéis, sin duda, el ejemplo, citado por Spencer, de ratas
que roen lo que no puede alimentarlas, para ocupar la actividad de su
sistema dentario. He pasado algunos años emboscado en la prensa militante,
chapaleando sin hacer gran daño a las personas, eso sí, os lo digo en
verdad, bajo mi palabra, que no es poco; aunque si habéis leído a
Chamfort, y lo recordáis, podéis argüirme que él dice: "Los que no dan más
que su palabra como garantía de una aserción que recibe su fuerza de sus
pruebas, se parecen a aquel hombre que decía: Tengo el honor de aseguraros
que la Tierra gira alrededor del Sol."
Iba a decir otra vez "Señores y señoras"; pero me acuerdo que en
Inglaterra dicen: "Ladies and Gentlemen", y digo: "Señoras y señores", por
última vez, lo cual me parece mucho más poltico; ¿vais comprendiendo ahora
que mis órganos literarios, así en reposo, ese chapaleo infecto, no es
literatura; será cuando más, "vil prosa", tenéis que compararlos a la tan
empleada figura de una pila cargada de electricidad, que pide descargarse
por la acción?
Ya lo veis, os hago confidencias, cuando es una historia lo que os debo.
¿Todavía me haréis un cargo, porque tardamos en llegar a la meta? Es
posible. ¿Quizá no veis que el artista tiene su instinto de producción;
que sólo sabe a derechas lo que ha querido, recién cuando ha concluido y
escrito finis ? Schiller le dice en una de sus cartas confidenciales a
Goethe: En mí el sentimiento empieza por no tener un objeto determinado y
preciso; primero, desde luego, mi alma se llena de una especie de
disposición musical; la idea no viene sino después. Fijaos, agrego yo, en
que el arte no tiene, como el cálculo, un objeto perfectamente
determinado. Podemos resolver de memoria un problema complicado, si
tenemos la facultad innata de esos niños fenomenales, matemáticos de
nacimiento; pero ¿quién ha escrito mentalmente un cuento siquiera?
El artista crea, pero saber no es crear. Bueno, as you like it , como
gustéis: el hecho es que, por más que he querido, no he podido deciros,
que después de aquella orden terrible, dada por la rendija de la puerta,
que lo dejó al boticario patitieso, pasé una noche atroz. La sola
remembranza de mis tormentos me estremece ahora.
Oídme: no voy a haceros llorar -tenéis por otra parte, duro como risco el
corazón-, y os lo confieso, no me gustan las lágrimas sino en un caso. ¡He
visto derramar tantas, hasta por necedades!
¡Ah, vosotras, eternas tentadoras, no conocéis ciertas tempestades: el
suplicio de un alma que no tiene la justificación de haber sido seducida,
dominada, arrastrada por una Elena, por una Cleopatra, por una Fredegunda!
Nada de eso había en el Río Cuarto. La más bella señora de allí se llamaba
Digna , y ¿quién podía hacer otra cosa que no fuera prosternarse ante su
dignidad? ¿Qué instinto feroz me impelía entonces? ¿Era yo un neurótico de
raza? ¡Qué noche aquélla!
El cielo me parecía envuelto en un sudario sanguinolento. ¡Sí... había
corrido sangre...! Era todo lo que sabía. Mis órdenes habían sido
cumplidas. ¿Quién se habría atrevido a desobedecerlas?
Como Macbeth, me decía, pensando en el instrumento que habrían empleado:
"¿Es un cuchillo lo que veo delante de mí, brindándome el cabo? ¡Ven, que
te agarre! No te tengo, y sin embargo, te veo. ¿No eres, visión fatal,
sensible al tacto, como a la vista? ¿no eres más que un cuchillo
imaginario, falsa creación, emananada de un cerebro calenturiento? Te veo
no obstante, tan palpable en apariencia, como el que saco en este
momento..."
Y tomando yo mi puñal y viéndolo ahí, todavía, al impertérrito boticario,
me decía: ¿Por qué la víctima ha de ser el otro , el inocente picaso? ¿Qué
es la justicia de los hombres? ¿Qué tiempos son éstos? ¿Será verdad que es
verdad que
Cuando oscuras andaban las naciones
colgaban a las cruces los ladrones.
Y en este tiempo que llaman de la luces
del pecho del ladrón penden las cruces?
Y luego, en medio del delirio, sentía resonar el eco del sofisma la
propriété c'est le vol . Y me decía: y si la propiedad es el robo, y si el
que roba a un ladrón tiene cien años de perdón, ¿qué culpa tiene el señor
general don Mariano Rozas, de haber robado el picaso del señor don X. X.?
Y, continuando el orden de mis febriles impresiones, llegaba a esa
conclusión dubitativa: ¿No habría sido mejor robarle el picaso al
boticario, que sacrificarlo? Y traslaticiamente me decía: ¡asesino!
¡asesino! Me tuve horror y me quedé... profundamente dormido.
Al día siguiente, a medida que me iban llegando lenguas, iba recobrando
poco a poco el sentimiento de mi inocencia y de mi propia dignidad, y
paulatinamente, iba viendo, con inefable satisfacción, que no estaban mis
manos empapadas en sangre, sino limpias, como una patena, como toda mi
vida las había tenido. Yo era, pocos instantes después, otro hombre: todo
se había hecho sin formalidades de ordenanza, como en nuestros saladeros
donde diariamente matan potros a millares, para sacarles la gordura y
hacer grasa; y en tal emergencia ni Racedo, jefe del 12 de línea, ni
Mauricio Mayer, de servicio ese día, ni ninguno de mis subalternos, tenían
por qué estremecerse de su responsabilidad ante los coetáneos y ante la
posteridad, pudiendo exclamar tranquilamente:
Que haya un cadáver más,
¿qué importa al mundo?
Estaba tranquilo. Podía pasar mi nombre a la historia sin mácula, por
aquel rasgo genial que fue mi salvación y la del boticario. Porque, ¿qué
habría sido de mí, sin aquella feliz inspiración, que me iluminó como un
relámpago que en negra noche tempestuosa aclara la senda del solitario
caminante extraviado en las sinuosidades de la montaña?
El boticario estaría en el otro mundo; y yo en la lista de los caudillejos
brutales, en cuyas manos todo poder es una amenaza y un peligro.
Me faltaba, sin embargo, averiguar si con todas mis letras, no se me
habían quemado los libros, saliéndoseme el tiro por la culata; así es que,
si por una parte estaba tranquilo, por otra estaba impaciente. Me
encontraba en el caso en que se habrán encontrado ustedes tantas veces,
cuando esperan con la seguridad de que vendrán: la impaciencia los hace
esperar dos veces, y el más mínimo incidente les parece que alarga el
tiempo y que retarda la llegada de la cosa o del objeto apetecido.
¿Qué efecto había producido el sacrificio del picaso ; qué decía el
boticario que se escapó de mis garras arañando; qué decían los indios, que
presenciaron la inmolación? Los indios, que lo consideraban cosa propia,
en virtud del aforismo comunista que me había tenido perplejo. ¿Qué
pensaban los compadritos, los gauchos, y sus afines, disfrazados de gente
civilizada, porque en vez de chiripá usaban pantalones?
He ahí el problema que yo tenía que resolver, averiguando cuál era la
opinión de la aldea, para decirme a mí mismo, después de haberla pulsado
bien, sin atenuaciones, sin falacias, sin imposturas que transigieran con
la conciencia: has hecho bien.
El boticario se había encerrado en un mutismo absoluto; los indios estaban
taciturnos; el picaso no podía hablar, había pasado a mejor vida; los
vecinos más decentes y sesudos se expresaban con suma discreción, poco
podía deducirse de sus juicios; nadie se había puesto luto; el entierro se
había hecho sin ceremonia, arrastrándolo a lazo, campo afuera, al que ya
no existía sino en la memoria de los carreristas; había que consultar la
opinión pública en las pulperías; allí, y sólo allí, podía hallarse el
criterio filosófico del ruidoso acontecimiento, oyendo cómo discurrían los
mesmos que poco tiempo antes exclamaban en sus expansiones alcohólicas:
"¿Y es éste el que ahora nos va a gobernar?"
Desparramé mis emisarios; fueron y oyeron: los gauchos no estaban
consternados, pero estaban profundamente impresionados; la muerte del
picaso había embrollado un poco más todas sus nociones embrionarias sobre
el artículo de la Constitución Nacional, que prohibía, hasta que se
reformó, las ejecuciones a lanza y cuchillo, poniendo en su lugar: "Quedan
abolidas para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie
de tormento y los azotes."
Y no decían ya: "¿Y es éste el que ahora nos va a gobernar?" decían: "Pues
amigo, si el mozo éste ha sido capaz de mandar matar el picaso, vamos a
tener que andar derechos."
Mi prestigio estaba asegurado, y con mi prestigio el del cuadro brillante
de jefes y oficiales que me rodeaban. Ni ellos ni yo éramos capaces de
sacrificar un boticario. Los tiempos habían cambiado, había que
acostumbrarse a un espectáculo distinto del que antes tenía por
inspiración la barbarie.
Había que renunciar a toda esperanza de que volviera a ser legítimo,
regalar o cambalachear a vista y paciencia de su propio dueño, propia
madre o padre, de sus propios deudos, el caballo robado, la cautiva
arrebatada, días, meses, años antes, dejando el hogar desolado, arrasado,
incendiado. Todos estaban notificados: ¡guay de nosotros! No mataríamos
hombres; pero mataríamos como lección tremenda y ejemplar... pingos...
aunque fueran parejeros.
La leyenda se encargaría de desfigurar los hechos, sus causas eficientes y
trascendentales: toda la historia de la humanidad está sujeta a peripecias
por el estilo; y en los tiempos modernos, lo que no inventa y comenta el
diario, este artista consumado en novedades, lo puede la caricatura, que
es la leyenda gráfica, que, entrando por los ojos, deja recuerdos más
vivaces.
Moralidad
La noticia de la muerte del picaso llegó a Buenos Aires; aquí la
exornaron; mi amigo Stein, por hacerme popular, la compuso, la arregló, la
ilustró... y tuvo lugar el hecho de un caballo fusilado, con todas las
formalidades jurídicomilitares -proceso, bando y ejecución- en pleno día,
en la plaza pública del Río Cuarto: y falló esta vez el dicho del Gran
Federico, me parece: Celui qui entend le récit d'un FAIT, en sait plus que
celui qui l'a vu.
Epílogo
Pero a pesar de todo, paciente lector, y esperando haber satisfecho
cumplidamente vuestra curiosidad, convengo en que, cuando el río suena,
agua o piedra lleva. Fijaos, sin embargo, en la diferencia; porque quizá
hayáis oído decir que hay ríos secos, sin agua, por los que corren
piedras: podéis dirigiros, si mayores informes necesitáis, sobre el
particular, a cualquier riojano o catamarqueño, los cuales cambiarían, no
me cabe duda, todos sus ríos secos, por un arroyuelo de agua limpia y
pura; porque las piedras son al agua lo que la mentira es a la verdad,
estériles, aunque hagan daño momentáneamente a aquel a quien le son
arrojadas. Veritas prevalevit .
Fin
¿Y el caballo?
Requiescat in pace.
O si os cuadra mejor, podéis verlo renaciendo de sus cenizas, fusilándome
él a mí en la última caricatura de Stein, que Dios guarde.
JUAN PATIÑO
Al señor doctor don Felipe Yofre
Juan Patiño era cordobés, y negro, negro retinto, descendiente en línea
recta de africanos. Por toda la estructura de su cara, debía venir de la
tribu que los traficantes de carne humana, cuando existía la trata,
llamaban nación benguela.
Su estatura era la mediana, su mota tupida, sus ojos redondos, algo
saltones y mansos, su nariz respingada; tenía los pómulos saltados, signo
infalible de coraje; los labios poco abultados, y se movía con una
indiferencia, que rayaba casi en el abandono de su persona, como
diciéndole a la tierra: "¡Psé! ¿y a mí qué se me da? Puedes tragarme
cuando quieras."
La primera vez que lo vi fue en el fuerte Las Tunas , recorriendo la
frontera con el general don Emilio Mitre, cuyo nombre traigo siempre a
colación, con explicable complacencia, porque ha sido mi jefe y mi
particular amigo; todavía lo es, a pesar de tantas tempestades, como las
que hemos corrido, bifurcándonos sólo las disidencias políticas. ¡Bien
haya la brújula del afecto, imantada por la estimación!
Ayala, comandante entonces, general ahora, mandaba aquel destacamento; y
la razón por que allí conocí, al pasar, a un simple soldado, es muy
sencilla, para que se vea que, hasta el vicio, puede ser causa de
notoriedad: ese soldado llamaba la atención por ser un insigne borracho.
Juan Patiño pasaba, en efecto, lo mejor de sus días en las viñas del
Señor.
He dicho más arriba que la primera vez que lo vi fue en Las Tunas , y no
lo he dicho por decirlo, sino exprofeso, porque no lo conocí , y bien,
sino después.
Ese después , fue cuando sobre la base del piquete que mandaba Ayala, se
organizó el batallón 12 de línea.
Era esto, al estallar la célebre guerra del Paraguay.
Juan Patiño, siendo yo mayor -el mayor es el argos y el cuco del cuerpo,
no podía escapar al escrutinio de mi observación.
Manejaba perfectamente el fusil, marchaba bien, era muy listo como
guerrillero, y no tenía de las tres pestes o vicios del soldado: las
mujeres, el juego y la embriaguez, sino el último; de modo que Juan Patiño
debía ser un hombre mediocremente feliz, quizá feliz del todo.
Las mujeres no lo engañarían, estando exento, por consiguiente, del atroz
tormento de los celos, de esa pasión que suele hacernos feroces hasta la
estupidez; y no jugando, estaba a cubierto de caer en las bajezas del
deshonor.
Pero de lo que no estaba a cubierto era de que lo metieran un día sí y
otro no, por lo menos, en la tipa , o en chirona , que es como en España
dicen.
Juan Patiño era incapaz de pensar en desertarse; pero (ha de haber muchos
peros en la vida de este, para mí, inolvidable negro), cuando no estaba
preso lo andaban buscando; porque el parte respecto de él era siempre,
infaliblemente, éste, a la hora de lista: Falta Juan Patiño...
Marchamos a los campos del Paraguay, y Juan Patiño, que no era capaz de
enmendarse, llegó a hacerse molesto, por lo relapso en emborracharse: era
un mal ejemplo, había que corregirlo.
Agoté todos los medios coercitivos, y otros... ¡inútil...! Juan Patiño
estaba saturado hasta la médula de los huesos, el solo olor del
aguardiente lo embriagaba.
Lo peor de todo, y éste no es más que un modo de hablar, es que su alma no
podía abrigar resentimiento, y que después de un castigo duro, cuando nos
veíamos, él me miraba con una carita picaresca y risueña en la que yo leía
perceptiblemente esto:
-Mi mayor, castígueme no más... pero de la chupa no me ha de curar.
Yo me decía: matarlo no puedo, a este negro; pero ¿si lo hiciera matar
gloriosamente?...
Y digo matar, en vez de asustar, porque asustarlo era imposible...
Puede ser que le tuviera miedo a las ánimas; de la muerte... se reía.
Un día, se me ocurrió una cosa, y esta cosa se repitió y se repitió.
Después que se retiraron las guardias avanzadas, que cesó el tiroteo de
las descubiertas, que nuestra línea quedó en silencio, y como el pobre
negro habiendo faltado a la lista tenía que ser castigado, le hice dar
diez paquetes, y una vez amunicionado, lo llamé y le dije:
-Vaya usted a tirotear a los paraguayos, ¿me entiende?
-Sí, mi mayor...
Marchó, avanzó, armó una cinguizarra de tiros, quemó todos sus cartuchos,
revolviendo el avispero hasta ser atacado por qué sé yo cuántos
paraguayos; pero salió ileso.
Y, lo más lindo de todo, es que, cuando regresó al reducto, estaba ya in
trinquis .
¿Cómo? He ahí el problema. El hallaba aguardiente hasta debajo de tierra.
Era una diversión que tenía bemoles; pero Juan Patiño no estuvo nunca,
jamás, enfermo, ni nunca, jamás, fue herido, ni siquiera murió en el
asalto de Curupaytí; tenía siete vidas como el gato. Era invulnerable.
Juan Patiño fue dado de baja, habiendo cumplido su empeño, pero yo no sé
por qué incongruencia o nigromancia, como decía el viejo general Paunero,
siempre remanecía por donde yo andaba...
Avellaneda me había mandado a Córdoba de Intendente Militar, y allí
enarbolé bandera de enganche.
Yo vivía en la calle de San Jerónimo. Una mañana, oigo una disputa en la
puerta, con mis asistentes.
-Y... ¿por qué no hei de dentrar? -decía-. Si, hei de dentrar.
-No, no ha de entrar nada. Váyase, amigo...
-No me de dir nada.
Aquí reconocí, desde mi escritorio, la voz vinosa de Juan Patiño. Y cómo
no gritar:
-¡Déjenlo entrar!
Ustedes se imaginarán, sin duda, que exagero.
¡Pues soy pálido, me falta elocuencia para contar las aventuras de este
bípedo extraordinario! Su vida militar son puros milagros.
Lean ustedes:
Una noche: era en el campamento de Tuyutí, teniendo yo una pierna de
carnero, no muy flaca, se me ocurrió invitar a cenar a algunos camaradas,
entre ellos, al malogrado Maximio Alcorta, a José Ignacio Garmendia, a
Eduardo Dimet y otros...
Nos sentamos a la mesa, y apenas en facha, revienta un cohete a la
Congrève, que nos mandaban los paraguayos, y otro, y otro.
Gran desparramo; los convidados se dispersan entre mis voces de: ¡A
formar! ¡A formar! ¡Pronto, muchachos!
En medio de aquel bello desorden, Maximio, Garmendia, Dimet y los otros,
que, a deshoras y contra la consigna, estaban fuera de su campo, en las
avanzadas, tomaban en tropel el portante, saltando como gamos el pequeño
puente levadizo, diciéndome: ¡Hasta mañana, que le vaya bien!
-Adiós, adiós -les contesté; y se hicieron humo.
Cuando el batallón estuvo listo, y lo estuvo en un verbo, me acordé de la
pierna de carnero, intacta en el momento de estallar los cohetes, y le
dije a Carmen Bustamente, mi tamborcito de órdenes, herido a los doce
años, sobre las trincheras de Curupaytí:
-Andá, traéme la pierna de carnero que está en mi carpa.
-Señor -me contestó-, si se la han mochado ; el capitán Garmendia la
llevaba en la mano.
-¡Ladrones! -exclamé, en mi hambruna burlada-. ¡Mañana me la pagarán!
-¡Flanco derecho, hileras a la derecha, marchen!
Salí a la sordina con el batallón...
El cielo estaba encapotado. No había más luz que la de los fusilazos, sólo
se oían tiros, la tierra temblaba.
Una columna de caballería enemiga recorría el frente de nuestra línea a
gran galope, terrible, como un azote...
Todas mis centinelas avanzadas estaban en su puesto, de pie, vigilantes,
menos Juan Patiño.
"Prisionero" -pensé-: ésta, no estaba en sus libros, y me puse torvo y me
entristecí.
Cuando aclaró, mandé descubrir el frente.
¡Dos mil jinetes habían pasado por encima de un hombre! ¡El casco de
ningún caballo lo había tocado!
El dormía como una piedra.
Al lado tenía el cuerpo del delito.
Era una caramañola paraguaya, con restos de un aguardiente que no sabía al
vitriolo líquido que bebían nuestros soldados, trofeo perdido por el
enemigo probablemente, en su descubierta de la mañana; y el hombre... Juan
Patiño.
Garmendia está vivo y no rectificará, así como no tendrá la imprudencia de
decir que no tuvo el mal corazón de robarme la pierna de carnero, ¿o no
fue robo ese?
Juan Patiño entró.
Estaba, como de costumbre, alegre que daba gusto, y venía ¿a qué? A
engancharse.
Solté una carcajada.
El también se rió.
-Pero Juan -le dije-, si estás muy viejo, si ya no servís para nada,
hombre -y esto diciendo, metí la mano en el bolsillo para untarle las
suyas con algunos bolivianos.
Se tambaleó, se enderezó, y cayéndosele la baba, me hizo la venia con toda
marcialidad, como si estuviera fresco .
No articuló una palabra... pero todo él decía: ¡con que no sirvo para
nada!
-Si me vas a dar mucho trabajo, Juan -le contesté.
Me miró cariñosamente.
Me di por vencido, y le dije: -Bueno, pero mirá que ya tenés canas, a ver
si asentás el juicio.
Le leí en los ojos que haría todo, menos renunciar al culto de Baco.
Pero ya yo había dicho que sí.
Por otra parte, hay borrachos de borrachos, y aquella orgía ambulante, no
había hecho en su vida mal a nadie, por eso tenía, sin duda, una
Providencia aparte.
Otros, y blancos, con vicios menos visibles, son reptiles sociales
venenosos.
Hice llamar al comandante Olímpides Pereyra y le di mis órdenes. Fueron
éstas:
-Engánchelo usted a ese hombre; es buen soldado, dele su primer cuota, de
a poco, todos los domingos, y puerta franca siempre...
Juan Patiño vivía como había vivido: ebrio, siguiendo la falta [17] o
preso; pero, cuando no estaba malo de la cabeza, era un modelo. Un día me
dijeron: Juan Patiño ha desertado.
-Imposible -contesté-; que lo busquen.
Se mandaron comisiones.
Pasando una de éstas por una chacra de maíz, oyeron voces, salían de las
entrañas de la tierra; buscaron, hallaron...
Juan Patiño se había caído en un pozo sin brocal, el agua le llegaba casi
a la boca; pero le permitía vociferar: "¡Pozo de tal por cual, que no
servís ni para que se ahoge un pobre negro calavera!"
Lo sacaron hecho sopas, todo lastimado, el agua había hecho su efecto de
reactivo, medio curándolo de las contusiones de la tranca.
Yo dejé de ser Intendente Militar; se ordenó por el Ministerio de la
Guerra que se remitieran a Buenos Aires todos los enganchados que, por
diversas razones, habían ido quedando en Córdoba.
No me acuerdo qué rumbo militar o político tomé.
Lo cierto es que un bello día, entrando en la Casa Rosada, el centinela
que se paseaba por la vereda se detuvo y, echando al hombro el arma que
tenía a discreción, me saludó como sólo saben hacerlo los veteranos
consumados.
Era Juan Patiño.
-¡Juan! -le dije-. ¿Vos, acá?
Y él, guiñándome el ojo, repuso con malicia inocente, por más que estas
dos palabras parezcan divorciadas: -¡Y de artillero!
Aquella observación zumbona valía todo un informe técnico sobre el modo de
reclutar y destinar nuestros soldados.
Y, sin embargo, con esos elementos, y así, nuestro ejército ha hecho, y
volverá a hacer proezas.
¡Lástima que se vayan acabando los negros!
A ver, ¿cuántos blancos que no se han emborrachado jamás han tenido
mejores sentimientos que Juan Patiño? ¿quién fue más subordinado que él?
¿quién pasó más pellejerías que él? ¿quién se hizo querer más que él?
¿quién, como él, en trúa , calamocano o no, fue más desprendido que él?
¿Qué se habrá hecho?
Es pecado fomentar el vicio; pero si yo supiera dónde mi negro está, ya
que de él me he acordado, le enviaría algunos pesos para que se los
chupara.
¿Qué queréis? yo soy como me han hecho, y no es hora de enmendarme.
Estoy seguro de que si Juan Patifío vive y ha dejado de beber, se ha de
haber enamorado.
Chassez le naturel il revient au galop: el amor es otro género de
embriaguez; ambos hacen perder la cabeza... tanto vale mamarse con
aguardiente como con caricias de mujer...huid de ellas; os hablo,
mancebos, en nombre de mi observación personal.
Pero qué... tiempo perdido; Shakespeare ha dicho: Man is like a cat that
always makes a dirt in the same place; lo que traducido pulcramente quiere
decir: que el hombre es persistente, en lo malo, como el gato.
Buen provecho.
¿Y mi negro?
¡Ah, Juan! si no has dejado tu vicio, no lo cambies por el otro; reirás
menos, llorarás más, y lo mismo tambalearás y caerás.
TIPOS DE OTRO TIEMPO
Al señor don Eduardo Legarreta
S'il va par la ville, après avoir fait quelque chemin, il se croit
égaré, il s'émeut, et il demande où il est à des passants, qui lui
disent précisément, le nom de sa rue; il entre ensuite dans sa
maison d'où il sort précipitamment, croyant qu'il s'est trompé.
La Bruyère.
¡Buenos Aires! como quien dice París en América, porque el viejo Buenos
Aires se va, y éste, poco a poco, se nos va convirtiendo en un petit
Paris!...
¡Buenos Aires!...
¿Qué saben ustedes de él ab ovo ?
Me imagino que saben tanto como su seguro servidor; lo que les han
enseñado en la escuela: el Catecismo de Historia Argentina , por Santiago
Estrada, título que, por otra parte, yo no he digerido bien todavía, desde
que "catecismo" es cosa que sirve para catequizar, y aunque por extensión,
pueda decirse que es una exposición abreviada de cualquier ciencia o arte,
en forma de preguntas y respuestas.
El librejo no es malo, a falta de otro. Santiago lo escribió cuando era
industrial en letras, ahora es millonario, viaja, y enseña que don Pedro
de Mendoza, al volver de Italia a España, cargado de riquezas, supo que el
Gobierno, privado de recursos, no podía costear una expedición al Río de
la Plata. Pidióle entonces permiso al Emperador Carlos VI [18] para
costearla y mandarla, y ambas cosas le fueron concedidas. Más de dos mil
hombres, entre ellos varios caballeros, se presentaron a arrostrar los
peligros consiguientes a este género de empresas. La armada, que se hizo a
la vela en el puerto de Sanlúcar el 1° de setiembre de 1534, llevaba
también varios sacerdotes, encargados de la conversión de los indios. Al
comenzar el año siguiente entró la expedición de Mendoza en el Plata, y
construyeron albergues en la margen derecha, dando a esta agrupación el
nombre de Puerto de Santa María de Buenos Aires. Adjudícase este segundo
nombre a la casualidad de haber exclamado, al acercarse, uno de los
expedicionarios: "¡Qué buenos aires...!"
Están ustedes enterados, y yo también ¿no es así?
El catecismo no dice cómo se desenvolvió, durante tres siglos, Santa
María.
Para catequizar inmigrantes, bastaría y sobraría, sin duda, hacer saber
que Buenos Aires es salubre... salvo peste, más o menos cruda, debida -lo
contrario sería una anomalía, una incongruencia- a que el hombre no sabe
aprovechar suficientemente los dones de la Naturaleza.
Los testigos oculares, podemos, sin embargo, dar fe de algunos cambios
extraordinarios, operados contra viento y marea: las guerras civiles, las
tiranías, las revoluciones, y otras locuras de menor cuantía.
Por ejemplo, yo, que ya le he sacado la oreja a medio siglo, he visto
maravillas, por decirlo así: alzarse palacios, donde no ha mucho había
lagunas cenagosas; pues, han de saber ustedes, que muchos años todavía
después de la caída de Rozas, la calle de Maipú entre Viamonte y Paraguay,
era un foco de barro permanente, en el que nunca faltaba su
correspondiente caballo muerto, hinchado, amenazando levantar como una
bomba, agusanado, exhalando una fetidez miasmática, que sólo estos "Buenos
Aires" podían disipar.
Las veredas eran de ladrillo, donde las había, sumamente estrechas y
medían una altura considerable. No puedo compararlas sino con las
empinadas laderas, talladas en la roca viva, de una cordillera de los
Andes. Daba vértigos pasar por ellas cuando estaban resbaladizas por la
humedad. Ahora, vale por allí setenta pesos y más, la vara cuadrada de
tierra. Antes, los que la poseían, eran pobres que no tenían sobre qué
caerse muertos, con esto está dicho todo; y el catecismo tiene razón,
cuando a la pregunta de ¿por qué se llamó Buenos Aires esta bendita
tierra?, se contenta con contestar: porque a uno de los expedicionarios se
le salió la exclamación que sabemos; que si se le sale qué fresco hace ,
bien hubiéramos podido llamarnos: estamos frescos.
¡Bendita tierra, una vez más! ¡y cómo se mueve! ¡Adónde iremos a parar el
día en que el esfuerzo de nuestra edilidad haga tanto como la iniciativa
particular!
Pues por esa calle transitaban, un día radiante de luz, después de un
aguacero de padre y muy señor mío, que había hecho del pantano un turbio
canal sin salida, siguiendo rumbos opuestos, dos personajes, tan conocidos
a la sazón aquí, como usted y yo ahora, mi distinguido Legarreta.
Con esta diferencia: que ellos eran dos tipos , y nosotros no somos una
originalidad. Agregaré que nosotros no somos, felizmente, rivales en
cortesías, y que ellos lo eran en grado heroico y eminente; usted y yo
podemos encontrarnos, como el otro día, siempre, sin riesgo, ¿qué digo?,
seguros de que en ningún caso, ninguno de los dos ha de olvidar que lo
cortés no quita lo valiente.
Eran esos dos personajes, gente de alcurnia, fidalgo el uno, hijodalgo el
otro, queridos y estimados ambos; siendo el hijodalgo don Miguel Riglos, y
el fidalgo don José de Moura, cónsul general de Su Majestad el Emperador
del Brasil.
Rubio el uno, moreno el otro, los dos largos, flacos, correctamente
vestidos siempre.
La amabilidad de Moura era superlativa; la de don Miguel, proverbial, como
lo eran sus distracciones.
Una vez, siendo defensor de pobres y menores, fue Eduardo Guido a verlo,
en nombre de su padre, el general, con un empeño.
Lo anuncian... Don Miguel se olvida de que tiene la antesala llena de
gente... sale en mangas de camisa, con la cara jabonada, toalla en la
siniestra y navaja de barba en la diestra, se aturde, lo mira a Eduardo,
mira a todos los que esperaban y, anheloso de despacharlo al hijo de su
amigo, grita: "¡hablen todos a un tiempo!"
Moura era por otro estilo: una vez le sumió la boya al padre de Juan
Manuel Larrazábal, queriendo evitar que se sacara el sombrero para
saludarlo, y lo dejó a la miseria...
En suma: Riglos y Moura representaban genuinamente la cultura clásica de
la época. Ambos eran de coturno épico, de modo que, no obstante su bondad
genial y lo ameno de su trato, cuando se serenaban, amigos y conocidos les
sacaban el cuerpo, huyendo del "pase usted", "no señor", "de ningún modo",
de los apretones de manos, y de esa retahíla "¿y cómo está la señora?" y
"¿cómo están las niñas y los niños?" Y hasta la suegra...
Sólo ellos no se huían. ¿Huirse? ¡Qué! Todo lo contrario. Se buscaban con
ahínco, y como eran altísimos, de lejos se divisaban, sobresaliendo sus
cabezas, como mangrullos, por sobre las de los otros viandantes. Y
divisarse y aprestarse para un combate singular sobre quién obligaría a
quién, a tomar la vereda que no llevaba, todo era uno.
Hélos ahí.
Están en al acera que mira al naciente.
Riglos viene del Retiro, Moura va; Riglos tiene la vereda, Moura no puede
hacer sino resistirse a tomarla, si se empeñan en dársela; es táctico en
estos trotes ¡cómo engañarse!
El momento es delicado, porque la vereda es estrechísima; a la derecha
tiene el abismo, el pantano... pero es fuerte de corazón, y, a la primera
insinuación de Riglos de "pase usted", lo estrecha contra la pared. Riglos
no puede ceder, quiere dar, tiene el derecho de dar lo que es suyo.
Lucha... "no señor, no paso", "pase usted"... Primero muerto que
deshonrado, y deshonra había en no obligarlo a Moura a pasar. Lo toma
entonces con entrambas manos, lo empuja, lo hace describir un círculo de
un radio más ancho que la vereda, y huye... Se vuelve a los pocos pasos y
¡oh sorpresa! Moura estaba en el pantano... y en peligro... se hundía, se
asfixiaba en aquella laguna pontina de estos Buenos Aires.
¿Qué hacer? Allí no podía entrar vehículo alguno, ni cuadrúpedo, ni
bípedo. Un náufrago cualquiera corre menos riesgo de muerte, del que
corría el egregio representante consular de Su Majestad Imperial. Aquello
era quizá el protoplasma de un casus belli. ¡Qué horror! ¡Oh
desesperación! Riglos no alcanza, con su pulcra mano, la embadurnada de su
noble rival. Gente, no pasaba; policía, no había; vecindario... dormía la
siesta. Riglos, grita: ¡socorro! A sus voces, sale de un hueco una parda
lavandera del barrio.
-¡Una soga de pozo! -pide Riglos-. ¡Una soga...! A horse! my Kingdom for a
horse!
La parda va prontamente, viene, ¡alabado sea Dios! Moura ha agarrado la
punta de la soga salvadera, y todo hecho la estampa de la herejía, ainda
se deshace en cortesías, contestando: "no es nada", a los "perdone usted"
de Riglos, que no atina; que, triunfante, se siente avergonzado; que
quisiera reír de la facha de su contendor, y no puede. Se repone, al fin,
y pidiéndole permiso a la parda lavandera para limpiarlo, averigua, al
mismo tiempo, si no habría por allí alguien que quisiera ir hasta el
Consulado Imperial en busca de ropa de repuesto.
La situación estaba salvada; la misma parda iría, mientras el señor se
lavaba en su batea con agua de pozo.
Riglos escribe con lápiz en una hoja de papel que arranca de su cartera.
La parda, parte... "pronto", le recomienda Riglos; pregunta por la señora,
que nombra, dando las señas de la casa. "Y no digas nada de lo que ocurre,
no sea que se alarmen; di que no sabes lo que hay, que eres mandada."
El Consulado estaba lejos, en la calle de Belgrano, frente a la casa que
ahora habita el señor don Antonino Cambaceres.
Pero la parda anduvo ligero, y en una hora, fue y volvió.
Moura estaba limpio; Riglos se había sacado la levita y el pantalón; Moura
se los había puesto, aunque le estaban sumamente estrechos, y así, en
camisa y calzoncillos el uno, y el otro sin camisa ni calzoncillos,
esperaban... cuando la parda se presentó con un gran lío.
Desenvuelven, abren... sacan... Moura desconoce su ropa, Riglos reconoce
la suya. ¿Qué quidproquo es aquél?
Interrogan a la parda: contesta ésta que ella ha ido donde la han mandado,
que ha entregado la carta al lado de la Policía, a la señora doña Dolores,
que así decía afuera el papel; que el mismo señor (y se dirigía a Riglos)
debía recordar que, al salir, corrió tras ella, y le dijo: "pronto",
recomendándole, después de darle las señas, que preguntara por la señora
doña Dolorcitas.
No había que replicar.
Riglos, distraído, había hecho una de las suyas: escribió, mientras Moura
se lavaba, y en vez de hacerlo a casa de éste, le puso sencillamente a su
señora:
Querida Dolorcitas: Mándame, ahora mismo, con la portadora, camisa,
calzoncillos, medias, botines, un pantalón, un chaleco y mi levita azul,
yo te diré luego para qué...
Tuyo,
Riglos.
En este conflicto inesperado estaban, después de tantas emociones, cuando
el sol poniente vino a sacarlos de apuros. De noche todos los gatos son
pardos, y antes que esperar nuevamente, era preferible salir de cualquier
modo. Moura se metió, como pudo, dentro de la ropa de Riglos, y como el
alumbrado público era nominal, así como ahora mismo, en algunos barrios,
pudo llegar al Consulado, no sin tropezar; pero sí, sin ser visto.
Una vez allí juró, sin rencor, que Riglos se la pagaría; le debía "una
vereda"; el percance de la calle no era nada para un fidalgo como él.
Riglos estaba notificado: jugaban limpio.
Yo era muy joven, me fui a viajar, no sé lo que pasó; lo dicho fue lo que
oí contar en mi casa: tal como lo oí se lo he contado a usted, amigo mío,
cumpliendo mi promesa, por aquello de que no hay modo más seguro de tener
uno crédito que pagar sus deudas.
¿Quiere usted, para que quedemos completamente a mano, que la "vereda que
le debo" quede cancelada con esta charla insustancial?
Tan gentil caballero como usted, tiene que decir que sí. ¡A mí sólo me
resta desearle salud y alegría!, esperando que, esta vez, no habré
olvidado el consejo del buen Franklin:
"No dar por el pito, más de lo que el pito vale"; y que el lector no
exclame al concluir, como el moralista: Aristote dit un jour à un tel
causeur:"Ce qui m'étonne, c'est qu'on ait des oreilles pour t'entendre,
quand on a des jambes pour t'échapper."
Sería, en efecto, un chasco, que, pudiendo ustedes no leerme, hubieran
caído en el garlito, picados por la curiosidad.
Si Adán dispara en vez de escuchar a Eva, no viviríamos en pecado
original.
¡Y la mujer no quiere convencerse todavía de que es causa de todos
nuestros males! ¡Y nosotros somos tan incorregibles que seguimos a sus
pies... descrismándonos por ella!
LA CABEZA DE WASHINGTON
Apuntes de mi cartera de viaje
Febrero 24 de 1881.
Son las seis y media ante meridiano. Nuestros padres no hablaban así. De
la mañana, decían.
Estamos como a cuarenta millas de tierra.
A proa, hacia el oeste, envueltos entre nubes, se divisan los picos de San
Antonio.
La mar está ligeramente agitada; las olas se suceden unas a otras, rizando
su superficie.
Los franceses tienen una expresión muy pintoresca, para expresar este
estado. Mer moutonneuse -de moutonner , "frisar como la lana de camero"-,
dicen ellos, y algunos autores peninsulares dicen ya, "aborregada".
La Academia no aplica sin embargo todavía este vocablo "aborregado" sino
al estado del cielo, cuando está cubierto de nubes blanquecinas y
revueltas, a modo de vellones de lana.
Ayer ha estado nublado.
Hoy tendremos sol.
Las brumas del horizonte se van despejando poco a poco.
San Antonio se destaca en lontananza, cada vez más claro y visible, a
medida que avanzamos al norte.
Al este se dibujan ya seis picos.
Es Santa Lucía, otra de las islas del grupo llamado de Cabo Verde, nombre
tomado de la costa de Africa, donde está realmente dicho cabo, frente al
cual se hallan situadas.
Son las diez.
Acabamos de almorzar.
La cubierta se pone alegre.
Se comprende: hay tierra a la vista y cerca.
Este espectáculo disipa muchas inquietudes.
A San Vicente lo tenemos a estribor.
Aquí toman carbón todos los vapores que van al Plata y al Pacífico,
excepto algunos franceses que lo toman en Dakar, y los que van a Australia
y a las Indias.
Es un verdadero emporio de hulla.
Parece que haremos cuarentena.
Llevamos patente medio sucia.
Por miserable que sea la humanidad, en todas partes se cuida.
Aquí no pueden serlo más, aunque hace algunos años que prosperan; desde
que el gobierno portugués concedió a un solo individuo el monopolio de los
depósitos de carbón, monopolio que acaba de cesar, estableciéndose la
concurrencia.
Afortunadamente hay poco, o nada, que ver en tierra.
Algunos portugueses, unos cuantos italianos, españoles e ingleses.
Los negros, mestizos, vienen al costado.
Son ellos los que trabajan en los pontones y lanchas de carbón.
Tomaremos trescientas toneladas poco más o menos, cuestión de breves
horas, según la actividad con que ande la faena, y zarparemos sin loros ni
canarios, sin sillas de paja, ni esteritas, ni flores artificiales de
pluma, todo lo cual es industria nativa de Canarias o Madera.
Son las diez y media y estamos ya casi entre San Antonio y San Vicente.
La primera es más alta que la segunda.
Los tintes de sus perspectivas son también más variados.
San Vicente es en todo más pobre.
En este momento la falda de San Antonio tiene colores atornasolados.
Los de San Vicente son más oscuros.
La una parece iluminada; la otra, hecha de carbón.
¡Cómo resalta el contraste, y tan próximas que están!
San Antonio produce naranjas y cultiva la viña.
En San Vicente, la lava de los volcanes extinguidos ha condenado el suelo
a eterna desolación.
Luego, no llueve; su vecino le roba las nubes, y el sol la abrasa.
Y, sin embargo, por San Antonio nadie pasa, y en San Vicente toca todo el
mundo.
¡Siempre la ley de las compensaciones, rigiendo nuestro planeta para
consuelo de sus moradores!
Diz que son aquí muy religiosos.
Hay una iglesia.
Ya la vi la vez pasada. Es una capilla.
Me acuerdo que los negros se negaron a trabajar por todo el oro del
Potosí, en día de difuntos.
Lo habían hecho el de todos los santos.
Tuvimos que sufrir una gran demora. ¡Envidiable beatitud!
Ya estamos entre las dos islas; el grupo de las más hacia el oriente se
pone en la misma línea al frente.
San Antonio parece dividida en dos cadenas.
San Vicente es un montón de cerros.
En esta parte debió ser más turbulenta la acción ciclópea del cataclismo.
Son las diez y tres cuartos.
La mar se calma, el viento es menos fresco.
Divisamos más allá de Santa Lucía, hacia el Africa, los picos de Togo, que
rivalizan con los de San Antonio.
Se alzan a siete mil cuatrocientos pies sobre el nivel del mar. Los de
éste, a nueve mil.
Apenas se distinguen. Están velados por nieblas.
Son las once y media.
Estamos engolfados entre las dos islas.
La de la derecha ha desaparecido.
Tenemos por la proa un cabo.
Vamos muy cerca de la costa.
Se ven perceptiblemente los objetos.
Las olas se estrellan con furia imponente contra las rocas de color
calcáreo y ferruginoso.
Cayendo ahí, no se salvaría ningún náufrago.
La montaña es escarpadísima.
Nos hemos acercado a mil metros, cuando menos.
Sopla apenas una brisa.
Hay corrientes en contra.
Navegamos, ganando poco trecho.
La brisa sopla más fuerte.
¡Qué elemento tan variable!
Hemos variado al N.N.E.
El viento arrecia; el moutonnement crece. Pero no hay mar gruesa.
Empieza a verse un promontorio.
¡Extraño capricho de la naturaleza!
Tiene la base ancha y la punta retorcida, enroscada, en forma de...
espiral.
Los portugueses le llaman: la plasta del diablo.
El nombre es gráfico, pinta perfectamente el objeto.
Vienen ráfagas fuertísimas del norte.
Pasan... Son las doce.
Estamos frente a un valle de color polvo de ladrillo.
Todos, sobre la borda, miran a la derecha.
La tierra tiene su imán, cuando se está en el agua; y viceversa.
Descúbrese una ensenada.
Vuelven las ráfagas.
Hay que "apretarse el gorro", o se lo lleva el viento.
Pero es inútil pensar en huir.
¡Santa Tecla, qué percance para un criollo, hombre de lazo y alforjas,
avezado sólo a los peligros de una costalada!
La proa está ahora recta al norte.
Ya se ve la bahía, llena de buques.
Las faldas de las montañas son rojizas.
En el fondo del cuadro hay una inmensa mancha amarillenta.
El promontorio crece, destacándose solitario en toda su desnudez, azotado
por las aguas.
Diríase que huele.
La naturaleza ha sido aquí tan realista como Victor Hugo, haciendo hablar
a Cambronne.
Se divisa el Patagonia , que debe seguir para el sur.
El llevará nuestras cartas.
Sopla mucho viento. Estamos entrando en la bahía.
La mancha amarillenta queda ahora casi atrás.
El panorama cambia, como si las montañas caminaran.
Hay mar gruesa. Cuesta estar de pie.
Algunos arbustos raquíticos coloran la playa.
Estamos a la altura del cerro que oculta la cabeza de Washington.
Pronto la descubriremos.
Ya se ve la frente, la nariz...; un momento más y el colosal perfil estará
del todo delineado.
La altura del monumento es digna del grande hombre; el pedestal grave y
sólido, como él.
El labio superior aparece.
Se redondea la barba.
Descúbrese, por fin, la garganta.
La similitud es perfecta. La cara está completamente diseñada.
Dadme el martillo del supremo artífice para batir su obra estupenda y
decirle satisfecho: parla!
Para verla bien, es menester saber mirarla.
No todos los que miran ven. La generalidad no sabe ver, ni oír.
La disciplina de estos dos sentidos no se adquiere sin cierta dificultad.
¡Cuánto no suele costar entender una nota, comprender una pincelada!
Pero me desvío.
Vuelvo a la gran cabeza.
Para verla bien, decía, para adquirir conciencia plena de que ahí está, se
necesita inclinar el cuerpo a la derecha, agacharse hasta que los ojos,
saliendo de la horizontal, queden uno arriba de otro.
Silba un vapor que parte.
El viento levanta nubes de arena en la costa que se encumbran hasta la
cresta de las montañas... Va calmando. La mar se aquieta.
Vamos a tomar puerto.
Hay banderas de todas las naciones.
Calma... nos balanceamos.
Sale el Patagonia . No hemos llegado a tiempo.
Se nos queda nuestra correspondencia.
Estamos por anclar. Son las doce y media p. m. Otra vez vientos, y brisas,
y polleras que vuelan y cabellos que flotan, y peinados que se deshacen,
descubriendo frentes inverosímiles, desfiguradas.
¡Cuánto afán por taparlas!
¡Un tiro! ¡dos! Anclamos.
Estamos entre el Savoie , que ha llegado del norte, rebosando de
inmigrantes, y el Porteña , del sur.
Las casas del puerto, vistas de esta distancia, por su forma y color,
parecen juguetes de madera.
Viene la visita. Atracan a la escalera, sujetándose con los bicheros.
Les tiran los papeles, leen, hacen preguntas.
No tenemos a bordo sino gentes rollizas.
Es en vano. En Río había habido cinco casos. ¡Paciencia!
El día se ha puesto hermosísimo, para consolarnos.
El cielo azulado está limpio; la mar, color de esmeralda, tersa.
Arriba y abajo hay una calma perfecta.
Parece que no nos ponen en cuarentena.
El comisario conversa con el galeno portugués de la Sanidad.
Le da la lista.
¡Adiós ilusiones!
Izan la bandera amarilla.
Estaba escrito. ¡Se perdió de vista el Patagonia !
Fare well!
Reina mucha animación sobre cubierta.
Nos preparamos para recibir carbón: suenan los guinches , las roldanas y
las cadenas.
El capitán ha recibido diarios de Inglaterra.
Saldremos del limbo. ¡Qué cambio!
Ayer la inmensidad, la insondable mar; hoy día, limitados por un círculo
estrecho de montañas, al parecer sin salida.
Viene la primera lancha de carbón, bufando el vapor, escapa por las
válvulas.
Es la una p. m.
Tocan la campanilla para el lunch . Después de diez días de alta mar, nos
habría gustado estirar las piernas en suelo firme.
Los duelos con pan son menos. ¡Abajo pues! Y moderación en el tragar.
Hoy es Plum Pudding day (jueves).
Lo sirven infaliblemente de postre, a la comida.
Se acabó el lunch...
Arriba, otra vez.
Estamos rodeados de negros, de botes llenos de ellos, mejor dicho.
Son limosneros anfibios. Por un chelín, ¿qué digo?, por un cobre se lanzan
al fondo.
En un abrir y cerrar de ojos, van y vienen, con su hallazgo en la boca.
Son tan infalibles como pedigüeños.
El bello sexo -la frase está consagrada y hay que usarla- se divierte con
el zambullir de los buzos.
¿Y el rubor?
No brilla sino por su ausencia. ¡Es curioso! No puede quedarles duda que
estos tagarotes mestizos son hombres, por más que parezcan monos.
Darwin dice, sin embargo, que aquella emoción o fenómeno de nuestra
circulación capilar, es "la más especial y la más humana de todas las
expresiones", y agrega que las mujeres inglesas (las que llevamos lo son)
se ruborizan hasta la parte superior del pecho, citando ainda mais el caso
de una jovencita, que se ruborizó hasta el abdomen y las piernas.
¡Qué impertubabilidad!
Y la raza ariana no es cuestionable.
Las estoy mirando, como a un objeto digno de estudio.
No entiendo.
Sólo me explico que los negros no se ruboricen, viendo su desnudez.
Primero, hay el inconveniente del color y de su descendencia maldita, como
que son hijos de Cam.
Segundo, están trabajando.
Tercero, y finalmente, y para no quebrarme mucho la cabeza, serán judíos .
En el libro de Jeremías se dice de ellos: "No han tenido ninguna vergüenza
y no saben lo que es ruborizarse."
Pero apartemos la vista.
Me expongo a meterme en el laberinto de las teorías evolucionistas.
Prefiero levantarme, tomar un chelín y lanzar también mi óbolo.
¡Ahí va!
Cuatro se echan detrás de él.
Ya está pescado.
¡Y cómo ríen los niños y las misses y mistresses!
Mientras tanto, es seguro que si uno de nosotros se quedara en camisa,
por accidente, todas ellas dispararían, huyendo de la horrible visión.
¡Incomprensible! Basta de esto; a otro capítulo.
¿Cuál será?
No sé. Veamos The Times .
¡Imposible!
Los negros zambullidores tienen la palabra.
Cuento...
Hay diez y seis personas del sexo femenino, entretenidas en verlos hacer
piruetas, desnudos como nuestro primer padre Adán.
Qué admiración, tan sospechosa, iba a decir, por la destreza.
Honni soit qui mal y pense.
Y ahí va una página, escrita, sentado, de pie, mirando a derecha e
izquierda, arriba, abajo, moviéndome en todas direcciones, tambaleando
unas veces, a plomo otras sobre los talones.
He querido que pareciera conversada, recordando el precepto de Castiglione
- scrivasi come si parla - y que mis impresiones palpitaran en ella con la
misma intensidad y movilidad con que yo las he experimentado.
¿Lo habré conseguido?
NOTAS DEL AUTOR
1. "El Río de la Plata", del día 6 de julio de 1889. (Año I, núm. 299.)
2. El original auténtico con la corrección del caso, perfectamente
legible, está en poder del señor doctor don Ramón J. Cárcamo, a quien se
lo ha dado el autor de estas Causeries .
3. En esta carta y en las siguientes, se respeta la ortografía con que
aparecen escritas en el original.
4. Este Luchito soy yo, que entre otras curiosidades tuve en mi vientre
hasta setenta y dos (72) varas de tenia.
5. Bajo el título de "La Brocamelia" ( Clerodendrón ) que en Botánica
quiere decir "árbol del clero", porque los sacerdotes de la India la
emplean en sus ceremonias.
6. Nombre de un pajarito, en la India.
7. En ese día se matan los chanchos en España.
8. Alusión de circunstancias.
9. "Al Diablo no se le ocurre" será el título de un futuro folletín sobre
don Pedro de Angelis.
10. Estuvo en el Río de la Plata, con una misión y me conoció en casa de
mi madre, donde visitaba.
11. Véase la Causerie , dedicada al señor don Carlos Pellegrini, bajo el
título de ¿Por qué...?
12. Entre ti y mí, debiera ser gramaticalmente hablando; pero...
13. Bajo el título ¿Y cuándo se acaba la introducción? he de escribir una
Causerie , en la que los protagonistas serán el doctor don Domingo de Oro
y el señor don Facundo Zuviría,
14. Comí el viernes de la semana pasada en casa de Luis Varela, y
departiendo sobre estas Causeries con él, se expresó exactamente como yo
acabo de hacerlo. Mi querido Luis, díjele entonces: les beaux esprits se
rencontrent . Y no se diga que esto es confeccionado a posteriori ; como
el billete de Rossina, mi página estaba ya escrita. Testigos: dos amigos
de opuesta estructura, bajo ciertos aspectos, que ese mismo día, viernes,
estuvieron a visitarme, los cuales me preguntaron, haciéndome los elogios
de ordenanza, en cambio de mis cigarros y de mi excelente café: "¿Y cuándo
fusilas al caballo? Estamos ansiosos de ver la ejecución." A lo cual yo
contesté: "¡Oh!... eso va largo todavía. Y ¿cómo quieren ustedes, cuando
estoy recibiendo billetes por el estilo?... Mas esto es para el jueves
próximo." Hoy día, sólo he querido probar lo que de esta nota se
desprende, habiéndole dicho a Luis, que la consignaría en el sitio en que
está, y siendo los testigos Juan Vivot y Florencio Madero.
15. Después de estar este capítulo en la imprenta, recibo una misiva en
que me dicen: "Lucio, siempre creí que tenías mal corazón; ¿por qué
mortificas tanto a ese pobre animal?, ¿cuándo dejas de hacerle penar?"
16. Para penetrarse bien de esto, hay que tener presente que, entre
nosotros, no existe, como en Francia y en España, el conserje ,
propiamente hablando: apenas tenemos el portero, y ¡qué portero! Está en
todas partes, menos en la puerta, cuando está en la casa, prefiriendo
estar en la cocina, tomando mate, fumando o criticando a sus patrones; lo
cual no deja de ser una ventaja porque sirve para ejercitar la tan
necesaria virtud de la paciencia. En España y en Francia, el portero está
siempre o en su loge o en su portería . Es imposible entrar ni salir sin
que él quiera, o sobre todo sin que él vea. Es el centinela y el espía de
la casa. Desde su covacha, abre y cierra, tirando y aflojando la cuerda
que gobierna la entrada y la salida, levantando o bajando el pestillo de
la puerta.
17. En lenguaje militar argentino, seguir la falta, es continuar faltando
a la lista.
18. VI dice el texto; los tipógrafos se han equivocado; ya se sabe que fue
Carlos V.
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